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Durante una expedición de NUMA para tomar muestras de agua en el océano Índico, un miembro de la tripulación vislumbra una mancha negra brillante que parece petróleo. De repente una multitud de partículas negras les ataca como si se tratara de un ejército de hormigas. El barco se enciende en llamas y no quedan supervivientes. Kurt Austin, Joe Zavala y el resto del equipo de operaciones especiales se encargan del caso. La investigación, que empieza con un examen de los restos carbonizados del barco, revela un retorcido plan: llegar a dominar la meteorología del planeta para matar a millones de personas. La cuenta atrás ya ha empezado y quedan muchas preguntas sin responder: Quién se encuentra detrás de esta trama criminal? Podrán Kurt Austin y sus hombres salvar al planeta?

Clive Cussler & Graham Brown La tormenta Archivos NUMA 10

PRÓLOGO Océano Índico Septiembre de 1943 El buque de vapor John Bury se sacudía de proa a popa mientras surcaba las aguas agitadas del océano Índico. Era conocido como una «nave de mercancías rápida», diseñado para acompañar buques de guerra y usado para viajar a una velocidad considerable; pero con todas las calderas funcionando a pleno rendimiento, el John Bury se desplazaba a una velocidad que no había alcanzado desde sus pruebas de navegación. Deteriorado, presa de las llamas y dejando una estela de humo, el John Bury corría como alma que lleva el diablo. Cuando el barco coronó una ola de tres metros, la cubierta se inclinó hacia abajo y la proa se hundió en unas nuevas olas. Una ancha franja de espuma saltó por encima de la barandilla, azotó la cubierta y sacudió lo que quedaba del desbaratado puente de mando. Sobre la cubierta, el John Bury estaba desvencijado. En las zonas donde los proyectiles habían alcanzado la superestructura, salían grandes bocanadas de humo del metal retorcido. La cubierta estaba sembrada de restos, y por todas partes yacían tripulantes muertos. Pero los daños se encontraban por encima de la línea de flotación, y si el barco evitaba más impactos, sobreviviría. En el oscuro horizonte que se extendía detrás, otras embarcaciones que habían tenido menos suerte echaban humo. Una bola de fuego naranja estalló en una de ellas, brilló a través del agua e iluminó brevemente la masacre. Se podían ver los cascos en llamas de cuatro barcos, tres destructores y un crucero, buques que habían formado la escolta del John Bury. Un submarino japonés y un escuadrón de bombarderos en picado habían dado con ellos al mismo tiempo. Mientras iba anocheciendo, el petróleo ardía alrededor de las embarcaciones hundidas en una mancha de un kilómetro y medio. El combustible ensombrecía el cielo con un denso humo negro. Ninguno de los barcos vería la luz del día. Los buques de guerra habían sido atacados y destruidos con prontitud; sin embargo, al John Bury tras ser ametrallado y alcanzado por algunos proyectiles,

se le permitió seguir con su rumbo. Solo podía haber un motivo para tal clemencia: los japoneses estaban al tanto del cargamento de alto secreto que transportaba y lo querían para ellos. El capitán Alan Pickett estaba decidido a no permitir que eso ocurriera, incluso con la mitad de su tripulación muerta y el rostro lleno de cortes debido a la metralla. Cogió el tubo acústico y gritó a la sala de máquinas: Más velocidad! No hubo respuesta. Según el último informe, el fuego se había propagado bajo la cubierta. Pickett había ordenado a sus hombres que se quedaran a combatirlo, pero lo invadió el pánico al oír aquel silencio. Zekes en la amura de babor! gritó un centinela en alusión a unos cazas Mitsubishi A6M desde el alerón del puente de mando. Seiscientos metros y bajando. Pickett miró a través del cristal hecho añicos que tenía delante. A la tenue luz, vio cuatro puntos negros dando vueltas en el cielo gris y descendiendo hacia el barco. Unos destellos se encendieron en sus alas. Al suelo! gritó. Demasiado tarde. Las balas del calibre cincuenta trazaron una línea a través del barco, cortaron la torre de observación por la mitad y volaron lo que quedaba del puente de mando. Astillas de madera y esquirlas de cristal y de acero salieron volando por el compartimento. Pickett cayó sobre la cubierta. Otro proyectil estalló delante de él, y una ola de calor brilló sobre el puente de mando. El impacto balanceó el barco y desprendió el techo metálico como un gran abrelatas. La ola de destrucción pasó, y Pickett alzó la vista: el último de sus oficiales y acía muerto y el puente de mando estaba demolido. Hasta el timón del barco había desaparecido; solo quedaba un trozo de metal unido al eje. Y sin embargo, la embarcación seguía resoplando de algún modo. Cuando Pickett volvió a levantarse, vio algo que le hizo albergar esperanza: nubarrones y amplias franjas de lluvia. Una línea de chubascos se acercaba rápidamente por la amura de estribor. Si consiguiera introducir el barco en ella, la oscuridad lo ocultaría. Aferrándose al mamparo como soporte, alargó la mano para coger lo que quedaba del timón. Empujó con todas las fuerzas que le quedaban. El timón giró media vuelta, y el capitán cay ó al suelo sujetándolo. El barco empezó a cambiar de rumbo. Presionando contra la cubierta, tiró del timón hacia arriba y lo levantó para realizar otro giro completo. El buque de carga se inclinó hacia la dirección de viraje, trazando una blanca estela curvada sobre la superficie del mar y desviándose hacia los chubascos. Delante de él, las nubes eran densas. La lluvia que caía de ellas estaba

barriendo la superficie como una escoba gigante. Por primera vez desde que había comenzado el ataque, Pickett sintió que tenían una oportunidad de sobrevivir, pero mientras el barco surcaba el mar hacia los chubascos, el espantoso sonido de los bombarderos dando vueltas y precipitándose hacia él arrojó una sombra de duda. Buscó el origen del ruido a través de las heridas abiertas del barco. Descendiendo del cielo justo delante de él había dos bombarderos en picado Aichi D3A, Vals, el mismo modelo que los japoneses habían empleado con devastadores resultados en Pearl Harbor y meses más tarde contra la flota británica cerca de Ceilán. Pickett observó cómo se acercaban lentamente y oyó cómo el silbido de sus alas aumentaba de volumen. Los maldijo y desenfundó el arma que llevaba en el cinto. Largo de mi barco! gritó, disparándoles con el Colt 45. Los bombarderos se elevaron en el último momento y pasaron con gran estruendo, acribillando la embarcación con más balas del calibre cincuenta. Pickett cay ó hacia atrás sobre la cubierta, y una bala le atravesó la pierna y se la hizo añicos. Sus ojos se abrieron mirando hacia arriba. No podía moverse. Olas de humo y cielo gris se extendían por encima de él. Estaba acabado, pensó. El barco y su cargamento secreto caerían dentro de poco en manos del enemigo. Pickett se maldijo por no barrenar la embarcación. Esperaba que se hundiera sola antes de que pudiera ser abordada. A medida que su vista empezaba a debilitarse, oyó el sonido de más bombarderos. El rugido se hizo más fuerte; el chillido de sus alas pregonaba y anunciaba lo inevitable del fin. Y entonces el cielo se oscureció. El aire se volvió frío y húmedo, y el John Bury desapareció en la tormenta, engullido por un muro de bruma y lluvia. La última información relacionada con la embarcación la proporcionó un piloto japonés, quien declaró que el barco estaba en llamas pero navegaba a toda potencia. No volvió a ser visto ni hubo más noticias de él.

1 Norte de Yemen, cerca de la frontera saudí. Agosto de 1967 Tariq al-khalif ocultaba su rostro tras una tela de algodón blanco. La kufiya le tapaba la cabeza y le envolvía la boca y la nariz. Protegía sus facciones curtidas del sol, del viento y de la arena al mismo tiempo que lo ocultaba del mundo. Solo los ojos de Khalif quedaban visibles, duros y penetrantes después de sesenta años de vida en el desierto. No parpadearon ni se desviaron al mirar los cuerpos sin vida que yacían en la arena ante él. Ocho cadáveres en total. Dos hombres, tres mujeres y tres niños; completamente desnudos, sin su ropa ni sus pertenencias. La mayoría de ellos habían recibido disparos; unos cuantos habían sido apuñalados. Mientras la recua de camellos situada detrás de Khalif aguardaba, un jinete se acercó a él despacio. Khalif reconoció el rostro fuerte y joven del individuo sentado en la silla de montar: un hombre llamado Sabah, su teniente de confianza. Un AK-47 de fabricación rusa colgaba de su hombro. Bandidos, sin duda dijo Sabah. No hay rastro de ellos. Khalif examinó la arena áspera a sus pies. Se fijó en las huellas que desaparecían hacia el oeste, en dirección a la única fuente de agua en ciento sesenta kilómetros, un oasis llamado Abi Quzza: el «agua de seda». No, amigo mío repuso. Esos hombres no se quedan esperando a que los descubran. Ocultan su número siguiendo por terreno duro, donde no dejan huellas, o andan por la arena más blanda, donde las marcas no tardan en desaparecer. Pero aquí se aprecia la verdad: se dirigen a nuestro hogar. Abi Quzza había pertenecido a la familia de Khalif durante generaciones. El oasis proporcionaba agua vivificante y un mínimo de riqueza. Alrededor de sus fértiles aguas crecían abundantes palmeras datileras, junto con hierba para ovejas y camellos. Con el número creciente de camiones y otros medios de transporte modernos, habían empezado a disminuir las caravanas que pagaban por sus dones, y la figura del beduino que se dedicaba a la cría de camellos como Khalif y su familia estaba desapareciendo con ellas, pero todavía persistían unos

cuantos. Para que el clan tuviera perspectivas de futuro, Khalif sabía que el oasis debía ser protegido. Sus hijos lo defenderán aseguró Sabah. El oasis se encontraba a treinta kilómetros al oeste. Los hijos de Khalif, dos sobrinos y sus familias aguardaban allí. Media docena de tiendas, diez hombres armados con rifles. No sería un lugar fácil de atacar. Y sin embargo, Khalif sentía una terrible inquietud. Debemos darnos prisa dijo, subiendo de nuevo a su camello. Sabah asintió con la cabeza. Deslizó el AK-47 hacia delante para adoptar una postura más agresiva y espoleó a su camello para que avanzara. Tres horas más tarde se acercaban al oasis. De lejos solo podían ver pequeños fuegos. No había señales de lucha, ni tiendas rotas ni animales extraviados, ni tampoco cadáveres tendidos en la arena. Khalif ordenó a la recua de camellos que se detuvieran y desmontó. Sabah y a otros dos hombres se unieron a él y se acercaron a pie. El silencio a su alrededor era tan absoluto que podían oír el crepitar de la madera en el fuego y el susurro de sus pies en la arena. En algún lugar en la distancia, un chacal empezó a chillar. Estaba muy lejos, pero cualquier ruido se oía en el desierto. Khalif se detuvo, esperando a que el grito del chacal se desvaneciera. Cuando cesó, se vio seguido de un sonido más agradable: una voz tenue cantando una melodía beduina tradicional. Procedía de la tienda principal y sonaba quedamente. Khalif empezó a relajarse. Era la voz de su hijo pequeño, Jinn. Traed la caravana dijo Khalif. Todo está en orden. Mientras Sabah y los otros regresaban a los camellos, Khalif se adelantó. Llegó a su tienda, abrió la solapa y se quedó paralizado. Un bandido vestido con harapos se encontraba de pie sujetando la hoja curvada de un arma contra la garganta de su hijo. Otro estaba sentado a su lado empuñando un viejo rifle. Un movimiento, y le rebano el cuello amenazó el bandido. Quiénes sois? Me llamo Masiq dijo el bandido. Qué queréis? preguntó Khalif. Masiq se encogió de hombros. Qué no queremos, mejor dicho? Los camellos tienen valor señaló Khalif, haciendo conjeturas sobre lo que buscaban. Os los daré, pero no toquéis a mi familia. Tu oferta es insignificante para mí contestó Masiq, con el rostro crispado en un gruñido de desprecio. Porque puedo coger lo que quiera y porque Agarró con fuerza al chico. Porque menos este, tu familia ya está muerta.

A Khalif le dio un vuelco el corazón. Dentro de su túnica había un revólver automático Webley -Fosbery. Esta era un arma sólida con una precisión letal. No se encasquillaba después de meses en la arena del desierto. Trató de pensar en una forma de cogerlo. Entonces os lo daré todo a cambio de él aseguró. Y podréis marcharos libremente. Tienes oro escondido aquí insistió Masiq como si fuera un hecho conocido. Dinos dónde está. Khalif negó con la cabeza. No tengo oro. Mientes afirmó el segundo bandido. Masiq se echó a reír, y sus dientes torcidos y su boca llena de caries emitieron un horrible sonido. Agarrando firmemente al chico con un brazo, levantó el otro como si fuera a cortarle el cuello. Pero el muchacho se soltó, se abalanzó sobre los dedos de Masiq y le mordió con fuerza. Masiq soltó un juramento a causa del dolor. Retiró la mano bruscamente como si se hubiera quemado. La mano de Khalif dio con el revólver y disparó dos veces a través de su túnica. El aspirante a asesino cayó hacia atrás con dos agujeros humeantes en el pecho. El segundo bandido disparó, y la bala rozó la pierna de Khalif, pero el disparo de este le alcanzó de lleno en la cara. El hombre se desplomó sin emitir palabra, pero la batalla no había hecho más que empezar. De pronto, en el exterior de la tienda se oyeron disparos a través de la noche. Se estaba produciendo un tiroteo, y las descargas volaban de un lado a otro. Khalif reconoció el sonido de unos pesados rifles de cerrojo, como el que había en la mano del maleante muerto, y el estruendoso sonido del rifle automático de Sabah como respuesta. Khalif cogió a su hijo y colocó la pistola en la mano del niño. Recogió el viejo rifle que había al lado de uno de los bandidos muertos. Tomó también el cuchillo curvado del suelo y entró en la tienda. Sus hijos mayores yacían allí unos al lado de otros. Su ropa estaba empapada de sangre oscura y llena de agujeros. Una oleada de distintos sentimientos invadió a Khalif; dolor, amargura e ira. Mientras los disparos proseguían con furia en el exterior, clavó el cuchillo en el lateral de la tienda e hizo un pequeño agujero. Miró a través de él y vio la batalla. Sabah y tres de sus hombres estaban disparando desde detrás de un escudo formado por camellos muertos. Un grupo de criminales vestidos como los bandidos que acababa de matar se encontraban en el oasis, escondidos detrás de palmeras datileras y metidos en el agua hasta las rodillas.

No parecían suficientes para haber tomado el campamento por la fuerza. Se volvió hacia Jinn. Cómo han llegado allí esos hombres? Preguntaron si podían quedarse dijo el muchacho. Dimos de beber a sus caballos. Que se hubieran aprovechado de la tradicional generosidad de los beduinos y de la amabilidad de sus hijos enfureció todavía más a Khalif. Se dirigió al otro lado de la tienda. Esta vez clavó el cuchillo en la tela y tiró bruscamente hacia abajo. Quédate aquí ordenó a Jinn. Khalif se asomó a través de la abertura y salió despacio a la oscuridad. Describiendo un amplio arco, se acercó rodando por detrás de sus enemigos y entró sigilosamente en el oasis. Con la atención centrada en Sabah y en sus hombres situados en la parte de delante, los bandidos no se percataron de que Khalif los estaba flanqueando. Este se acercó por detrás, abrió fuego y les disparó a corta distancia. Tres bandidos cayeron abatidos rápidamente y luego un cuarto. Otro trató de huir y fue alcanzado por un disparo de Sabah, pero el sexto y último se dio la vuelta a tiempo y devolvió el fuego. Una bala impactó en el hombro de Khalif y lo derribó hacia atrás. Una oleada de dolor le recorrió el cuerpo, y cayó al agua. El bandido corrió hacia él, tal vez pensando que estaba muerto o demasiado herido para luchar. Khalif apuntó con el viejo rifle y apretó el gatillo. La bala se encasquilló. Cogió el cerrojo del arma y trató de desatrancarlo, pero no tenía suficiente fuerza en el brazo herido para liberar el mecanismo atascado. El bandido levantó su arma y apuntó al pecho de Khalif. Y entonces el sonido del revólver Webley resonó como un trueno. El bandido impactó contra una palmera con una expresión de perplejidad en el rostro. Se deslizó por el árbol, y el arma cayó de sus manos y endo a parar al agua. Jinn estaba detrás del hombre muerto, sujetando la pistola con las manos temblorosas, los ojos anegados en lágrimas. Khalif buscó más enemigos a su alrededor, pero no vio a ninguno. Los disparos se habían interrumpido. Oyó a Sabah gritando a los hombres. La batalla había terminado. Ven aquí, Jinn ordenó. Su hijo se acercó a él temblando. Khalif lo agarró bajo el brazo y lo abrazó. Mírame. El muchacho no reaccionó. Mírame, Jinn!

Finalmente, Jinn se volvió. Khalif lo agarró fuerte del hombro. Eres demasiado joven para entenderlo, hijo mío, pero has hecho algo muy importante. Has salvado a tu padre. Has salvado a tu familia. Pero mis hermanos y también mi madre han muerto gritó Jinn. No repuso Khalif. Están en el paraíso, y algún día nosotros nos reuniremos con ellos. Jinn no reaccionó; se limitó a mirar y a sollozar. Un sonido a la derecha hizo volverse a Khalif. Uno de los bandidos estaba vivo y trataba de huir arrastrándose. Khalif levantó el cuchillo curvo, dispuesto a liquidar al hombre, pero se contuvo. Mátalo, Jinn. El tembloroso chico miró sin comprender. Khalif le devolvió la mirada, firme e inflexible. Tus hermanos han muerto, Jinn. El futuro del clan depende de ti. Debes aprender a ser fuerte. Jinn siguió temblando, pero Khalif estaba ahora todavía más convencido. La amabilidad y la generosidad habían estado a punto de acabar con ellos. Debía extirpar esa debilidad de su único hijo superviviente. No debes tener compasión dijo Khalif. Es un enemigo. Si no tenemos la fortaleza para matar a nuestros enemigos, nos arrebatarán el agua. Y sin el agua, solo nos quedará vagar por el desierto y morir. Khalif sabía que podía obligar a Jinn a hacerlo, sabía que podía ordenárselo y que el chico obedecería. Pero necesitaba que Jinn lo decidiera él mismo. Tienes miedo? Jinn negó con la cabeza. Se volvió poco a poco y levantó la pistola. El bandido volvió la vista atrás y lo miró, pero en lugar de ceder, la mano de Jinn adquirió más firmeza. Miró al bandido a la cara y apretó el gatillo. El disparo del revólver resonó a través del agua y se extendió por todo el desierto. Cuando el sonido se desvaneció, ya no caían lágrimas de los ojos del chico.

2 Océano Índico Junio de 2012 El catamarán de veintisiete metros de eslora atravesaba cabeceando las aguas en calma del océano Índico al atardecer. Avanzaba a tres o cuatro nudos con una suave brisa. Una brillante estela blanca se elevaba por encima de la amplia cubierta. En la sección central, unas letras turquesas de un metro y medio de alto formaban la palabra NUMA: la Agencia Nacional de Actividades Subacuáticas. Kimo A kona se encontraba junto a una de las proas gemelas. Tenía treinta años, el cabello negro azabache, un cuerpo tonificado y un tatuaje hawaiano tradicional en forma de remolino en el brazo y el hombro. Estaba de pie sobre la proa con los pies descalzos, manteniéndose en equilibrio en la misma punta como si estuviera surcando las olas en una tabla de surf. Sostenía un largo poste por delante orientado hacia un lado, hundiendo un instrumento en el agua. Las lecturas de una pequeña pantalla le indicaron que funcionaba. Anunció los resultados. El nivel de oxígeno es un poco bajo y la temperatura es de veintiún grados centígrados, setenta coma cuatro grados Farenheit. Detrás de Kimo, otros dos hombres observaban. Perry Halverson, el jefe del equipo y miembro mayor de la tripulación, se encontraba al timón. Llevaba unas bermudas de color caqui, una camiseta de manga corta negra y un gorro verde militar que lo había acompañado durante años. Detrás de él, Thalia Quivaros, a quienes todos llamaban T, se hallaba en la cubierta ataviada con unos pantalones cortos blancos y la parte de arriba de un biquini rojo que realzaba lo bastante su figura bronceada para distraer a los dos hombres. Es la lectura más fría hasta la fecha observó Halverson. Tres grados enteros por debajo de lo que correspondería a esta época del año. A los del calentamiento global no les va a gustar comentó Kimo.

Puede que no dijo Thalia, al mismo tiempo que introducía las lecturas en una pequeña tableta. Pero está claro que es una pauta. Veintinueve de las últimas treinta lecturas no son las correctas por dos grados como mínimo. Es posible que haya pasado una tormenta por aquí? preguntó Kimo. Es posible que haya llovido o granizado y que no tengamos constancia de ello? No ha habido nada de eso durante semanas contestó Halverson. Es una anomalía, no una distorsión local. Thalia asintió con la cabeza. Las lecturas de aguas profundas de los sensores remotos que dejamos lo confirman. Las temperaturas son totalmente inapropiadas, hasta la termoclina. Es como si el calor del sol estuviera pasando por alto esta zona. No creo que el sol sea el problema dijo Kimo. La temperatura ambiente había alcanzado unas máximas de más de treinta grados unas horas antes, cuando el sol brillaba en el cielo despejado. Incluso al atardecer, los últimos rayos eran intensos y calientes. Kimo sacó del agua el instrumento, lo consultó y a continuación balanceó el poste con un movimiento amplio como un aficionado a la pesca con mosca. Arrojó el sensor a doce metros del barco y dejó que se hundiera y retrocediera a la deriva. La segunda lectura fue idéntica a la primera. Por lo menos tenemos algo que contarles a los jefazos de Washington señaló Halverson. Ya sabéis que todos creen que estamos en un crucero de placer. Diría que es una urgencia dijo Kimo. Algo parecido al efecto de El Niño/La Niña. Aunque como estamos en el océano Índico, seguramente le pongan un nombre hindú. Podrían bautizarlo en nuestro honor propuso Thalia. El efecto de Quivaros-A kona-halverson. QAH, abreviado. Fíjate en que ella se ha puesto la primera le dijo Kimo a Halverson. Las damas primero dijo T inclinando la cabeza y sonriendo. Halverson rió y se ajustó el gorro. Mientras vosotros resolvéis eso, y o prepararé la cena. A alguien le apetecen tacos de pez volador? Thalia lo miró con recelo. Ayer cenamos lo mismo. No hay nada en los sedales repuso Halverson. Hoy no hemos pescado nada. Kimo pensó en ello. Cuanto más se adentraban en la zona de baja temperatura, menos vida marina encontraban. Era como si el mar se estuviera volviendo estéril y frío. Pinta mejor que las conservas comentó. Thalia asintió con un gesto, y Halverson entró en la cabina agachando la

cabeza para prepararles algo de cenar. Kimo se levantó y miró al oeste. El sol se había escondido por fin en el horizonte, y el cielo se estaba tiñendo de un tono añil con una raya de color naranja brillante justo encima del agua. El aire era suave y húmedo, y la temperatura rondaba ahora los veintinueve grados. Era una noche perfecta, y la idea de que hubieran descubierto algo único la hacía todavía más perfecta. No tenían ni idea de cuál era el motivo que la provocaba, pero la anomalía de la temperatura parecía estar causando estragos en el clima de la región. Hasta entonces había llovido poco en el sur y en el oeste de la India en una época en que los monzones deberían estar avecinándose. La preocupación se estaba extendiendo entre la población, pues mil millones de personas esperaban que los aguaceros de la temporada dieran vida a los cultivos de arroz y trigo. Por lo que Kimo había oído, el estado de nerviosismo era cada vez may or. El recuerdo de la magra cosecha del año anterior había dado lugar a rumores de hambruna en caso de que no se produjera enseguida un cambio. Aunque Kimo era consciente de que no podía hacer gran cosa al respecto, albergaba la esperanza de que pronto determinarían la causa. Los últimos días hacían pensar que iban por buen camino. Volverían a consultar las lecturas dentro de una hora, cuando se hubieran desplazado varias millas al oeste. Mientras tanto, la cena llamaba. Kimo volvió a sacar el sensor. Cuando lo extrajo del agua, algo raro le llamó la atención. Entornó los ojos. A cien metros de distancia, una extraña mancha negra se estaba extendiendo sobre la superficie del mar como una sombra. Ven a ver esto le dijo a Thalia. Deja de intentar que me apretuje ahí contigo bromeó ella. Lo digo en serio repuso él. Hay algo en el agua. Ella dejó la tableta y se acercó, apoyando una mano en el brazo de él para mantener el equilibrio por encima del estrecho bauprés. Kimo señaló la sombra. Decididamente se estaba extendiendo, atravesando la superficie como si fuera petróleo o algas, aunque tenía una extraña textura que no se parecía a la de ninguna de ambas cosas. Lo ves? Thalia siguió su mirada y a continuación se llevó unos prismáticos a los ojos. Es una ilusión óptica debido a la luz aseguró unos instantes más tarde. No, no es debido a la luz. T miró a través de los prismáticos un rato más y acto seguido se los ofreció a él. Te lo aseguro, ahí fuera no hay nada. Kimo entornó los ojos a la tenue luz. Le estaba engañando la vista? Cogió los prismáticos y escudriñó la zona. Los bajó, los subió y volvió a bajarlos.

Solo agua. Ni algas ni petróleo ni ninguna extraña textura sobre la superficie del mar. Observó con atención los dos lados para asegurarse de que no se estaba equivocando de sitio, pero el mar volvía a parecer normal. Te lo aseguro, ahí fuera había algo dijo. Buen intento contestó ella. Vamos a cenar. Thalia se volvió y regresó de nuevo con cuidado a la cubierta principal del catamarán. Kimo echó un último vistazo, no vio nada fuera de lo normal, sacudió la cabeza y se dio media vuelta para seguirla. Minutos más tarde estaban en el camarote principal, engullendo tacos de pescado al estilo Halverson al tiempo que se reían y debatían sus ideas sobre el origen de la anomalía térmica. Mientras comían, el catamarán siguió navegando hacia el noroeste empujado por el viento. La fibra de vidrio lisa de sus proas gemelas hendía el mar en calma, y el agua pasaba deslizándose y moviéndose silenciosamente a lo largo de la figura hidrodinámica. Entonces algo cambió. El agua pareció volverse ligeramente más viscosa. Las ondas aumentaron de tamaño y comenzaron a desplazarse un poco más despacio. La brillante fibra de vidrio blanca de los pontones del barco empezó a oscurecerse a la altura de la línea de flotación como si se estuviera tiñendo con algún tipo de tinte. El proceso continuó durante varios segundos mientras una mancha de color carbón se extendía a través del lateral del casco. Comenzó a moverse hacia arriba, desafiando la gravedad, como atraída por alguna fuerza. La mancha tenía una textura que recordaba el grafito o una versión más oscura y menos densa del mercurio. Al poco rato, el borde delantero de la mancha pasó por encima de la proa del catamarán, arremolinándose en el mismo punto donde había estado Kimo. Si alguien hubiera estado observando atentamente, habrían visto la pauta que seguía. Por un instante, la sustancia adoptó la forma de unas huellas, antes de volverse de nuevo uniforme y deslizarse hacia atrás, en dirección al camarote principal. Dentro del camarote sonaba una radio que tenía sintonizado un programa de onda corta de música clásica. Era una buena música para cenar, y Kimo estaba disfrutando de la velada y de la compañía tanto como de la comida. Pero mientras Halverson se resistía a divulgar el secreto de su receta de tacos, Kimo reparó en algo extraño. Algo estaba empezando a cubrir las amplias ventanas tintadas del camarote, tapando el cielo oscuro y la iluminación de las luces del barco situadas en lo alto del mástil. La sustancia subía por el cristal como la nieve o la arena empujadas por el viento contra una superficie plana, pero muchísimo más rápidamente. Pero qué demonios?

Thalia miró hacia la ventana. Halverson dirigió la vista en la otra dirección y observó la cubierta de popa con una expresión de alarma. Kimo volvió la cabeza. Una sustancia gris estaba entrando por la puerta abierta; se desplazaba por la cubierta del barco pero discurría cuesta arriba. Thalia también la vio. Iba directa hacia ella. Saltó de su asiento y tiró su plato de la mesa. Los últimos bocados de su cena cayeron delante de la masa. Cuando llegó a las sobras, la sustancia gris pasó por encima de los pedazos de comida, los cubrió por completo y se arremolinó en torno a ella formando un montón cada vez más grande. Qué es eso? preguntó. No lo sé dijo Kimo. Nunca he No hizo falta que acabara la frase. Ninguno de ellos había visto nunca nada parecido. Salvo Kimo entornó los ojos. La extraña sustancia fluía como un líquido, pero tenía una textura granulada. Parecía un polvo metálico deslizándose sobre sí mismo, como unas olas de arena finísima moviéndose con el viento. Es lo que vi en el agua dijo, retrocediendo. Te dije que había algo ahí fuera. Qué está haciendo? Todos estaban de pie retirándose con cuidado. Parece que se esté comiendo el pescado dijo Halverson. Kimo miraba, debatiéndose entre el miedo y el asombro. Echó un vistazo a través de la puerta abierta. La cubierta de popa estaba revestida de esa sustancia. Buscó una salida a su alrededor. Si se dirigían hacia delante solo acabarían en los camarotes del catamarán y quedarían atrapados. Para ir a popa tendrían que pisar la extraña sustancia. Vamos dijo, subiéndose a la mesa. Sea lo que sea esa cosa, estoy seguro de que no nos conviene tocarla. Mientras Thalia subía al lado de él, Kimo alargó la mano hacia el tragaluz y lo abrió. Dio un empujón a la joven, que ascendió a través de la abertura al techo del camarote. A continuación Halverson se subió a la mesa pero resbaló. Su pie pisó el polvo metálico y lo esparció como si fuera un charco. Parte de la sustancia le salpicó la pantorrilla. Halverson gruñó como si le doliera. Alargó la mano hacia abajo y trató de quitársela de la pierna, pero la mitad se le quedó pegada a la mano. Sacudió la mano rápidamente y acto seguido la frotó contra las bermudas. Me está quemando la piel dijo, con una expresión de dolor en el rostro. Vamos, Perry gritó Kimo. Halverson se subió a la mesa con una pequeña cantidad de residuo plateado pegado a la mano y a la pierna, y la mesa se combó bajo el peso de los dos

hombres. Kimo agarró el borde del tragaluz y se sostuvo, pero Halverson se desplomó. Cayó de espaldas y se golpeó la cabeza. El impacto pareció dejarlo aturdido. Gruñó y se dio la vuelta, apoyando las manos sobre la cubierta para impulsarse. La sustancia gris se amontonó alrededor de él y le cubrió las manos, los brazos y la espalda. Halverson consiguió levantarse y se apoy ó contra el mamparo, pero parte del residuo le había llegado a la cara. Se tocó el rostro como si unas abejas estuvieran pululando a su alrededor. Tenía los ojos cerrados con fuerza, pero las extrañas partículas se estaban abriendo paso bajo los párpados y entrando en sus orificios nasales y sus oídos. Se apartó del mamparo y cayó de rodillas. Empezó a hurgarse los oídos y a gritar. Unos hilillos de la sustancia treparon por encima de sus labios y empezaron a entrarle en la garganta; sus gritos se convirtieron en los borboteos de un hombre que se ahoga. Halverson cayó hacia delante. La masa de partículas empezó a cubrirlo como si estuviera siendo devorado por una plaga de hormigas en la selva. Kimo! gritó Thalia. Su voz sacó a Kimo del trance en el que estaba sumido. Se impulsó y subió al techo a través de la abertura. Cerró con fuerza el tragaluz. Gracias a los focos situados en lo alto del mástil, pudo ver que el enjambre gris se había extendido a través de toda la cubierta, tanto en proa como en popa. Y también estaba trepando por los costados del camarote. Parecía engullir objetos aquí y allá como había hecho con los restos caídos de la cena y con Halverson. Está subiendo por aquí gritó Thalia. No lo toques! En el lado en el que estaba, el enjambre invasor había avanzado menos. Kimo alargó la mano y trató de asir algo que le fuera de ay uda. Su mano dio con la manguera de la cubierta y la abrió. Agarró la boquilla de la manguera y roció la masa gris con agua a alta presión. El chorro de líquido barrió hacia atrás las partículas y las retiró de las paredes del camarote como si fueran barro. En este costado! Kimo se acercó a ella y siguió lanzando chorros al fango. Ponte detrás de mí! le ordenó, dirigiendo la manguera. El chorro de agua a presión ay udaba, pero era una batalla perdida. El enjambre los estaba rodeando y acorralando por todos los lados. Por mucho que lo intentaba, Kimo no podía detener el avance de la sustancia. Deberíamos saltar gritó Thalia. Kimo miró al mar. El enjambre se extendía desde el barco hasta las aguas de las que había llegado.

Creo que no dijo. Buscando desesperadamente algo que le resultara de ayuda, escudriñó la cubierta. Dos latas de gasolina de veinte litros reposaban en el extremo de popa del barco. Apuntó con la manguera a toda presión, la movió de un lado a otro y abrió un camino a través del enjambre. Soltó la manguera, avanzó corriendo y saltó. Cayó sobre la cubierta mojada, patinó a través de ella y chocó contra el espejo de popa del barco. Una sensación de picor en las manos y las piernas como si le hubieran echado alcohol sobre la piel le indicó que algunos residuos lo habían alcanzado. Hizo caso omiso del dolor, cogió el primer bidón y empezó a echar combustible sobre la cubierta. El residuo gris reculó ante el líquido, apartándose y retrocediendo, pero buscó un nuevo camino para seguir avanzando. En el techo del camarote, Thalia estaba usando la manguera, lanzando agua a su alrededor en un círculo cada vez más pequeño. De repente, gritó y soltó la manguera como si algo le hubiera hecho daño. Se volvió y empezó a trepar por el mástil, pero Kimo vio que el enjambre había comenzado a cubrir las piernas de la joven. Thalia gritó y se cayó. Kimo! gritó. Ay údame. Ay ú Kimo roció la cubierta con el resto de la gasolina y cogió la segunda lata. Pesaba poco y estaba casi vacía. El miedo atravesó el corazón de Kimo como una lanza. En el lugar donde Thalia había caído solo se oían ruidos borboteantes y un sonido de forcejeo. Él solo podía verle la mano, que se retorcía asomando por debajo de la masa de partículas. Delante de él, la masa había reanudado la búsqueda de un camino a sus pies. Miró de nuevo la superficie del mar. La plaga lo cubría como un lustre de metal líquido hasta donde alcanzaba la luz. Kimo hizo frente a la terrible verdad. No había escapatoria. No quería morir como Thalia y Halverson, de modo que tomó una dolorosa decisión. Vertió el resto del combustible en la cubierta y obligó al enjambre a retroceder una vez más, cogió un mechero que llevaba e hincó una rodilla. Sostuvo el mechero contra la cubierta empapada en gasolina, se armó de valor para actuar y deslizó el dedo sobre la piedra. Saltaron chispas, y los vapores se encendieron. Una llamarada avanzó rápidamente desde el extremo de popa del catamarán. Las llamas corrieron a través del enjambre hasta el camarote y a continuación retrocedieron con gran estruendo hacia Kimo, antes de arremolinarse a su alrededor y prenderle fuego. El dolor fue tan intenso que le resultó insoportable incluso durante los pocos

segundos que le quedaron de vida. Engullido por el fuego e incapaz de gritar con los pulmones quemados, Kimo A kona retrocedió tambaleándose y cayó al mar.

3 Kurt Austin se encontraba en un taller semioscurecido del piso inferior de su cobertizo para botes pasada la medianoche. Cargado de espaldas y relativamente atractivo, Kurt tenía un físico más rudo que espectacular. Su cabello era de un color gris acerado, una característica sorprendente en un hombre que aparentaba treinta y tantos años; sin embargo, encajaba bien con la personalidad de Kurt; pero eso tan solo lo sabían sus amigos más próximos. Tenía una mandíbula cuadrada, unos dientes relativamente regulares pero no perfectos y el rostro bronceado y surcado de arrugas de los años que había pasado en el mar y expuesto a los elementos. «Serio» e «íntegro» eran los adjetivos que solían usar sus conocidos para describirlo. Y sin embargo, ese rostro de facciones marcadas poseía una mirada penetrante. Y la franqueza de esa mirada y el brillo de sus ojos azules como el coral a menudo hacían que la gente se parase como si la hubieran pillado por sorpresa. En ese preciso instante esos ojos estaban examinando un trabajo realizado con amor. Kurt estaba construyendo una barca de remos de competición. Su mente estaba ocupada por ideas de rendimiento: coeficientes de resistencia, factores de apalancamiento y la energía que podía generar un ser humano. El aire olía a barniz, y el suelo estaba lleno de virutas, astillas de madera y otros restos; la clase de despojos que se amontonaban y señalaban el progreso de alguien que fabricaba a mano una barca. Después de meses de trabajo intermitente, Kurt había conseguido algo cercano a la perfección. Seis metros de eslora. Estrecha y lisa. El color rubio miel de la embarcación de madera relucía bajo nueve capas de goma laca con un brillo que parecía iluminar la estancia. Una barca de primera dijo Kurt en voz alta, admirando la obra terminada. El acabado cristalino daba intensidad al color, como si se pudiera ver a lo largo de kilómetros. Un ligero cambio de foco, y la habitación se llenaba de destellos a su alrededor. A un lado del reflejo había un nuevo juego de herramientas sin tocar en una

caja de vivo color rojo. Al otro lado, fijado a la tabla del banco de trabajo con meticulosa precisión, se veía una serie de viejos martillos, sierras y cepillos de carpintero, con los mangos de madera agrietados y descoloridos por el tiempo. Kurt había comprado las nuevas herramientas, las viejas eran de su padre: un regalo y un mensaje a la vez. Y justo en medio, como un hombre atrapado entre dos mundos, él veía su propio reflejo. Muy adecuado. Kurt se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando con tecnología moderna, pero le encantaban los objetos antiguos, como las pistolas, y también las casas anteriores a la guerra de Secesión y de la época victoriana, e incluso las cartas y los documentos históricos. Todas esas cosas le llamaban la atención con la misma intensidad. Pero sus embarcaciones, incluida la que acababa de terminar, le despertaban una intensa sensación de alegría. De momento, la lustrosa barca reposaba sobre un soporte, pero al día siguiente la levantaría de su armazón, le colocaría los remos y la llevaría al agua para su viaje inaugural. Allí, impulsada por la considerable fuerza de sus piernas, sus brazos y su espalda, la embarcación surcaría la superficie en calma del Potomac a una sorprendente velocidad. Mientras tanto, se dijo, sería mejor que dejara de contemplarla y de admirar su obra, o por la mañana estaría demasiado cansado. Bajó la persiana y se dirigió al interruptor de la luz. Antes de que pudiera apagarlo, un molesto zumbido lo sorprendió. Era su móvil, que estaba zumbando sobre la mesa de trabajo. Cogió el teléfono, reconoció en el acto el nombre de la pantalla y pulsó el botón para responder. Era Dirk Pitt, director de la NUMA, jefe de Kurt y buen amigo suy o. Antes de ocupar el cargo de director, Pitt se había pasado un par de décadas jugándose la vida en proyectos especiales para la organización. Y de vez en cuando, todavía se la jugaba. Siento molestarte en plena noche dijo Pitt. Espero que no tengas compañía. En realidad, estoy delante de una rubia preciosa contestó Kurt, volviendo la vista hacia su barca. Es elegante y suave como la seda. Y me veo pasando mucho tiempo a solas con ella. Me temo que vas a tener que aplazar la cita y darle las buenas noches dijo Pitt. El tono serio de la voz de Pitt sonó alto y claro. Ha sucedido algo? Conoces a Kimo A kona? preguntó Pitt. Trabajé con él en el Proyecto Ecológico Hawaiano respondió Kurt, consciente de que Pitt no iniciaría una conversación de esa forma a menos que tuviera malas noticias. Es muy bueno. Por qué lo pregunta? Estaba trabajando en una misión para nosotros en el océano Índico

comenzó Pitt. Perry Halverson y Thalia Quivaros se encontraban con él. Hace dos días perdimos el contacto con ellos. A Kurt no le gustaba cómo sonaba aquello, pero las radios fallaban, a veces las instalaciones eléctricas se averiaban, y a menudo los tripulantes aparecían sanos y salvos. Qué ha pasado? No lo sabemos, pero esta mañana su catamarán fue visto a la deriva, a cincuenta millas de donde debía estar. Esta tarde un avión de Maldivas hizo una pasada a baja altura. Las fotos muestran considerables daños ocasionados por un incendio en el casco. No hay rastro de la tripulación. En qué estaban trabajando? Estaban analizando las temperaturas del agua, la salinidad y los niveles de oxígeno explicó Pitt. Nada peligroso. Esas misiones os las reservo a Joe y a ti. Kurt no se imaginaba ningún motivo por el que un estudio como ese pudiera molestar a alguien. Y sin embargo cree que ha sido un crimen? No sabemos lo que ha ocurrido dijo Dirk con firmeza. Pero algo no encaja. Los contenedores de los botes salvavidas pueden verse desde el aire. Las cubiertas están quemadas pero por lo demás intactas. Halverson era un veterano con diez años de experiencia a sus espaldas, y antes había sido marino mercante durante otros ocho. Kimo y Thalia eran más jóvenes, pero estaban bien formados. No se nos ocurre un motivo que explique un incendio de esa magnitud a bordo de un velero. Y aunque se nos ocurriera, nadie se explica por qué tres marineros cualificados no pudieron utilizar un bote salvavidas ni enviar una llamada de socorro en esas condiciones. Kurt permaneció callado. A él tampoco se le ocurría un motivo, a menos que estuvieran incapacitados de alguna forma. El hecho es que han desaparecido afirmó Dirk. Tal vez los encontremos. Pero tú y yo tenemos suficiente experiencia para saber que no pinta bien. Kurt entendía su razonamiento. Tres miembros de la NUMA habían desaparecido y habían sido dados por muertos, algo que Dirk Pitt y Kurt Austin se tomaban de forma personal. Qué quiere que haga? Se está organizando un grupo de rescate en Maldivas le informó Pitt. Quiero que Joe y tú vayáis allí lo antes posible. Eso significa que tienes que tomar un avión dentro de cuatro horas. No hay problema dijo Kurt. Siguen buscándolos? Unos aviones de búsqueda y rescate de Maldivas, un par de aviones P-3 de la marina y un escuadrón de largo alcance del sur de la India han estado

cruzando la zona de un lado a otro desde que el barco fue visto. Todavía no han encontrado nada. Entonces no es una misión de rescate. Ojalá lo fuera confesó Pitt. Pero a menos que recibamos buenas noticias, cosa con la que no cuento, tu trabajo consiste en averiguar qué pasó y por qué. En el oscuro taller, invisible para Pitt, Kurt asintió con la cabeza. Entendido. Te dejo para que despiertes al señor Zavala se despidió Pitt. Mantenme informado. Kurt acusó recibo de la consigna, y Dirk Pitt colgó. Austin dejó el teléfono y pensó en la misión que lo aguardaba. Esperaba que, contra todo pronóstico, los tres miembros de la NUMA fueran hallados meciéndose con sus chalecos salvavidas cuando él cruzara el Atlántico, pero, considerando la descripción del catamarán y del tiempo que llevaban desaparecidos, lo dudaba. Guardó el teléfono en el bolsillo y miró largamente la reluciente embarcación que había construido. Sin vacilar un segundo, alargó la mano para pulsar el interruptor de la luz, lo apagó y salió. Su cita tendría que esperar a otra mañana.

4 Interior de Yemen Una figura vestida de blanco se encontraba en un afloramiento rocoso que sobresalía por encima de la arena del extenso desierto de Yemen. El viento le tiraba del caftán y este producía un sonido apagado al ondear en la brisa. Un reluciente helicóptero blanco se hallaba sobre el risco detrás de él. Una insignia verde que representaba dos palmeras datileras dando sombra a un oasis decoraba su lateral. Tres pisos más abajo estaba la entrada de una ancha cueva. En el pasado, la cueva habría estado vigilada por unos cuantos beduinos ocultos en los riscos, pero en la actualidad había una docena de hombres con rifles automáticos a plena vista, y otros veinte más o menos permanecían escondidos. Jinn al-khalif se llevó unos prismáticos a los ojos y observó cómo un trío de Humvee atravesaban el desierto hacia él. Subían y bajaban por las dunas como pequeños botes cruzando las olas del mar. Viajaban en formación de flecha en dirección a él. Siguen el antiguo camino dijo, dirigiéndose a una figura situada a su lado y ligeramente por detrás de él. En la época de mi padre, habrían sido caravanas de especias y comerciantes, Sabah. Ahora solo los banqueros vienen a vernos. Bajó los prismáticos y miró al anciano con barba que se encontraba a su lado. Sabah había sido el hombre más leal de su padre. Iba vestido con una túnica más oscura que la de Jinn y llevaba una radio. Haces bien en conocer sus motivos señaló Sabah. No les importa nada nuestra lucha. Vienen porque les prometes riqueza. Debes cumplir con lo prometido antes de que podamos llevar a cabo lo que queremos. Está Xhou con ellos? Sabah asintió con la cabeza. Sí. Cuando llegue, todos los miembros del consorcio estarán presentes. No deberíamos hacerlos esperar. Y el general Aziz, el egipcio? preguntó Jinn. Sigue reteniendo los

fondos que había prometido? Hablará con nosotros dentro de tres días aseguró Sabah. Cuando le venga mejor. Jinn al-khalif respiró hondo, aspirando el aire puro del desierto. Aziz había prometido muchos millones al consorcio en nombre de un grupo de empresarios y militares egipcios, pero estos todavía no habían pagado un centavo. Aziz se burla de nosotros dijo Jinn. Hablaremos con él y lo pondremos a raya insistió Sabah. No repuso Jinn. Seguirá desafiándonos porque puede hacerlo; siente que está fuera de nuestro alcance. Sabah miró a Jinn con expresión burlona. Es la respuesta al enigma de la vida prosiguió Jinn. Lo importante no es el dinero, ni la riqueza ni el deseo, ni siquiera el amor. Nada de todo ello me salvó cuando los bandidos invadieron nuestro campamento. Solo hay una cosa importante, ahora y entonces: el poder. El poder en bruto, el poder que arrolla. El que lo tiene manda; el que no, suplica. Y Aziz nos tiene de rodillas, pero dentro de poco volveré las tornas contra él; conseguiré un poder que jamás ha tenido ningún hombre. Sabah asintió lentamente con la cabeza, y una sonrisa arrugó su barba. Has aprendido bien, Jinn. Mejor aún de lo que habría esperado. Verdaderamente superas a tu maestro. Debajo de ellos, los Humvee estaban reduciendo la marcha hasta que se detuvieron delante de la cueva. Tú has sido la estrella polar que me ha guiado dijo Jinn. Por eso mi padre me confió a tu cuidado. Sabah se inclinó ligeramente. Agradezco tus amables palabras. Ahora recibamos a nuestros invitados. Minutos más tarde estaban dentro de la caverna, cuatro pisos por debajo. La temperatura en el interior era de veintisiete grados, que contrastaba marcadamente con los vientos de cuarenta grados que estaban empezando a soplar fuera. A pesar del primitivo entorno, los invitados reunidos estaban sentados en cómodas sillas de oficina tras una mesa de conferencias negra. La sala que los rodeaba había sido diseñada y labrada a partir de lo que antaño fuera una cámara irregular. Ahora parecía un gran salón decorado al estilo más contemporáneo. Delante de ellos había unas pequeñas pantallas encajadas en la mesa. Las paredes estaban llenas de ordenadores. Habitaciones ocultas situadas más allá albergaban dormitorios y estanterías con armas. A Jinn le había costado mucho dinero transformar aquel viejo lugar de reunión de beduinos y convertir lo que era una polvorienta grieta en un cuartel

general. Había resultado un proceso largo y complicado, al igual que la evolución que había experimentado su familia al pasar de ser un grupo de nómadas que comerciaban con camellos y artículos tradicionales a una empresa puntera con intereses en la tecnología, en el petróleo y en los barcos. Atrás quedaban los camellos y el oasis que su familia había reclamado durante siglos, sacrificados a cambio de pequeñas participaciones en compañías modernas. Lo único que quedaba eran las palabras de su padre: «No debes tener compasión Y sin el agua, solo nos quedará vagar y morir». Jinn nunca había olvidado ese mensaje ni la necesidad de ser absolutamente despiadado para acatarlo. Con la ayuda de Sabah y de los fondos de quienes estaban reunidos en la cueva, se encontraba a un paso de asegurarse el control de las aguas de medio mundo, como su padre había controlado el oasis. El señor Xhou entró con sus ay udantes. Sabah lo saludó y lo acompañó a su asiento. Nueve hombres importantes se hallaban presentes, entre ellos el señor Xhou, de China; Mustafá, de Pakistán, y el jeque Abin da-alhrama, de Arabia Saudí. Suthar había llegado de Irán, Attakari procedía de Turquía, y había varios invitados de menor categoría del norte de África, de las antiguas repúblicas soviéticas y de otros países árabes. No eran representantes de gobiernos sino hombres de negocios interesados en el plan de Jinn. Por la gracia de Alá, estamos otra vez reunidos declaró Jinn. Por favor, ahórrese los parlamentos religiosos dijo el señor Xhou. E infórmenos de sus progresos. Nos ha hecho venir aquí para pedirnos más fondos y todavía no hemos visto los efectos que nos ha prometido. La brusquedad de Xhou irritaba a Jinn, pero él era el mayor inversor, tanto en lo tocante a los fondos concedidos a Jinn como en el dinero gastado apostado por las ganancias que este había prometido. Debido a ello, Xhou estaba impaciente, y lo había estado desde el principio. Parecía deseoso de dejar atrás la fase de inversión y de entrar en la de los beneficios. Y con la negativa de Aziz a pagarles, Jinn necesitaba la financiación de Xhou más que nunca. Como ya saben, el general Aziz no ha podido facilitar los bienes que prometió. Sabiamente, quizá dijo Xhou. Hasta la fecha hemos gastado miles de millones y hemos obtenido grandes beneficios. Ahora tengo ochocientas mil hectáreas de desierto mongol. Si sus promesas no se hacen pronto realidad, mi paciencia llegará a su fin. Le aseguro que dentro de poco se verán los progresos respondió Jinn. Pulsó un botón de un mando a distancia, y las pequeñas pantallas situadas delante de cada invitado se iluminaron. En la pared, una pantalla más grande mostraba el mismo diagrama, una representación en color del mar de Omán y del océano Índico. Unos sectores de color rojo, naranja y amarillo ilustraban los

gradientes de temperatura. Unas flechas mostraban la dirección y la velocidad de las corrientes. Esta es la pauta habitual de las corrientes del océano Índico basada en las medias de los últimos treinta años explicó Jinn. En invierno y primavera, la pauta es de este a oeste, en el sentido contrario al de las agujas del reloj. Las corrientes son empujadas por vientos fríos y secos de alta presión procedentes de India y de China. Pero en verano la pauta cambia. El continente se calienta más rápidamente que el mar. El aire se eleva y empuja el viento tierra adentro. La corriente varía, fluye en el sentido de las agujas del reloj y lleva los monzones a la India. Jinn pulsó el mando a distancia para mostrar el cambio de pauta. Como saben prosiguió, los gradientes de temperatura y de presión empujan los vientos. Los vientos empujan las corrientes oceánicas, y juntos producen el aire seco o las lluvias monzónicas. En este caso, cubren la India y el sudeste de Asia de humedad, crean las lluvias monzónicas que riegan esos territorios y que les permiten dar de comer a su enorme población. En la pantalla apareció una nueva animación que mostraba unas nubes avanzando sobre la India hasta Bangladesh, Vietnam, Camboya y Tailandia. Ya sabemos todo eso interrumpió bruscamente Mustafá de Pakistán. Ya hemos visto esta demostración. Mientras ellos tienen abundantes cosechas, nuestras tierras siguen secas. Las arenas de aquí también están áridas. Hemos venido a ver si ha conseguido algún cambio, ya que hemos invertido una fortuna en su plan. Así es dijo otro representante. Cree que les habría llamado a todos juntos si no tuviera pruebas? preguntó Jinn. Si las tiene, enséñenoslas exigió Xhou. Jinn pulsó una tecla del mando a distancia, y la pantalla cambió otra vez. Hace tres años empezamos a sembrar la plaga en el cuadrante oriental del océano Índico. En la pantalla, un pequeño triángulo de forma irregular apareció cerca del ecuador. Cada año, con sus fondos, hemos sembrado más secciones. Cada año la plaga ha crecido por sí sola, según lo prometido. Hace dos años cubría el diez por ciento de la zona objetivo. El triángulo irregular se alargó y se estiró con la corriente. Una segunda sección curvada se extendió hacia él desde el oeste. Hace un año llegaba al treinta por ciento de saturación. Otro clic, otro diagrama. Las dos manchas oscuras se unieron y se extendieron a través de la curva meridional de la corriente del océano Índico. Sabemos que las lluvias se han vuelto menos abundantes en la India. La

cosecha del año pasado fue la más escasa desde hace décadas. Este año esperarán unas nubes que no aparecerán. Pulsó el mando a distancia una vez más. Las dispersas franjas negras habían disminuido, pero en la sección central del océano Índico había surgido un dibujo más denso y oscuro. Mediante la acción natural de las corrientes oceánicas y la manipulación de Jinn, la plaga se había concentrado en una zona conocida por los oceanógrafos como «giro», el centro del Gran Remolino. Concentrada de esa forma, produciría un efecto mucho may or en la temperatura del agua y en el clima resultante de ella. Las temperaturas del agua están bajando, pero las del aire sobre el mar están aumentando y asemejándose a las fluctuaciones que se perciben sobre la tierra explicó Jinn. Las condiciones meteorológicas están cambiando. Está lloviendo más que nunca en las tierras altas de Etiopía y Sudán. Después de años de sequía, el lago Nasser corre el peligro de sobrepasar su capacidad máxima. El grupo parecía impresionado. Todos menos Xhou. El hambre de la India no nos servirá a ninguno de nosotros indicó el chino. Salvando a Mustafá, que ve el país como un antiguo enemigo. Nuestra intención es tener grano que venderles cuando sus silos estén vacíos. Y eso no ocurrirá a menos que las precipitaciones experimenten un cambio correspondiente en nuestros países. Por supuesto convino Jinn. Pero no puede conseguir el segundo efecto sin lograr antes el primero. La lluvia caerá, sus tierras yermas darán cosechas, y aumentarán sus riquezas vendiendo arroz y grano a mil millones de personas hambrientas. Xhou se arrellanó carraspeando y se cruzó de brazos. No parecía satisfecho. La parte científica es simple prosiguió Jinn. Hace seis mil años Oriente Medio, la península arábiga y el norte de África eran fértiles y no sufrían sequías. Había praderas, sabanas y llanuras cubiertas de árboles. Entonces las condiciones meteorológicas cambiaron y las convirtieron en desiertos debido a una alteración en las corrientes oceánicas y en los gradientes de temperatura de esas corrientes. Cualquier científico se lo confirmará. Estamos intentando modificar de nuevo el proceso. La primera señal de progreso se dio el año pasado. Este año será incuestionable. El jeque Alhrama de Arabia Saudí habló a continuación: Cómo es que nadie ha visto su plaga? Seguro que algo tan grande no se le escapa a los satélites. El enjambre permanece bajo la superficie durante el día. Evita así que el calor penetre en las capas inferiores del mar absorbiéndolo. Cuando anochece, el enjambre sale a la superficie e irradia el calor al cielo. No hay nada que ver. Una imagen por satélite normal solo mostrará el agua del mar. Una imagen térmica mostrara una extraña radiación.

Y las muestras de agua? preguntó Xhou. A menos que la plaga se configure en su modalidad más agresiva, una muestra de agua parecerá a simple vista poco más que agua turbia, tal vez contaminada. A menos que sean examinados bajo un microscopio extraordinariamente potente, los microbios de la plaga son invisibles de forma individual. No hay nada que nos delate. Pero por si acaso vigilamos los barcos de investigación. La plaga los esquiva. No todos. Jinn se sorprendió. Se imaginaba lo que Xhou estaba a punto de decir, pero le asombró que dispusiera de esa información. Por otra parte, para llegar a lo más alto como Xhou uno debía tener la capacidad de obtener toda la información necesaria. De qué está hablando? preguntó Mustafá. Un pequeño barco de investigación nos pilló por sorpresa explicó Jinn. Estadounidenses. Nos ocupamos de ellos. Xhou negó con la cabeza. Los estadounidenses a los que se refiere pertenecen a una organización conocida como NUMA. La Agencia Nacional de Actividades Subacuáticas. Un murmullo recorrió el grupo, y Jinn se dio cuenta de que debía controlar rápidamente la situación. Necesitaba la siguiente cuota de fondos o toda la operación se iría al traste. No pudimos evitarlo dijo. No teníamos motivos para sospechar de un velero con tres tripulantes. No solicitaron ningún permiso ni dieron ningún aviso. Cuando nos dimos cuenta de lo que hacían, estaban a punto de descubrir la plaga. Ya habían enviado datos sobre el gradiente de temperatura a su cuartel general. Qué pasó? preguntó el jeque. La plaga los engulló. Los engulló? Jinn asintió con la cabeza. Cuando busca alimento, la plaga puede devorar todo lo que encuentra a su paso. Forma parte de su programa, necesario para la reproducción y su propia defensa. En el caso que nos ocupa, se activó desde aquí. Xhou pareció enfadarse más al oír eso. Es usted un necio, Jinn. Cada medida que se toma tiene una reacción. En este caso, la NUMA llevará a cabo una investigación. Estarán indignados por la pérdida de la tripulación y contarán con una fuerte motivación para descubrir lo que pasó. Son famosos por su tenacidad. Me temo que puede haber despertado a la bestia. Jinn se puso furioso; no soportaba que lo trataran de esa forma. No teníamos alternativa. Ahora que la plaga está concentrada, se encuentra en un estado más vulnerable. Si los estadounidenses la hubieran descubierto, es

posible (aunque poco probable) que hubieran tomado medidas antes de que iniciáramos la última parte de nuestro plan, aquí y ahora, en esta época crucial de crecimiento. Si eso hubiera ocurrido, todos nuestros esfuerzos habrían sido baldíos. Y qué impide que suceda de nuevo en el futuro? Jinn hinchó el pecho. Cuando las condiciones meteorológicas hayan sido alteradas, la plaga podrá dispersarse de nuevo. Mediante su proceso de reproducción natural, crecerá tanto y se extenderá tan lejos que ni siquiera un esfuerzo concertado de todos los países del mundo bastará para destruirla. Adónde irá? preguntó Mustafá. A todas partes dijo Jinn. Al final se extenderá a todos los océanos del mundo. Podrá influir no solo en el clima de nuestros continentes sino también en todas las masas continentales del mundo. Los países ricos nos pagarán impuestos para que les proporcionemos lo que antes recibían gratis. Y si atacan la plaga? preguntó Xhou. Tendrían que quemar toda la superficie del mar para producirle un daño considerable. Y aunque lo hicieran, los supervivientes se reproducirían y la plaga renacería como sucede con un bosque después de un incendio. Los miembros del consorcio miraron a su alrededor y asintieron con la cabeza observándose unos a otros. Parecían entender el poder del arma que Jinn estaba creando; un arma en la que ellos tenían parte. Jinn ha actuado correctamente señaló el jeque, apoyando a su hermano árabe. Estoy de acuerdo asintió Mustafá. Sin embargo, Xhou no estaba satisfecho. Ya veremos dijo. Tengo entendido que unos especialistas de la NUMA se dirigen a Malé para iniciar una investigación. Si la plaga todavía es vulnerable debido a la concentración, propongo que la dispersemos. No es el momento aún repuso Jinn. Pero no se preocupe. Sabemos quién estaba en el catamarán y también a quién han enviado a investigar. He ideado un plan para ocuparme de ellos.

5 La isla de Malé era la más poblada de los veintiséis atolones conocidos como Maldivas. Antiguamente había sido un dominio privado del rey, mientras que los ciudadanos vivían en las otras islas repartidas a través de doscientas millas de mar. Ahora Malé era la capital del país. Cien mil habitantes vivían en ella hacinados en menos de siete kilómetros cuadrados. En contraste con islas volcánicas como Hawái o Tahití, las Maldivas no tenían picos ni afloramientos rocosos. De hecho, el punto natural más elevado de Malé se encontraba solo a dos metros por encima del nivel del mar, aunque bloques de varios pisos y otros edificios se levantaban en cada parcela de terreno hasta el borde del agua. Viajar en avión desde Washington hasta allí requería todo un día. Catorce horas hasta Doha, Qatar, una escala de tres horas, que resultaba breve en comparación, y luego otro vuelo de cinco horas que exigía una gran fuerza de voluntad tras pasar tanto tiempo en el aire. Por fin, después de todo ese ajetreo, los viajeros aterrizaban en su destino. Más o menos. Malé era tan pequeña y estaba tan urbanizada que no quedaba sitio para un aeropuerto en la isla de forma circular. Para llegar a ella, había que aterrizar en la isla vecina de Hulhulé, que tenía una forma parecida a la de un portaaviones y que estaba ocupada prácticamente en su totalidad por la pista de aterrizaje principal del aeropuerto. A bordo de un A380 cuatrimotor, Kurt observaba cómo los demás pasajeros agarraban los apoyabrazos de sus asientos a medida que el avión descendía cada vez más cerca del agua. Justo cuando parecía que el tren de aterrizaje surcaría las olas, apareció tierra firme y el gran aerobús se plantó en la pista de aterrizaje de hormigón. Eh dijo una voz al lado de él. Kurt miró. Joe Zavala se había despertado sobresaltado por el aterrizaje. Su corto cabello moreno estaba un poco despeinado y tenía los ojos marrones oscuros como platos, como si le hubieran dado una descarga con una picana eléctrica. Había dormido profundamente hasta que las ruedas tocaron el suelo. La próxima vez podrías avisar. Kurt sonrió.

Y estropear la sorpresa? Con un subidón de adrenalina así, empezarás el día con energía. Joe miró a Kurt con recelo. Recuérdame que no te deje elegir los tonos ni el despertador de mi móvil. Seguro que escogerías una bocina o algo por el estilo. Kurt rió. Joe y él habían vivido juntos una década de aventuras. Habían estado en incontables apuros y refriegas, y se habían enfrentado al peligro en muchas ocasiones hasta conseguir cambiar el curso de los acontecimientos, normalmente en el último momento. Kurt había arriesgado su vida muchas veces para salvar la de Joe. Y este había hecho lo mismo por él. Eso les daba derecho a pincharse entre ellos sin piedad cuando no había acción. Con tus ronquidos, no sé si una bocina serviría de algo dijo Kurt. Treinta minutos más tarde, después de una rápida excursión a la sección de recogida de equipaje y a la aduana, Kurt y Joe se encontraban en una embarcación abierta, conocida como taxi acuático, cruzando el angosto estrecho entre Hulhulé y Malé. Kurt observaba el mar abierto, y Joe tenía la nariz metida en un crucigrama que había estado haciendo durante la mitad del vuelo. Palabra de cinco letras que significa «felino africano»? preguntó Joe. Kurt vaciló. Yo no pondría tigre contestó. De verdad? se sorprendió Joe. Estás seguro? Totalmente dijo Kurt. Cómo es que tienes esa cara de cansado? Normalmente Joe viajaba sin problemas. De hecho, a menudo Kurt se preguntaba si conocía algún secreto transmitido por las generaciones de exploradores de su familia que le permitía cruzar una docena de zonas horarias y no experimentar ninguno de los efectos adversos del viaje. Pero en ese momento Joe tenía marcadas ojeras y, a pesar de su físico ágil y atlético, parecía agotado. Tú estabas en Washington cuando recibiste la llamada comentó Joe. A diez minutos del aeropuerto. Yo me encontraba en Virginia Occidental, con quince chicos del programa juvenil. Hemos pasado todo el fin de semana corriendo campo a través y haciendo confidencias. En su tiempo libre, Joe dirigía un programa para jóvenes de los barrios pobres del centro la ciudad. Kurt a menudo lo ayudaba en las excursiones, pero no había asistido a aquella. Tratando de seguir el ritmo a los adolescentes, eh? Me mantiene joven dijo Joe. Kurt asintió con la cabeza. Lo cierto era que los dos eran atletas. Para soportar los rigores de la división de programas especiales de la NUMA, había que serlo. Era imposible saber lo que les depararía el destino, pero era bastante

probable que fuera algo arduo, agotador y que consumiera toda la energía física y psíquica de una persona. Para sobrevivir a esos rigores, los dos hombres se mantenían en muy buena forma. Kurt era más alto, más delgado y ágil. Remaba por el Potomac o corría casi todos los días del año. Levantaba pesas y practicaba taekwondo, tanto por la agilidad, el equilibrio y la disciplina como por su valor en el combate. Joe era más bajo, con las espaldas más anchas y la constitución de un boxeador. También jugaba a fútbol en una liga de aficionados, y aseguraba que podría haberse dedicado profesionalmente si hubiera sido un poco más rápido. En ese momento parecía obsesionado con acabar el crucigrama. Kurt le quitó el papel de las manos y lo lanzó a una cesta. Descansa la vista dijo. Vas a necesitarla. Joe se quedó mirando tristemente el trozo de periódico por un instante, se encogió de hombros y apoyó la cabeza en el asiento. Cerró los ojos y empezó a disfrutar del cálido sol durante la travesía de diez minutos a través del estrecho. Han venido de vacaciones? preguntó el piloto del taxi acuático, tratando de entablar conversación. Ataviado con una camisa de lino blanca arremangada y con los ojos ocultos tras unas gafas de sol oscuras, Kurt tenía todo el aspecto de un turista que llegaba a un destino esperado con impaciencia. El taxista no sospecharía jamás de él. Estamos aquí por negocios contestó. Qué bien exclamó el hombre. Hay muchos negocios en Malé. A qué se dedican? Kurt se lo pensó un momento. Era prácticamente imposible explicar con exactitud la actividad del equipo de proyectos especiales de la NUMA, ya que básicamente hacían un poco de todo. Recurrió a la verdad, simple y llana. Resolvemos problemas dijo finalmente. Entonces se equivocan de sitio afirmó el taxista. Maldivas son un paraíso. Aquí no hay problemas. Kurt sonrió. Deseó que el hombre estuviera en lo cierto. La travesía continuó, lenta y pausada, hasta que los edificios de Malé empezaron a alzarse ante ellos. El taxi cruzó el rompeolas y redujo la velocidad. El color turquesa dio paso a unas aguas transparentes y poco profundas con un ligerísimo tono azul. Cuando el barco chocó contra el muelle, el taxista apagó el motor y lanzó un cabo a otro hombre en tierra. Kurt se levantó, dio una propina al piloto y se apeó de la pequeña embarcación. Delante de él, en la orilla, los turistas paseaban al sol, entrando y saliendo de las tiendas del puerto. Un grupo de hombres con chalecos reflectantes que estaban trabajando en una sección de hormigón interrumpieron la obra para apoyarse en sus palas y mirar a una chica polinesia bastante atractiva que pasó

junto a ellos caminando. Kurt los entendía perfectamente. El exuberante cabello negro de la muchacha contrastaba marcadamente con su top sin mangas blanco. Su cara bronceada, sus pómulos altos y sus labios carnosos relucían al sol. Y aunque tenía las piernas cubiertas con unos formales pantalones grises, a Kurt no le cabía duda de que estaban tonificadas y morenas como el resto de su cuerpo. Entró en una joyería, y Kurt y los obreros retomaron sus respectivas tareas. Estás listo? preguntó Kurt. Todo lo listo que puedo estar contestó Joe. Kurt se colocó su mochila, y ambos echaron a andar por el muelle. Dos individuos los esperaban: un hombre de gran estatura, de casi dos metros diez, con una expresión severa e intensa fijada en su rostro; y una mujer con un semblante bondadoso pero pícaro a un tiempo, unos ojos de tono verde azulado y un cabello ligeramente rizado de color rojo vino. Medía casi un metro ochenta, pero parecía menuda al lado del hombre. Parece que los Trout se nos han adelantado dijo Kurt, señalándoselos a Joe. Paul y Gamay Trout eran dos de sus mejores amigos y miembros inestimables del equipo de proyectos especiales. El espíritu rebelde y el carácter travieso de ella era el yin del yang serio y racional que él representaba. Bienvenidos al paraíso dijo Gamay. Originaria de Wisconsin, la mujer todavía hablaba con un leve acento del medio oeste. Eres la segunda persona que lo llama así comentó Kurt. Lo pone en el folleto de viaje. Kurt la abrazó y estrechó la mano de Paul. Joe hizo otro tanto. Cómo demonios habéis llegado tan pronto? Gamay sonrió. Teníamos ventaja. Estábamos en Tailandia, probando algunos de los platos más deliciosos que he comido en mi vida. Qué suerte exclamó Kurt. Queréis registraros en el hotel? preguntó Paul. Kurt negó con la cabeza. Prefiero echar un vistazo al catamarán. Lo han traído ya? Un barco de rescate de las Fuerzas de Defensa Nacional de Maldivas lo remolcó hace una hora. Lo han mantenido en cuarentena a petición nuestra. Era una buena noticia. Entonces vamos a ver lo que encontramos. Después de un paseo de siete minutos por el puerto, llegaron a un muelle guarnecido con unos cuantos marineros. Dos rápidas lanchas patrulleras se hallaban amarradas justo detrás de él, mientras que el casco incendiado del

catamarán de la NUMA estaba atado a las abrazaderas del muelle situadas a su lado. En una pequeña caseta, Kurt rellenó el papeleo y entregó copias de su carnet de identidad y su pasaporte. Mientras esperaban a que les pusieran el sello de aprobación, Kurt echó un vistazo al muelle y reparó en algo extraño. Sin embargo, no habló de ello con nadie; recuperó su documentación y se dirigió al hombre de uniforme. Habla mi idioma? Perfectamente dijo con orgullo el joven. Dígame, sin que se note que mira, si hay una preciosa morena con un top blanco observándonos desde la pasarela. El guardia movió la cabeza para ver mejor. Sin que se note que mira le recordó Kurt. Esa vez el guardia fue más cuidadoso. Sí, está allí. Hay algún problema? No, si no te importa que te sigan mujeres guapas contestó Kurt. Háganos el favor de vigilarla. El hombre sonrió. Con mucho gusto dijo. Acto seguido, antes de que Kurt se le adelantara, añadió : Sin que se note que miro. Exacto. Kurt salió de la caseta y a continuación Joe, los Trout y él subieron a bordo del catamarán. Qué desastre exclamó Gamay, con los brazos en jarras. Efectivamente, era un desastre. El fuego había chamuscado y ennegrecido la mitad del barco y había derretido la fibra de vidrio cerca de la popa, donde debía de haber ardido más intensamente. Había herramientas y provisiones esparcidas por todas partes. Qué estamos buscando? preguntó Paul. Cualquier cosa que nos indique qué pudo haber pasado respondió Kurt. Fue un accidente o fue provocado? Habían tenido problemas antes de que ocurriera o de repente algo se torció? Buscaré el cuaderno de bitácora y el GPS dijo Paul. Yo registraré los camarotes propuso Gamay. Joe se acercó al asiento del piloto. Pulsó unos interruptores. No pasó nada. No hay corriente. Kurt echó un vistazo. El catamarán tenía dos paneles solares en el techo que se veían intactos. Además, un pequeño molino de viento situado en lo alto del mástil parecía dar vueltas sin problemas. La instalación debería disponer de electricidad aunque no hubiera nadie para usarla. Mira los cables le pidió.

Joe se subió al techo del camarote y dio con el problema. Esto está quemado señaló. Creo que puedo empalmarlo. Mientras Joe se ponía manos a la obra, Kurt empezó a hurgar cerca de los recipientes de los botes salvavidas. No solo no habían sido utilizados, sino que las carcasas ni siquiera habían sido abiertas. Algún rastro de agua debajo? gritó, pensando que tal vez una ola gigante había embestido contra ellos y los había arrojado por la borda, aunque eso no explicaría el fuego. No contestó Gamay. Esto está de lo más seco. Kurt se agachó para examinar las marcas dejadas por el fuego. Los residuos eran extraños y densos; parecían más lodo que hollín. El barco tenía un motor auxiliar para casos de emergencia o para cuando no había viento; se encontraba cerca de popa, bajo la cubierta. Kurt levantó la trampilla de esta para echarle un vistazo. En el compartimento del motor no hay rastro de fuego observó, manteniendo la tapa abierta y mirando por encima. La polinesia morena se había acercado a ellos y estaba en el camino principal al lado de un pequeño árbol en el borde del muelle. Sostenía un teléfono de forma extraña como si lo estuviera usando para hacer fotografías del catamarán. Era periodista? A Kurt el desastre del catamarán no le parecía de interés periodístico, a menos que esa mujer supiera algo que él ignoraba. Gamay volvió de abajo. Has encontrado algo? preguntó Kurt. Ella alargó un puñado de artículos. El diario de Thalia dijo. Unas notas de Halverson. Un ordenador portátil. Algo fuera de lo común? Nada importante, pero la mesa del camarote principal está rota. Y también hay platos hechos añicos. Pero los armarios están cerrados con pestillo, así que supongo que las cosas que se rompieron se hallaban fuera y probablemente estaban siendo usadas en ese momento. Además, la comida de la alacena ha desaparecido, menos las conservas. Por un instante, las palabras de Gamay hicieron albergar esperanzas a Kurt. Si una situación concreta había obligado a la tripulación a luchar por su supervivencia, la comida sería una prioridad, pero no habrían dejado las conservas. Lo más probable es que fuese lo único que se hubieran llevado. Paul regresó de popa. Tenía el GPS y los instrumentos de muestreo. Nada fuera de lo común en la parte de delante, salvo una manguera dejada abierta.

A lo mejor la usaron para apagar el fuego propuso Gamay. Kurt lo dudaba. A cada costado del barco había un extintor rojo sin tocar en su abrazadera. Entonces por qué no usaron esos? Falto de respuestas e incluso de hipótesis, Kurt miró a Gamay. Dirk me ha dicho que has estado recibiendo clases de medicina forense. Ella asintió con la cabeza. El tiempo que estuve el año pasado con el doctor Smith hizo que me diera cuenta de la información que pueden proporcionarnos los pequeños detalles. En especial cuando casi todo lo demás no tiene sentido. Nada de esto tiene sentido para mí dijo Kurt. Que unos recipientes de mercancías hayan desaparecido no significa que los saquearan, considerando que los ordenadores y todos los objetos de valor se quedaron en el barco. Los platos y la mesa rota pueden hacer pensar en una pelea, pero no es suficiente para sospechar que se volvieran locos y se mataran entre ellos. Así que la única explicación que encuentro es el fuego, pero si lo combatieron con la manguera, parece que se olvidaron de que tenían extintores. A lo mejor el fuego los desorientó razonó Paul. Tal vez ocurrió de noche. O se emanaron gases tóxicos, y no les quedó más remedio que saltar por la borda. A Kurt le pareció una posibilidad; pobre pero factible. Y podría explicar la presencia de los extraños residuos. Quizá fuese un acelerante o algún tipo de gel. Pero de ser así, cómo había llegado allí? Partamos entonces de esa posibilidad dijo. El fuego no vino del compartimento del motor, así que tuvo que ser otra la causa. Recojamos muestras de los residuos y de cualquier cosa que parezca extraña. Yo me ocuparé se propuso Gamay. Yo ayudaré a Joe a restablecer la corriente añadió Paul. Bien dijo Kurt sonriendo. Eso no me deja nada que hacer más que presentarme a una atractiva joven.

6 Gamay se lo quedó mirando como si estuviera bromeando. Claro comentó. Eres Kurt Austin. Qué ibas a hacer si no? A pesar de su comentario sarcástico y de las miradas recelosas de los demás, Kurt no dijo nada. Cruzó la pasarela hasta el embarcadero sin apartar la vista del guardia de la caseta como si este fuera a entrar de nuevo. En el último segundo se volvió, fijó la vista en la mujer que estaba junto al árbol y echó a andar hacia ella resueltamente. Avanzaba con brío dando largas zancadas. Ella lo miró fijamente un instante y acto seguido empezó a retroceder. Kurt siguió adelante. La mujer se movía más deprisa, retrocediendo hacia la calle. Al mismo tiempo, una furgoneta de reparto apareció de pronto por la calle. Un socio que llegaba a por ella, supuso Kurt. Sin embargo, la mujer se paró en seco con expresión confusa. Se quedó mirando la furgoneta que se acercaba, acto seguido miró a Kurt y miró de nuevo la furgoneta, que derrapó a escasa distancia. La puerta se abrió de golpe, y dos hombres saltaron del vehículo. Ella trató de huir, pero la agarraron. Kurt no sabía qué demonios estaba pasando, pero sabía que no era buena señal. Echó a correr al tiempo que gritaba a los hombres. Eh! La mujer chillaba mientras se la llevaban a rastras hacia atrás. Forcejeó, pero la lanzaron a través de la puerta abierta y entraron apresuradamente detrás de ella. Cuando Kurt llegó a la calle, se estaban alejando a toda velocidad. El guardia de la caseta se acercó corriendo detrás de él tocando un silbato. Un silbato no iba a detenerlos Tiene coche? Solo una moto dijo el guardia. Sacó una llave y señaló una pequeña Vespa naranja. Kurt cogió la llave y corrió hacia la moto. Tendría que servir. Levantó una pierna por encima del asiento, introdujo la llave de contacto y la giró. El motor de cincuenta centímetros cúbicos se encendió con la potencia del extractor de un cuarto de baño.

Quién no tiene coche hoy día? gritó al tiempo que retiraba la pata de cabra y aceleraba. La isla mide solo tres kilómetros de ancho vociferó el guardia. Quién necesita coche? A Kurt le pareció una respuesta de una lógica aplastante, y aunque habría podido rebatirla, no tenía tiempo. Aceleró más, y la Vespa zumbó como una desbrozadora, persiguiendo a la furgoneta. Un minuto antes se había preguntado si la mujer era una periodista y luego había sospechado que se trataba de alguien más peligroso. Ahora intentaba salvarla de unos secuestradores. La mañana se estaba poniendo muy interesante. La furgoneta avanzaba con estruendo por la calle doscientos metros por delante de él. Las luces de freno se encendieron y giró a la izquierda en dirección al interior. Kurt la siguió, y estuvo a punto de atropellar a un ciclista y a un vendedor callejero que tenía un puesto de pescado. Viró bruscamente, subió a la acera y por poco volcó la moto. Un momento después estaba otra vez en la calle. La furgoneta había aumentado considerablemente su ventaja, y Kurt temía no poder alcanzarla con un vehículo con tan poca potencia. Genial masculló cuando unos cuantos bichos empezaron a impactar contra su cara. Todos estos años escuchando a Dirk contar historias sobre las Dusenberg y las Packard que ha tomado prestadas, y acabo en una moto de treinta caballos. Agachó la cabeza, tratando de adoptar una postura más aerodinámica, y dio gracias por que la moto no tuviera borlas en el manillar o una cesta para Totó en la parte delantera. De pronto surgió ante él un grupo de transeúntes cruzando un paso de peatones. Kurt tocó la bocina con el pulgar. Mec, mec. El molesto zumbido agudo bastó para dispersar la fila de gente. Kurt pasó zumbando por el hueco como un desquiciado y se centró en la furgoneta. Ahora corrían hacia el interior, avanzando por una carretera con tantas letras y vocales en el nombre que Kurt no se molestó en intentar leerlo ni recordarlo. Lo único que importaba era no perder de vista la furgoneta. Ignoraba la velocidad que alcanzaban otras motos, pero la pequeña Vespa no pasaba de los sesenta y cinco kilómetros por hora. Justo cuando estaba empezando a pensar que su misión era imposible, su suerte cambió a mejor. A pesar de la pregunta retórica del guardia acerca de la necesidad de poseer un coche, muchas personas parecían tenerlos. Las estrechas calles estaban llenas de automóviles; tal vez no tantos como en la costa Este estadounidense a hora punta, pero suficientes para convertir la carretera en una carrera de obstáculos. Después de virar alrededor de un sedán y de atajar entre otros dos que

viajaban el uno al lado del otro, Kurt se sorprendió alcanzando a la furgoneta. La vio más adelante, tratando de abrirse paso por un concurrido cruce. Mientras rodeaba zumbando otro coche lento, oyó el sonoro claxon de la furgoneta. Llegó a la esquina y giró a la derecha. Kurt tomó la curva sin problemas, introduciéndose ente un par de coches parados y confiando en que nadie decidiera abrir una puerta. Ahora se dirigían al oeste, y Kurt se estaba aproximando a la furgoneta, súbitamente entusiasmado con su pequeño corcel naranja. Vio que se acercaba a la costa. Habían llegado a la otra parte de la isla. La furgoneta salió de la carretera y pasó zumbando por delante de los contenedores y el utillaje del puerto comercial. Patinó y paró enfrente de una lancha motora, y la puerta se abrió. Los dos hombres que habían lanzado a la misteriosa mujer al interior la sacaron a rastras. La furgoneta desapareció al instante. Kurt hizo caso omiso del vehículo y se acercó rápidamente a la mujer polinesia y a sus captores. Se dirigió hacia ellos a toda velocidad y saltó de la moto. Sin motorista que la condujera, la moto cay ó y se deslizó a través del hormigón. Kurt saltó por los aires y placó a los dos hombres y a la mujer al mismo tiempo. Los cuatro se desplomaron y rodaron por el hormigón. Kurt notó que su rodilla y su cadera rozaban la dura superficie, y el dolor familiar de la piel raspada contra la carretera le recorrió el cuerpo. Sin embargo, se levantó de un brinco y embistió contra los atacantes. Uno de ellos echó a correr hacia la lancha. El otro se puso en pie y sacó un cuchillo. Miró a Kurt un instante, retrocedió varios pasos y, acto seguido, lanzó el arma. Kurt la esquivó, pero el movimiento ofreció al hombre uno o dos segundos preciosos. Siguió a su amigo hacia la embarcación y saltó a bordo. El motor fuera borda rugió, y la lancha se alejó rápidamente. Kurt no vio números de identificación ni marcas en ella. Sacudió la cabeza. Habían quedado empatados. Los maleantes habían renunciado a su cautiva, pero habían escapado sin problemas. Centró su atención en la mujer. Estaba agachada en el suelo, sosteniéndose el codo manchado de sangre como si le doliera mucho. Se acercó a ella. Se encuentra bien? preguntó bruscamente. Ella alzó la vista, con el rostro surcado de lágrimas y el rímel corrido. Asintió con la cabeza, pero siguió meciéndose el brazo. Creo que me lo he roto dijo en inglés. El instinto de protección natural de Kurt se activó, pero se recordó que

momentos antes esa mujer había estado espiándolos a él y a sus amigos, y que incluso había hecho fotos del catamarán. Le debía unas cuantas respuestas. La llevaré al hospital aseguró, ayudándola a levantarse, pero primero tiene que decirme quién es usted, por qué me estaba siguiendo y qué le interesa tanto de un catamarán abandonado. Usted es Kurt Austin dijo ella en un tono de seguridad lleno de determinación. Trabaja para la NUMA. Así es confirmó él. Y cómo sabe usted eso? Soy Leilani Tanner repuso la joven. El nombre le sonaba. Ella le explicó quién era antes de que él la identificara. Kimo A kona era mi hermano. Mi hermanastro. Él estaba en ese barco.

7 A varios miles de kilómetros de Malé, en la provincia de Shangai, el señor Xhou de China y el señor Mustafá de Pakistán viajaban en un vagón privado de un tren de alta velocidad con destino a Pekín. Xhou llevaba traje y Mustafá un conjunto tribal pastún. La media docena de personas que viajaban con ellos podían identificarse fácilmente como miembros de un bando o del otro. La velocidad y la suavidad del viaje eran de una innegable majestuosidad, así como la decoración. Unas luces empotradas iluminaban el vagón con una tenue mezcla de color blanco y lavanda. Los cómodos asientos de cuero se amoldaban perfectamente al cuerpo de los pasajeros mientras que los purificadores de agua y los aparatos de aire acondicionado mantenían el ambiente fresco a una temperatura ideal de veintitrés grados. Un par de chefs ofrecían manjares chinos y paquistaníes en bandejas. Por respeto a la religión de Mustafá, no había alcohol, pero las infusiones de hierbas ayudaban a apagar la sed y a refrescar el paladar. A pesar de la opulencia, se trataba de una reunión de negocios. Xhou habló con firmeza: Me temo que no acaba usted de entender la situación en la que nos encontramos. La situación en la que usted se encuentra lo corrigió Mustafá. No insistió Xhou. Todos nosotros. Hemos cometido un error gravísimo. Y ahora es cuando vemos claramente el alcance real de la situación. La tecnología que Jinn controla será una de las más poderosas desarrolladas por el hombre. Reconstruirá el mundo, pero nuestra participación en ella es limitada. Hemos invertido en unos resultados sin tener ningún derecho sobre las máquinas que producen esos mismos resultados. No somos más que usuarios finales de lo que Jinn vende. Como los que compran electricidad a una compañía de suministro en lugar de construirse una planta eléctrica. Mustafá negó con la cabeza. La tecnología de Jinn no nos sirve para nada repuso. En mi país no hay nadie que sepa usarla. Lo único que queremos es que cumpla sus promesas y desvíe los monzones de la India a Pakistán. Que cambie el clima a nuestro favor. El clima puede crear un imperio o destruirlo. Mi gente espera que haga las dos

cosas. Una expresión condescendiente asomó al rostro de Xhou por un instante. Sabía que Mustafá era un hombre astuto pero simple. Aspiraciones simples, como la venganza contra un enemigo. Ideas simples, no las que iban más allá de los beneficios a corto plazo. Sí convino. Pero debe comprender que el cambio climático no es definitivo. No es permanente. Bajo esa forma, es un regalo para Jinn, revocable a su voluntad. Cuando la lluvia empiece a caer en nuestros territorios, dependeremos tanto de ella como los indios que ahora miran el cielo con desesperación. Jinn puede cambiar de opinión y devolverles las lluvias. Xhou se detuvo para que Mustafá asimilara lo que había dicho y acto seguido añadió: Si Jinn lo desea, se convertirá en el dueño de la lluvia y la venderá al mejor postor, un año a unos y al siguiente a otros. Mustafá levantó su taza de infusión, pero no llegó a beber. Acababa de comprender la verdad, y dejó de nuevo la taza sobre el platillo. La India es más rica que mi país dijo. Xhou asintió con la cabeza. No podrán ofrecer tanto como ellos. Mustafá meditó sobre el asunto. Jinn es árabe, es musulmán; no elegiría a los sij y a los hindúes de la India antes que a nosotros. Está seguro? preguntó Xhou. Usted me dijo que los familiares de Jinn han sido considerados zorros del desierto desde hace mucho tiempo. Cómo se explica si no su riqueza? Elegirá lo que convenga a su clan. Mustafá dejó la taza y el platillo sobre la mesa considerando las palabras de Xhou. Miró la comida y apartó la vista con asco. Parecía que hubiera perdido el apetito. Me temo que puede que esté usted en lo cierto dijo. Y lo que es peor, sospecho que a Jinn se le ha pasado por la cabeza mucho antes que a ninguno de nosotros. Por qué si no insistiría en mantener las instalaciones de producción en su pequeño país? Estamos de acuerdo señaló Xhou. Sin más garantía que las promesas de Jinn y ninguna forma de hacérselas cumplir, estamos en una situación precaria. Ninguna tan precaria como la mía aseguró Mustafá. Yo no gozo de los lujos que usted tiene aquí. En mi país no tenemos trenes de alta velocidad ni nuevas ciudades con edificios relucientes y carreteras poco frecuentadas. Disponemos de pocas reservas de divisas para amortiguar la caída en caso de que se produjera. Pero tienen ustedes algo que nosotros no tenemos repuso Xhou. Tienen

personas con una memoria ancestral y una larga relación de tratos con Jinn. Es mucho más probable que él se fíe de usted que de un enviado mío. Jinn no nos dejará acercarnos a su tecnología dijo Mustafá. Xhou sonrió. De momento no la necesitamos. No lo entiendo dijo Mustafá. Yo pensaba Solo necesitamos eliminar la capacidad de Jinn para controlarla. O mejor aún, eliminarlo a él y controlarla nosotros. Si Jinn no estuviera, no podría contradecir las órdenes existentes, y la plaga haría lo que él ha prometido. Así, las lluvias acudirían a nosotros permanentemente. El bigote de Mustafá se curvó poco a poco hacia arriba, y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro. Pareció entender lo que Xhou estaba insinuando. Cuáles son sus condiciones? preguntó. Y le advierto que no puedo prometerle el éxito. Solo que lo intentaré. Xhou asintió con la cabeza. Era imposible que alguien pudiera garantizar lo que estaba pidiendo. Veinte millones de dólares cuando se confirme la muerte de Jinn, ochenta millones más si puede entregar los códigos de comandos. Mustafá empezó a babear, pero entonces pareció invadirlo un frío lo bastante intenso para apagar el fuego de su codicia. Es mejor no meterse con Jinn señaló. El desierto está lleno de los huesos de aquellos que lo hicieron enfadar. Xhou se recostó. Tenía en el bolsillo a Mustafá, y lo sabía. Un empujoncito a su orgullo zanjaría el asunto. No hay recompensa sin riesgo, Mustafá. Si está dispuesto a ser algo más que un títere de Jinn, hará lo que hemos acordado. Mustafá respiró hondo y se preparó mentalmente para su destino. Actuaremos cuando recibamos diez millones de adelanto dijo en un tono firme. Xhou asintió con la cabeza e hizo señas a uno de sus hombres para que se acercara. El hombre colocó un maletín en el suelo. Mustafá alargó la mano para cogerlo. Cuando tocó el asa, Xhou habló de nuevo: Recuerde, Mustafá, que en mi país también hay sitios repletos de huesos. Si me traiciona, a nadie le importará que unos cuantos cadáveres de paquistaníes se añadan al montón.

8 Después de una breve sesión con la policía maldiva, Kurt llevó a Leilani al hospital central de la isla, un edificio moderno construido en memoria de Indira Gandhi. Mientras esperaban los resultados de las radiografías, envió un mensaje de texto a Joe para informar a sus compañeros de dónde estaba y cómo había terminado la persecución. A continuación, centró de nuevo su atención en Leilani. No tengo intención de ser brusco, pero qué demonios está haciendo aquí? Ella tenía el brazo en cabestrillo. Le habían dado puntos y le habían puesto y odo en un rasguño que tenía encima del ojo. He venido a averiguar qué le pasó a mi hermano. Comprensible, pensó Kurt, pero él sabía con certeza que Dirk Pitt todavía no había contactado con ningún familiar. Cómo se ha enterado de lo ocurrido? Mi hermano estudiaba las corrientes dijo ella, mirándolo con tristeza. Yo estudiaba las cosas que nadaban en ellas. Todos los días hablábamos o nos enviábamos correos electrónicos. En sus últimos mensajes me explicó que a otros compañeros y a él les estaban empezando a sorprender las lecturas de las temperaturas y del oxígeno. Quería saber qué efectos podían tener esos cambios en la vida marina de la zona. Dijo que los recuentos demostraban que los camarones antárticos y el plancton habían disminuido drásticamente y que había muchos menos peces. Me comentó que era como si el mar hubiera empezado a enfriarse y a vaciarse de vida. Kurt sabía que eso era cierto por el último informe de Halverson. Cuando dejó de enviarme correos, me preocupé añadió ella. Al ver que no contestaba a las llamadas de teléfono por satélite, me puse en contacto con la NUMA. Y al comprobar que allí nadie me decía lo que pasaba, tomé un vuelo hasta aquí y busqué al capitán del puerto. Él me dijo que la NUMA iba a venir a investigar. Pensé que ustedes eran un grupo de búsqueda, pero entonces vi el barco y Se quedó callada mirando al suelo. Kurt pensó que iba a llorar; parecía que los ojos se le estuvieran llenando de lágrimas, pero finalmente consiguió controlarse. Qué le ha pasado a mi hermano? preguntó finalmente.

Kurt guardó silencio. Nuestros padres han muerto, señor Austin. Él es todo lo que tengo todo lo que tenía. Kurt la entendía. No lo sé dijo. Es lo que intentamos averiguar. Tiene alguna idea de quiénes eran esos hombres? No contestó ella. Y usted? Tampoco reconoció Kurt, aunque sus dudas sobre el carácter accidental de los problemas del catamarán se estaban desvaneciendo rápidamente. Cuándo fue la última vez que Kimo se puso en contacto con usted? Leilani volvió a mirar al suelo. Hace tres días, por la mañana. Notó algo extraño en la llamada? No respondió ella. Lo que y a le he dicho. Por qué? Kurt echó un vistazo al pequeño hueco de una sala de urgencias: los empleados estaban ocupados, los pacientes esperaban, y de vez en cuando sonaba un pitido electrónico o un tintineo. Tranquilo, silencioso, en orden. Y sin embargo, Kurt percibía que el peligro acechaba en alguna parte. Porque estoy intentando averiguar cuáles eran las intenciones de esos hombres al querer secuestrarla. Antes sospechábamos que se trataba de un crimen. Ahora casi podemos estar seguros. Y si usted no sabe nada más que nosotros Lo único que Kimo me envió fue la base de datos. Seguro que ustedes también la tienen. Y aunque no la tuvieran, secuestrándome no conseguirían ocultarla. Tenía razón. Pero significaba que había todavía menos motivos para que alguien lanzara un ataque como aquel. Va a buscarlos? La policía los está buscando comentó Kurt, pero estoy seguro de que murieron hace y a mucho. Mi trabajo consiste en averiguar lo que le pasó al catamarán y a su tripulación. Supongo que encontraron algo que alguien no quería que encontraran. Algo más que anomalías térmicas. Si eso nos lleva hasta los hombres que la atacaron, entonces nos ocuparemos de ellos. Déjeme ayudarles le pidió Leilani. Kurt esperaba que la joven dijera eso. Negó con la cabeza. No es un proyecto científico. Y por si no se ha dado cuenta, es probable que sea peligroso. Ella frunció los labios como si el comentario la hubiera herido, pero en lugar de arremeter contra él, habló con serenidad: Mi hermano ha muerto, señor Austin. Usted y y o lo sabemos. Cuando uno crece en Hawái, descubre el poder del mar. Es precioso, pero también es

peligroso. Hemos perdido a amigos haciendo surf, navegando y buceando. Una cosa es que el mar tenga a Kimo en sus brazos y otra mucho peor que unos hombres lo mandaran allí por algo que encontró. No soy el tipo de persona que deja correr un asunto así. Está usted sufriendo mucho con todo lo ocurrido dijo él. Y probablemente las cosas vayan a empeorar. Por eso mismo tengo que hacer algo suplicó ella. Para distraerme. A Kurt no le quedó más remedio que ser brusco. Según mi experiencia, usted se volverá inestable tanto si hace algo como si no lo hace. Eso afectaría a todo el equipo. Lo siento, pero no puedo permitir que alguien así nos acompañe. Está bien convino la joven. Pero hágase a la idea de que me volverá a ver ahí fuera porque no voy a quedarme de brazos cruzados lamentándome. Qué está diciendo? Esa vez fue ella la que habló con brusquedad. Si se niega a dejar que los ay ude, seguiré investigando por mi cuenta. Y si mi investigación echa por tierra la suya, será una lástima. Kurt suspiró. Era difícil enfadarse con alguien que había perdido a un miembro de su familia, pero Leilani no le estaba dejando alternativa. Supuso que la mujer hablaba muy en serio. El problema era que no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. El médico entró con las radiografías. Se pondrá bien, señora Tanner. Solo se ha magullado el brazo; no está roto. Lo ve le dijo ella a Kurt. Soy dura. Y afortunada añadió él. No hay nada malo en tener la suerte de tu lado. El médico se quedó mirando sin comprender, confundido ante la conversación que había interrumpido. Yo también creo que la suerte es algo bueno. No está siendo de ay uda masculló Kurt. Estaba atrapado. No podía deshacerse de ella después de lo que acababa de pasar. Tampoco podía encerrarla por su bien ni deportarla a Hawái, donde estaría a salvo. Eso solo le dejaba una opción. Está bien concedió. No daré problemas dijo ella. Él le sonrió apretando los dientes. Pues ya lo ha hecho le aseguró. Veinte minutos más tarde para disgusto del personal médico, Kurt ayudó a Leilani a subirse a la maltrecha Vespa. Teniendo mucho más cuidado que en su primer viaje, la llevó de vuelta al otro lado de la isla. Llegaron sanos y salvos. Kurt prometió al afligido guardia que su moto sería

reparada o sustituida por la NUMA y le ofreció su reloj como garantía. El guardia lo examinó con recelo. Kurt se preguntó si era consciente de que el reloj valía el doble que una moto nueva. Acompañado de Leilani, Kurt subió a bordo del catamarán y se la presentó a los Trout. Y este es Joe Zavala añadió cuando este subió de debajo de la cubierta. Su nuevo mejor amigo y acompañante. Se estrecharon la mano. No es que me queje dijo Joe, pero por qué soy yo su nuevo mejor amigo? Tú te asegurarás de que no le pase nada le advirtió Kurt. Y lo que es más importante, de que no nos dé problemas al resto. Nunca he hecho de acompañante se quejó Joe. Siempre hay una primera vez repuso Kurt. Bueno, cómo vamos? La electricidad vuelve a funcionar informó Joe. La batería se está agotando, pero los paneles solares y el aerogenerador están asumiendo la carga. Hemos encontrado algo? Paul habló primero. Cuando Joe restableció la corriente, pude acceder al modo de rastreo del GPS. Mantuvieron rumbo al oeste hasta poco después de las ocho de la última noche que establecieron comunicación con el exterior. Luego el rumbo y la velocidad se volvieron irregulares. Alguna idea del motivo? Creemos que entonces es cuando se produjo el incidente explicó Paul. La vela se quemó parcialmente en el incendio. El cambio de forma alteraría el perfil y la velocidad del barco. Parece que empezó a ir a la deriva. Dónde estaban cuando ocurrió? A unas cuatrocientas millas oeste-sudoeste de aquí. Qué más? Nada fuera de lo normal en el cuaderno de bitácora del barco ni en las notas ni en los archivos informáticos comentó Paul. Pero Gamay ha encontrado algo interesante, como siempre. Kurt se volvió hacia Gamay. Ella levantó un vaso de precipitados de cristal con dos centímetros de agua de color carbón en el interior. Estos son los residuos que dejó el fuego. Los he mezclado con agua destilada. En la mayoría de los casos, el hollín está compuesto principalmente de carbono. Y aunque hay mucho en estos residuos, también contienen una extraña mezcla de metales: estaño, hierro, plata, incluso trazas de oro. Y unas extrañas motas muy difíciles de ver. Kurt miró atentamente el agua del vaso de precipitados; tenía un brillo raro,

casi iridiscente. Qué las provoca? Gamay negó con la cabeza. Ninguno de mis instrumentos es lo bastante potente para decírnoslo. Pero tenían un microscopio a bordo. Cuando Joe ha conectado la corriente, hemos fotografiado las muestras. Sea lo que sea, se está moviendo. Moviendo? repitió Kurt. Cómo que se está moviendo? No es inerte especificó ella. El carbono y los residuos son inmóviles, pero hay algo encima o dentro de esos residuos que sigue activo; y es tan pequeño que no podemos distinguirlo bajo el microscopio. La noticia pareció perturbar a Leilani. Kurt pensó dejar la conversación para más tarde, pero ese era el trato: aquello le resultaría duro, y si ella no podía lidiar con ello, aquel era el momento de echarse atrás. Estamos hablando de una bacteria o de otro microorganismo? preguntó Kurt. Podría ser dijo Gamay. Pero hasta que no lo veamos más detenidamente, lo único que podemos hacer son conjeturas. Kurt consideró sus palabras. Era extraño, pero en realidad no les proporcionaba ninguna información. Que ellos supieran, lo que habían encontrado en los residuos había sido depositado en el barco después del incendio. Podría ese extraño descubrimiento, sea lo que sea, haber provocado el fuego? preguntó. He intentado quemarlo dijo Gamay. Los residuos no son inflamables. Es carbono oxidado y metales. Si esa no es la causa del incendio, cuál fue? Gamay miró a Paul, quien miró a su vez a Joe. Nadie quería dar la mala noticia. Finalmente fue Joe quien habló, y lo hizo en un tono serio. Fuego alimentado con gasolina. Y tampoco encontramos los bidones de veinte litros que figuran en el manifiesto. La mente de Kurt relacionó los datos rápidamente. La tripulación prendió el fuego. Joe asintió con la cabeza. Eso creemos. Gamay se volvió hacia Leilani para asegurarse de que se encontraba bien. Lo siento mucho dijo. No pasa nada contestó Leilani. Estoy bien. Por qué iba a encender fuego alguien en su propio barco? preguntó Kurt. Solo se nos ocurren dos motivos comentó Gamay. O fue un accidente o había algo en el catamarán que resultaba más peligroso que encender fuego.

Los residuos aventuró Kurt, y lo que haya dentro. Creéis que lo estaban combatiendo? No sé qué pensar insistió Gamay. Sinceramente, no entiendo cómo esos residuos pudieron suponer tanto peligro, pero Paul y yo tenemos una cita con un profesor en la universidad dentro de una hora para analizar lo que contiene la muestra. Tal vez él pueda darnos más información. De acuerdo asintió Kurt. Se miró la muñeca para consultar la hora y se acordó de que había empeñado su reloj. Qué hora es? Las cuatro y media dijo Gamay. Está bien. Joe y y o llevaremos a Leilani al hotel. Llamaremos a Dirk y os esperaremos. Id a ver al profesor, pero tened cuidado.

9 Paul y Gamay tomaron un autobús del puerto a la Universidad Nacional de Maldivas. El vehículo paró en la estación de Billabong, y los dos estadounidenses se apearon del vehículo con un grupo de estudiantes como si asistieran a clases nocturnas. Alguna vez has querido volver a la universidad? preguntó Gamay. Solo si tú vienes conmigo y me dejas llevarte los libros contestó él. Ella sonrió. Puede que me lo plantee. Se dirigieron al interior. Los cursos de la Universidad Nacional abarcaban de la ley islámica tradicional a la ingeniería, la construcción y la asistencia sanitaria. Su programa de ingeniería naval tenía fama de ser excelente, lo que tal vez se explicaba por el deseo de un país de topografía tan llana de evitar que los mares crecientes lo inundaran. Un colega de la escuela marítima que conocía la NUMA recibió a Paul y a Gamay. Les presentó a una profesora vestida con un sari morado, la doctora Aly iha Ibrahim, miembro del departamento de ciencias. Gracias por recibirnos dijo Gamay. Ella tomó la mano de Gamay entre las suyas. En el mar, como en el desierto, no se rechaza a los viajeros necesitados comentó. Y si lo que han encontrado supone un peligro para Malé, no solo sería egoísta si no les hiciera caso, sino que también sería idiota. No sabemos si supone algún peligro contestó Gamay, solo que algo ha ido mal, y puede que esto nos ayude a determinar el motivo. La doctora Ibrahim sonrió; el color malva de su vestido realzaba el tono verde de sus ojos. No perdamos tiempo. Los llevó a un laboratorio. El microscopio de barrido estaba preparado y listo para funcionar. Un panel mostraba todos los sistemas operativos. Puedo? preguntó la doctora Ibrahim. Gamay le dio el frasco, y la mujer extrajo una muestra. La colocó con gran precisión sobre un portaobjetos especial y la introdujo en el compartimento de barrido.

Minutos más tarde, las primeras fotos aparecieron en la pantalla. La imagen era tan extraña que los dejó a todos estupefactos. Gamay entornó los ojos, Paul se quedó con la boca ligeramente abierta, y la doctora Ibrahim se ajustó las gafas y se acercó. Qué es eso? preguntó Paul mirando el monitor. Parecen ácaros del polvo contestó Gamay. No estoy segura de lo que son añadió la doctora Ibrahim. Voy a intentar subir los aumentos. El voluminoso microscopio de electrones emitió un chirrido y realizó otro barrido. Cuando la segunda imagen apareció en pantalla, su sorpresa no hizo más que aumentar. La doctora Ibrahim se volvió hacia Paul y Gamay. No sé qué decirles dijo. En mi vida he visto algo así. Mientras Paul y Gamay estaban en la universidad y Joe vigilaba a Leilani, Kurt registró los efectos personales de la tripulación desaparecida. De algún modo le parecía que no estaba bien hacerlo; era como remover los huesos de los muertos. Pero tenía que registrarlo todo en busca de alguna pista. Después de dedicar una hora a esa tarea ingrata, la dio por terminada. No halló nada que le fuera de ay uda, pero al menos uno de los objetos encontrados podría resultar de gran ay uda a Leilani: una foto de la tripulación en la que su hermano aparecía delante y en el centro, rebosante de alegría, como si tuviera el mundo a sus pies. Guardó los efectos de la tripulación y salió al pasillo con la foto en la mano. Una puerta más adelante encontró la suite que había reservado para Joe y Leilani. Estaba dividida en dos habitaciones contiguas, pero para llegar a la segunda había que pasar por la primera. Llamó a la puerta y, al no oír nada, volvió a llamar. Finalmente, el pomo giró. El rostro de Leilani apareció, enmarcada por la puerta, y Kurt cayó en la cuenta de lo extraordinariamente hermosa que era. Dónde está su guardaespaldas? Ella abrió más la puerta. Joe dormía como un tronco en su cama, roncando suavemente, con la ropa y los zapatos puestos. Seguridad de primera dijo ella. No se le escapa nada. Kurt hizo un esfuerzo por no reírse. Joe llevaba treinta horas en pie. Aunque su magnetismo animal no tenía botón de apagado, por lo visto el resto de su cuerpo sí. Entró en la habitación. Leilani cerró con suavidad la puerta y cruzó silenciosamente la alfombra con los pies descalzos, unos pantalones de hacer y oga y una camiseta de manga corta verde. Él la siguió hasta la habitación contigua, que tenía la persiana bajada y las luces atenuadas.

Estaba meditando le explicó ella. Ahora mismo siento que he perdido todo el equilibrio. Estoy furiosa y al momento tengo ganas de llorar. Tenía razón, estoy inestable. Qué raro, a él le parecía que estaba muy bien. No sé, pero parece que mantiene el tipo. Ahora tengo algo en lo que concentrarme repuso ella : averiguar lo que pasó. Y tengo que darle las gracias a usted, aunque haya aceptado de mala gana. Alguna pista? Todavía no dijo Kurt. De momento solo hemos encontrado datos inconsistentes. Qué clase de datos inconsistentes? Kimo y los demás estaban buscando anomalías térmicas explicó. Las encontraron, pero no las que esperaban. Las temperaturas del mar están aumentando en todo el mundo, pero ellos descubrieron temperaturas bajas en una zona tropical. Es el primer dato extraño. Qué más? Por raro que parezca, las temperaturas oceánicas bajas normalmente son algo positivo. Las temperaturas más frías tienen como resultado un contenido de oxígeno más elevado en el agua y una vida más rica. Por eso los mares cálidos y poco profundos como el Caribe están relativamente desiertos, mientras que en las zonas oscuras y frías del Atlántico Norte se reúnen las flotas pesqueras. Leilani asintió con la cabeza, y Kurt se dio cuenta de que estaba repasando datos y conclusiones elementales a las que ella podría haber llegado sola, pero sabían tan poco que prefería no descartar nada. La joven parecía desconcertada. Pero Kimo me dijo que estaban encontrando niveles más bajos de oxígeno disuelto, menos camarones antárticos, menos plancton y menos peces en el agua a pesar de las bajas temperaturas. Exacto convino Kurt. Lo contrario de lo esperado en un caso así. A menos que algo estuviera absorbiendo el calor y consumiendo también el oxígeno. Qué podría hacer algo así? preguntó ella. Los residuos tóxicos? Algún tipo de compuesto anaeróbico? Desde la última vez que había comprobado las cifras, Kurt había estado devanándose los sesos en busca de una posible causa: actividad volcánica, mareas rojas, florecimiento de algas Existían múltiples factores que podían causar zonas y ermas y aguas desoxigenadas, pero ninguna explicaba el descenso de las temperaturas. El flujo del agua fría de las profundidades podría explicarlo, pero normalmente llevaba abundantes nutrientes y niveles más elevados de oxígeno a la superficie, lo que provocaba una explosión de vida marina en las inmediaciones.

Era un problema; tal vez un problema cuyo descubrimiento había conducido a Kimo y a los demás a la tumba. Pero a Kurt y a su equipo no les proporcionaba ninguna información relevante. No sé dijo. Hemos revisado todo lo que ellos enviaron, incluidos los correos electrónicos de Kimo dirigidos a usted, para ver si estábamos pasando algo por alto. De momento no hemos obtenido ningún resultado. Un asomo de preocupación apareció en el rostro de ella. Ha inspeccionado los correos electrónicos que me mandó? Nos hemos visto obligados se excusó Kurt. Por si le había enviado, y usted no se hubiera dado cuenta, algún dato crucial. Ha encontrado algo? No respondió él. Lo cierto es que tampoco esperaba encontrar nada. Pero no podemos dejar piedra por remover. Ella suspiró y dejó caer los hombros. A lo mejor esto nos viene grande. Tal vez deberíamos dejárselo a una organización internacional para que lo investigara. Qué ha pasado con la determinación que mostraba hace unas horas? Estaba enfadada. Tenía un subidón de adrenalina. Ahora intento ser más racional. Quizá la ONU o las Fuerzas de Defensa Nacional de Maldivas pueden ocuparse de la investigación. A lo mejor deberíamos volver a casa. Ahora que los he conocido a sus amigos y a usted, no soporto la idea de que alguien más resulte herido. Eso no va a pasar le aseguró Kurt. No dejaremos este asunto en manos de una agencia que no tenga ningún interés real por lo sucedido. Leilani asintió con la cabeza en el mismo instante en el que sonó el móvil de Kurt. Lo sacó del bolsillo y pulsó un botón para contestar. Era Gamay. Algún avance? preguntó. En cierto modo respondió ella. Qué habéis descubierto? Te he mandado una foto. Una imagen del microscopio. Ábrela. Kurt consultó los mensajes de su móvil y abrió la foto de Gamay. Era en blanco y negro pero perfectamente clara, una figura con aspecto de insecto y al mismo tiempo extrañamente mecánica. Los bordes del sujeto eran puntiagudos, y los ángulos, perfectos. Kurt entornó los ojos mientras examinaba la foto. Parecía una araña con seis largos brazos extendidos hacia delante y dos patas en la parte trasera que se desplegaban y acababan en unas paletas planas como la cola de una ballena. Cada par de brazos estaba rematado con distintos tipos de garras, mientras que la cresta que recorría el centro del lomo de aquella criatura tenía diversas

protuberancias que parecían no tanto espinas o púas como los cables estampados de un microchip. De hecho, aquella cosa parecía realmente una máquina. Qué es? Un robot micrónico dijo Gamay. Un qué? Lo que estás viendo es del tamaño de un ácaro del polvo explicó ella. Pero no es orgánico; es una máquina. Un micromáquina. Y la muestra que tomé hace pensar que esas mismas máquinas se quemaron en los residuos del fuego en grandes cantidades. Kurt miró la foto, pensando en lo que Gamay acababa de decir. Inclinó el teléfono para que Leilani pudiera verla. Veinticuatro mirlos horneados en una tarta masculló. Más bien veinticuatro millones dijo Gamay. Kurt pensó en su conversación previa y en la teoría según la cual la tripulación había prendido fuego al barco para librarse de algo más peligroso. Así que esas cosas subieron al barco, y la tripulación intentó quemarlas dijo, reflexionando en voz alta. Pero cómo subieron a bordo? Ni idea contestó Gamay. Para qué sirven? preguntó. Qué hacen? Ni idea, tampoco repitió ella. Pues si son máquinas, alguien tuvo que crearlas. Eso mismo hemos pensado nosotros dijo Gamay. Y creemos que sabemos quién puede ser. El teléfono de Kurt volvió a pitar, y apareció otra foto. Esa vez se trataba de una página de un artículo de revista. En una esquina podía verse la imagen de un hombre de negocios saliendo de un ostentoso Rolls-Royce naranja. Tenía el cabello de color caoba recogido en una larga coleta y una barba poblada que le cubría la mayor parte de la cara. Su traje parecía un Armani azul marino u otro modelo cruzado de corte italiano. Quién es? preguntó Kurt. Elwood Marchetti contestó Gamay. Billonario y genio de la electrónica. Hace años diseñó un procedimiento para imprimir circuitos en los microchips que actualmente utiliza todo el mundo. Además, es un gran defensor de la nanotecnología. Una vez dijo que en el futuro los nanobots harían de todo, desde limpiar el colesterol de nuestras arterias hasta extraer oro del agua del mar. Y esas cosas son nanobots? preguntó Kurt. En realidad, son más grandes dijo ella. Si piensas en un nanobot como un volquete, esas cosas son excavadoras. Parecidas, microscópicas también, pero su tamaño es unas mil veces mayor. Leilani estaba estudiando la foto.

Así que ese tal Marchetti es el culpable dijo con voz firme. Kurt se reservó su opinión. Cómo relacionamos esos microbots con él? Esa vez contestó Paul. Según una patente internacional registrada, esa cosa se parece mucho a uno de sus diseños. Una ira justificada crecía dentro de Kurt, y se fijó en que Leilani se retorcía las manos. Los está usando para algo? preguntó Kurt. Está experimentando con ellos? No que nosotros sepamos. Entonces cómo acabaron en el mar? Y lo que es más importante, cómo acabaron en el catamarán? Paul expuso su hipótesis: O escaparon del laboratorio como las abejas asesinas hace cuarenta años o Marchetti los está usando para algo sin que el resto del mundo se entere. Kurt apretó la mandíbula, haciendo rechinar los dientes. Tenemos que hacer una visita a ese tipo. Me temo que vive en una isla privada respondió Paul. Eso no me va a impedir llamar a su puerta. Dónde puedo encontrarla? Muy buena pregunta dijo Gamay. La voz de Gamay tenía un tono extraño, y Kurt no estaba seguro de entender el motivo. Me estás diciendo que nadie sabe en qué isla vive? No respondió ella. Solo que nadie sabe exactamente dónde está ahora. Kurt se sentía como si los Trout estuvieran manteniendo dos conversaciones distintas. De qué estáis hablando, chicos? Marchetti está construyendo una isla artificial explicó Paul. La llama Aqua-Terra. Echó al mar el núcleo el año pasado y ha estado acondicionándola desde entonces. Pero como es móvil, y él prefiere quedarse en aguas internacionales, nadie está del todo seguro de dónde se encuentra en un momento dado. De repente, Kurt recordó haber oído hablar de ella. Creía que solo era un truco publicitario. Leilani intervino. No, es real aseguró. Yo he leído algo sobre el asunto. Hace seis meses fue anclada a la altura de Malé. Kimo me comentó que quería verla si tenía la oportunidad. Está bien dijo Kurt. Averiguad lo que podáis sobre esos microbots. Yo voy a llamar a Dirk. En cuanto localicemos a Marchetti, le haré una visita. Una

isla flotante no puede ser muy difícil de encontrar.

10 Jinn al-khalif caminaba a través del desierto bajo el cielo iluminado por la luna con Sabah a su lado. Las arenas que había conocido desde que era niño relucían como la plata bajo sus pies. Le recordaban la noche en que su familia había sido atacada en el oasis hacía más de cuarenta años. La noche en la que unos depredadores disfrazados de amigos habían salido a escondidas del desierto y habían asesinado a sus hermanos y a su madre. Era una lección sobre el engaño que no había olvidado jamás. Y una lección que parecía estar repitiéndose. Ninguna noticia de Aziz? preguntó, refiriéndose al general egipcio que había prometido apoy ar su plan. Sabah se mostraba sereno y adusto en medio del frío aire nocturno. Como sospechabas, Aziz no ha cumplido sus promesas. Ya no le interesa apoyarnos. Vieron una luz parpadeante a lo lejos. En el horizonte, cerca de la costa, una hilera de nubarrones había empezado a formarse. Las lluvias todavía no habían avanzado hacia el interior, pero pronto el desierto empezaría a disfrutar del solaz de unos chubascos inesperados; la prueba definitiva de su genialidad. Y sin embargo, todo amenazaba con desmoronarse en la misma cúspide de la victoria. Aziz es un traidor dijo Jinn, con rostro inexpresivo. Es un hombre con intereses particulares indicó Sabah. Como todos los hombres, sigue a aquellos que lo benefician. No debes tomártelo como una ofensa personal. Los que rompen sus promesas ofenden a mi persona repuso Jinn. Qué excusa ha dado? La política de Egipto dijo Sabah. Allí el ejército lo ha controlado todo durante cincuenta años, incluidos los negocios más lucrativos. Pero la situación sigue siendo convulsa. Los Hermanos Musulmanes están consolidando su poder, y para los militares es peligroso apoyar a alguien laico. Sobre todo a un forastero. Pero nuestro programa los ayudará insistió Jinn. Dará vida a sus desiertos igual que a los nuestros. Sí convino Sabah. Pero ellos tienen la presa de Asuán, y el agua del lago Nasser detrás. No necesitan lo que les ofrecemos tanto como los demás.

Además, Aziz no es tonto. Sabe la verdad. Tú puedes dar la lluvia o puedes negarla. Pero si se la das a los otros que pagan, caerá también sobre su país. Jinn consideró aquello. Era inevitable. Ese general no sabe quién soy dijo Jinn. Le apretaré las tuercas. Te lo advierto, Jinn, no cambiará de opinión. Entonces me vengaré. A Sabah pareció no agradarle el comentario. Tal vez no sea el momento para ganarnos nuevos enemigos. Al menos hasta que nos hayamos ocupado de los estadounidenses. Sabes que han encontrado evidencias de la plaga en el velero destruido? Sí dijo Jinn, disgustado con la noticia. Ahora están buscando a Marchetti. Es su principal sospechoso. Lo encontrarán fácilmente aseguró Sabah. La gente de la NUMA es muy decidida. No dudarán en enfrentarse a él. En qué nos incumbe eso a nosotros? preguntó Jinn. Sus palabras rebosaban arrogancia y seguridad en sí mismo. Sabah no parecía contento. No los subestimes. Jinn intentó tranquilizarlo. Te prometo, mi buen y fiel sirviente, que las sospechas no apuntarán a nosotros. Cuando encuentren a Marchetti, encontrarán también su final y el destino que espera a los infieles como ellos. Y ahora pasemos a asuntos más escabrosos. Delante de ellos, un grupo de los hombres de Jinn montaba guardia alrededor de dos de los suy os. Estos se hallaban sentados en el suelo, atados espalda contra espalda, justo al lado de un viejo pozo abandonado. Su boca cavernosa aguardaba, oscura y profunda, rodeada únicamente de un muro de barro que se elevaba menos de treinta centímetros, provista de unos triángulos de hierro a cada lado que antaño podrían haber soportado un travesaño del que colgaba un cubo atado a una cuerda. Los ojos de los hombres miraban a Jinn, llenos de miedo, como debía ser. Han reconocido su error? El capitán de la guardia negó con la cabeza. Insisten en que hicieron solo lo que se les mandó. Nos dijo que atacáramos a la mujer se defendió uno de los hombres. Hicimos lo que nos ordenó. Debíais atacarla solo como una distracción para atraer al hombre. Él era el objetivo; debíais acabar con él, y no huir como cobardes cuando os persiguió. Pero, por encima de todo, no debíais ser vistos. Ahora circulan por ahí descripciones de vosotros, incluso poseen una fotografía gracias a la cámara de seguridad del muelle. Por eso ya no me servís.

La isla es tan pequeña que no teníamos dónde escondernos. Nos vimos obligados a escapar. Lo reconocéis dijo Jinn. Tomasteis el sendero de los cobardes, el camino fácil. No contestó el hombre. Le juro que no fue así. La trampa no funcionó. Aquel tipo nos venció. No teníamos armas. Ni él tampoco. Jinn se volvió hacia Sabah. Qué propones? Sabah miró a los hombres y al pequeño grupo de partidarios de Jinn que se habían reunido alrededor. Deberían ser azotados dijo Sabah. Cubiertos de miel y sujetos con estacas al suelo. Si sobreviven hasta el mediodía, deberían ser perdonados. Jinn lo consideró por un instante. Aquello complacería a los demás, pero podía lanzarles un mensaje equivocado. Un mensaje de debilidad. No repuso. No debemos tener compasión. Nos han fallado por culpa de su falta de coraje. No podemos permitir que esos pensamientos se propaguen entre los demás. Se acercó a los prisioneros. Cuidaré de vuestras familias. Que vivan para ser más nobles que vosotros. Retrocedió y propinó una fuerte patada al primer hombre. Este cayó de lado y se desplomó por encima del borde del pozo abandonado. Por un instante se quedó allí colgado, suspendido y sujeto por el peso del otro prisionero, al que estaba atado. No, Jinn gritó el segundo hombre. Por favor! Tenga piedad! Jinn le dio una patada todavía más fuerte que al primero. Varios dientes salieron volando acompañados de sangre y saliva. El individuo cayó hacia atrás, y los dos hombres se precipitaron al interior del pozo, mientras sus gritos resonaban al caer. Unos segundos más tarde, un terrible crujido puso fin a sus chillidos. Después no se oyeron ni siquiera gritos de dolor. Jinn se volvió hacia los congregados. Su rostro estaba surcado de arrugas de furia. Ellos me han obligado a hacerlo gritó. Que os sirva de lección a todos. Cumplid con vuestras tareas. El siguiente que me falle sufrirá una muerte lenta y más dolorosa, os lo aseguro. Los hombres retrocedieron acobardados, conscientes de su ira y de su poder. Jinn los miró fijamente y a continuación echó a andar. Sabah permaneció a su lado, siguiendo el ritmo de sus zancadas. No creo que fuera No me cuestiones, Sabah! Solo te aconsejo insistió con serenidad. Y mi consejo es que trates a

tus hombres con piedad y a tus enemigos con ira. Jinn caminaba hecho una furia. Aquellos que me fallan son mis enemigos. Igual que aquellos que me traicionan y rompen sus promesas como Aziz. Los fondos que nos ha negado nos han dejado en una situación precaria. Nos han obligado a rogar más a los chinos y a los saudíes. Y no voy a permitirlo. Quiero ver a Aziz arrastrándose ante nosotros y suplicando que lo ayudemos. Y cómo propones conseguirlo? La presa de Asuán le da poder dijo Jinn. Sin ella, Egipto no podría comer, y Aziz nos necesitaría más que el resto. Búscame una forma de derribarla. Sabah se detuvo. Si Jinn no se equivocaba, estaba calculando las posibilidades. Arqueó las cejas. Puede que haya una forma. Encárgate de ello le ordenó Jinn. Quiero ver esa presa en ruinas. Mientras hablaba, el sonido de un trueno retumbó a través del desierto en dirección a ellos. Relampagueó en el cielo a lo lejos. A Jinn le pareció una señal de lo alto. Sabah también reparó en ello, pero sus ojos solo reflejaban preocupación. Morirán muchas personas le advirtió. Tal vez cientos de miles. La mayoría de la población de Egipto vive cerca de las orillas del Nilo. Es el pago por la traición de Aziz dijo Jinn. Sus manos están manchadas de la sangre de esas personas. Sabah asintió con la cabeza. Como desees.

11 Hay servicio restaurante en este avión? preguntó Joe Zavala. Kurt rió entre dientes mientras Joe se quejaba. Los dos estaban sentados con Leilani en el compartimento de pasajeros de un Bell JetRanger. La superficie reluciente del océano Índico desfilaba mil quinientos metros por debajo de ellos. Podían distinguir la forma de las olas, pero carecían de sensación de movimiento. Era como mirar un cuadro brillante. En serio añadió Joe. Me muero de hambre. El piloto, un británico llamado Nigel, se volvió para mirar a Joe. Qué crees que es esto, amigo, la puñetera British Airways? Joe centró su atención en Kurt. Me gustaría presentar una reclamación ante el jefe de la expedición. No deberías haberte saltado el desay uno contestó Kurt. Nadie me despertó. Lo intentamos, créeme afirmó Kurt. Deberías haberme dejado ponerte el despertador en el modo silbato de locomotora. O haber traído una de verdad. Joe se recostó. Es terrible. He pasado de la falta de sueño a padecer hambre. Dime qué será lo siguiente? La tortura china de la gota de agua? Kurt sabía que las quejas de Joe eran una forma de pasar el rato, aunque después de tantos años viajando con él, también sabía que Joe podía comer como una lima y no engordar un gramo. Con un metabolismo como ese, era perfectamente posible que se debilitara y se quedara sin fuerzas después de un día sin comer. Centró su atención delante de él. Regálate la vista con esto dijo. Aqua-Terra a las dos. A ocho kilómetros de distancia, la isla era fácil de ver, como una plataforma petrolífera gigantesca. A medida que se acercaban, se hizo evidente que el diseño de Marchetti era ciertamente brillante. Con un kilómetro y medio de ancho y casi seis kilómetros de largo, Aqua- Terra era un espectáculo impresionante. En primer lugar, la isla no era redonda como muchas ciudades flotantes concebidas por arquitectos futuristas ; tenía

forma de lágrima y se estrechaba hasta acabar en punta en una dirección mientras que lucía un borde ancho y curvado en el otro extremo. Increíble susurró Leilani. La leche, es enorme exclamó el piloto. Solo espero que tengan una cafetería ahí abajo comentó Joe. Kurt rió y miró a Leilani. Se encuentra bien? Ella tenía una expresión pensativa y resuelta, como si estuviera a punto de entrar en combate. Asintió con la cabeza, pero parecía que estuviera en otra parte. Kurt decidió distraerla hablándole de la isla. Ve ese anillo que rodea el exterior de la isla? preguntó. Sí respondió la joven. Es un rompeolas hecho con barreras de acero y hormigón. Están colocadas sobre potentes pistones hidráulicos y, según he leído, cuando una ola grande choca contra ellas, retroceden y reciben la peor parte del impacto como unos amortiguadores. Cuando la ola se dispersa, recuperan su posición. Qué son todas esas cosas que hay en el otro lado? preguntó Leilani, señalando con el dedo. Kurt miró en la dirección que ella señalaba. Había una playa artificial junto a una figura semicircular situada en el casco. En esa sección, los rompeolas se solapaban pero no formaban una fila. Varios barcos pequeños y un hidroavión bimotor estaban atracados contra un embarcadero. Parece una ensenada dijo. Toda isla debe tener un puerto añadió Joe. Tal vez haya restaurantes en el muelle. Nadie podría acusarte de no concentrarte en la que realmente importa dijo Kurt. El helicóptero giró y empezó a descender. Kurt oyó que Nigel hablaba con un controlador aéreo por radio. Miró de nuevo la isla. Saltaba a la vista que había grandes secciones en construcción; el acero descubierto y los andamios lo confirmaban. Otras secciones parecían estar llegando a su finalización, y la parte trasera de la isla se veía prácticamente terminada, incluidas un par de estructuras de diez pisos en forma de pirámides, con un helipuerto suspendido de manera espectacular entre ellas como un puente. Puede alguien así estar implicado en lo que le pasó a mi hermano? Las pistas apuntan en esta dirección comentó Kurt. Pero Marchetti lo tiene todo insistió Leilani. Por qué iba a hacer algo tan horrible? Haremos todo lo posible por averiguarlo. Ella asintió con la cabeza, y Kurt miró de nuevo por la ventanilla. Cuando el helicóptero empezó a girar, se centró en una elevada hilera de estructuras

blancas que se alzaban a cada lado de la isla con forma de lágrima. Eran más anchas al nivel del suelo y se estrechaban con una ligera inclinación hacia la parte superior. Le recordaron las descomunales colas que sobresalían de los 747 fuera de uso. No tardó en descubrir por qué. Eran planos aerodinámicos, velas mecánicas, diseñados para recibir el viento. Observó cómo variaban ligeramente de ángulo, girándose al mismo tiempo. En el centro de la isla vio una zona rectangular de color verde, con árboles, hierba y colinas. Le recordó Central Park. Al otro lado, había unas franjas de tierra largas y anchas en las que parecía estar creciendo trigo. En la parte delantera, unas hileras de paneles solares reflejaban el sol mientras un grupo de grandes molinos de viento giraban grácilmente. Nigel se volvió hacia Kurt. Nos han negado el permiso para aterrizar. Kurt había contado con ello. Alargó la mano y pulsó un interruptor. Una bombona que había instalado en el fuselaje secundario empezó a desprender humo negro. Dudaba que consiguiera engañar a alguien durante mucho rato, pero no se perdía nada por intentarlo. Parece que estamos teniendo una emergencia dijo. Diles que no nos queda más remedio que tocar tierra o nos estrellaremos. Mientras el piloto transmitía el mensaje, Kurt sonrió a Leilani. Ahora tendrán que dejarnos aterrizar. Siempre es usted tan incorregible? preguntó ella. Por lo que he oído contestó Joe, Kurt era de los niños que se saltaban las clases, firmaban sus propias autorizaciones y luego tenían a los profesores haciéndoles carantoñas cuando volvían de estar «enfermos». Leilani sonrió. Yo a eso lo llamo tener iniciativa. El JetRanger se desvió hacia el helipuerto que cruzaba el hueco entre los tejados de los edificios en forma de pirámides dejando una estela de humo tras él. Haz que parezca de verdad dijo Kurt. El piloto asintió con la cabeza, meneó la palanca de mando e hizo que el helicóptero se sacudiese para simular que estaba teniendo problemas, y luego lo estabilizó a medida que se acercaban y aterrizó sin problemas sobre la gran H amarilla. Kurt se quitó los auriculares, abrió la portezuela y salió. Estiró las piernas y contempló las vistas a su alrededor. Era como estar en la azotea de un restaurante y disfrutar de la mejor panorámica del local. Las velas que había visto medían como mínimo treinta metros de altura y tenían una raya de un vivo color azul y el nombre AQUA-TERRA escrito en

ellas. Una fragancia flotaba en el aire, pero no encajaba en absoluto en aquel ambiente, por lo que Kurt tardó un momento en reconocerla: hierba recién cortada. Igual de sorprendente en aquel entorno le pareció otro elemento que avanzaba hacia él. Vestido con unos pantalones naranjas, una camisa gris y una bata morada suelta con decoración de cachemira verde y azul, había un hombre que se parecía mucho a Elwood Marchetti y un poco a un pavo real. Una poblada barba castaña cubría parte de su rostro, y unas gafas de sol rojas con la montura circular completaban su desconcertante atuendo. Un tipo delgado con el cabello rubio pajizo iba detrás de él. Llevaba un traje de oficina y parecía disgustado. Señor Marchetti, no debería recibir a esta gente le advirtió. No tienen ningún derecho a aterrizar aquí. Kurt lo miró. Hemos tenido problemas con el motor. Un momento muy oportuno para tenerlos. Kurt sonrió. Ya lo creo. Por suerte para nosotros, su isla estaba justo aquí. Es mentira dijo el hombre. Es evidente que han venido a espiar o a intentar husmear. Marchetti sacudió la cabeza y se volvió hacia su ayudante. Posó las manos sobre los brazos de este y lo agarró como un predicador de antaño dispuesto a curar a alguien del público. Me da pena comenzó a decir Marchetti. Me da muchísima pena pensar que te he vuelto tan paranoico y, sin embargo, no te he dado la sabiduría necesaria para ver con claridad.» Blake Matson dijo, dirigiendo de nuevo la atención de su ayudante hacia Kurt. Este no es el hombre. Este tipo ni siquiera se le parece. El individuo en cuestión viene en botes y en barcos, trae armas, abogados y contables. No lleva botas ni lo acompaña una bella joven. Marchetti estaba fijándose en Leilani. Disculpe intervino Kurt. Pero de qué demonios está hablando? Del recaudador de impuestos, amigo mío le explicó Marchetti. De Hacienda, de los diversos equivalentes europeos y de miembros de un país latinoamericano especialmente molesto que, por lo visto, piensan que les debo algo. Hacienda repitió Kurt. Por qué le preocupa? Porque parece que no entienden que ahora estoy fuera de su mundo y que por lo tanto no formo parte de su flujo de ingresos ni tengo el más mínimo interés en su supuesto servicio. Marchetti posó la mano sobre el hombro de Kurt y lo condujo hacia delante.

Estos son mis dominios. Una empresa valorada en mil millones de dólares hasta la fecha. Tierra firme de mi propiedad. Solo que no es firme dijo, atrancándose con las palabras, es agua. Terra-Aqua. O Aqua-Terra, en realidad. Usted ya me entiende. A duras penas admitió Kurt inexpresivamente. El recaudador de impuestos la considera un barco. Dicen que tengo que pagar impuestos y cuotas de registro y de seguro; cumplir las normas y las inspecciones de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional. Insisten en que esa es la proa, y les explico que esto es una isla y que eso de ahí es el extremo de la isla. Kurt se quedó mirando a Marchetti. Por mí, puede considerarlo el planeta Marte. No trabajo para Hacienda ni para nadie que quiera cobrarle impuestos o cuestionar su soberanía o su cordura, para el caso. Pero soy un hombre que tiene un problema y motivos de peso para creer que usted es el responsable. Marchetti se quedó perplejo. Yo? Problema? Esas dos palabras no acostumbran a ir juntas. Kurt se lo quedó mirando hasta que Marchetti dejó de moverse. Qué clase de problema? preguntó el billonario. Kurt sacó un frasco tapado del bolsillo de su pechera. Contenía la mezcla derretida de hollín, agua y microbots que Gamay le había dado. Máquinas diminutas dijo. Diseñadas por usted, concebidas para Dios sabe qué y encontradas en un barco quemado cuy os tres tripulantes han desaparecido. Marchetti cogió el frasco y se bajó las gafas con cristales rosa. Máquinas? Microbots precisó Kurt. En este frasco? Kurt asintió con la cabeza. El diseño es suyo. A menos que alguien haya estado rellenando patentes a su nombre. No puede ser. Marchetti parecía verdaderamente desconcertado. Kurt sabía que tendría que demostrárselo. Tiene instrumentos a bordo para examinarlo? Marchetti asintió con la cabeza. Entonces vamos a analizarlo objetivamente y a despejar todas las dudas. Cinco minutos más tarde Kurt, Joe y Leilani habían tomado el ascensor a la cubierta principal, que Marchetti llamaba la cubierta cero porque las de abajo tenían números negativos y las de arriba números positivos. Se dirigieron a una hilera de cochecitos de golf aparcados, subieron a un amplio vehículo de seis

asientos y fueron al extremo frontal de la isla. Matson se quedó atrás y Nigel permaneció en el helipuerto, haciendo ver que reparaba el helicóptero. El trayecto los llevó a través de la isla, que parecía casi desierta. Cuál es su dotación? preguntó Kurt. Normalmente, cincuenta hombres, pero este mes solo tenemos diez a bordo. Cincuenta? Kurt había esperado que dijera mil. Miró a su alrededor. Oía sonidos de construcción procedentes de varios puntos, pero no veía a ni un solo obrero ni oía voces. Quién está haciendo todo el trabajo? Automatización total dijo Marchetti. Paró al lado de una sección apartada. Señaló con el dedo. Kurt vio que saltaban chispas en un lugar donde estaban soldando algo, oyó sonidos de remaches introducidos a martillazos y de destornilladores de gran potencia girando, pero no vio a nadie. Después de varias chispas más, algo se movió: un objeto del tamaño de un aspirador, con tres brazos y un soldador de arco sobre un cuarto apéndice, se dirigió correteando hacia una escalera de mano. La máquina realizaba los mismos movimientos repentinos y extraños que los robots de una cadena de montaje, bruscos pero minuciosos. Los robots podían ser precisos, pensó Kurt, pero no tenían estilo. Cuando la máquina terminó de soldar, replegó dos brazos y se fijó a un poste de la escalera. Sujeta a una abrazadera mecanizada, empezó a elevarse. Cuando llegó a la cubierta a varios metros de distancia de Kurt, se soltó y siguió correteando por el camino. Una máquina más pequeña la siguió. Mis trabajadores dijo Marchetti. Tengo mil setecientos robots de diferentes tamaños y diseños que llevan a cabo la mayor parte de las tareas. Robots camperos observó Kurt. Oh, sí, pueden ir a cualquier parte de la isla alardeó Marchetti. A mitad del camino, a los robots se les unieron otros y formaron un pequeño convoy con rumbo a alguna parte. Debe de ser la hora del descanso dijo Joe, riéndose entre dientes. Lo cierto es que sí confirmó Marchetti. No es como el descanso de una persona, pero están programados para controlar sus propios niveles de energía. Cuando se les empiezan a acabar las baterías, vuelven a los centros de recarga y se conectan. Una vez que están listos, regresan al trabajo. Funcionan prácticamente las veinticuatro horas del día. Y si tienen un accidente? preguntó Joe. Si se estropean, envían una señal de socorro y otros robots van a por ellos.

Se los llevan al taller de reparaciones, donde son arreglados y devueltos a la cadena. Quién les dice lo que tienen que hacer? preguntó Kurt. Un programa maestro los dirige a todos. Reciben instrucciones por wi-fi. Informan de sus progresos al ordenador central, que contiene todas las especificaciones y diseños de Aqua-Terra. También hace un seguimiento del progreso y realiza ajustes. Otra serie de robots más pequeños comprueban el nivel de calidad. Robots supervisores señaló Kurt, casi sin poder contener la risa. Marchetti volvió a arrancar el cochecito de golf, y momentos más tarde iban de nuevo caminando, tres pisos por debajo, hacia el laboratorio. Se trataba de un amplio espacio con una combinación de lujosos sofás tapizados de charol de vivos colores, paredes de acero cubiertas de un poco de vaho y ordenadores y pantallas parpadeantes. Había pantallas por todas partes. Una tenue luz azul bañaba la sala, filtrada por una enorme ventana circular situada en la parte delantera. Al otro lado de la ventana, nadaban peces y rielaba la luz. Estamos por debajo del nivel del mar observó Kurt, contemplando la enorme claraboya que parecía un acuario. Seis metros dijo Marchetti. La luz me relaja y estimula mi proceso mental. Por lo visto no estimula su orden observó Kurt, viendo que el lugar estaba hecho un desastre. Había trastos amontonados por todas partes, junto con ropa esparcida por la sala y bandejas de comida. Un par de docenas de libros se hallaban sobre una mesa, algunos abiertos, otros cerrados y otros apilados precariamente como la torre de Pisa. En un rincón del fondo, un trío de robots soldadores se encontraban inactivos. Una mesa ordenada denota una mente enfermiza dijo Marchetti mientras extraía con cuidado una gota de agua del frasco, la colocaba en un portaobjetos y lo llevaba a una gran máquina cuadrada que aspiró la lámina y empezó a zumbar. Según eso, usted sería una de las personas más cuerdas del mundo masculló Kurt, mientras quitaba un montón de papeles de una mesa y se sentaba. Marchetti no le hizo caso y se volvió hacia la máquina. Segundos más tarde, una representación de la gota de agua apareció en una pantalla plana sobre su mesa. Sube los aumentos ordenó Marchetti, al parecer dirigiéndose a la máquina. La imagen cambió repetidas veces hasta que apareció una vista por satélite de un archipiélago.

Otra vez ordenó de nuevo al ordenador. Enfoca la sección Ciento cuarenta y dos. Mil cien aumentos. La máquina emitió un zumbido y apareció una nueva imagen, en esa ocasión de cuatro de las pequeñas criaturas semejantes a arañas apiñadas en torno a algo. Marchetti se quedó boquiabierto. Acérquelo dijo Kurt. Marchetti se sentó ante el ordenador con cara de preocupación. Empleando el ratón y el teclado, hizo un zoom de acercamiento. Una de las arañas parecía moverse. No puede ser farfulló. Le suenan? Como niños desaparecidos hace mucho tiempo dijo Marchetti. Idénticos a mi diseño, pero Pero qué? Pero no pueden ser míos. Ya estamos exclamó Kurt, quien esperaba toda clase de negativas y de palabrería sobre algún fallo en las medidas preventivas. Por qué no? Porque yo no fabriqué ninguno. Kurt no había contado con eso. Se están moviendo comentó Leilani, señalando la pantalla. Marchetti se volvió y amplió otra vez la imagen. Están comiendo. Cómo que están comiendo? Comiendo qué? Marchetti se rascó la cabeza y, acto seguido, volvió a hacer un zoom de acercamiento. Pequeñas proteínas orgánicas dijo. Por qué iba a comer un robot diminuto una molécula orgánica? Porque tiene hambre contestó Marchetti. Se apartó de la máquina. Perdone la pregunta, pero por qué iba a tener hambre un robot? quiso saber Kurt. Aquí, en mi isla, los robots más grandes pueden conectarse explicó Marchetti. Pero si quieres fabricar robots que sean independientes, deben poder recargarse de alguna forma. Estos pequeñines disponen de varias opciones. Las rayas que se ven en el lomo y que parecen microchips son en realidad diminutos paneles solares. Pero como los robots independientes tienen otras necesidades, deben encontrar sustento en el medio que los rodea. Si estos microbots siguen mi diseño, deberían poder absorber nutrientes orgánicos del agua del mar y descomponerlos. También deberían poder procesar metales disueltos, plásticos y otras cosas halladas en el mar, tanto para alimentarse como para reproducirse.

Esta conversación va de mal en peor dijo Kurt. Explíqueme cómo se reproducen. Y no hace falta que me dé una lección sobre los pájaros y las abejas. Es que nunca he oído hablar del tema aplicado a una máquina. La procreación de los robots es una necesidad fundamental, si se quiere que hagan algo útil. Kurt respiró hondo. Por lo menos estaban consiguiendo respuestas, aunque no le gustaran los detalles. Y para qué utilidad práctica diseñó estas cosas? Mi idea original era usarlos como arma contra la contaminación transportada por el mar comenzó Marchetti. Se comen la contaminación aventuró Kurt. No solo se la comen prosiguió Marchetti, sino que la convierten en un recurso. Contémplelo de esta forma. Hay tanta contaminación ahí fuera que el mar se está ahogando en sentido literal. El problema es que incluso en lugares como la isla de basura del Pacífico los desechos están demasiado desperdigados para ser limpiados de manera económica. A menos que el instrumento que se encargue de la limpieza se alimente de lo que limpia y convierta la basura en una fuente de energía que permita llevar a cabo la limpieza. Señaló con la mano la pantalla. Para conseguirlo, diseñé un microbot autosostenible, capaz de replicarse a sí mismo, que pudiera vivir en el agua del mar o flotar en el aire hasta encontrar plástico u otro tipo de basura e ingerirlo. En cuanto esas cosas encuentran una fuente de alimento, usan los subproductos derivados y los metales del agua del mar para copiarse a sí mismos. Voilà! La reproducción sin la parte divertida. A Kurt siempre le había provocado perplejidad esa desidia de la mayor parte de la población en cuanto a poner fin al vertido de desechos en el medio marino. Los océanos producían tres cuartas partes del oxígeno necesario para el ser humano; una tercera parte de su alimento. Aun así, los que contaminaban el mar se comportaban como si eso careciera de importancia alguna. Y hasta que no quedaran peces que pescar, o nadie pudiera respirar, era poco probable que alguien hiciera algo al respecto porque no resultaba económico. Pese a su extrañeza, la solución de Marchetti poseía cierta elegancia. Ya que no había quien se decidiera a abordar el problema, él había propuesto una forma de resolverlo sin que nadie tuviera que levantar un dedo. Joe parecía pensar lo mismo. Es un plan brillante. También insensato indicó Kurt. Le sorprendería la frecuencia con la que coinciden esos atributos respecto a mi propuesta dijo Marchetti. Pero la auténtica insensatez es no hacer nada. O tirar miles de millones de toneladas de plástico y basura en un medio que alimenta a la mitad del planeta. Se imagina el clamor estruendoso, las protestas

de proporciones épicas que se levantarían si las olas de cereales de color ámbar quedaran atiborradas de mecheros, botellas de plástico, hilo de pescar y trozos de juguetes rotos? Eso es lo que les estamos haciendo a los océanos. Y la situación no hace más que empeorar. No se lo discuto repuso Kurt. Pero soltar en el mar unas máquinas que pueden replicarse a sí mismas y esperar que todo vay a bien no es precisamente una respuesta racional. Marchetti volvió a sentarse, aparentemente de acuerdo con él. A nadie le pareció una respuesta racional. Por eso, como he dicho, no fabricamos ninguna. Entonces cómo llegaron esas cosas al barco de mi hermano? preguntó Leilani sin rodeos. Kurt miró a Marchetti, esperando una respuesta, pero este no contestó. Se quedó observando fijamente a Leilani. El miedo se atisbaba en los ojos del científico. Kurt se volvió y comprendió por qué. Leilani sostenía una automática de cañón corto compacta entre las manos. La boca apuntada directamente al centro del pecho de Marchetti.

12 Se lo juro dijo Marchetti, levantando las manos instintivamente. No sé cómo llegaron al barco de su hermano. Kurt se interpuso entre Leilani y el billonario. Baja la pistola. Por qué? preguntó ella. Porque él es nuestro único vínculo con la verdad afirmó Kurt. Si lo matas, nunca sabrás qué pasó. Y por triste que parezca, me aseguraré de que acabes en la cárcel por ello. Pero él construyó esas máquinas repuso Leilani. Lo ha reconocido. No necesitamos nada más. Kurt la miró a los ojos. Esperaba ver miedo, duda y nerviosismo, pero solo vio frialdad e ira. Apártate, Kurt. Estás cansada de estar sola dijo, repitiendo las palabras que ella había pronunciado la noche anterior en el hotel. Si aprietas el gatillo, estarás más sola de lo que puedes imaginarte. Él mató a mi hermano, y si no piensa decirnos por qué, me vengaré amenazó. Por favor, apártate. Kurt no se inmutó. Escuche intervino Marchetti, nervioso. Yo no tuve nada que ver con la muerte de su hermano, pero tal vez pueda ayudarlos a averiguar quién lo hizo. Cómo? preguntó Kurt. Localizando a los que conocen el proceso precisó Marchetti. Evidentemente, uno no coge un destornillador y un soldador y monta esas cosas. Es una empresa extraordinariamente complicada. Quien haya creado esto se halla, sin duda, relacionado con el diseño inicial. Mientras Marchetti hablaba, Joe empezó a acercarse a Leilani por detrás, sigiloso como un gato. Siga hablando, Marchetti dijo Kurt. Puede que haya nueve o diez personas que conozcan partes importantes del sistema continuó el billonario tartamudeando, pero solo un hombre sabe tanto como y o. Se llama Otero y está aquí mismo, en la isla.

Miente! gritó Leilani. Está intentando echar la culpa a otro. Cuando la joven empezó a vociferar, Joe se abalanzó sobre ella. Le apartó la mano de un golpe, le agarró el brazo y se lo retorció por detrás de la espalda haciéndole una llave. Un sonoro estallido retumbó, y por un instante Kurt pensó que la pistola se había disparado. Todo el mundo está bien? Marchetti asintió con la cabeza, Joe hizo otro tanto, y Leilani parecía disgustada pero estaba ilesa. Qué ha sido ese ruido? preguntó Kurt. Nadie lo sabía, pero cuando oyeron otro seco sonido metálico, Kurt advirtió un movimiento al fondo del oscurecido laboratorio. Lo siguiente que percibió fue un olor acre de descargas eléctricas. Los robots soldadores se habían puesto en movimiento. Estaban de pie, apartando artículos a golpes y descargando arcos de plasma azules de sus brazos. Kurt se volvió hacia Marchetti. A ver si lo adivino dijo. Otero es su jefe de programación. Marchetti asintió con la cabeza. Deduzco que ha estado observándonos. Los robots soldadores empezaron a moverse hacia los humanos. Dos de ellos tenían pequeñas orugas como las de los tanques para desplazarse rodando. Un tercer robot tenía unos pies como garras que estaban rayando el suelo metálico. Joe soltó a Leilani. Ella se volvió hacia Kurt, disculpándose. Lo siento mucho, y o Ahórratelo repuso Kurt, con la mirada fija en las amenazantes máquinas. Marchetti echó a correr hacia la puerta del mamparo. Giró el pomo y tiró de él, pero no se movía. Cuidado gritó Joe. Una de las máquinas había empezado a apuntar a Marchetti. Avanzaba a toda velocidad sobre sus orugas, alargando un apéndice hacia él y arrojando un chorro de llameante plasma blanco con otro brazo. Marchetti se agachó y se escabulló hacia otro sitio. La máquina lo localizó y empezó a apuntarlo otra vez. Kurt buscó la pistola y la vio al otro lado de la sala. Antes de que pudiera moverse, una cuarta máquina cobró vida y le cerró el paso. Retrocedió e interpuso el sofá entre él y la máquina andante. Joe y Leilani también se retiraron. Cómo funcionan? gritó Kurt mientras uno de los robots llegaba a la mesa y la partía en dos con una sierra circular. O de forma autónoma o por control remoto dijo Marchetti. Tienen

cámaras a modo de ojos. Las máquinas se dirigían hacia ellos con paso pesado como animales soñolientos. Cada vez que topaban con algo sólido, sus servomotores giraban y sus pinzas se alargaban. Una silla fue lanzada a un lado, y un sillón fue incendiado con los sopletes. Kurt se fijó en que sus movimientos eran extraños; parecía que las máquinas no pudieran hacer cosas fuera de lo normal simultáneamente. Es posible que Otero las esté dirigiendo por control remoto? Marchetti asintió con la cabeza. Kurt se volvió hacia Joe. Es un buen momento para proponer ideas. Yo digo que las desenchufemos contestó Joe, pero supongo que tienen baterías. A continuación, cogió una silla y la lanzó al robot más cercano. La silla rebotó en la pesada máquina, esta la balanceó hacia atrás un poco, pero por lo demás no pareció surtir ningún efecto. Para entonces Kurt se había visto obligado a acercarse a donde estaba Marchetti. Joe y Leilani ocupaban otra posición. Pero las máquinas, u Otero, parecían empeñadas en agruparlos. Kurt giró a la derecha, pero el chorro de un soldador lo detuvo. Se dirigió al otro lado, confiando en su rapidez. No obstante, la máquina también giró y soltó otro deslumbrante fogonazo de plasma; Kurt estaba en ese momento a su alcance. Notó que el calor le quemaba la espalda, pero no de forma directa. Cogió lo primero a lo que pudo echar mano y tiró de él hasta que se partió. Entonces dio con otra protuberancia que parecía una cámara y golpeó un lado del robot. El soplete se encendió otra vez por encima de su hombro, y otro brazo empezó a moverse. Tienen interruptor de apagado? gritó. No respondió Marchetti. No me imaginaba que tuviera que apagarlas manualmente. Supongo que ahora sí se lo imagina. Kurt alargó la mano para coger algo parecido a un trío de cables hidráulicos, pero recibió un golpe en el pecho que lo lanzó despedido. Un tipo de martillo usado para clavar remaches se había extendido y le había dado sobre las costillas. Cayó de espaldas y vio que la cuchilla de otra máquina descendía hacia él. Se apartó rodando por el suelo y acabó contra una enorme ventana circular, al otro lado de la cual aguardaba el tono turquesa del mar. Marchetti también estaba allí, y Joe y Leilani habían sido llevados a las inmediaciones del lugar. Tengo una idea dijo Kurt.

Se abalanzó sobre la máquina contra la que había estado luchando, con cuidado de evitar sus apéndices. El soplete lanzó otro destello y estuvo a punto de cegarlo. El martillo hidráulico salió de nuevo, pero Kurt retorció el cuerpo para esquivarlo. La máquina avanzó pesadamente con Kurt agarrado a ella. Lo empujó hacia atrás y lo golpeó contra la ventana como el capitán de un equipo de fútbol que estampase a un novato contra una taquilla. El soplete lanzó otro destello e hizo una ray a en la ventana acrílica. Un segundo golpe dejó otra marca. Kurt trató de hacer retroceder a la máquina, pero el robot lo empujó contra la ventana. Se sentía como si se le estuvieran fracturando las costillas de la presión. Espero que estas cosas no sean resistentes al agua logró decir. Alargó otra vez la mano para coger los cables hidráulicos. Según lo previsto, el ariete de un martillo se disparó como en la ocasión anterior. Pero como Kurt había apartado el cuerpo, el martillo se estampó contra la gran ventana ovalada. El inquietante sonido de las grietas propagándose por el cristal acrílico atrajo la atención de todos. Se volvieron justo cuando la ventana, que tenía un diseño convexo con toda la resistencia orientada hacia fuera, cedía desde dentro. El agua entró a chorro como una fuerte ola e impactó contra todo y contra todos al mismo tiempo. Arrastró a personas, muebles y máquinas a través de la sala y las estampó contra la pared del fondo. Kurt notó varios impactos demoledores y forcejeó para soltarse del soldador. Cuando se liberó, el agua arremolinada lo inmovilizó contra la pared y lo oprimió como una cruel ola que atrapa a un surfista. Tomó impulso contra el suelo con un pie y salió a la superficie. El chorro de agua estaba lanzando espuma y escombros. Kurt notó que el torrente lo elevaba a medida que la sala se llenaba de líquido. Conforme se acercaba al techo, el aire atrapado ralentizó el proceso, pero debía de estarse filtrando por alguna parte porque el espacio se estaba reduciendo. Kurt miró a su alrededor. Vio a Joe, sujetando a Marchetti con una mano y aferrándose a la pared con la otra. Leilani emergió de repente y agarró una tubería que recorría el techo, que ahora resultaba fácil de alcanzar. Algún rastro de los robots? Yo no les he enseñado a nadar señaló Marchetti. Es la primera cosa que ha hecho bien le dijo Kurt. A qué profundidad estamos? A seis metros. Tenemos que salir nadando. Puedo hacerlo aseguró Marchetti, al tiempo que tosía como si hubiera tragado dos litros de agua. Leilani?

Por supuesto respondió ella. Está bien. Quítense los zapatos dijo Kurt. Acto seguido, volviéndose hacia Marchetti, añadió : Y deshágase de esa ridícula bata. No solo lo ahogará, sino que me ha estado dando dolor de cabeza desde que he llegado. Se desataron los zapatos y se los quitaron, Marchetti se despojó de la bata mojada, y nadaron hacia el agujero donde anteriormente estaba la ventana. Antes de sumergirse para salir buceando, Kurt miró a Marchetti a los ojos. Dónde puedo encontrar a ese tal Otero? En el centro de control, en el edificio principal, cerca del helipuerto. Puede negarle el acceso para que sus robots no me ataquen con sopletes, pistolas o destornilladores por el camino? Marchetti se dio unos golpecitos en un lado de la cabeza como si estuviera de acuerdo con la idea. Es lo primero que pienso hacer. Bien asintió Kurt. Miró a Joe; en sus ojos había una gran determinación acompañada del arranque de energía de quien pasa a la ofensiva. Espero que hayas descansado dijo, porque ahora nos toca a nosotros.

13 En una oscura sala de control cerca de la cumbre de la estructura terminada más elevada de Aqua-Terra, Martin Otero miraba de una pantalla a otra. Había tres grandes monitores delante de él. Dos se habían quedado sin imagen, y en un tercero apareció algo moviéndose y luego se pixeló. A los pocos segundos también se quedó sin imagen. Qué ha pasado? quiso saber Blake Matson. Otero hizo caso omiso de la pregunta. El abogado de Marchetti se inclinó hacia él. Qué ha pasado? repitió. Lo ha descubierto el viejo o no? Otero señaló la pantalla sin imagen. Dímelo tú. Está claro que los dos vemos lo mismo. Así que cómo voy a saberlo? Mientras Matson miraba, Otero ejecutó el programa de reinicio con la esperanza de recibir alguna señal de los robots de construcción. Al mismo tiempo, una alarma empezó a lanzar destellos en la visualización esquemática de la isla. Agua en el laboratorio de proa afirmó Otero. De repente, entendió lo que ocurría. El compartimento se ha inundado. El ventanal de Marchetti debe de haberse roto. Qué significa exactamente eso? Otero se giró en su silla sintiéndose mejor, más seguro. Significa que estamos de suerte. Pueden darse por muertos. Y ahora parecerá un accidente industrial. Con que puedan darse por muertos no basta explicó Matson. Tienen que estar muertos de verdad. Necesitamos cadáveres. Están a seis metros por debajo de la superficie insistió Otero. La presión del agua probablemente los aplastará, y si no es así, se ahogarán intentando luchar contra ella. Mira, tú y yo hemos ganado millones dándole el diseño de Marchetti a Jinn y su gente. Pero si no nos aseguramos de que esos entrometidos están muertos, no viviremos para gastarnos esa fortuna. Así que manda más robots allí, busca sus cadáveres ahogados y sácalos como si fueran peces muertos.

Otero volvió a pulsar su teclado. Abrió una lista de robots activos y se desplazó hasta la sección con el rótulo «Hidro». Pulsó el cursor de abajo hasta que encontró dos sumergibles que estaban siendo usados cerca del laboratorio de Marchetti. Qué son esas cosas? preguntó Matson. Limpiadores de cubierta. Se pasean por la cubierta quitando las algas y los percebes. Son letales? Solo si eres un percebe repuso Otero. Pero pueden echar un vistazo por nosotros. Este pasó los limpiadores de cubierta a control manual y los dirigió a la sección 171A: el laboratorio de Marchetti. La máquina no estaba construida para moverse a gran velocidad, pero solo tenía que recorrer un breve trecho. Ahí está la cubierta de observación señaló Otero cuando el sumergible pasó a lo largo de una ventana rectangular. El laboratorio de Marchetti debería estar justo delante. Un momento más tarde, el exterior del laboratorio apareció en primer término. Los daños saltaban a la vista. Lo que antes había sido un majestuoso portal que solía estar radiante ahora parecía una cueva oscura. La ventana circular estaba hecha añicos. Unos cuantos trozos del grueso cristal acrílico seguían pegados al marco como dientes rotos en una boca gigantesca. No se veía ninguna luz. Mételo ahí ordenó Matson. Otero tenía intención de hacerlo, pero un movimiento en el lado derecho de la pantalla le llamó la atención. Giró uno de los limpiadores en esa dirección. Su cámara se centró en un grupo de nadadores que se dirigían a la superficie. Cógelos! Otero extendió las pinzas de sujeción del limpiador y aceleró hacia el último par de pies descalzos. Era la mujer. El limpiador de cubierta sujetó firmemente los pies de la mujer. Se inició un forcejeo. La cámara tembló, y salieron burbujas cuando la chica espiró. Otero movió la palanca de mando de su tablero hacia abajo y ordenó al limpiador de cubierta que se sumergiera. La máquina se inclinó pero no se movió. De repente, una cara coronada de cabello plateado apareció en el marco. La máquina se ladeó. El ruido de un brazo mecánico partiéndose sonó por los auriculares. La pantalla se despejó. La mujer se soltó revolviéndose, y el rostro del hombre volvió a aparecer. Estaba agarrado al limpiador de cubierta, mirando fijamente a la cámara. Otero sintió que la intensidad de esa mirada atravesaba el agua y llegaba a la sala de control. El hombre señaló con el dedo directamente a

la cámara, directamente a Otero, y acto seguido lo movió a través de su garganta imitando el corte de un cuchillo antes de destrozar la cámara e inutilizar el limpiador de cubierta. El mensaje estaba claro. Los hombres de la NUMA iban a por ellos, y no iba a ser agradable. Otero pulsó unas teclas y apretó el botón ENTER una última trampa para cubrirse las espaldas, y luego se levantó y cogió un pequeño maletín lleno de dinero. Su último pago. Qué haces? preguntó Matson. Me largo de aquí dijo Otero. Puedes quedarte si quieres. Otero sacó un revólver del cajón de su mesa y salió a toda prisa por la puerta que daba al pasillo. Segundos más tarde oyó a Matson corriendo para alcanzarlo. En la sección de estribor de Aqua-Terra, Kurt encontró una escalera de mano que ascendía por el lateral del casco. Joe y él subieron apresuradamente y se pusieron a cubierto detrás de un pequeño roble sobre un montón de astillas. Miró a través del campo de trigo mientras Leilani trepaba por la escalera y se desplomaba al lado de ellos con cara de agotamiento. Y ahora qué? preguntó Joe. Tenemos que buscar el mejor camino al centro de control señaló Kurt, pensando que estaría bien contar con información del hombre que había diseñado la isla. Echó un vistazo por encima del hombro. Escalera abajo, Marchetti subía a paso de tortuga. Un peldaño, una pausa, otro peldaño, otra pausa. Tosía y escupía agua. Vamos, Marchetti dijo Kurt en un susurro áspero, no tenemos todo el día. Me temo que no puedo subir más se quejó el billonario. Hasta aquí he llegado. Deberían seguir sin mí. Me encantaría masculló Kurt, pero lo necesito para apagar las máquinas. De acuerdo asintió Marchetti como si se hubiera olvidado. Ya voy. Empezó a subir de nuevo. Mientras tanto, Kurt vio un par de figuras que salían del segundo piso de la pirámide de estribor y bajaban por el hueco de una escalera. Le pareció que una correspondía al arrogante ayudante de Marchetti. La otra no le sonaba. Qué aspecto tiene Otero? preguntó. Marchetti asomó la cabeza por encima de la parte superior de la escalera. Es un hombre de estatura media dijo, tez oscura, pelo cortado al rape y cabeza muy pequeña y redonda. Las figuras estaban demasiado lejos para que Kurt estuviera seguro, pero la descripción encajaba con el tipo que había visto. Un momento más tarde, los dos

tipos empezaron a acelerar el paso por una de las calles de Aqua-Terra. Las ocasionales miradas atrás bastaron para indicar a Kurt que estaban huyendo. Hay alguna forma de salir de este barco preguntó Kurt, digo isla? En helicóptero dijo Marchetti. O por el puerto deportivo, en barco o en hidroavión. El puerto deportivo. Si Kurt no se equivocaba, ese era su destino. Creo que Otero y su amigo abogado se dirigen allí señaló. Leilani, ayuda a Marchetti a encontrar un ordenador y procura no matarlo. Por muy pesado que sea, creo que hemos demostrado que no es culpable de ningún delito salvo de atentar contra la moda. Lo siento dijo ella. Prometo que no lo mataré. Kurt se volvió hacia Joe. Listo? Joe asintió con la cabeza, y un instante más tarde echaron a correr, se internaron en el campo de trigo y se abrieron paso entre los tallos de las espigas, que les llegaban hasta el cuello. Alcanzaron el otro lado y empezaron a atajar por el parque. A mitad de camino, Kurt oyó el ruido de un motor arrancando. Te parece el sonido de un barco? Más bien el de un motor de avión Lycoming refrigerado dijo Joe. Se dirigen al hidroavión. Entonces será mejor que nos demos prisa. Mientras Kurt y Joe corrían al otro lado de la isla artificial, Leilani y Marchetti avanzaron a paso rápido y se metieron en un edificio de mantenimiento. Cuando la joven vio cincuenta máquinas conectadas cargándose, le entraron escalofríos, pero ninguna se movió. Marchetti encontró la terminal de programación y accedió al sistema rápidamente. Lamento haberlo asustado se disculpó Leilani, con la esperanza de haber influido en la opinión de Marchetti. Yo también repuso Marchetti, tecleando furiosamente. Pero no puedo culparla por estar furiosa. Ella asintió con la cabeza. Ya estoy dentro dijo Marchetti. Se mostró eufórico por un instante y de repente se detuvo con la boca abierta como si le sorprendiera lo que veía. Sus ojos se entornaron, centrándose en una parte en concreto de la pantalla. Otero murmuró, qué has hecho? De repente, las máquinas que los rodeaban empezaron a encenderse. Los motores chirriaron, y los LED pasaron del color verde al naranja. Qué está pasando? preguntó Leilani. Ha cambiado el código dijo Marchetti. Cuando he accedido al sistema,

ha activado una respuesta. Ha puesto a los robots en el modo antiintrusos. El modo antiintrusos? Qué es exactamente? Los robots van a por toda aquella persona de la isla que no lleve una tarjeta de identificación con un chip de autofrecuencia. Es mi forma de defenderme de los piratas. Leilani se dio cuenta enseguida de que ella no tenía tarjeta, pero cuando las máquinas empezaron a desconectarse de sus enchufes, se preguntó si él tendría una. Dónde está su tarjeta? En el bolsillo de mi bata dijo, la que Kurt me mandó quitarme. Kurt y Joe atravesaron el parque y se internaron en el segundo campo de trigo en el lado opuesto. Sonó el ruido de otro tipo de motor, y muy a su derecha, al final del campo, una pequeña cosechadora arrancó. Se enderezó y empezó a moverse hacia ellos, abriéndose paso entre el trigo con sus cuchillas. Un poco pronto para la cosecha dijo Joe. A menos que intenten cosecharnos a nosotros. Kurt apretó el paso y salió corriendo por el otro lado hacia el estrecho sendero que llevaba al puerto marítimo. Mientras corría a toda velocidad, con Joe a su lado, vio que otras máquinas aparecían de no se sabía dónde y se dirigían hacia él. Por lo visto, Marchetti todavía no ha terminado de reprogramar las máquinas observó Kurt. Esperemos que se acuerde de la contraseña. Su velocidad y su agilidad siguieron beneficiándolos, y después de correr unos treinta metros por el sendero y de saltar por encima de un muro, dejaron atrás a las máquinas. Segundos más tarde, Kurt y Joe bajaban la escalera dando saltos hacia el puerto marítimo. Enfrente de ellos, el hidroavión se deslizaba por delante del rompeolas. Tenían que darse prisa. Kurt corrió hacia la embarcación que le pareció más rápida de cuantas encontró: una lancha Donzi de casi siete metros de eslora. Saltó a bordo y se dirigió al tablero de control mientras Joe desataba las amarras. Kurt pulsó el botón de encendido y sonrió cuando el motor interior V8 arrancó rugiendo. Vienen robots por el muelle anunció Joe. No hay de qué preocuparse dijo Kurt, y echó un vistazo al grupo de máquinas que se dirigían apresuradamente hacia ellos. Abrió la válvula reguladora y giró el timón. La embarcación salió disparada, describió una curva y aceleró a través del puerto deportivo. En cuanto tomaron el rumbo correcto, Kurt enderezó el barco y apuntó con la proa a la abertura que había en el rompeolas. El hidroavión estaba deslizándose a través de ella.

Kurt esperaba alcanzarlos, y con suerte hacerlos volcar, pero el plan tenía escaso margen de éxito. Señaló una radio del salpicadero. Llama a Nigel dijo. Dile que despegue deprisa. No quiero perder a esos tipos. Joe encendió la radio, buscó la frecuencia correcta y empezó a transmitir. Nigel! gritó. Soy Joe. Cambio. La voz con acento británico de Nigel sonó de todo menos alegre. Hola, Joe. Qué pasa? Pon ese pájaro a volar vociferó Joe. Estamos persiguiendo a un hidroavión en una lancha, y se nos va a escapar dentro de poco. Lo siento mucho contestó Nigel. Ojalá pudiera ayudaros, pero he desmontado el motor. Cómo? exclamó Kurt, que estaba oyendo la conversación. Por qué? preguntó Joe. Kurt me dijo que hiciera que pareciese que estaba estropeado de verdad. Levantar el capó, dejar unas cuantas partes en el suelo y poner cara de confundido me pareció la mejor forma. No hacía falta que pareciera tan real masculló Kurt. Adiós, plan dijo Joe. Lo único que podían hacer ahora era chocar contra el avión con la esperanza de dañarlo o hacerlo volcar sin que les costara la vida. La lancha Donzi cruzó zumbando la abertura del rompeolas. El hidroavión estaba a unos doscientos metros por delante, girando a favor del viento para alinearse antes de emprender el recorrido de despegue. Kurt aceleró al máximo y se cruzó por delante del hidroavión. El piloto se apartó instintivamente, pero el avión permaneció derecho. Kurt dio la vuelta a babor y regresó. El hidroavión estaba ahora acelerando. Kurt se dirigió hacia él a toda velocidad, siguiendo su estela. Vamos dijo Kurt, forzando la lancha al máximo. Saltando a través de las olas, salió por la izquierda, adelantó al hidroavión y se cruzó otra vez por delante de él. Joe se agachó y gritó una advertencia. El avión saltó del agua, su hélice metálica pasó con gran estruendo, y los timones de los flotadores cortaron parte de la lancha al pasar por encima de ella antes de volver al mar. Kurt alzó la vista. Me alegro de ver que nadie ha perdido la cabeza. Mejor no volvamos a intentarlo dijo Joe. No me apetece saber lo que siente un cóctel dentro de una coctelera. Kurt había esperado que el hidroavión virase, no que saltara por encima de ellos. Pero la tentativa les había sido útil. El avión había caído en una mala

posición, y el piloto había reducido la velocidad para estabilizarlo. Cuando empezó a acelerar otra vez, no iba en la dirección correcta. Van a favor del viento dijo Joe. Les resultará mucho más difícil despegar con el viento de cola que yendo contra la brisa. Más difícil pero no imposible repuso Kurt. Pilotó la lancha motora con mano experta y se situó de nuevo detrás del hidroavión, siguiendo el canal de la estela y embistiendo contra uno de los flotadores. El avión empezó a dar bandazos y a girar mientras el piloto luchaba por controlar la máquina, pero no tardó en recuperar el rumbo. Cuidado! gritó Joe. Una lluvia de balas abrió una hilera de agujeros en la proa de su embarcación cuando uno de los fugitivos descargó el contenido de una ametralladora en dirección a ellos. Kurt y Joe se vieron obligados a desviarse, y el hidroavión redujo la velocidad y giró para orientarse otra vez en contra del viento. En la sala de mantenimiento, Leilani observaba el ejército de máquinas, contemplando horrorizada cómo se levantaban y empezaban a avanzar. Tres de aquellas cosas habían bastado para asustarla cuando los habían atacado abajo, pero cincuenta eran una auténtica pesadilla. La ira invadió su mente, junto con la clara impresión de haberse encontrado con algo mucho peor de lo que esperaba. Kurt alzó la vista. Haga algo! le gritó a Marchetti. Eso intento dijo él. Ese Otero es muy astuto. Si hubiera sabido que era tan listo, le habría pagado más. Leilani buscó ayuda. No vio más que máquinas y una hilera de taquillas. Qué hay en las taquillas? Uniformes de trabajo. Con tarjetas de identificación? Sí exclamó Marchetti entusiasmado. Exacto. Vamos! Leilani atravesó la sala corriendo, se deslizó bajo el brazo bamboleante de un robot y chocó contra las taquillas como un jugador de béisbol al hacer una carrera y llegar a la base por sorpresa. Se levantó rápidamente, abrió la puerta de una taquilla y sacó de un tirón un uniforme de trabajo. Tenía una tarjeta de identificación, y la agarró con fuerza. Las máquinas se detuvieron y se apartaron de ella, y a continuación todas se dirigieron hacia Marchetti, quien estaba tecleando en vano. No puedo descifrar el código! gritó. Las máquinas estaban ahora encima de él, y una lo derribó al suelo. Otra acercó al billonario un destornillador eléctrico, cuya cabeza cruciforme giraba furiosamente. Leilani avanzó corriendo, se abrió paso a empujones entre las máquinas y se abalanzó sobre Marchetti. Lo abrazó fuertemente, confiando en que los robots

interpretaran su fuente de calor conjunta como una sola persona y leyeran su tarjeta de identificación al mismo tiempo. La cabeza del destornillador giraba y chirriaba. La joven aferró a Marchetti y cerró los ojos. De repente, el sonido cesó. El destornillador se paró y retrocedió. El otro robot soltó a Marchetti, y el pequeño ejército de máquinas empezó a alejarse en busca de otra víctima. Leilani observó cómo se marchaban sin dejar de sujetar a Marchetti. Cuando las máquinas salieron en fila del edificio de mantenimiento, ella le lanzó una mirada fría y dura. Quería que Marchetti entendiera una cosa. Me debe una dijo. Él asintió con la cabeza, y la joven lo soltó. Ninguno de los dos apartaba la vista de la puerta. A casi un kilómetro de la isla flotante, Kurt y Joe estaban recibiendo fuego directo del hidroavión. La aeronave estaba dando la vuelta, orientándose otra vez a favor del viento y acelerando. Cuando se lanzó hacia delante, Kurt se quedó de nuevo detrás de él. Ahora o nunca, Joe. Tengo una idea dijo Joe. Subió a la proa y agarró el ancla. Un amigo mío de Colorado me enseñó a coger con lazo gritó. Empezó a dar vueltas al ancla de nueve kilos sujeta con la cuerda. Kurt adivinó sus intenciones y aceleró al máximo una vez más. Empezaron a reducir la distancia. El hidroavión volvió a disparar, pero Kurt giró la embarcación hacia el lado del piloto y la encajó por debajo del aparato. Joe soltó el ancla como un lanzador de martillo olímpico justo cuando el hidroavión despegaba del agua. El ancla salió volando hacia delante, rodeó los puntales del flotador, y la cuerda se tensó. El morro del avión se elevó y sacó la popa de la lancha motora del agua de un tirón. El peso y la tensión eran excesivos. El ala izquierda descendió, cay ó al mar, y el hidroavión dio una voltereta lateral y soltó pedazos por todas partes. La lancha motora recibió un tirón lateral, y la abrazadera del ancla se desprendió, pero Kurt consiguió impedir que la embarcación volcara. Torció a babor, dio marcha atrás y giró para ver cómo había acabado la cosa. El hidroavión se había parado sin un flotador, con las alas torcidas y dobladas y parte de la cola arrancada. El agua entraba a raudales y parecía que el aparato se hundía por momentos. Sí! gritó Joe, lanzando un puñetazo al aire. Tenemos que meterte en el mundo del rodeo dijo Kurt, dando la vuelta de nuevo hacia del hidroavión destruido. Paró al lado de la aeronave. El avión se estaba hundiendo con rapidez, y sus

dos ocupantes intentaban desesperadamente liberarse. Matson salió primero y pronto estaba aferrado a la lancha motora. Otero salió después. Empezaron a subir, pero cada vez que lo hacían, Kurt aceleraba. Por favor gritó Otero. No sé nadar bien. Entonces tal vez no deberías vivir en una isla flotante replicó Kurt, abriendo la válvula reguladora para luego volver a cerrarla. Los dos hombres regresaron a la lancha nadando como perros y se agarraron a la barandilla. Kurt los hizo caer de nuevo. Todo ha sido idea de él dijo Otero, tratando de mantenerse a flote. El qué? Robar los microbots. Cállate le ordenó Matson. A quién se los habéis dado? preguntó Joe. El dúo de hombres medio ahogados se aferró a la embarcación, y Otero, esa vez, se negó a hablar. Señor Austin dijo Joe. Creo que tenemos una política contra abordadores y parásitos. Kurt asintió con la cabeza y sonrió. Así es, señor Zavala. Así es. Aceleró un poco más. Los dos rezagados trataron de sujetarse, pero no tardaron en soltarse. En esa ocasión Kurt siguió alejándose de ellos. Espere! gritó Otero, chapoteando furiosamente. Le diré todo lo que sé. Kurt se acercó la mano a la oreja. Antes de que nos alejemos demasiado gritó. Se llama Jinn farfulló Otero. Jinn al-khalif. Kurt cerró la válvula reguladora, y la lancha se paró. Y dónde encontramos a ese Jinn? gritó. Otero miró a Matson, quien negaba con la cabeza. Vive en Yemen soltó de pronto Otero. Es lo único que sé.

14 En el patio de una casa de estilo marroquí, a un tiro de piedra del golfo de Adén, el hombre conocido como Sabah disfrutaba de la noche. Mientras el ocaso tendía su manto sobre el mundo, saboreaba una cena compuesta de cordero con pan plano recién hecho y tomates cortados en rodajas. A su alrededor, unas cortinas vaporosas flotaban con la suave brisa, mientras el sonido de las olas rompiendo contra los cercanos acantilados entonaba su calmante y repetitiva canción. Un criado llegó y le susurró algo al oído. Sabah escuchó y asintió con la cabeza. Una leve arruga de irritación asomó a su frente cuando oy ó la noticia. El criado recogió su plato, y Sabah se recostó con un vaso de té negro. El sonido de unos pasos que se acercaban se detuvo debajo del arco. Solicito audiencia contigo informó una figura entre las sombras. Yo diría que ya te ha sido concedida contestó Sabah, teniendo en cuenta que estás en mi presencia, invitado o no. No era mi intención molestarte dijo el hombre. He esperado mientras cenabas. Sabah le indicó con un gesto que se sentara. Ven a sentarte conmigo, Mustafá. Somos viejos amigos desde la primera guerra contra Israel. Las armas que me suministraste no nos ayudaron a ganar, pero me permitieron apoy ar a Al-Khalif y a su familia. La suerte me ha sonreído desde entonces. Mustafá se acercó y se sentó enfrente de Sabah, quien advirtió una sensación de inquietud en sus pasos. Mustafá acostumbraba a ser un hombre de lo más osado, arrogante y pendenciero, de modo que Sabah se preguntó por qué estaba tan afectado. De la suerte es precisamente de lo que he venido a hablar dijo Mustafá, de la tuy a y de la mía. Y de los que se quedan la parte del león. Sabah bebió otro sorbo de té y dejó el vaso. Sobre un platillo situado al lado había unas hojas recién cortadas de qat, una planta con propiedades similares a las de los estimulantes. Era como una anfetamina suave. Sabah cogió una hoja, la dobló y se la metió en la boca. Empezó a masticarla despacio, chupando su jugo.

Los leones se quedan la parte más grande porque son leones explicó Sabah. Nadie puede desafiarlos. Y si el león es débil y arrogante? preguntó Mustafá. O no ve las necesidades del orgullo? Entonces otro se alza y lo sustituye. Vamos, no es necesario que recurras a metáforas dijo Sabah. Estás hablando de Jinn y del proyecto. Crees que nos está fallando. Mustafá vaciló, retorciéndose las manos como si estuviera muy confundido. Tómate una. Te soltará la lengua le propuso Sabah. Mustafá arrancó una hoja y la dobló entre sus dedos como Sabah había hecho. Se la introdujo en la boca. Qué actos de Jinn no ves con buenos ojos? preguntó Sabah. Tres años de promesas dijo Mustafá, y ni una gota de lluvia. Los cambios exigen tiempo. Ya se te advirtió. Se nos acaba el tiempo dijo Mustafá, y también a vosotros. Yemen se está muriendo. La gente está siendo expulsada de las ciudades a punta de pistola porque no hay suficiente agua para todos. Sabah escupió saliva verde y los restos de la hoja de qat en un pequeño cuenco. Bebió un sorbo de té para refrescar el paladar. Mustafá estaba en lo cierto. Existía la firme creencia de que el año siguiente la capital del país tendría tan poca agua que sería imposible conservarla por mucho que se racionara. La migración forzada era la única opción, obligar a la gente a trasladarse a otras regiones, pero el resto del país no se encontraba en mucho mejor estado. En la última semana ha llovido tres veces señaló Sabah, unas lluvias que no estamos acostumbrados a ver. Ahora mismo hay nubes flotando sobre las montañas hacia el norte. El cambio se avecina. Las promesas de Jinn se cumplirán. Tal vez, pero qué le impide anular esas promesas en cualquier momento? dijo Mustafá. Por el brillo de los ojos de Mustafá, Sabah advirtió que estaba entrando en materia. El honor respondió Sabah. Jinn no tiene honor replicó Mustafá. Y tú eres la prueba. Todo el mundo sabe que tú, Sabah, eres el motivo del éxito de Jinn. Su riqueza y su poder se han basado en tu sabiduría. La fortuna de su familia es producto de tus esfuerzos, de tu trabajo, de tu lealtad. Jinn tiene muchos millones: empresas, palacios, esposas. Y qué te ha dado a ti? Mustafá miró a su alrededor. Tienes una bonita casa, unos cuantos criados, buena comida para cenar. Es eso todo lo que se consigue a cambio de una vida entera de dedicación? No, es una insignificancia, y sin duda te mereces más. Deberías ser un príncipe por méritos propios. Soy un leal sirviente afirmó Sabah.

Los sirvientes también se benefician de los éxitos de su amo adujo Mustafá. En las cortes de la Antigüedad, hasta un esclavo podía convertirse en un consejero de confianza. Sabah había oído bastante. Tal vez no te has soltado suficientemente la lengua, Mustafá. No, solo lo justo respondió su invitado enardecido. Conozco la verdad. Jinn te usa como nos usa a nosotros. Gana mucho y solo nos da lo que está obligado a darnos. Estamos siempre a su disposición. Si detiene el proyecto, moriremos. Si pide más, no tendremos otro remedio que dárselo. Así que el dinero es lo que te inquieta. No, es el poder repuso Mustafá. Dentro de poco no podremos controlar a Jinn, ni siquiera negociar con él. Ha hecho magia como los genios de la Antigüedad. Pero si la maneja él solo, el resto de nosotros dejaremos de serle necesarios. Los Jinn del pasado tenían motivos para ser condenados. Eran unos magos en los que no se podía confiar. Si no se dominan, se convierten en dioses. Ese es el objetivo de Jinn. Sabah evaluó a su viejo amigo, tratando de adivinar lo lejos que estaba dispuesto a llegar. Hasta el momento, Mustafá había hecho de todo menos abogar por la traición, pero resultaba evidente que ese era su propósito. Si Sabah estaba en lo cierto, lo habían incitado a ello. Así que ha habido una reunión de los inversores aventuró. Dime quién la ha convocado. No importa dijo Mustafá. A mí sí me importa. Lo que debería importarte es tu posición insistió Mustafá. Te pido que consideres por qué estás aquí, en Adén, en lugar de estar con Jinn en su cueva de genio en el desierto. Porque no me necesita en este momento. Parece que esa situación se da cada vez más a menudo insinuó Mustafá. Y qué harás tú, el leal sirviente, cuando Jinn ya no te necesite? Sabah se quedó desconcertado, pero las palabras de su amigo le parecieron sinceras y no una simple provocación. Mustafá continuó presionándolo. Cuando era joven, lo controlabas con firmeza. A medida que se hacía mayor, lo controlaste con sabiduría. Qué te queda? Se lo has dado todo, Sabah. Es el momento de recibir. De recibir lo que te has ganado. Una especie de golpe de palacio? Es eso lo que buscas? Tú construiste su imperio susurró Mustafá ; invertiste mucho más esfuerzo que él. Tú deberías poseer sus llaves, y no quedarte fuera de los muros como el miembro de segunda del clan que siempre has sido. Las palabras de Mustafá tocaron la fibra sensible de Sabah. Él no formaba

parte del clan Khalif. Por muy leal o trabajador o implacable que fuera, nunca sería más que un empleado de confianza. De hecho, cuando los hijos de Jinn crecieran, lo que se había convertido en una asociación desaparecería. El clan y los vínculos familiares se impondrían. Sabah sería apartado, y sus hijos no podrían recoger lo que él había sembrado. En cierto sentido, el proceso ya había empezado. En el último par de años, Jinn había pasado cada vez menos tiempo con él. Sus costumbres habían cambiado. Parecía harto de escuchar los consejos de Sabah cuando antes solía disfrutar de ellos. Pero eso no era motivo suficiente para traicionarlo. Sabah alargó la mano para coger el qat, dobló otra hoja entre sus dedos y se la metió en la boca. Había que tener en cuenta muchas cosas antes de tomar semejante decisión. Mientras masticaba, los estimulantes segregados por la planta le provocaron una oleada de energía que le recorrió el cuerpo. Sabía que Mustafá no cambiaría de opinión después de exponer su plan. Si Sabah no estaba de acuerdo en un principio, habría problemas en el acto. Tal vez Mustafá tuviera hombres esperando cerca. Tal vez creyera que podría matar a Sabah él solo. Sabah no le daría esa oportunidad. Tienes alguna estrategia? Mustafá asintió con la cabeza. Debemos ver la plaga en acción aunque sea a pequeña escala. Al hablar en plural, te refieres también a los otros? Yo seré el testigo, junto con Alhrama de Arabia Saudí. Somos en los que Jinn confía más. Nosotros informaremos al resto del grupo. Entiendo. Y cómo debo organizarlo yo? Jinn debe permitirnos inspeccionar la sala de control y las instalaciones de producción. Debe darnos acceso a la programación y a los códigos. Sabah consideró lo que estaban pidiendo. Se acarició la barba. Y cuando lo hay áis visto, qué debo hacer? Entonces te daré una señal dijo Mustafá. Y tú matarás a Jinn y te harás cargo de la operación como socio de pleno derecho del proy ecto y presidente del consorcio Oasis.

15 Kurt Austin se dirigía al despacho equipado con tecnología punta de Marchetti en lo alto de uno de los dos edificios terminados de Aqua-Terra. En las veinticuatro horas que habían transcurrido desde que Joe y él habían detenido el hidroavión y habían impedido que Matson y Otero escapasen, habían pasado muchas cosas. En Washington, Dirk Pitt y los jefazos de la NUMA se habían puesto las pilas, recabando información sobre Jinn al-khalif. Nigel, el piloto, había terminado de montar el helicóptero y, a petición de Marchetti, había recogido a Paul y a Gamay Trout. Marchetti se había pasado quince horas depurando el código informático, intentando asegurarse de que Otero no les había dejado más trampas. No encontró ninguna, pero en su isla automatizada se ejecutaban cientos de programas. Insistió en que no podía estar seguro de que alguno estuviera afectado. Ante la insistencia de Kurt, se concentró en los programas más críticos y desactivó por completo los robots de construcción, por si acaso. Tenían que recibir noticias del cuartel general de la NUMA, y todos estaban, en aquel momento, acudiendo al despacho de Marchetti para aguardar la transmisión y debatir sobre el siguiente paso. Kurt abrió la puerta y entró. Joe y los Trout y a estaban allí. Marchetti estaba sentado enfrente de ellos. Leilani se hallaba sentada a su lado. Menuda cárcel tiene ahí abajo le dijo Kurt a Marchetti. Me he alojado en hoteles de cinco estrellas peores. Marchetti sonrió. Cuando Aqua-Terra esté terminada, esperamos recibir a millonarios a bordo. Si tengo que meter a alguno en la cárcel, no quiero amargarle la fiesta. Kurt rió entre dientes. Ha conseguido que hablen? preguntó Leilani. No, se han cerrado en banda dijo Kurt, y miró a Joe antes de volverse de nuevo hacia Marchetti. Supongo que no tendrá una pitón hambrienta en alguna parte. Marchetti se quedó horrorizado al oír la petición. Pues no. Por qué?

Da igual. Kurt se sentó justo cuando recibieron las imágenes por satélite. Un momento más tarde, el rostro de rasgos duros de Dirk Pitt apareció en la pantalla. Después de una rápida ronda de presentaciones, Pitt empezó a hablar. Hemos recabado información sobre el tal Jinn. La mayor parte de los datos os serán enviados en un archivo codificado, pero en esencia lo que sabemos es lo siguiente:» Hace treinta años, Jinn al-khalif era un pastor de camellos beduino de diecinueve años; hace dos décadas hizo una breve y provechosa incursión en el tráfico de armas y poco después usó los fondos que había conseguido para meter el pie en varios negocios legales: transporte en barco y construcción, y obras de infraestructura. Nada astronómico, pero le fue bien.» Hace cinco años fundó una empresa llamada Oasis. Es un consorcio internacional con una estructura muy extraña, dedicado a la tecnología y financiado por fuentes dudosas. La Interpol ha estado vigilándolo desde el principio. Lo que más les preocupa es la enorme cantidad de dinero y de tecnología que entra en Yemen sin ningún tipo de control. No me parece que Yemen sea un imán que atraiga capital extranjero dijo Kurt. En absoluto respondió Pitt. Por ese motivo, la Interpol pensó que Oasis podría ser una organización terrorista o una empresa para el blanqueo de dinero, pero Jinn no ha estado metido en política, ni siquiera dentro de un país con tantos conflictos internos como el suyo. Y no han hallado transacciones que hagan pensar en el blanqueo. Parece que el transporte de tecnología y las inversiones en tecnología punta han sido legales. Pitt pulsó el teclado que tenía delante. Apareció una foto tomada por satélite que mostraba la austera belleza de la región desértica del norte de Yemen. La imagen se volvió más nítida y se enfocó con el zoom como si estuvieran cayendo del espacio. Cuando la resolución mejoró, la fotografía mostró un afloramiento rocoso que sobresalía por encima de la arena y que proy ectaba una larga sombra. A Kurt le recordó el monte de Shiprock, en Nuevo México. Rastros de vehículos y franjas de arena descolorida llevaban hacia el afloramiento y se extendían detrás de él. Qué estamos mirando? preguntó Kurt. Nuestras agencias de inteligencia han seguido la pista de algunas actividades de Jinn hasta esta región del desierto. No parece gran cosa observó Paul. No debe parecerlo contestó Dirk. Veis la zona con arena y tierra más oscuras? Se extiende a lo largo de cientos de hectáreas. Parece que haya sido arrastrada por el agua dijo Gamay. Erosión o inundación repentina.

El problema es que se encuentra en la parte más seca del desierto comentó Dirk, y la pendiente no sigue el mismo patrón que vemos. Entonces es un camuflaje afirmó Kurt. Qué esconden? Nuestros expertos creen que han movido mucha tierra explicó Pitt, lo que hace pensar en un recinto subterráneo de enormes dimensiones. Las exploraciones con escáneres de infrarrojos han detectado un excesivo calor procedente de unos respiraderos en la arena. Todo parece indicar que es una fábrica, pero hasta el momento nadie ha podido averiguar lo que traman. Me han robado mi diseño y han empezado la fabricación confirmó Marchetti. Pitt asintió con la cabeza. Eso parece. La pregunta es por qué. Marchetti reflexionó un instante. No estoy seguro dijo. Mi intención era que comieran basura, pero, por lo que hemos visto, el diseño ha sido modificado. Evidentemente, eso implicaría un objetivo distinto. En este momento, lo único que sabemos con seguridad es que atacaron el catamarán, pero, a menos que me haya perdido algo, ninguna otra embarcación ha sido atacada ni ha desaparecido. Eso hace pensar que ese no es su principal objetivo. Entonces por qué los han usado contra el catamarán? preguntó Kurt. Marchetti miró a Leilani un instante y acto seguido habló. En circunstancias normales, el barco habría sido limpiado a conciencia. No habría quedado ni una pizca de materia orgánica. Y los robots habrían desaparecido otra vez en el mar. Kurt lo entendió. Ni pruebas ni testigos. El barco habría sido encontrado en perfectas condiciones de funcionamiento como el Mary Celeste Pero no contaban con que la tripulación encendiera fuego para rechazarlos. Exacto asintió Marchetti. Sin los residuos que ustedes hallaron, nada nos habría indicado lo que había pasado. Aunque otra embarcación hubiera estado observando desde lejos, no habrían visto nada. Pitt recondujo la conversación al asunto principal. De modo que pueden ser un peligro para los barcos comentó. Pero si esa no es su función más importante, cuál es entonces? Podrían estar provocando las anomalías térmicas que nuestro equipo descubrió? Posiblemente convino Marchetti. No sé cómo, pero, hasta cierto punto, su capacidad de destrucción depende de la cantidad de microbots que haya ahí fuera. Puede explicarse mejor? preguntó Pitt. Piense en ellos como si fueran insectos. Uno solo no supone un grave problema (una avispa, una hormiga, una termita), ni una gran amenaza. Pero si

pone bastantes en el mismo sitio, pueden provocar toda clase de problemas. Mi diseño podía reproducirse de forma autónoma y propagarse hasta el infinito. Era la única forma de hacerlos efectivos. No hay motivos para pensar que estos no se comporten igual. Millones de ellos pueden causar problemas a una pequeña embarcación, miles de millones pueden suponer una amenaza para un gran barco o una plataforma petrolífera o incluso algo del tamaño de Aqua-Terra, pero miles de millones, o billones de billones, podrían amenazar el mar entero. El mar entero? preguntó Joe. Marchetti asintió con la cabeza. En cierto modo, los microbots son agentes contaminantes plenos, semejantes a las toxinas. Pero al comer, se reproducen y se protegen a sí mismos; hay que pensar en ellos como especies no autóctonas que invaden un nuevo hábitat. Todas acostumbran a seguir la misma trayectoria. Sin enemigos naturales, empiezan siendo una curiosidad, rápidamente se convierten en una molestia y poco después se transforman en una epidemia que pone en peligro el ecosistema. Si no se los controla, los microbots podrían hacer lo mismo. Me acuerdo de cuando las palomillas gitanas llegaron a Nueva Inglaterra dijo Paul. No eran autóctonas. Procedían de China y no tenían enemigos naturales. El primer año tan solo había unas cuantas orugas peludas. Al año siguiente ya eran numerosas, y al tercer año estaban en todas partes y se contaban por miles de millones: cubrieron todos los árboles, los despojaron de todas las hojas y prácticamente diezmaron los bosques. Está hablando de un efecto parecido? Marchetti, con semblante serio, asintió con la cabeza. A continuación, se hizo el silencio mientras el grupo reflexionaba sobre lo que Marchetti había dicho. Kurt se imaginó los microbots propagándose a través del océano Índico y por todo el mundo. Se preguntaba si era una idea racional o si se estaba volviendo paranoico, y por qué alguien querría que eso ocurriera o qué provecho podía sacar de ello. Sea lo que sea lo que estén haciendo, creo que podemos dar por sentado que no es algo bueno afirmó Pitt. Por lo tanto, tenemos que averiguar de qué se trata y abordar el problema. Alguna propuesta para conseguirlo? Todos los ojos se posaron otra vez en Marchetti. Hay dos formas de hacerlo dijo este. O sorprender a los microbots en el acto, para lo cual ofrezco mis servicios y la isla, o ir a la fuente y ver cuáles son sus órdenes. Ir a Yemen aclaró Pitt. Marchetti asintió con la cabeza. Lamento decirlo, y desde luego yo no querría ir, pero si esas cosas están siendo fabricadas en ese recinto subterráneo de Yemen, la mejor opción que tienen para descubrir con qué fin han sido creadas es ir a la fábrica y comprobar

sus características. Pitt, pensativo, hizo un gesto afirmativo, pero no dijo nada. Miró uno a uno a los miembros del equipo. Está bien dijo finalmente. Nuestro objetivo inicial era averiguar qué le pasó a la tripulación, pero creo que estamos de acuerdo en que hemos descubierto una amenaza mayor; una amenaza por la que probablemente fueron asesinados. Tenemos que abordar la investigación desde los dos enfoques. Paul y Gamay aprovecharán la hospitalidad del señor Marchetti y dirigirán la investigación marítima usando Aqua-Terra como base de operaciones. Kurt, Joe y tú podéis prepararos. A menos que tengáis algún inconveniente, voy a buscar una forma de meteros en Yemen a escondidas. Kurt miró a Joe, quien asintió con la cabeza. Estaremos preparados. Pitt se despidió. La reunión se dio por terminada, y todos empezaron a salir en fila. Leilani se acercó a Kurt. Quiero ir con vosotros dijo. Kurt siguió recogiendo sus cosas. Ni hablar. Por qué? preguntó ella. Si ese Jinn es el responsable de todo, quiero estar allí cuando lo atrapéis. Kurt le lanzó una mirada. Nos pusiste en peligro una vez, y no voy a permitir que vuelvas a hacerlo. Ni voy a dejar que corras riesgos. Y tampoco vamos a atrapar a ese hombre. A diferencia de ti, nosotros no somos un escuadrón de la muerte. Queremos averiguar lo que está tramando y por qué, nada más. Lo mejor que puedes hacer es volver a Hawái. No tengo ninguna razón por la que volver dijo la chica. Lo siento, pero esta vez eso no te va a servir conmigo le advirtió Kurt. Gamay se acercó hasta ellos. Si vamos a analizar lo que está pasando con la cadena alimenticia comentó, nos vendría bien una bióloga marina. Por qué no te quedas con nosotros? No parecía que a Leilani le gustara la idea, pero estaba claro que no tenía otra opción. Finalmente asintió con la cabeza. Kurt salió por la puerta sin decir nada más. Le sabía mal por ella, pero tenía trabajo que hacer.

16 Golfo de Adén, costa de Yemen Treinta y siete horas después de la reunión en la sala de conferencias de Marchetti, Kurt y Joe se encontraban sentados en una embarcación pesquera de madera en plena noche a un kilómetro y medio aproximadamente de la costa de Adén. Vestidos con trajes isotérmicos y aletas, y con unas pequeñas botellas de aire comprimido a la espalda, esperaban pacientemente una señal. Kurt aplicó una ligera capa de champú para bebés en la cara interior del cristal de sus gafas antes de enjuagarlas para impedir que se empañaran. Joe comprobó el aire de su botella por última vez y sujetó un cuchillo de submarinismo enfundado a su pierna. Estás listo? preguntó Kurt. Todo lo listo que puedo estar respondió Joe. Ves algo? Todavía no. Y si ese tío se retrasa? Llegará dijo Kurt. Dirk asegura que lo ha ayudado varias veces. Te ha dicho cómo se llama? Kurt negó con la cabeza y sonrió. Ha dicho que no nos haría falta. Joe rió entre dientes. Dirk tiene sus secretos, eso está claro. Era una noche sin luna, con un viento suave procedente del noroeste. Kurt podía oler el desierto en la brisa, pero no veía nada. Estaban anclados frente a una extensión desierta de la costa, cabeceando sobre las olas y esperando para meterse en el agua. Pero no podían partir hasta estar seguros de que alguien había llegado para recogerlos. Por fin un par de luces brillaron en dirección a ellos. Se encendieron y se apagaron un par de veces. Y volvieron a encenderse unos segundos antes de oscurecerse definitivamente. Ese es nuestro hombre confirmó Kurt, colocándose las gafas de buceo.

Joe hizo lo mismo y se detuvo un instante. Una pregunta dijo. Y si esos robots están en el agua esperando para zamparnos? Kurt no había pensado en eso y, francamente, deseó que Joe tampoco lo hubiera hecho. Entonces más vale que no tengan hambre repuso. A continuación, se impulsó hacia atrás por encima del costado de la embarcación y cayó a la profunda agua negra. Segundos más tarde, Joe se zambulló detrás de él; el sonido de su inmersión reverberó a través de la oscuridad. Sin dilación, Kurt se orientó y empezó a avanzar con brazadas fluidas y vigorosas, mientras el impulso de sus aletas lo desplazaba rápidamente a través del agua. La travesía hasta la playa fue silenciosa y transcurrió como en cámara lenta. A medida que se acercaba a la orilla, oy ó el sonido de las olas rompiendo y percibió el impulso de la marea baja que intentaba arrastrarlo hacia el este. Se desvió ligeramente contra ella y, en lugar de agotarse luchando contra la marea, prácticamente se dejó llevar por ella. Una vez que estuvo más cerca, se centró en el oleaje, tratando de hacerse una idea aproximada del ritmo de las olas. Una gran ola lo empujó hacia arriba y amenazó con tirarlo de cabeza, pero la ola pasó, rompió y lanzó una espuma blanca que se extendió por la arena a quince metros por delante de él. La resaca lo alcanzó cuando el agua se retiraba, pero Kurt se impulsó a través de ella, tomó la siguiente ola y se deslizó con el cuerpo hasta la playa. Diez metros más adelante había unos cantos rodados que ofrecían cobijo. Se quitó las aletas, avanzó corriendo y se resguardó entre ellos. Una vez allí, se quitó las gafas de buceo, se bajó la cremallera del traje isotérmico unos centímetros y extrajo un pequeño telescopio con visión nocturna. Escudriñó la play a y la carretera que pasaba encima de ella. No vio movimiento ni señales de vida. A unos sesenta y cinco metros al oeste, una vieja furgoneta Volkswagen se encontraba aparcada en la carretera. Ese era su medio de transporte. Volvió la cabeza a tiempo para ver cómo Joe llegaba a la play a. Tras una breve pausa, este se acercó a las rocas corriendo. Kurt señaló la furgoneta. No está mal exclamó. Solo se nos ha escapado por una distancia equivalente a un campo de fútbol. Es más fácil recorrerla a pie que nadar contra la corriente respondió Joe. Eso mismo he pensado y o dijo Kurt. Además, por si han vigilado o seguido a nuestro amigo, es preferible no salir del agua justo delante de nuestro vehículo de huida. Los dos hombres se quitaron el equipo de submarinismo y se quedaron con

ropa de calle. Permanecieron alerta por si había problemas y avanzaron por la playa de forma intermitente hasta que llegaron a la furgoneta. El vehículo tenía treinta años, era de color marrón tostado y estaba lleno de marcas y arañazos debido a la constante exposición a la arena arrastrada por el viento. Sus neumáticos se veían gastados, y el emblema de la marca de la parte delantera estaba roto y había perdido la mitad de la W. A lo mejor es una imitación dijo Kurt. Sí contestó Joe, un Voks Vagon. No tiene mucha clase comentó Kurt. Acto seguido, pensando en la Vespa, añadió : Pero por lo menos tiene cuatro ruedas. Vas progresando señaló Joe. Kurt rió entre dientes y abrió la puerta. Si bien la furgoneta perdía puntos en estilo, tenía otras cualidades, incluido un amplio espacio para provisiones, un motor refrigerado con aire que resultaría más fiable para cruzar el desierto que un motor refrigerado con agua, y matrículas de Yemen auténticas que Kurt esperaba estuvieran vigentes. Además estaba vacía. La persona a la que Dirk Pitt había acudido para que les dejara la furgoneta había desaparecido. Una segunda estela de huellas de neumáticos sobre el blando arcén de la carretera parecía indicar que el conductor se había ido en otro vehículo. Subieron como pudieron a la furgoneta. Kurt se dirigió al asiento del conductor mientras Joe comprobaba las provisiones de la parte trasera. Aquí detrás tenemos botas y caftanes informó Joe. Comida, agua y material. Ese tipo nos ha equipado bien. Kurt buscó la llave. Bajó el espejo retrovisor, y cay ó en su mano junto con una nota. Introdujo la llave y desdobló la nota mientras Joe se dirigía a la parte delantera y se sentaba en el asiento del copiloto. Dice: «Recorred siete kilómetros al nordeste por la carretera de la costa. Girad al noroeste en la carretera asfaltada que señala la autopista del Este. Está asfaltada a lo largo de cincuenta kilómetros y luego se convierte en un camino de tierra. Seguidla exactamente setenta y dos kilómetros. Esconded la furgoneta y caminad hacia el noroeste siguiendo un rumbo de doscientos noventa a lo largo de ocho kilómetros y trescientos metros. De esa forma atajaréis y encontraréis el recinto que buscáis. Buena suerte». Alguna firma? Anónimo dijo Kurt. Dobló la nota y la guardó. No lo decepcionemos, sea quien sea. Después de echar un rápido vistazo, Kurt giró la llave, y el motor arrancó con el sonido que solo las viejas furgonetas Volkswagen hacían. Las marchas chirriaron cuando Kurt metió la primera y luego soltó el embrague, pero por lo

menos estaban en camino. Esperaba que llegaran al recinto antes de que amaneciera. Disponían de cuatro horas.

17 Gamay Trout rebosante de alegría, viajaba a veinte nudos, a apenas nueve metros por encima de las olas, en una pequeña aeronave diseñada por Elwood Marchetti. Llamarla zepelín habría hecho un flaco favor al elegante dirigible. El compartimento de la tripulación se encontraba en medio y ligeramente por debajo de lo que Marchetti denominaba vainas de aire. Dichas vainas, que estaban llenas de helio, parecían flotadores, aunque eran mucho más grandes y más largas. Eran lisas por debajo y curvadas por arriba para proporcionar impulso al dirigible cuando este se movía hacia delante. Estaban sujetas al compartimento de los pasajeros con una serie de puntales que formaban un ángulo de cuarenta y cinco grados. Entre ellas, había una segunda serie de puntales que las reforzaban y las mantenían separadas. Su diseño permitía mirar hacia arriba y ver el cielo, algo de lo que no gozaba ninguna otra aeronave. El compartimento de los pasajeros tenía la forma de un yate de lujo, inclinado hacia atrás para separarse de las secciones infladas. Una plataforma situada en la parte trasera permitía volar al aire libre, tomar el sol y entrar y salir de la aeronave. Unas turbinas gemelas, situadas muy por delante de la cabina, impulsaban el avión como un par de perros de trineo. Unas alas cortas y anchas hacían las veces de canard mientras que un par de aletas verticales, una en cada vaina, hacían las veces de timones del dirigible. Esto es increíble exclamó Gamay, inclinándose por encima del costado y mirando un trío de delfines a los que habían empezado a seguir. Como Marchetti estaba a los mandos, Paul, Gamay y Leilani tenían libertad para disfrutar del momento. Y gozaban de la experiencia, notando la brisa en el rostro y contemplando cómo los delfines volaban a través de las aguas transparentes. Los mamíferos mulares seguían el paso de la aeronave sin esfuerzo, acelerando con fuertes brazadas de sus aletas planas. De vez en cuando, uno salía a la superficie y se impulsaba a través del aire, saltando hacia ellos y describiendo un arco para volver al agua. Parece que intentaran alcanzarnos dijo Leilani. A lo mejor piensan que somos el buque nodriza contestó Paul.

Gamay rió. Le costaba imaginarse lo que opinarían los delfines de una embarcación como esa. Pero estaba claro que no les daba miedo. Marchetti, creo que esto funcionará. Leilani asintió con la cabeza, visiblemente más animada. Paul sonrió. Pareces el gato que se comió el canario dijo Gamay. Estaba pensando en la suerte que tengo de estar aquí arriba con dos hermosas mujeres repuso Paul, que seguía sonriendo, en lugar de atravesar el desierto caminando con Kurt y Joe. Gamay rió de nuevo. Y no solo la compañía añadió él. Por una vez, tenemos juguetitos multimillonarios con los que jugar. Ahora mismo Kurt y Joe estarán peleándose con unos camellos malolientes. No puedo estar más de acuerdo dijo Gamay, y acto seguido se volvió hacia Marchetti. A qué distancia podemos llegar? Podemos seguir en el aire durante días si es necesario explicó él. Pero propongo que volemos una hora más y luego volvamos a la isla. Mi tripulación tendrá las otras dos aeronaves montadas y listas para entrar en acción mañana. Si llevamos las tres, podremos abarcar más terreno quiero decir, agua. Tiene pilotos? preguntó Paul. Pilotos? contestó Marchetti. No necesitamos a ningún aspirante de piloto. Quién va a pilotarlas entonces? Cualquiera de ustedes puede pilotarlas afirmó Marchetti. Este trasto se conduce como un coche o un barco. Gamay agradecía la incorporación de Marchetti al equipo. Desde luego hasta el momento había cumplido con su palabra, brindando todo su respaldo a la expedición. Había orientado la isla flotante de Aqua-Terra hacia el noroeste y la había puesto a la fulgurante velocidad de cuatro nudos y medio; además, había entregado todos los datos sobre los microbots a la NUMA. Incluso había incorporado una docena de miembros más a su equipo para mantener la isla en funcionamiento sin robots. Denos unas lecciones antes de mandarnos a volar solicitó Paul. Me parece justo. Gamay centró de nuevo su atención en el mar. Los delfines seguían deslizándose por el agua junto a ellos y permanecían justo por delante de la sombra flotante de la aeronave. Uno de los cetáceos parecía a punto de saltar cuando de repente se dispersaron, se lanzaron en direcciones opuestas y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Habéis visto eso? preguntó. Son rápidos constató Paul. Deben de haberse cansado de nosotros dijo Leilani.

Sin dejar de contemplar el agua, Gamay advirtió algo distinto. El mar se estaba oscureciendo. Un turbio tono gris había empezado a sustituir el intenso azul claro que habían visto momentos antes. Dedujo que los delfines habían percibido el cambio, lo habían interpretado como un peligro y habían huido en sentido contrario. Su alegría se desvaneció. Reduzca la velocidad dijo a Marchetti. Creo que los hemos encontrado.

18 Montado en este trasto me siento como si fuera a Woodstock por el desierto dijo Joe, hablando por encima del ruido del motor de la furgoneta Wolkswagen y escudriñando la oscuridad. Esperemos que el lugar no esté tan abarrotado respondió Kurt. Joe y él viajaban a través de la noche. Cuando llegaron al punto de ruta, salieron de la carretera del desierto y aparcaron la furgoneta detrás de la pendiente curva de una duna de arena. Mientras Joe borraba las huellas de los neumáticos, Kurt sacó una lona. Desprendió una fina película de la parte superior y descubrió una capa adhesiva. Al colocar la lona boca abajo y arrastrarla a través del suelo, el adhesivo recogió una fina capa de arena cuando los granos se pegaron a la superficie. Satisfecho, Kurt arrojó la lona por encima de la parte superior de la furgoneta, la fijó al suelo y echó encima varios cubos pequeños llenos de arena. Joe volvió cuando Kurt estaba terminando. Parpadeó como si le estuviera engañando la vista. Qué le ha pasado a la furgoneta? La he hecho invisible dijo Kurt, echándose una pequeña mochila a los hombros. Así nadie la verá. Sí, probablemente tampoco la veamos nosotros repuso Joe. Considerando que y o pierdo el coche en el aparcamiento, puede que esto no lo encuentre nunca. Kurt no había pensado en ello. Buscó puntos de referencia, pero en el desierto no había más que dunas interminables en todas direcciones. Sacó un receptor de GPS y marcó la ubicación del escondite. Esperaba que eso sirviera. Mientras Joe se ponía la mochila, Kurt se colocó en los pies un calzado para la nieve. Eran un moderno diseño de fibra de carbono, no las viejas raquetas de tenis, pero realizaban la misma función: repartir su peso sobre una zona más ancha y permitirle andar por encima de la arena en lugar de hundirse y abrirse paso penosamente. Joe se calzó un par similar, y los dos hombres echaron a andar. Noventa minutos más tarde coronaron la última de una interminable serie de dunas. A medida que llegaban a la cima, recibieron la corriente de un helicóptero

que se acercaba por el sur. Buscando el origen del ruido a su alrededor, Kurt vio una parpadeante baliza en el cielo. Parecía que no se encontrara a más de tres o cuatro kilómetros de distancia, volando a ciento cincuenta metros de altura derecho hacia ellos. Agáchate dijo Kurt, tumbándose en el suelo y tratando de cavar una madriguera en la arena como una serpiente de cascabel. Joe hizo lo mismo, y enseguida estaban cubiertos hasta el cuello. A pesar de su camuflaje, el helicóptero siguió avanzando hacia ellos, sin desviarse en ningún momento ni cambiar de rumbo. Esto pinta mal susurró Joe. Kurt se llevó la mano a la pistolera que tenía en la cadera y el revólver Bowen de calibre cincuenta que había dentro. La pistola era muy potente, pero no le serviría de nada contra un helicóptero a menos que tuviera mucha suerte al disparar. Clavó la vista en la luz roja. Una luz verde más tenue brillaba al otro lado. Llegado el caso, Kurt apuntaría justo en medio de las dos y vaciaría el cargador con la esperanza de acertar a algo importante. Oyó que Joe quitaba el seguro de su pistola, probablemente con la intención de hacer lo mismo, cuando se le ocurrió una idea: si los habían visto y el helicóptero había sido enviado para darles caza, por qué no llevaba las luces apagadas? Es un detalle que hayan dejado las luces de navegación encendidas para que les apuntemos observó. Crees que han cometido un error? El helicóptero siguió aproximándose a ellos; en ese momento se encontraba a solo cuatrocientos metros de distancia y continuaba descendiendo aunque estaba cambiando de rumbo. Supongo que estamos a punto de averiguarlo. El helicóptero pasó con estruendo a sesenta metros por encima de ellos y un par de cientos de metros hacia el oeste. Kurt observó cómo pasaba y seguía su rumbo. Al ver que no aparecía ningún otro vehículo aéreo, salió de la arena y corrió tras él. Llegó al pie de la duna, subió a lo alto de la siguiente y se tumbó contra la arena al llegar a la cima. Joe se tendió en el al suelo a su lado. Delante de ellos, el helicóptero aminoró la velocidad hasta que quedó planeando y descendió hacia una forma oscura que se elevaba del suelo del desierto como un barco en el mar. Una franja de luces de baja intensidad se encendieron formando un círculo en la parte superior del «barco». El helicóptero maniobró, se inclinó lentamente y se posó sobre el peñasco rocoso. Parece que hemos encontrado el recinto dijo Kurt. No somos los únicos contestó Joe.

Unas luces se acercaban por el sudoeste. Parecía un pequeño convoy, compuesto por unos ocho o nueve vehículos. Resultaba difícil contar los faros con todo el polvo que levantaban. Creía que Dirk había dicho que no había mucho tráfico por esta zona comentó Joe. Por lo visto es hora punta repuso Kurt. Esperemos que no hayan venido a por nosotros. Cuando los vehículos pararon delante del peñasco, el silencioso desierto se llenó de bullicio. Los faros brillaban, el polvo se arremolinaba y las voces se elevaban a través de él, en un tono tranquilo, hablando lacónicamente de algo en árabe. Unos hombres armados aparecieron en la entrada de una cueva y salieron a recibir a los recién llegados. En lo alto del risco, el helicóptero estaba apagando motores. Dos hombres salieron, se dirigieron al borde del precipicio y desaparecieron en lo que parecía un agujero abierto en la roca. Kurt supuso que se trataba de una especie de túnel o de entrada oculta. Vamos, aprovechemos mientras están ocupados con todos esos coches dijo. Retrocedió unos pasos por la duna de arena y echó a correr. Joe lo siguió, tratando de mantener su ritmo. Qué vamos a hacer? preguntó este. Entrar directamente y fingir que somos del grupo? No contestó Kurt. Daremos la vuelta por la parte de atrás hasta esa pista de aterrizaje. He visto que los pasajeros del helicóptero desaparecían sin bajar por el risco. Allí arriba debe de haber una entrada. Solo tenemos que encontrarla.

19 Marchetti había elevado ligeramente la aeronave, la había situado a una altitud de treinta metros por encima del océano Índico y había reducido la velocidad considerablemente. Un diseño tan aerodinámico implicaba renunciar a ciertas características ventajosas, y una de ellas era que el vehículo no tenía suficiente fuerza ascensional para flotar sin que un movimiento hacia delante le ofreciera propulsión. Cuando el motor se paró y empezaron a ir a la deriva, los pasajeros se pusieron nerviosos. Seguimos cayendo señaló Gamay. Veinte metros por debajo, el mar estaba oscuro y en calma. Si ella estaba en lo cierto y esa oscuridad guardaba relación con los microbots que pululaban bajo la superficie, no tenía el más mínimo deseo de aterrizar sobre él. Un momento dijo Marchetti. Movió una palanca, y los compartimentos situados a cada extremo del dirigible se abrieron como si hubiera levantado la puerta del maletero y el capó de un coche al mismo tiempo. A continuación, sonó un siseo de gas a alta presión, y dos globos adicionales salieron de las portillas. Los globos flotaron hacia arriba, se llenaron rápidamente de helio y tensaron sus cuerdas. Cuando se inflaron, el descenso se redujo y luego se detuvo. Yo las llamo anclas de aire explicó Marchetti, orgulloso de sí mismo. Las desinflaremos cuando estemos otra vez en movimiento. Pero mientras tanto evitarán que acabemos en el agua. A Gamay la tranquilizó oír eso. A su lado, Leilani y Paul soltaron un suspiro de alivio. Supongo que deberíamos abrir el equipo de muestreo señaló Paul. La aeronave se estabilizó a doce metros. Soltando pequeñas cantidades de helio, Marchetti la hizo descender a un metro y medio y a continuación la dejó flotando en punto muerto. Suficientemente cerca? preguntó. Paul asintió con la cabeza mientras subía hacia la plataforma de popa con el toma-muestras telescópico. Tenga cuidado le advirtió Leilani, como si no quisiera acercarse lo más

mínimo al borde. Lo mismo digo añadió Gamay. Me ha llevado años adiestrarte. No soportaría tener que volver a empezar con un nuevo marido. Paul rió entre dientes. Seguramente no encontrarías uno tan guapo y apuesto como yo. Gamay sonrió. No encontraría uno al que quisiera tanto como él, eso seguro. Cuando Paul llegó al borde, Gamay se acercó por detrás de él. Sabiendo lo que había debajo, quería sujetarlo como a un centinela en lo alto de la cofa de vigía, pero no había forma de hacerlo ni necesidad real. Estaban en la corriente circular del océano Pacífico, cerca de su centro, un lugar como el ojo de un huracán. En condiciones normales era un sitio tranquilo, sin viento ni olas dignos de mención. El mar tenía un aspecto oleaginoso y sereno, y el sol brillaba implacablemente detrás de ellos. Se respiraba una calma extraordinaria. Solo se notaban unas ligerísimas brisas, nada por lo que tuvieran que preocuparse mientras iban a la deriva a escasos metros por encima del agua. Paul alargó el poste, introdujo el frasco en el mar y tomó una muestra. Extrajo el frasco y lo sostuvo sobre el agua, dejando que el líquido sobrante goteara antes de recogerlo dando vueltas al carrete. Con las manos enfundadas en unos guantes de plástico, Gamay tomó la muestra y limpió el exterior del frasco con un paño de microfibra especialmente cargado que, según Marchetti, atraería y capturaría cualquier microbot. No vio residuos, pero aquellas cosas eran muy pequeñas. Podían caber cientos en la cabeza de un alfiler. Echó un vistazo al agua del frasco. Parece transparente dijo. Lo tapó y lo colocó en una caja de acero inoxidable con cierre de goma, que selló perfectamente. Metió el paño en un recipiente idéntico. Gamay y Paul contemplaban las aguas como quien mira por encima del borde de un muelle. A escasos centímetros de distancia, el agua lucía un aspecto normal. Pero habían sobrevolado tres kilómetros de océano descolorido desde que los delfines se habían dispersado. No tenía sentido. No están en la superficie observó Gamay, cayendo en la verdad. Podemos verlos mirando todo recto hacia abajo, pero si nos ladeamos lo más mínimo solo distinguimos agua marina. Desde la cabina, Marchetti se mostró de acuerdo. Están flotando un poco más abajo. Tendrán que tomar una muestra más profunda. Si lo desean, puedo bajar hasta No lo haga dijo Leilani. Por favor. Y si caemos al agua o algo va mal? La joven se encontraba en la parte principal de la cabina, mirando por

encima del costado pero protegida por la pared. Parecía bastante pálida. Estoy convencido de que puedo alcanzarlos desde aquí dijo Paul, acomodadizo como siempre. Se tumbó sobre la cubierta, asomando la cabeza y los hombros por encima del borde. Se estiró, aprovechando al máximo sus largos brazos, y hundió un segundo frasco lo más lejos que pudo. Marchetti se acercó lentamente. Gamay hizo otro tanto. Paul extrajo la muestra del agua. También era transparente. La tiró y trató de estirarse todavía más. Leilani empezó a protestar. No sé qué decir masculló en tono aterrado. De verdad queremos subir esas cosas a bordo? Kurt había dicho que era una persona inestable. Gamay entendía ahora por qué. Se había mostrado entusiasmada ante la propuesta de ir con ellos y de repente estaba llena de miedo. Alguien tiene que hacerlo señaló Gamay. Podríamos llamar a la marina o al servicio de guardacostas o algo por el estilo. Sujétame las piernas pidió Paul. Tengo que tomar una muestra más profunda. Gamay se agachó y colocó las manos en la parte de atrás de las piernas de Paul, presionando con todas sus fuerzas. Oyó que Leilani murmuraba algo y retrocedía como si los robots fueran a saltar del agua cual cocodrilos y a agarrar a Paul. Este alargó el poste y se estiró todo lo que pudo. Hundió el frasco unos dos metros o dos metros y medio. Cuando lo levantó por encima de la superficie, Gamay notó el esfuerzo en su cuerpo. La muestra estaba oscura. Creo que has conseguido unos cuantos. Cuando Paul empezó a recoger el poste, Leilani se echó a temblar. Retrocedió otro paso. Tranquila dijo Marchetti, tratando de consolarla. Justo entonces un sonoro estallido sacudió la aeronave. El dirigible se inclinó hacia un lado, y la parte trasera descendió como una carreta entoldada que pierde una rueda. Paul se deslizó, chocó contra la pared lateral y estuvo a punto de caer por la borda. Gamay se deslizó con él, lo agarró por el cinturón y rodeó con el brazo un puntal que sobresalía de la cubierta. Leilani se puso a gritar y se cay ó, pero se sujetó a la puerta de la cabina mientras Marchetti se aferraba a la consola de mandos. Agárrate! gritó Gamay. Agárrate tú contestó Paul. Yo no tengo nada que sujetar.

Otro estallido, y la aeronave se niveló, pero la parte trasera quedó todavía más abajo, como un volquete vaciando su contenido. Gamay se agarró con todas sus fuerzas. Tenía una gran fortaleza física, pero impedir que Paul, con sus más de dos metros de estatura y sus casi ciento diez kilos de peso, se deslizara de la plataforma y cayera al agua le estaba pasando factura. Notaba que el cinturón de su marido se le clavaba en los dedos. Detrás de ella, Leilani y Marchetti intentaban ayudar. El globo gritó Leilani, señalando al cielo. Gamay miró arriba. El ancla de aire trasera se había soltado y volaba a la deriva hacia el cielo como el globo de un niño que se pierde en la feria. Debido a ello, el dirigible estaba descendiendo de cola hacia el agua. Sáquenos de aquí! gritó Gamay. Ahora mismo dijo Marchetti, corriendo hacia la cabina. Leilani, necesito ay uda. Mientras Marchetti entraba con dificultad en la cabina, Leilani se agachó al lado de Gamay y agarró la pierna de Paul. Las turbinas de la parte delantera empezaron a girar, y el dirigible comenzó a avanzar lentamente. Al hacerlo, el esfuerzo de sujetar a Paul aumentó. Gamay sentía que se le iba a escapar el puntal. Vio que Leilani trataba de agarrarse mejor. El dirigible empezó a ganar velocidad, pero seguía descendiendo; la cola estaba a solo unos treinta centímetros del agua. Paul arqueó el cuerpo haciendo una abdominal inversa para evitar que su cabeza tocara el agua. A medida que la velocidad aumentaba, el dirigible empezó a nivelarse. Ahora! gritó Gamay. Tiró con todas sus fuerzas y, con la ayuda de Leilani, consiguió deslizar a Paul hacia atrás hasta el lugar donde había estado antes, con la cabeza y los hombros asomados por encima del borde. Se dio cuenta de que todavía sujetaba el poste del toma-muestras. Suelta eso! gritó. Después de todo lo que he pasado? contestó Paul. Ni hablar. Para entonces la velocidad del vehículo se estaba incrementando, y proporcionó suficiente impulso para que Marchetti pudiera equilibrarlo del todo. Mientras la aeronave se elevaba y luego se nivelaba, Gamay recogió a Paul y lo abrazó con fuerza. Paul Trout, si vuelves a hacer algo así, acabarás conmigo dijo. Y conmigo respondió él. Qué ha pasado? preguntó, mirando a Marchetti. No tengo ni idea dijo él. El ancla se ha soltado. Debe de haber sido un fallo técnico o una avería. Gamay miró a Paul, dando gracias por tenerlo con ella y no en el agua con

esas cosas. Parecía que habían tenido muy mala suerte. O no? Empezó a pensar en la tripulación de Marchetti. Otero y Matson habían sido sobornados. Qué impedía que otro se dejara comprar? Se guardó el pensamiento para sí, miró la muestra oscura que habían extraído y se recordó que, aparte de Paul, no podía confiar incondicionalmente en nadie más.

20 Jinn al-khalif recorrió a grandes zancadas las salas de su cueva hecho una furia. Abrió de una patada la puerta de su amplio despacho y lanzó a un lado una silla que le impedía llegar a su mesa. Sabah entró detrás de él y cerró la puerta con más cuidado. No pienso tolerar que me citen como a un colegial! Nadie te ha citado señaló Sabah. Se ponen en contacto contigo sin avisar y te dicen que vienen aquí y que esperan verme! gritó Jinn. Eso no es citarme? Se encontraba junto a una mesa extraordinariamente grande. Detrás de él, a través de una mampara de cristal que hacía las veces de pared trasera del despacho, podía verse la planta de producción de su fábrica seis metros por debajo. En la «sala blanca» había hombres vestidos con una especie de trajes de protección frente a la radiación aquí y allá, calibrando las máquinas y preparándose para producir la siguiente versión de los microbots de Jinn. La remesa, que había sido sometida a un letal rediseño, estaba destinada a Egipto y a la presa. Lo solicitaron dijo Sabah. Considerando sus tonos y sus actos de un tiempo a esta parte, me pareció necesario prometerles que asistirías. Es una insolencia! gritó Jinn. Tú no haces promesas en mi nombre. En su vida Jinn había sentido muchas veces la misma ira que lo embargaba ahora, pero nunca la había dirigido contra Sabah. Por qué a medida que nos acercamos al objetivo final todos mis sirvientes pierden el juicio y olvidan cuál es su sitio? Sabah parecía a punto de hablar, pero se contuvo. Ya has dicho bastante le dijo Jinn, haciendo un gesto despectivo con la mano. Déjame. En lugar de hacer una reverencia y marcharse, Sabah se mantuvo firme. No dijo sin rodeos. Te he enseñado desde muy tierna edad, desde que tu padre murió. Y he jurado protegerte, incluso de ti mismo. Así que hablaré y tú me escucharás, y cuando acabe decidirás lo que haces. Jinn alzó la vista sorprendido, tanto que consiguió reprimir el impulso de

matar a Sabah por desobedecerlo. El consorcio ha invertido miles de millones de dólares en tu proy ecto empezó a decir Sabah. Son hombres poderosos por méritos propios y se sienten en la obligación de hacer demostraciones de poder de vez en cuando. Jinn miraba fijamente a Sabah como si estuviera hipnotizado, escuchándolo como lo había hecho durante años. El hecho de que vengan juntos parece indicar peligro continuó. Están unidos. Jinn echó un vistazo a su despacho. No había muchos objetos de decoración, pero en una pared había expuestas armas antiguas, y una cimitarra curva le llamó la atención. Entonces los mataré a todos dijo Jinn. Los cortaré en pedazos con mis propias manos. Y qué sacaremos con eso? preguntó Sabah. No han venido solos. Cada uno de ellos trae una brigada de hombres armados. En total, son casi tantos como nosotros. Eso solo provocaría la guerra. Y aunque ganáramos, otros investigarían y tal vez quisieran vengarse. Por primera vez desde hacía mucho, Jinn se sintió vulnerable, acorralado. Si esos hombres hubieran sabido lo que estaban provocando en él, no habrían insistido. Esto no podría haber llegado en un momento peor afirmó. Tenemos que prepararnos para otros invitados. Nos ocuparemos de ellos le aseguró Sabah. Está bien dijo Jinn. Qué propones? Debemos enviar un mensaje que no provoque la guerra. Propongo que les enseñemos lo que quieren ver. Uno que lo vea de cerca y otro que observe de lejos. Una expresión siniestra asomó al rostro de Sabah, y Jinn empezó a comprender. Sabah podía estar viejo y desfasado, pero no tenía un pelo de tonto. Ordena la inundación de la sala de pruebas dijo Jinn. Ha sido configurada para simular el ataque de Asuán. Una sonrisa se dibujó en los labios de Jinn. Perfecto. Seguiremos adelante con la demostración. Dales un asiento en primera fila. Me haría muy feliz que se llevaran una sorpresa. Un asomo de entendimiento apareció en el rostro de Sabah. Haré lo que ordenas dijo. Jinn miró de nuevo a través de la mampara de cristal y vio a sus trabajadores. Se movían de acá para allá. Las máquinas estaban otra vez operativas y funcionaban a pleno rendimiento. Al final de la cadena de montaje, un hilo de arena plateada había empezado a llenar un bidón de plástico amarillo. Detrás de él aguardaban otros noventa y nueve bidones. Transportarían la última

remesa de la plaga. Y si estaba en lo cierto, quebrantarían la voluntad de Aziz y lo ayudarían a meterse otra vez en el bolsillo a los jefes militares de Egipto y sus riquezas.

21 Kurt llegó a la cima del risco unos segundos antes que Joe. Examinó el entorno. La pista de aterrizaje estaba situada a tres cuartos de camino del borde delantero. Un helicóptero de fabricación rusa se hallaba en el centro de la pista. La puerta de carga estaba descorrida, y se veía a un par de hombres con indumentaria de guardias sentados en la puerta abierta, fumando un cigarrillo y hablando. Kurt miró a su alrededor y no descubrió a nadie más. Puedes darles a los dos? Joe asintió con la cabeza. Dos pájaros de un tiro dijo. O, en este caso, de una descarga. Kurt se alegró de oírlo. Señaló el lado opuesto del helicóptero. Joe se dirigió hacia allí, pegándose a la ladera del risco como un escalador. Cuando Joe llegó a un lugar oculto junto a la máquina gris, Kurt se tapó la cara con la tela del caftán. Salió de su escondite y se encaminó hacia los hombres, levantando las manos y murmurando algo sobre un camello perdido. Los hombres se pusieron firmes y se acercaron a él. Uno arrimó la mano al arma de su cinto pero no la desenfundó, tal vez porque Kurt parecía alguien de la zona o porque hablaba con las manos en alto. Nãqah, nãqah dijo, empleando la palabra árabe para referirse a una camella. Los hombres parecían totalmente desconcertados. Siguieron avanzando hacia él, sin ver que Joe se acercaba a ellos por detrás. Nãqah dijo Kurt una vez más, y acto seguido vio cómo los hombres se ponían rígidos y caían de rodillas. Se desplomaron hacia delante en silencio, y Joe apareció sonriente empuñando una pistola eléctrica con la que había disparado a los dos hombres. Dónde se ha metido mi pequeña nãqah? terminó de decir Kurt. Lo bueno de las pistolas eléctricas es que funcionan con tanta rapidez que a la gente ni siquiera le da tiempo a gritar. Los cables enrollados seguían conectados, y cuando los hombres empezaron a moverse, Joe les dio otra descarga.

Creo que ya han tenido suficiente, doctor Frankenstein. Joe apagó el interruptor, y la tensión abandonó a los dos hombres en el acto. Kurt se abalanzó sobre ellos, clavó un dardo tranquilizador a cada uno y observó cómo ponían los ojos en blanco. Mientras los hombres se quedaban sin fuerzas, Joe extrajo los cables de la pistola eléctrica y ayudó a Kurt a llevar a la pareja al helicóptero. Apilaron a los hombres en el interior, subieron detrás de ellos y cerraron la puerta. Momentos más tarde la puerta se abrió. Kurt y Joe salieron vestidos con la ropa azul marino de los guardias, incluidas unas kufiyas que les tapaban la cara y el pelo. Mientras Joe hacía ver que vigilaba el helicóptero, Kurt buscó el túnel que habían visto anteriormente. Descubrió un corte en la piedra y lo siguió hasta una escalera de mano que bajaba todo recto. Al fondo encontró una puerta hecha de acero con una cerradura electrónica encima del pomo. Le resultaba familiar, como las cerraduras de cualquier hotel. Espero que tengamos reserva dijo para sí mientras hurgaba en los bolsillos del guardia. Encontró una tarjeta en uno, introdujo la tarjeta en el lector y la sacó. Cuando la luz se puso verde, giró el pomo. Pan comido susurró. Mantuvo la puerta abierta con una pequeña piedra, volvió a subir por la escalera y silbó a Joe. Un momento más tarde, estaban en el túnel bajando por un pronunciado tramo de peldaños. Ya estamos en la madriguera del conejo dijo Kurt. Estate atento por si ves al Jabberwocky. Qué es exactamente un Jabberwocky? preguntó Joe. Nunca lo he sabido. Es algo malo y horripilante explicó Kurt. Lo sabrás cuando lo veas. Descendieron por la escalera que finalizaba en un laberinto de túneles. Tomaron uno que se inclinaba hacia abajo y llegaron a otra encrucijada. Me siento como si estuviera en un laboratorio de hormigas susurró Joe. Sí dijo Kurt. Me imagino a unos gigantes viéndonos a través de un cristal. Bajaron por el túnel hasta otra intersección. Qué dirección seguimos? preguntó Joe. No tengo ni idea contestó Kurt. Necesitamos una guía o un mapa. Kurt frunció el ceño. Si ves un letrero luminoso en el que ponga «Usted está aquí», que no se te olvide avisarme.

No encontraron ese letrero, pero Kurt reparó en otra cosa. Una serie de tuberías recorrían el túnel en lo alto: conductos de electricidad y posiblemente de agua o gas natural. Todas las cosas que necesitaba un centro de producción. Tenemos que encontrar la fábrica dijo. Creo que estamos siguiendo los cables eléctricos. Avanzaron por el túnel siguiendo los conductos. Los llevaron a un pasillo más grande, lo bastante ancho para dar cabida a un coche. Un par de hombres vestidos como Kurt y Joe se dirigieron hacia ellos procedentes del sentido contrario. Kurt se obligó a no perder la calma cuando se acercaron. Sin embargo, estaba listo para pelear. Pero los hombres pasaron sin pronunciar palabra, y respiró un poco más tranquilo. Al final del túnel llegaron a una sección abierta de la cueva. El suelo era de hormigón, y una docena de mesas rodeadas de sillas ocupaban el espacio. El lugar estaba radiantemente iluminado. En una pared del fondo había frigoríficos y fregaderos amontonados contra ella. Enhorabuena dijo Kurt. Hemos encontrado la cafetería. Vay a, y ahora no tengo hambre añadió Joe. Grupos de hombres se hallaban sentados detrás de tres mesas. Curiosamente, no parecían hombres de Jinn. Aquí hay toda clase de gente susurró Kurt. Será mejor que no nos paremos. Avanzaron siguiendo las tuberías y los conductos hasta que llegaron a una pared de cristal que daba a un espacio cavernoso. La iluminación era tenue, pero, por lo que pudieron ver, parecía que hubiera una piscina olímpica debajo. Una gran figura ocupaba el centro. Qué es eso, un balneario? susurró Joe. No lo será si nos descubren. Es un tanque muy grande dijo Joe. Me recuerda el tanque de simulación de Washington. Curioso, y más que curioso comentó Kurt, citando a la Alicia del clásico de Lewis Carroll. Estos tipos deben de estar haciendo una maqueta de algo. Corrientes, olas o algo parecido. Y la estructura del medio? Ni idea respondió Kurt. Pero vamos a verlo con más detalle. Encontraron una puerta y la cruzaron. Una escalera bajaba a una especie de vestuario. Trajes blancos de protección frente a la radiación colgaban en las casillas. Hora de cambiar de vestuario dijo Kurt. Crees que es necesario? Para camuflarnos. Además, si ahí abajo hay alguno de esos microbots,

puede que nos convenga tener algo que nos proteja. Kurt y Joe se pusieron los trajes protectores en un momento, colocándoselos encima de los uniformes que habían robado a los guardias. Salieron a la piscina y se quedaron al nivel de la superficie. Kurt se fijó en que el objeto del centro no era una maqueta de un barco ni tampoco la representación de un tramo de costa, sino un ancho objeto curvado encajado entre los dos lados. El nivel del agua era elevado en uno de ellos pero mucho más bajo en el otro, y estaba constreñido en un canal angosto e irregular. Bajaron otro tramo de peldaños y abrieron una puerta. Estaban por debajo del nivel del agua, mirando el tanque y el corte transversal de la obstrucción a través del lateral acrílico y transparente del tanque. He visto esto antes dijo Kurt. Es una presa de materiales sueltos. La capa superior es de roca molida y arena. Lo más probable es que el núcleo gris del centro sea arcilla sumergible. El revestimiento inferior se conoce como cortina de impermeabilización. Normalmente está hecha de hormigón y diseñada para impedir que el agua se filtre por debajo de la presa. Señaló el agua elevada que había detrás de esta última. Incluso están llenando el lado alto como si fuera un embalse añadió. Por qué harían estos tíos un modelo de una presa? preguntó Joe. No estoy seguro, pero tengo la sensación de que no nos va a gustar la respuesta. El sonido de un generador arrancando les llamó la atención. Un momento más tarde, las luces principales de arriba se encendieron y la sala se iluminó. A través del agua, Kurt vio las figuras distorsionadas de otros hombres con trajes protectores blancos en el lado opuesto de la piscina. Más vale que hagamos ver que estamos ocupados dijo Kurt. Joe sonrió. Seguro que hay un letrero de salida que necesita inspección. Me parece un trabajo para dos. Subieron otra vez la escalera y salieron del foso de observación. Cuando volvieron al nivel de la piscina, saludaron con la mano a los hombres que había enfrente de ellos, quienes los saludaron a su vez, y a continuación volvieron a entrar en el vestuario. Y ahora qué? preguntó Joe. A través de una ventana Kurt vio a otro grupo entrando en la sala. Aquellos hombres iban elegantemente vestidos con lujosa ropa árabe. Otro vestido de blanco les iba señalando esto y aquello. Un individuo con barba que llevaba un caftán gris los seguía. Ese es Jinn dijo Kurt, recordando la foto tomada por una cámara de seguridad que había visto. Quiénes son los otros? preguntó Joe.

Parecen dignatarios de visita aventuró Kurt. Jinn condujo a los hombres árabes alrededor de la piscina hasta la misma escalera por la que habían subido Kurt y Joe. Bajaron a la zona de observación subterránea. Han venido a ver algún tipo de demostración susurró Kurt. No me gusta parecer el sensato de los dos comenzó a decir Joe, pero tal vez deberíamos retirarnos mientras están ocupados. Kurt negó con la cabeza. Un sabio consejo, amigo mío, pero ahora tenemos asientos de primera fila, y están a punto de mostrarnos lo que planean. Creo que nos incumbe quedarnos, dejarnos los trajes puestos e intentar mezclarnos entre ellos. Incumbe? Era la palabra del día de mi calendario la semana pasada. Nunca pensé que tendría ocasión de usarla. Me alegro de que estés ampliando tu vocabulario. Pero y si alguno de ellos se siente incumbido y nos pregunta qué hacemos aquí? O nos pide que hagamos algo que no sabemos hacer, como encender una máquina? Pulsaremos un montón de botones, encenderemos unos interruptores y nos haremos pasar por incompetentes dijo Kurt. Nuestros puntos fuertes. Exacto. Kurt habría intentado seguir tranquilizando a Joe, pero unas máquinas se pusieron en marcha y atrajeron su atención otra vez hacia la ventana. Vio que Jinn hacía gestos y hablaba, pero no podía oír sus palabras a través del cristal. Esto es como ver la televisión sin sonido dijo Joe. En el otro extremo de la piscina, un gran bidón amarillo estaba siendo sujetado y elevado por una grúa. Por el cuidado que mostraban y el hecho de que solo los hombres con trajes blancos se acercaran a él, Kurt crey ó saber lo que contenía el bidón. Con sonido o sin él comentó, creo que estamos a punto de presenciar un espectáculo.

22 En la sala cavernosa que rodeaba el tanque, las palabras de Jinn a Mustafá, de Pakistán, y a Alhrama, de Arabia Saudí, resonaban con una extraña disonancia. Había conseguido mostrarse cortés y munificente al menos, en su opinión, pese a estar deseando estrangularlos con sus propias manos. Pero estaba dispuesto a enviarles un mensaje. De hecho, había decidido enviar dos. Sabah se acercó. Sepáralos susurró, y acto seguido retrocedió y se quedó detrás de Jinn, oculto. Jinn no mostró la más mínima reacción al oír las palabras. Había aceptado esa demostración a petición de Sabah. Pero él decidiría lo que sucedería a partir de ese momento. En el tanque que tienen frente a ustedes pueden ver una maqueta de la presa de Asuán dijo. Dentro de poco, será el punto focal de una demostración de mis poderes. No lo entiendo dijo Alhrama. El general Aziz los ha envalentonado con su negativa a pagarme lo que prometió. Tiene sus motivos, pero el principal es la presa. Mientras exista, Egipto dispone de una reserva de agua para cinco años. Pero Aziz no es consciente de mi poder ni de mi ira. Jinn se llevó un aparato de radio a la boca y presionó el botón para hablar. Empezad. Las máquinas se pusieron otra vez en marcha. La grúa se movió, acercó el tonel al agua y lo situó en su posición definitiva. Un cable conectado a la parte inferior del bidón amarillo se tensó y este empezó a inclinarse. La arena plateada comenzó a caer; millones y millones de los microbots de Jinn se vertieron en el tanque y se dispersaron como el azúcar en el té. El agua empezó a enturbiarse y a teñirse de gris. Da la orden dijo Jinn. En una sala de control situada en lo alto, alguien presionó un botón y envió una orden codificada. El agua turbia empezó a revolverse. La nube gris se fusionó hasta adquirir una textura más densa y a continuación se dirigió al borde de la presa como un

espíritu siniestro flotando a través del agua. Qué pasa? preguntó Mustafá. La presa está hecha de conglomerado explicó Jinn. Fácil de montar y de sostener debido a su gran peso, pero no del todo impermeable. Mientras él hablaba, la arena plateada se adhirió al borde de la presa en dos zonas distintas: un punto situado cerca de la parte superior de la presa y otro a un tercio del recorrido cuesta abajo de la pared inclinada. Después de un minuto aproximadamente, el progreso de las diminutas máquinas se hizo patente en el corte transversal de la presa. Es extraordinaria la velocidad con la que penetran dijo Alharma. Por supuesto la presa real es mucho más gruesa señaló Jinn. Pero el efecto será el mismo, solo que llevará más tiempo. Cuestión de horas, creo. A los pocos minutos, las primeras franjas de la plaga habían llegado al núcleo central de la presa. El progreso disminuyó notablemente, pero el lento avance continuó hasta que se abrió un agujero al otro lado. Al cabo de otro minuto más o menos, la arena había llegado al borde derecho del conglomerado y lo había atravesado. Empezó a formarse un chorrito de agua que se aceleró rápidamente. Pronto el peso del agua situada detrás de la presa estaba expulsando un chorro de líquido a través del pequeño boquete. El efecto que ven se verá aumentado en la presa explicó Jinn. El peso del agua acumulada detrás de Asuán asciende a billones de toneladas. Incluso en el modelo a escala, la brecha se estaba erosionando y agrandando rápidamente. Pronto el boquete medía cinco centímetros de diámetro y luego diez. Momentos más tarde, una sección de la parte superior se desplomó y se llevó con ella la carretera y los coches en miniatura. El agua del lado elevado del tanque se filtró a través de la brecha y se vertió sobre el lado opuesto como una cascada. Pero era el túnel inferior que atravesaba la presa el que añadía interés a la situación. Cuando el agua se desbordó por encima de la parte superior, alcanzó un punto de equilibrio y empezó a desgastar con mucha menos rapidez la zona donde la arcilla sumergible resistía la erosión. La presa no se cae observó Mustafá. Mire el túnel inferior dijo Jinn. El túnel inferior por fin llegó al lado opuesto, y a los pocos minutos el agua que salía a alta presión de la parte más profunda del tanque había ensanchado el túnel hasta un diámetro de varios centímetros. El agua salió disparada por el lado opuesto en una fina rociada. Después de otro minuto, el núcleo se desplomó en el centro y creó una profunda estría con forma de V cuando el material que había encima se hundió. Una gran ola se levantó y entró con estruendo en el estrecho canal que representaba el Nilo. Inundó los diques en miniatura y se llevó por delante tierra,

arena y pequeñas cajas que representaban construcciones. La prueba fue un éxito, se abrieron brechas en la presa, y el Nilo se desbordó. Mustafá y Alhrama miraban conmocionados la devastación. Jinn sonrió para sus adentros y dio un paso atrás. Era el momento perfecto. Sabah sostenía la puerta detrás de él. Mustafá se volvió y los miró, sonriendo y expectante. Hizo una señal con la cabeza a Sabah. La expresión de su rostro recordó a Jinn la de un ladrón en cuy o poder obraban tesoros robados. Al ver que Sabah no hacía nada, el semblante del paquistaní cambió; primero dio paso a la confusión, luego a la ira y más tarde al miedo. Debía de haberse dado cuenta de que Sabah no mataría a su amo. El ladrón con los artículos robados había sido sorprendido, y su rostro lo delataba. Alargó la mano para coger un arma, pero Sabah apartó a Jinn de un tirón y cerró la puerta de un golpe. En un instante la escotilla se cerró con firmeza. El martilleo de los disparos contra ella no les causó más que un zumbido en los oídos. Mustafá empezó a gritar por detrás de la puerta. Qué hace? Se puede saber qué significa esto? Jinn pulsó el botón de un intercomunicador al otro lado de la estancia. Significa algo muy sencillo. Usted intentó poner a mi sirviente contra mí, y él ha superado la prueba. Ahora usted sufrirá las consecuencias. A continuación sonó un ruido de puñetazos y luego se oyeron varios disparos más. Jinn se asombró de que las balas que rebotaban contra la puerta no acabaran con la vida de Mustafá ni de Alhrama. Este empezó a gritar. Jinn, sea razonable! Yo no tengo nada que ver con esto. Jinn no le hizo caso. Se llevó el aparato de radio a la boca otra vez. Que empiece el espectáculo. En la sala de control, el operario pulsó otro botón, y el bidón amarillo se inclinó más y vertió más arena metálica en la piscina. El color gris turbio volvió a aparecer y se intensificó, y el agua cambió de nuevo de aspecto. Desde el exterior del tanque donde estaban Jinn y Sabah, parecía que el agua hubiera empezado a hervir. Dentro de la cámara de observación, el efecto aumentó. Mustafá contemplaba la pared acrílica. Una forma oscura y viscosa, densa como la tinta de un pulpo, avanzó en tropel. Fluy ó sobre la superficie transparente y se esparció a través de ella como una película. Mustafá se quedó paralizado. Alhrama pasó por su lado dándole un empujón y tiró del pomo de la puerta cerrado. Déjeme salir! gritó. Ha sido Mustafá. Yo no he participado en esto! Empezó a sonar un extraño chirrido, y la película se oscureció, se volvió más densa y adquirió unas formas que Mustafá reconoció como fisuras. Estas se

propagaron a través del material acrílico bifurcándose y se hicieron más profundas en dos pequeñas zonas. El sonido aumentó de volumen y se volvió más claro, como unos dedos haciendo rechinar una pizarra. Parecía que el ruido penetrara en el cerebro de Mustafá. Veía el acrílico vibrando y el agua sacudiéndose a su alrededor. La pared transparente emitió un inquietante crujido. Detrás de él, Alhrama seguía tirando del pomo de la puerta y suplicando a Jinn que lo dejara libre. Mustafá se echó a temblar y cayó de rodillas. No! gritó. No! La pared acrílica se fracturó y acabó cediendo. Entones el agua inundó la estancia. Mustafá intentó abrirse paso nadando, pero el enjambre de arena plateada lo rodeó, le empapó la ropa, horadó su piel y lo arrastró al fondo del tanque como un yunque de veinte kilos. Por un instante luchó como un pez arponeado, sacudiéndose entre espasmos, pero rápidamente se quedó inmóvil y poco después su sangre empezó a teñir el agua de rojo. Detrás de él, ahogándose en la estancia, Alhrama no corrió mejor suerte.

23 Kurt contemplaba la carnicería desde la sala de pruebas. Ojalá nos hubiéramos marchado cuando lo propusiste le dijo a Joe. Lo habían presenciado todo desde el interior del vestuario, y cuando el agua se tiñó de carmesí, no quisieron quedarse más de lo debido. Se quitaron los trajes protectores, se dirigieron a la puerta de atrás y salieron del vestuario por la escalera. Espero que hayas dejado un rastro de migas comentó Joe. Tú sigue subiendo y aléjate de aquí contestó Kurt. Llegaron a la sala principal, que dominaba la del tanque, pero ninguno de los dos volvió la vista atrás. En mitad del pasillo, estalló un sonido de disparos. La primera ráfaga sonó pausada y tranquila, pero luego los disparos se volvieron esporádicos y acompañados de gritos. Enseguida se oy eron disparos de respuesta. La cafetería señaló Kurt. Los otros hombres que vimos debían de trabajar para los dos que acaban de convertirse en comida para microbots. Los disparos prosiguieron y aumentaron de intensidad. Parece un tiroteo serio observó Joe. A lo mejor no los han pillado a todos por sorpresa. Una lástima para nosotros repuso Kurt. A menos que queramos unirnos al equipo azul, tenemos que escondernos un rato. Kurt encontró una puerta, la abrió y miró dentro. Vio ordenadores, impresoras y mesas de dibujo. Ninguna de ellas ocupada. Nos quedamos aquí susurró. Entraron y Kurt se dio la vuelta para cerrar la puerta. Se pegó a la pared y descubrió que podía ver parte del pasillo a través de una rendija entre la jamba y la puerta. Veamos si hay una salida trasera, o un armario o un sitio donde escondernos si no nos queda más remedio dijo. Joe observó cuanto había a su alrededor, y Kurt miró a través de la estrecha rendija entornando los ojos. El plan para ocuparse de los forasteros parecía haber fracasado. Unos hombres de Jinn pasaron corriendo por el pasillo, heridos. Momentos más tarde, acudieron refuerzos a toda velocidad, y el ruido de la

refriega aumentó de intensidad, con explosiones de granadas detonadoras incluidas. Aquí detrás no hay donde esconderse señaló Joe. Ni tampoco ninguna puerta trasera. Kurt no apartó la vista de la rendija. Vaya suerte la nuestra. Aparecemos justo a tiempo para la riña familiar. Un minuto antes y nos habríamos visto en medio de la refriega. Pero dos minutos antes habríamos estado fuera de la zona, subiendo al tejado, mientras ellos luchaban detrás de nosotros para cubrirnos. Tienes razón admitió Joe. Kurt introdujo el pie contra la base de la puerta y abrió un poco la rendija para ver mejor el pasillo. Oyó sonido de pisadas mucho antes de comprobar quién se acercaba. Tenemos compañía susurró. Joe se quedó inmóvil. Un grupo pasó; dos guardias haciendo avanzar a empujones a una mujer. El rostro de ella reflejaba miedo, pero traslucía otra emoción más intensa. Era baja, tenía el cabello corto y de punta, la tez bronceada y la mirada triste. Parecía una prisionera, pero lo más importante, parecía Kurt se apoyó contra la pared. Tenemos un problema anunció. Quieres decir aparte de estar atrapados en un laberinto en medio del desierto rodeados de matones sanguinarios? Sí, aparte de eso contestó Kurt. Conociste a Kimo, verdad? Coincidí con él un par de veces dijo Joe. Por qué? Descríbemelo. Era un tipo genial explicó Joe. Tenía la constitución de un jugador de fútbol americano. Robusto y cargado de espaldas. Solo medía un metro setenta, pero era fuerte como un buey y debía de pesar ochenta kilos. Descríbeme a su hermana. Triste y un poco inestable, pero con motivos. No es momento para ponerse profundo lo instó Kurt. Cómo es físicamente? Guapa dijo Joe. Pómulos altos, facciones finas, piernas largas y bronceadas. Bien asintió Kurt. Alta y delgada, con extremidades largas y cabello fino y sedoso. Adónde quieres ir a parar? Acabo de ver a una mujer en el pasillo que se parecía más a Kimo que la que dejamos en Aqua-Terra. No me fastidies. Estaba prisionera?

Eso parecía. No creerás Sí. Joe comprendió al instante la gravedad de la situación. Entonces, si Leilani se encuentra aquí, quién está en la isla de Marchetti? No estoy seguro dijo Kurt. Pero considerando la rapidez con la que apuntó con una pistola a Marchetti y luego encontró una forma de reconciliarse con él, creo que es una profesional. Dijiste que parecía un escuadrón de la muerte le recordó Joe. Estaba bromeando, pero ella no se inmutó. Es verdad confirmó Joe. Respiró hondo. Paul, Gamay y Marchetti están en peligro. Kurt asintió con la cabeza. Tenemos que avisarles. Quienquiera que sea tiene que trabajar para Jinn. Antes de que Joe pudiera añadir algo, la puerta se abrió de una patada, empujada por una pesada bota. Unos hombres armados con subfusiles Uzi entraron apretujándose por la rendija y se arremolinaron alrededor de ellos sin que tuvieran ocasión de reaccionar. Los derribaron al suelo de un golpe, los redujeron y los desarmaron sin que opusieran resistencia. Dos hombres los cachearon mientras otros los sujetaban. Jabberwocky gruñó Joe. Gracias contestó Kurt sarcásticamente, inmovilizado por el peso de tres hombres. No me había dado cuenta. Una vez que les hubieron quitado todas las herramientas y las armas, los pusieron en pie y los sujetaron mientras otra figura entraba en la estancia: Jinn al-khalif, con un rifle en la mano. Se acercó a Kurt con paso resuelto. Estábamos esperándolos dijo. Sin duda, su espía lo avisó de que veníamos. Jinn sonrió como un chacal. Sí, en efecto, eso hizo. A continuación, golpeó con la culata del rifle a Kurt en el vientre, lo dejó sin aliento y lo tiró otra vez al suelo. Se llama Zarrina. Les manda recuerdos.

24 De nuevo a bordo de la isla flotante de Aqua-Terra, Paul y Gamay habían pasado la mayor parte del día con Marchetti, analizando la muestra de microbots «salvajes» que habían tomado. Un laboratorio improvisado había sido instalado para sustituir el compartimento de proa inundado. Los ordenadores de Marchetti, un pequeño transmisor de radio y otras herramientas se hallaban desperdigados por la sala. Sin el microscopio de electrones, no podían ver los microbots de forma individual, pero Paul y Gamay estaban examinando con un par de microscopios médicos dos muestras distintas que se habían agrupado en pequeñas formaciones como algas o bacterias. Marchetti estaba sentado tras su ordenador, tecleando. Leilani estaba sentada cerca, moviéndose con nerviosismo. Después de haberse pasado la mañana recabando información sobre los diseños originales, habían empezado a probar y a comunicarse con los robots empleando los comandos que Marchetti había programado en los prototipos años antes. No hacen nada dijo Paul por décima vez. Está seguro? preguntó Marchetti, que seguía transmitiendo protocolos de comandos. Son pequeñísimos. A lo mejor están pasando algo por alto. Los estamos mirando a través del microscopio, y no se mueven insistió Paul. Como comensales perezosos después de un banquete de Acción de Gracias. Gamay le lanzó una mirada. No te estarás refiriendo a mi familia, verdad? Solo a tu primo Willie. Ella se mostró dolida por un instante y acto seguido se encogió de hombros. Tienes razón, se deja caer en el sofá el jueves por la tarde y no se levanta hasta el domingo. Marchetti tosió sonoramente para llamarles la atención. Suponiendo que los microbots no hayan sido poseídos por el espíritu del primo Willie, solo puedo concluir que Otero ha cambiado los códigos de los comandos. Y de qué nos va a servir eso? preguntó Leilani.

Antes de que Marchetti pudiera contestar, Gamay formuló una pregunta más práctica: Existe alguna forma de que podamos extraer los códigos a los robots? Aplicarles un proceso de ingeniería inversa y leer sus programas? Marchetti negó con la cabeza. No con el equipo que tengo aquí. Y sacárselo al propio Otero? añadió Leilani. O a su amigo? Los tenemos en las celdas de abajo. Cojamos las llaves y vay amos a hablar con ellos. Y con hablar me refiero a obligarlos a hablar. Gamay lanzó una mirada a Paul. Les preocupaba Leilani. A medida que pasaban los días, parecía enfadarse e impacientarse más, sobre todo desde el incidente en la aeronave. Me opongo firmemente a usar la fuerza declaró Marchetti. Él intentó matarlo dijo Leilani. Tiene razón observó Marchetti. Vamos a sacárselo a palos. Voy a ver si encuentro una manguera o algo por el estilo. Menudo cambio más radical comentó Gamay. Soy como una veleta contestó Marchetti, qué puedo decir? Tal vez haya otra forma. Cuál? Si los robots que se encuentran en mar abierto están recibiendo directrices, no deberíamos poder interceptar las señales? Teóricamente dijo Marchetti. Pero tendríamos que acercarnos más a ellos. Acercarnos más? dijo Leilani. A Paul tampoco le parecía una gran idea. A qué distancia tendríamos que acercarnos? Depende del tipo de transmisión explicó Marchetti. Podría ser una señal de baja frecuencia o una emisión de onda corta. Las de ese tipo abarcarían una zona amplia y se podrían enviar prácticamente desde cualquier parte. Podría ser una transmisión de alta frecuencia o una de alcance óptico desde un avión, un barco o un satélite. Incluso es posible que la señal se envíe a una parte de la plaga y luego los microbots se la transmitan unos a otros como en el juego del teléfono estropeado. En ese caso, tendríamos que estar en el lugar y en el momento adecuados para captarla. Parece más fácil sacarle a Otero la información a la fuerza dijo Leilani. Si no intervienen otros factores, la solución más sencilla es siempre la mejor alegó Paul. Qué tipo de transmisión usaría usted? Marchetti hizo una pausa. Una transmisión codificada de corto alcance dijo por fin. A alta frecuencia.

Entonces buscaremos eso. Es posible que sea una transmisión brevísima advirtió Marchetti. Hablo de milisegundos. Tal vez repetida a intervalos, pero muy fugaz. Al no saber lo que estamos buscando, podría resultarnos imposible distinguirla del ruido de fondo de la atmósfera. Las interferencias, otras transmisiones por radio o la ionización, todas esas cosas podrían suponer un problema. Es usted un aguafiestas declaró Paul, viendo que cada solución topaba con un obstáculo. No tenemos que distinguirla indicó Gamay. Contamos con algo que lo hará por nosotros. Señaló las muestras con la mano. Lo único que debemos hacer es grabar la comunicación, estar pendientes de cuándo se despierten los pequeños robots y después diseccionar la transmisión. Marchetti se quedó impresionado. Eso debería funcionar dijo. Debería funcionar a la perfección. Dirigiré la isla hacia el límite de la plaga. Según la última ubicación trazada, deberíamos llegar dentro de treinta y seis horas.

25 Kurt y Joe habían estado varias horas en cautividad. Sin comida, sin agua, sin luz y sin compañía. No les habían pegado ni los habían interrogado ni amenazado; simplemente los habían dejado a oscuras en una pequeña habitación, encadenados a las mismas tuberías que habían seguido en su excursión al tanque de pruebas. La voz de Joe brotó de la oscuridad con un tono áspero. No se puede decir mucho a favor del alojamiento. A Kurt también se le estaba secando la garganta. Había hecho todo lo posible por mantener la boca cerrada y respirar solo por la nariz. No pedimos el servicio de habitaciones hace una hora? Creo que sí dijo Joe. Me pregunto si el retraso tiene algo que ver con el tiroteo. No ha dado la impresión de que se alargara mucho, pero puede que tengan que limpiar todo el desorden o que deban ocuparse de otros. Lo más probable es que no necesiten interrogarnos si esa Zarrina sigue informándoles. Hay una cosa que no entiendo dijo Joe. Por qué la atacaron en el muelle si estaba de su parte? Kurt pensó en ello. Por muchos motivos. A lo mejor está trabajando tan clandestinamente que ni siquiera los matones lo sabían. O tal vez era una distracción. Una cosa está clara: consiguió que la protegiéramos. Despejó cualquier sospecha. Las mejores estafas no son obra del estafador, sino de la víctima. Nosotros vimos lo que quisimos ver: una chica en apuros. Estábamos a la defensiva porque Kimo y los demás habían muerto. Después de rescatarla, nuestro impulso natural de cerrar filas hizo el resto. También contribuyó que tuviera el pasaporte y los correos electrónicos de Leilani. O que supiera que esta había estado pidiendo información sobre su hermano a la NUMA. Supongo que se lo sacó todo a la auténtica Leilani dijo Kurt. Debieron de atraparla y sustituirla en cuanto llegó a Malé. Sin duda Joe estaba en lo cierto, lo que los apremiaba más a huir. Tenemos que encontrar una forma de escapar dijo Kurt. He recorrido

esta tubería con las manos. No encuentro ningún punto débil. Aquí tampoco hay nada. He intentado soltarla balanceándola, pero está sujeta con tornillos a la piedra, y no me da ningún juego. Cuando Joe terminó de hablar, la puerta de la celda se abrió. Las luces del techo se encendieron, y deslumbraron a Kurt y a Joe por un instante. Jinn entró acompañado del hombre con barba, Sabah, quien siempre parecía estar con él. Varios guardias armados los escoltaban. No veo que traigan toallas ni caramelos dijo Joe. Silencio! gritó Sabah. Jinn levantó la mano en un gesto apaciguador. Ha sido un día interesante comentó Jinn, más para ustedes que para mí. Hablaba bien el idioma de Kurt y Joe, con cierto acento, pero estaba claro que había recibido una buena educación, tal vez en Reino Unido. Y se va a poner mucho más interesante cuando no aparezcamos en nuestro punto de recogida dijo Kurt. Mucha gente le tiene echado el ojo, Jinn. Y si se deshace de nosotros, no hará más que intensificar el escrutinio. Entonces se resigna a su destino? A menos que haya venido a soltarnos dijo Kurt. No le da miedo morir? No figura en nuestra lista de cosas pendientes, pero tampoco nos engañamos. La pregunta es: se engaña usted? Jinn se quedó perplejo, algo positivo a los ojos de Kurt. Aunque no tenía ni idea de lo que iba a conseguir, cualquier cosa que pudiera desestabilizar a su anfitrión les sería útil en ese punto. Yo no engaño, como usted dice replicó Jinn. Ya lo creo que sí afirmó Kurt. Usted fabrica juguetes en su sótano y los hace explotar. Está jugando a un jueguecito y no se da cuenta de lo rápido que se acerca a su fin. La NUMA conoce su juego. Eso significa que dentro de poco la CIA, la Interpol y el Mossad también estarán al tanto. Sobre todo cuando no aparezcamos sanos y salvos. Si nos mata, no tendrá adónde huir. Qué le hace pensar que vamos a huir, señor Austin? Si no piensan huir, deberían hacerlo. Les esperan problemas por todas partes. El ataque a nuestro catamarán demuestra que está desesperado. El tiroteo de esta noche y los dos hombres que ha matado demuestran su vulnerabilidad. Una risa tenue y rumorosa brotó del interior de Jinn. Yo diría que su situación es mucho más vulnerable que la mía. Y yo le digo que podemos ofrecerle una salida. Joe miró a Kurt con el rabillo del ojo como diciendo: «Ah, sí?». Kurt estaba agarrándose a un clavo ardiendo, inventándose una historia sobre la marcha. Era la única carta que le quedaba por jugar. Tenía que sembrar la

duda en la mente de Jinn y hacerle creer, por absurdo que pareciera, que Kurt y Joe y la NUMA podían ayudarlo a evitar los problemas que lo acechaban. Jinn se dirigió a la izquierda de Kurt. Ni quiero ni necesito lo que intenta ofrecerme afirmó Jinn. Simplemente he venido a decirles que van a morir. No nos sorprende contestó Kurt sin pestañear. Pero déjeme hacerle una pregunta: por qué cree que mi gobierno nos ha mandado a nosotros en lugar de a un escuadrón de drones o de cazas invisibles armados con bombas antibúnker? Venga y a. Puede que aquí esté a salvo de parte de sus enemigos, pero no del gobierno de Estados Unidos. Y usted lo sabe. Ahora está en la lista de los mayores criminales. Como el reactor y las instalaciones de enriquecimiento de uranio que están construyendo los iraníes. Y no hay ninguna diferencia entre usted y los montones de amenazas que hemos eliminado durante los últimos años. A un hombre como usted ya no le quedan fronteras tras las que esconderse. Pero usted tiene algo de lo que los Bin Laden de este mundo carecen. Posee algo con lo que negociar: tecnología. Jinn permaneció inmóvil. Saltaba a la vista que estaba pensando en las palabras de Kurt, algo demasiado bueno para ser cierto. Ahora Kurt tenía que presionarlo. Si podía ganar un poco de tiempo y de libertad, tal vez Joe y él tuvieran una oportunidad de salir de esa. Espera que me crea lo que está diciendo? Le seré claro declaró Kurt. Yo no le daría ni los buenos días. Es usted un asesino y un matón. Pero trabajo para el Tío Sam y hago lo que me mandan. Nuestras órdenes consistían en venir aquí, infiltrarnos e informar. Y más tarde debíamos establecer contacto con usted a través de terceros si era posible. Quieren lo que usted tiene. Le parezco tonto? preguntó Jinn, enfadándose. Prefiero no contestar intervino Joe. Su gobierno no hace tratos. Se equivoca dijo Kurt. Llevamos doscientos años haciendo tratos. Ha oído hablar de Werner von Braun? Era un nazi, un científico alemán que fabricó unos misiles que mataron a miles de personas. Nosotros le dimos amparo después de la guerra porque tenía unos conocimientos que necesitábamos. Viktor Belenko era un piloto ruso que nos trajo un caza MiG-25. Acogemos a jugadores de béisbol, bailarines de ballet, programadores informáticos, cualquiera que tenga algo que ofrecer. Puede que sea injusto para los pobres agricultores y campesinos que quieren ir, pero es bueno para usted. Le ofrece una salida. Basta ya. Jinn se volvió. Este país se está desmoronando añadió Kurt en un tono cada vez más alto. Ni siquiera su dinero y su poder lo salvarán si estalla la anarquía. Y supongo

que tiene otros problemas en el mundo exterior o no habría acabado con sus enemigos y se habría escondido aquí abajo. Le ofrezco una salida. Si nos libera y nos deja informar sobre lo que hemos visto, mi gobierno se pondrá en contacto con usted de forma más profesional. Jinn ni siquiera consideró la oferta, a pesar del engaño perfectamente representado por Kurt. Se volvió y sonrió. Dentro de poco, los hombres de su gobierno, entre otros, me suplicarán que me ponga en contacto con ellos. Y sus huesos tirados por la arena no importarán en lo más mínimo. Jinn hizo una señal con la mano a sus guardias. Dadle a este una lección y luego llevadlos al pozo. Me reuniré allí con vosotros. Jinn salió, Sabah lo siguió, y los cuatro hombres restantes avanzaron. Primero les propinaron unos cuantos puñetazos para debilitarlos y luego una serie de golpes con unas porras metálicas extensibles. Les pegaron con fuerza, pero Kurt había recibido peores palizas y consiguió retorcerse e inclinarse de forma que los golpes cayeran oblicuamente. Joe hizo lo mismo, agachándose y moviéndose como el boxeador que era. Una porra alcanzó a Kurt por encima del ojo, le abrió la piel y le hizo un corte. Fingió que el golpe lo había dejado aturdido. Se desplomó sujeto por las cadenas, y los hombres que lo rodeaban parecieron perder el entusiasmo. Recibió una patada desganada en la espalda, y los matones se rieron entre ellos. Uno dijo algo en árabe, y a continuación cogieron a Kurt y lo levantaron. Le quitaron las esposas y lo sacaron a rastras. Con los párpados entrecerrados a propósito, vio que obligaban a Joe a seguirlo. Estaban fuera de peligro. La pregunta era: adónde los llevarían? La primera parte de la pregunta tuvo respuesta cuando llegaron a la entrada principal de la cueva. El sol emitía rayos anaranjados a través de ella. Era media tarde, cuando el calor era más intenso. Los arrastraron hasta el exterior y los llevaron a la parte trasera de un todoterreno. Mientras los otros guardias les sujetaban los brazos, un hombre de temible aspecto les ató las manos a un enganche con trozos de cuerda de sesenta centímetros. Esto no puede ser bueno dijo Joe. Creo que están a punto de pasarnos por debajo de la quilla al estilo del desierto contestó Kurt. El hombre rió, subió al todoterreno y empezó a acelerar el motor repetidamente. Kurt trató de pensar en una forma de escapar. Lo único que se le ocurrió fue subirse encima del todoterreno, pero el exterior del vehículo era liso, y con las manos atadas era imposible agarrarse a él. El motor volvió a acelerar. Joe lo miró.

No se me ocurre nada. A mí tampoco. Genial. El todoterreno avanzó dando una sacudida, y Kurt y Joe recibieron un tirón, tropezaron y estuvieron a punto de caerse, pero consiguieron mantenerse en pie corriendo. Para gran sorpresa de Kurt, el conductor no volvió a acelerar. Se limitó a avanzar con el motor a bajas revoluciones, arrastrando a los dos prisioneros a un ritmo de paso rápido. Los guardias situados detrás de ellos reían mientras Kurt y Joe se esforzaban por mantener el paso. El todoterreno dejó atrás la entrada de la cueva y enfiló un camino que cruzaba la arena. Y ahora qué? preguntó Joe. Se te ocurre algo? Kurt corría a paso rápido, los pies hundiéndose en la arena blanda. No respondió. Vamos, Kurt dijo Joe. Por qué no piensas tú en algo? Tú eres el listo del equipo. Yo soy el guapo. No lo serás cuando te arrastren boca abajo por la arena. Joe no contestó. Habían empezado a subir por una colina baja y les costaba más mantener el ritmo. Los neumáticos traseros del todoterreno les echaban arena a la cara. Llegaron a la cumbre de la colina y bajaron por el otro lado. Kurt se alegró de ver otra sección llana. El sol del desierto caía a plomo sobre ellos, y la temperatura del aire rozaba los cuarenta grados. Después de correr en medio del calor otros dos o tres minutos, los dos hombres estaban empapados en sudor, y sus cuerpos no podían permitirse perder más agua. A lo lejos, Kurt vio otra formación rocosa. Debía de estar al menos a un kilómetro y medio de distancia, pero parecía encontrarse en su camino. A Joe se le enganchó el pie en algo, tropezó y estuvo a punto de caer. Levántate gritó Kurt, mirando al frente. Joe consiguió seguir corriendo. Kurt trató de pensar. Si llegaban a la zona rocosa, buscaría una piedra para cogerla. Sería arriesgado intentar agarrar algo del suelo, pero Joe y él no podrían seguir corriendo mucho más. Antes de que ocurriera cualquiera de esas dos cosas, el todoterreno giró hacia el sur y se acercó a un grupo de vehículos aparcados. Se paró, y Kurt y Joe cayeron al suelo. Mientras permanecía tumbado, tratando de recobrar el aliento, Kurt vio a Jinn y a varios de sus hombres al lado de algo parecido a un viejo pozo abandonado. Jinn se acercó. Debía de haber visto la mirada de Kurt posada en el pozo.

Tiene sed? preguntó. Kurt no dijo nada. Jinn se inclinó. Uno no sabe lo que es tener sed hasta que ha cruzado el desierto buscando desesperadamente un oasis. La garganta se cierra. Parece que los ojos se sequen dentro de la cabeza. El cuerpo no puede sudar porque no le queda más agua que soltar. Esa es la vida de un beduino. Y un beduino no se caería después de dos o tres kilómetros en el desierto. Seguro que un beduino iría montado en un camello y no arrastrado por un coche contestó Kurt con voz ronca. Jinn se volvió hacia sus hombres. A nuestros invitados les gustaría refrescarse dijo. Llevadlos al pozo. Los guardias desataron a Kurt y a Joe, los levantaron y los empujaron hacia el pozo. Cuando llegaron a la abertura, Kurt comprendió que no iban a beber. Un olor a muerte ascendía del fondo. Se volvió, propinó a uno de los guardias una patada que le partió el tobillo y se abalanzó sobre su arma. Joe entró en acción casi al instante, soltándose el brazo y dejando inconsciente al hombre de su izquierda. La velocidad del ataque pilló desprevenidos a los guardias. Aquellos hombres llevaban todo el día privados de comida y de bebida. Les habían pegado y los habían arrastrado por el desierto. Momentos antes parecían prácticamente muertos tumbados en la arena. Cuatro de los hombres de Jinn corrieron a ay udar a sus compañeros, pero los estadounidenses peleaban como leones. Por cada hombre que lanzaba un puñetazo, otro recibía un golpe en la cara, una patada en la rodilla o un codazo en el vientre. Uno de los guardias trató de placar a Kurt, pero este hizo una finta, le puso la zancadilla y lo lanzó contra otro guardia. Mientras los dos hombres caían a la arena, Kurt se levantó de un salto. Vio una pistola en el suelo y se abalanzó sobre ella. Pero como un jugador de fútbol americano que se lanza a por el balón caído, fue cubierto enseguida por tres hombres de Jinn que también trataron de coger la pistola. El arma se descargó, y uno de los hombres de Jinn lanzó un grito de dolor cuando la bala le voló los dedos. Pero antes de que Kurt pudiera volver a disparar, recibió un fuerte golpe en la coronilla, y le arrebataron la pistola. A su lado, Joe también había sido placado. Recogedlos! gritó Jinn. Tiradlos al pozo! Kurt luchó con todas sus fuerzas, pero los hombres de Jinn lo agarraron por los brazos y las piernas. Lo llevaron hacia el pozo como una multitud de espectadores desplazando a un músico en un concierto de rock. Joe no corrió mejor suerte. Un guardia lo había inmovilizado con una llave y

lo empujaba hacia delante, a punto de lanzarlo por el borde. Cuando Kurt llegó al pozo, se soltó una pierna y asestó una patada en la cara a un hombre. El individuo cay ó hacia atrás, dio con el tobillo contra el bajo muro de adobe y se desplomó y endo de cabeza al pozo. Su grito resonó por un segundo y, acto seguido, se interrumpió bruscamente. El grupo que sujetaba a Kurt se tambaleó como una mesa con tres patas y a continuación lo arrastró hacia la abertura. Cuando lo soltaron, Kurt se retorció, vio el muro bajo y los pequeños armazones de hierro con forma de A que sobresalían de él. Estiró los brazos y se agarró. Un segundo más tarde, Joe fue empujado al pozo. Se aferró a las piernas de Kurt, tal vez instintivamente. El peso añadido tiró de Kurt hacia abajo hasta que los dos quedaron sujetos precariamente a los abrasadores barrotes. Una sombra apareció por delante del sol poniente. Jinn sostenía una porra en la mano. La blandió hacia atrás y la sacudió hacia delante contra los dedos de Kurt. Antes de que le diera, Kurt se soltó. Joe y él cayeron hacia abajo. Descendieron seis metros, chocaron contra un montón de arena inclinada y se deslizaron otros tres metros hasta el fondo. El impacto sacudió a Kurt, pero la pendiente de arena y un par de cadáveres en descomposición hicieron las veces de airbag y absorbieron gran parte del impacto. Acabó en una postura incómoda, boca abajo contra el suelo. Aturdido y casi inconsciente, Kurt se obligó a abrir los ojos. Joe yacía a treinta centímetros a la izquierda, estrellado contra la pared como un muñeco de trapo tirado en un rincón. Tenía los brazos por debajo del cuerpo y una pierna torcida hacia arriba en un extraño ángulo. No se movía. Kurt oy ó un sonido procedente de la superficie y no osó moverse, pero por el rabillo del ojo vio a Jinn inclinado por encima del borde del pozo. Una serie de disparos retumbaron, y tierra y esquirlas de roca salieron volando por el fondo. Algo puntiagudo cortó a Kurt en la pierna, y una bala o un fragmento de roca impactó a escasos centímetros de su cara y lanzó tierra por los aires. Kurt permaneció sin mover un solo músculo, sin siquiera respirar. Oyó gritos en árabe y palabras distorsionadas procedentes de muy arriba. Una linterna se encendió y enfocó pozo abajo. El haz se movió alrededor de ellos de forma casi hipnótica. Kurt permaneció inmóvil. Quería que lo vieran como un cadáver más en el fondo del pozo. Hubo otro diálogo. La luz se apagó, y las caras desaparecieron. Un minuto más tarde, el sonido de unos motores arrancando resonó por la garganta del pozo. Kurt escuchó cómo los vehículos se alejaban hasta que dejó de oírlos. Joe y él habían sido dados por muertos. De momento todavía no lo estaban, pero si no salían del pozo, sería cuestión de tiempo.

26 Gamay entró en el laboratorio improvisado para ver a Marchetti. Lo encontró encorvado sobre un experimento compuesto por una lámpara calorífica, varios sensores de temperatura y un vaso de precipitados alto y estrecho lleno de agua, cuya capa superior estaba turbia. Me equivoco o hay microbots en ese vaso de precipitados? Oh, señora Trout dijo Marchetti, enderezándose y llevándose la mano al pecho. Es usted muy sigilosa. La verdad es que no. Simplemente usted estaba absorto en su trabajo. Sí convino él, toqueteando un sensor y comprobando un visor. Le importa decirme qué es? Solo intento averiguar una cosa dijo Marchetti, como si prefiriera no hablar del tema. Ella se sentó enfrente de él y lo miró fijamente a los ojos. Por qué a todos los hombres no les gusta compartir sus sospechas? Tanto miedo le da equivocarse? Me he equivocado un millón de veces confesó Marchetti. En realidad, me da más miedo estar en lo cierto. Respecto a qué? Tengo una sospecha sobre lo que podría estar ocurriendo ahí fuera. Y sin embargo la mantiene en secreto observó ella. Como la mayoría de los hombres que conozco, quiere tener pruebas antes de hablar, o como mínimo una cantidad razonable de evidencias que confirmen sus sospechas. Señaló la instalación con la mano. Esto me parece un intento por conseguirlo añadió. Tiene usted una intuición maravillosa, señora Trout. Apuesto a que Paul nunca se sale con la suya. Ha aprendido a no intentarlo. Un hombre sabio afirmó Marchetti, dedicándole una tímida sonrisa. Por supuesto, tiene usted razón. Tengo el presentimiento de que los microbots son los responsables de la anomalía térmica. Recuerdo haber oído hablar de un plan para detener el calentamiento global. Requería años de continuos lanzamientos de cohetes y la dispersión de millones y millones de discos reflectores en órbita

alrededor del planeta o sobre los polos; no recuerdo bien. Esos discos taparían una parte de la luz del sol y la reflejarían al espacio. Un pequeño porcentaje. Lo justo para contrarrestar el efecto que hemos empezado a notar. Gamay también había oído algo sobre el tema. Evidentemente, la idea conllevaba grandes problemas continuó Marchetti, pero el concepto me intrigó. A menudo me he preguntado si habría funcionado. Existen precedentes dijo Gamay. Después de grandes erupciones volcánicas, la ceniza en el aire se esparce por el mundo y hace más o menos lo mismo que esos discos de los que ha hablado. El origen de las hambrunas del siglo VI ha sido atribuido al oscurecimiento de los ray os del sol por la ceniza, lo que provocó un menor rendimiento de las cosechas. Mil ochocientos quince ha sido llamado el año sin verano porque las temperaturas medias en todo el mundo fueron sorprendentemente bajas. La erupción del monte Tambora, en Indonesia, se considera la principal responsable. Creo que aquí podría estar obrando un principio parecido declaró Marchetti. No en la atmósfera, sino en el mar. Señaló el experimento. He intentado recrear un ciclo de calentamiento y enfriamiento solar en esta muestra de agua. Pero mi teoría tiene un problema. A pesar de la capa de robots que hay en la superficie, se comporta prácticamente como agua salada corriente. Qué significa eso? Que los microbots absorben parte del calor, pero ni de lejos la que sería necesaria para enfriar el agua como hemos visto. La diferencia es muy grande? Muy considerable confirmó él. Cerca de un noventa por ciento de desviación. Y eso es mucho, se mire como se mire. Quiere decir que en su experimento ha descubierto? Solo un diez por ciento del enfriamiento que hemos registrado en el mar abierto. Sí, eso es exactamente lo que quiero decir. Gamay miró a su alrededor. No hizo falta que le preguntara si había realizado correctamente el experimento o si quería volver a intentarlo. Marchetti había estado horas allí encerrado, y había sido ingeniero antes de convertirse en programador informático. Supuso que sabía lo que hacía. Además, vio otros seis experimentos idénticos al que tenían delante. Dio por sentado que eran controles. Entonces qué significa eso? preguntó. Y esta vez imagínese que es una mujer y comparta conmigo toda la información que tiene. Existen dos posibilidades explicó él. O hay otro responsable de la mayor parte del enfriamiento o los microbots están enfriando el mar mediante otro proceso o mecanismo que todavía no hemos contemplado o descubierto.

Más motivo para seguir buscando esos microbots dijo Gamay. Me temo que sí contestó Marchetti. Antes de que Gamay pudiera decir algo más, una alarma empezó a sonar por todo el laboratorio. Era aguda, penetrante, y estaba acompañada de parpadeantes luces estroboscópicas. Qué pasa? La alarma de incendios le informó Marchetti. Alargó la mano hacia un interruptor del intercomunicador y lo pulsó. Qué ocurre, jefe? Tenemos múltiples señales de calor respondió este, como si todavía lo estuviera comprobando. Tenemos confirmación añadió. Hay fuego en la sala de máquinas.

27 Paul Trout oy ó las alarmas y corrió por el pasillo hasta que llegó al laboratorio improvisado. Marchetti estaba manteniendo una rápida conversación con su ingeniero jefe por el intercomunicador. Gamay se encontraba a su lado con expresión preocupada. Fuego dijo. Me lo imaginaba contestó Paul. Él empezó a percibir el olor a humo y el hedor característico del combustible diésel ardiendo. La sala de máquinas? Ella asintió con la cabeza. Puede volver a conectar los robots? preguntó Marchetti por el micrófono a su ingeniero jefe. No responden. Y el sistema contra incendios? Tampoco responde. Marchetti tenía mala cara. Siga trabajando en ello dijo, pulsando otra vez el botón del intercomunicador. Tendremos que combatirlo manualmente. Que Kostis y Cristatos se reúnan conmigo allí. Que los otros estén preparados. Marchetti miró a Paul y a Gamay. Alguno de ustedes tiene experiencia apagando incendios? Yo dijo Paul. Iré con usted. Esa vez fue Gamay la que puso mala cara. Por favor, Paul dijo. No me pasará nada contestó él. He recibido formación de sobra. Vete a algún lugar seguro. La sala de control señaló Marchetti. Mi jefe de ingeniería está allí. Gamay asintió con la cabeza. Tened cuidado. Paul salió corriendo por la puerta con Marchetti, y bajaron por una escalera a la cubierta principal. Una vez allí, una segunda escalera los llevó al interior del casco, y luego recorrieron un pasillo que conducía a la sala de máquinas. El

humo se volvía más denso a medida que se aproximaban al extremo de popa de la isla. Este es el parque de bomberos dijo Marchetti al llegar a una zona de almacenamiento con varias puertas altas. Estaban a quince metros de la sala de máquinas. El olor a combustible era nauseabundo, y se notaba el calor del fuego y se lo oía crepitar. Marchetti abrió un panel que tenía escrita la palabra FUEGO. Dentro, en unos ganchos, había unos trajes contra incendios de un vivo color amarillo hechos de Nomex y realzados con ray as reflectoras naranjas. En un estante situado encima de cada traje, reposaban las familiares máscaras y botellas de aire comprimido. Cada equipo de respiración autónomo incluía una máscara resistente al fuego y al calor con un regulador integrado, un sistema de comunicaciones y un dispositivo de visualización. Había linternas y otras herramientas sujetas con correas, junto con unos cilindros de aire comprimido que se fijaban a las espaldas de los hombres. Marchetti cogió un traje y Paul otro. Mientras se los ponían, llegaron Kostis y Cristatos e hicieron lo mismo. Después de colocarse la máscara, Paul abrió la válvula reguladora. Hizo un gesto de aprobación con el pulgar. El aire era puro. Marchetti alargó la mano y encendió un interruptor situado en el lateral de la máscara de Paul. Este oyó interferencias un instante y, acto seguido, la voz de Marchetti sonó por los auriculares. Me oy e? Alto y claro contestó Paul. Bien. Los respiradores están equipados con radios. Paul estaba listo, y los dos miembros de la tripulación estaban terminando de ponerse los equipos. Marchetti se acercó al puntal de la pared y se dispuso a desenrollar la manguera. Paul se situó detrás de él, y empezaron a avanzar. Al acercarse a la puerta abierta del mamparo que daba a la sala de máquinas, Paul preguntó cuál era el plan a seguir. Mientras el ingeniero jefe trata de volver a conectar los robots, nosotros haremos todo lo posible por combatir el fuego. Y por qué no cerramos la sala? Uno de mis hombres está ahí dentro. Paul echó un vistazo a la sala de máquinas en llamas. Le costaba imaginar que alguien pudiera sobrevivir a lo que se estaba convirtiendo rápidamente en un incendio en toda regla, pero si existía una posibilidad, tenían que buscarlo. Hay algún lugar donde se haya podido refugiar? Hay una pequeña oficina en la parte de atrás de la sala de máquinas, una sala de control. Si estaba allí cuando se inició el fuego, podría estar vivo.

Ahora había dos mangueras extendidas: la que Paul y Marchetti sostenían y la de Kostis y Cristatos. Abrid la llave dijo Marchetti. Uno de los miembros de la tripulación abrió la válvula, y las mangueras se hincharon de agua. Marchetti abrió la boquilla, y un chorro salió disparado a alta presión. Incluso con la ay uda de Marchetti, quien sujetaba firmemente la manguera, Paul notó que tenía que luchar contra el retroceso. La agarró más fuerte y flexionó las rodillas, avanzando mientras él y Marchetti se introducían en la sala de máquinas. Traspasar el mamparo fue como cruzar el umbral del infierno. El humo negro se arremolinaba alrededor de él, tan oscuro y denso que en ocasiones lo único que veía de Marchetti era la señal luminosa de su respirador. Las ondas de calor lo abrasaban a través del traje ignífugo, y los ojos le picaban del humo que se filtraba por debajo del cierre de la máscara. Aquí y allá, las llamas anaranjadas atravesaban la oscuridad. Corrían arriba y abajo y a su alrededor, y de vez en cuando salían disparadas por encima de los hombres como demonios funestos. Una serie de pequeñas explosiones sacudió la sala desde los lugares más recónditos. Marchetti expulsaba rociadas de un lado a otro y ajustó la boquilla para ampliar su radio de acción. Sus hombres llevaron la segunda manguera. Atacando con los dos chorros de agua, avivaron el fuego y añadieron ondas de vapor sobrecalentado al caldero. Puede ver de dónde vienen las llamas? preguntó Marchetti. No dijo Paul, tratando de ver entre el humo. En ese caso, tenemos que avanzar. Hasta el momento, Paul había considerado a Marchetti alguien débil y bastante torpe, pero admiraba sus agallas a la hora de defender su isla y luchar por la vida de sus hombres. Por aquí! gritó el que estaba situado a la cabeza de la otra manguera. Paul se volvió y vio que arrojaban una ola de agua que sofocó parte del fuego, dejando así el camino libre para que ellos pasaran. Paul cobró ánimo y avanzó al unísono con Marchetti mientras se adentraban en el corazón del incendio. Para entonces Paul notaba el calor de la cubierta como si estuviera encima de unas rocas de lava encendidas. Una nueva ola de fuego brotó a la izquierda de ellos, y un estallido derribó a Marchetti al suelo. Paul lo levantó. Esto no va bien! gritó Paul. Tenemos que volver. Ya le he dicho que uno de mis hombres está ahí abajo! Otra pequeña explosión los zarandeó, y se alzó un muro de llamas, pero el agua de las dos mangueras lo hizo retroceder.

La sala de máquinas tenía tres pisos de altura y una longitud cuatro veces superior, y estaba llena de tuberías, mangueras y pasarelas. Las llamas llegaban al techo en algunas partes, y todo se veía oscurecido. Si no estaban perdiendo la batalla, estaban como mínimo en tablas. Tenemos que inundar el compartimento dijo Paul. Es la única forma. Ya lo hemos intentado repuso Marchetti. El sistema contra incendios no responde. Debería haberse activado a los ochenta grados, pero no ha sido así. Intentamos hacerlo funcionar desde el puente de mando, pero tampoco funcionó. Tiene que haber un mecanismo de anulación insistió Paul, un activador manual en alguna parte. Marchetti miró a su alrededor. Hay cuatro señaló. El más cercano debería estar en esa dirección. Junto al cañón del generador. Tenemos que activarlo. Marchetti vaciló. Las puertas se cerrarán automáticamente en cuanto lo activemos explicó. Quien lo haga quedará atrapado dentro. Cuánto tiempo? Hasta que el fuego se apague y la temperatura baje. Entonces no perdamos ni un minuto. Marchetti volvió la vista al maltrecho sendero que llevaba al posible refugio de la oficina. La pasarela estaba retorcida y doblada como si se hubiera producido una explosión en el centro de la misma. Las llamas, el humo y el agua hirviendo que caía de arriba lo dejaban bien claro: era imposible que pudieran abrirse paso por allí. Está bien gritó Marchetti, volviéndose hacia la pared opuesta. Por aquí.

28 Gamay encontró la sala de máquinas en un estado de caos. Dos empleados de Marchetti manejaban los ordenadores con toda celeridad, tratando de volver a conectar los robots o el sistema contra incendios. El ingeniero jefe, un griego bajo pero fornido, estaba controlando el fuego. Al fondo, Gamay oía las conversaciones por radio entre los dos equipos que intentaban apagar el incendio. No daba la impresión de que estuvieran ganando. Es muy grave? preguntó, pensando que desde abajo no parecía tan sobrecogedor. Está creciendo rápidamente dijo el jefe. Toda la sala de máquinas está en llamas. Tiene que haber una fuga de combustible. Se está propagando? preguntó Gamay, temiendo que Paul quedara atrapado. Todavía no respondió el jefe. Mientras Gamay procuraba restar gravedad a las palabras «Todavía no», Leilani entró con cara de susto y desconcierto. Qué pasa? Hay un incendio en la sala de máquinas dijo Gamay. Un miembro de la tripulación está atrapado dentro. Y los sistemas automáticos no funcionan. Leilani se sentó y se echó a temblar. Parecía que se fuera a desmoronar, pero Gamay tenía otras preocupaciones en ese momento. Y si se propaga? preguntó Gamay. Mi marido, Marchetti y los otros hombres quedarán aislados. No si antes lo contienen comentó el ingeniero jefe. Deben hacerlo retroceder. Necesita a más hombres allí abajo. Fue Leilani quien había hablado. Gamay y el jefe la miraron. Si los robots no funcionan, deberá enviar a más hombres repitió. Tiene razón advirtió Gamay, sorprendida por la repentina firmeza de la joven. Estamos intentando volver a conectar los robots insistió el jefe. Olvídese de los puñeteros robots le espetó Gamay. Cuatro hombres no

pueden combatir un fuego como ese. Solo tenemos veinte tripulantes a bordo dijo el jefe. A Gamay siempre le había parecido un error ese detalle, y de repente entendió por qué. Alguien preparado para apagar incendios debería estar allí abajo urgió al ingeniero jefe, o Paul y los demás deberían retirarse. El jefe miró a los dos hombres que trabajaban en los ordenadores. Alguna novedad? Ellos negaron con la cabeza. Es un código en bucle. Cada vez que intentamos atravesar la capa exterior, se resetea y tenemos que empezar otra vez. Gamay no sabía exactamente qué significaba aquello, pero le pareció que no tenía sentido continuar. El ingeniero jefe soltó un suspiro. Los robots están fuera de combate confirmó, reconociendo lo evidente. Marchaos dijo a los hombres que estaban tras los ordenadores. Avisaré a los otros de que se reúnan con vosotros en la sala de máquinas. Los dos hombres se dirigieron hacia la puerta. Gracias dijo Gamay, a quien le alegró saber que Paul iba a recibir refuerzos. La voz de Marchetti sonó por la radio: Ha tenido suerte, jefe? Negativo contestó este por el micrófono. No podemos hacer nada. Les enviamos ayuda. Entendido dijo Marchetti. Vamos a buscar el mecanismo de anulación. Qué significa eso? preguntó Gamay. Van a inundar el compartimento con halón explicó el jefe. Sofocará el fuego y lo apagará. Cuál es la parte negativa? El halón es tóxico. Y necesita una estancia estanca para ser efectivo. Cuando lo activen, las puertas se cerrarán automáticamente. Se quedarán atrapados allí dentro hasta que los sensores determinen que el fuego está apagado y que la temperatura ha descendido por debajo del punto de reignición. Gamay se sintió mareada. Sabía lo que eso significaba. No debería suponer un problema dijo el jefe. Cuando el compartimento esté inundado, el fuego debería apagarse en treinta segundos. Ahora mismo la temperatura allí abajo es de cien grados. Según mis cálculos, el tiempo de enfriamiento debería ser de diez minutos si todo sale según lo previsto. Paul encerrado durante diez minutos en un caldero ardiendo No soportaba la idea. Pero había otra peor. Si todo sale según lo previsto repitió. Tal como están las cosas, eso es

suponer mucho. Y si las puertas no se cierran? O, peor aún, y si no se abren? El ingeniero jefe no dijo nada, pero por su lenguaje corporal Gamay dedujo que ya había pensado en ello. En la sala de máquinas, Paul y Marchetti habían empezado a abrirse paso hacia la pared del fondo. Parecía que fuera a llevarles una eternidad cruzar el espacio cavernoso. En una sección, los escombros y el combustible encendido les cerraron el paso. En otra, salía vapor de un conducto de agua roto. Seguidos por los hombres de Marchetti que debían impedir que quedaran aislados, avanzaban a grandes pasos de metro en metro. Al final vieron un camino a través. Mantenga la posición dijo Marchetti. No deje que el fuego gane terreno mientras y o paso corriendo. Le haré una señal cuando llegue. Paul avanzó y cogió la boquilla de la manguera. De acuerdo! Adelante! Marchetti soltó la manguera, y Paul tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para seguir apuntando. Mientras Marchetti avanzaba pesadamente, Paul lanzó agua sobre las llamas a la izquierda y a la derecha describiendo una amplia trayectoria y empapando a Marchetti a propósito. Observó cómo el billonario se abría paso a través de la primera ola de llamas y seguía adelante hasta quedar súbitamente oculto por una ráfaga lateral de fuego y humo. Paul apuntó con la manguera a la ráfaga e hizo retroceder las llamas, pero siguió sin poder ver más allá. Marchetti? No oy ó nada. Marchetti?! El humo era tan denso que Paul apenas podía ver. Estaba sudando dentro del traje, y los ojos le escocían terriblemente a causa de los gases y de la sal del sudor. Roció la pasarela de un lado a otro hasta que vio una luz tenue a través de la oscuridad. Estaba muy baja, cerca del suelo. Era la señal luminosa de Marchetti. Marchetti se ha caído! gritó Paul. Voy a por él. Cerró la boquilla, soltó la manguera y echó a correr. Los dos miembros de la tripulación avanzaron rápidamente detrás de él, mojándolo a medida que corría. Dejó atrás el alto horno de llamas y llegó hasta Marchetti. La capucha del informático estaba ennegrecida y su máscara se hallaba medio desprendida. Parecía que había chocado contra una viga. Paul le colocó otra vez la máscara en la cara, y Marchetti tosió y volvió en sí. Ayúdeme a levantarme le pidió. Una explosión sacudió la sala de máquinas, y recibieron el impacto de algunos escombros. Paul levantó a Marchetti, pero este enseguida cayó de rodillas. Alargó la mano.

No puedo mantenerme en pie dijo. Paul lo levantó de nuevo y lo sostuvo en posición vertical. Avanzaron penosamente como dos hombres en una carrera de sacos con tres piernas. Llegaron a la pared. El mecanismo manual estaba allí. Lo hemos conseguido gritó Paul por el micrófono. Salgan. Vamos a activar el halón. Paul alargó el brazo hacia la palanca, quitó el seguro y posó la mano sobre el mecanismo. Esperó lo que le pareció una eternidad. Otra explosión sacudió la sala de máquinas. Estamos al otro lado del mamparo informó finalmente uno de los tripulantes. Ahora dijo Marchetti. Paul tiró con fuerza de la palanca. El halón 1301 brotó por ochenta puntos distintos repartidos por el compartimento a una velocidad increíble, siseando por las boquillas y saliendo de todas partes. Rápidamente llenó la sala y apagó el fuego. En algunas zonas las llamas saltaban, se agitaban y parecían encogerse luchando desesperadamente por sobrevivir. Y entonces, como por arte de magia, se apagaron de repente. A continuación se hizo un silencio sobrecogedor. A Paul le pareció algo sobrenatural. Las violentas llamas, las explosiones, las corrientes levantadas a medida que el fuego aspiraba el aire y expulsaba calor, todo ello había desaparecido. Solo quedaba el denso humo, acompañado del continuo siseo de las boquillas de halón, del ruido del agua goteando y de los chirridos y crujidos del metal sobrecalentado. La ausencia de llamas parecía demasiado buena para ser cierta, y ni Paul ni Marchetti movieron un músculo como si temieran que el hechizo fuera a romperse. Finalmente, Marchetti se volvió hacia Paul. Una sonrisa se dibujó en sus labios, aunque Paul apenas podía verla a través de su máscara manchada y cubierta de hollín. Bien hecho, señor Trout. Bien hecho. Paul también sonrió, orgulloso y aliviado al mismo tiempo. Y entonces empezó a sonar un agudo pitido electrónico, acompañado de la luz estroboscópica de la parte trasera del equipo de respiración de Marchetti. Segundos más tarde, la luz de Paul empezó a parpadear y a pitar. Las dos alarmas se combinaron en una molesta disonancia. Qué pasa? preguntó Paul. Las balizas de rescate dijo Marchetti. Por qué se disparan ahora? Marchetti adoptó una expresión sombría. Porque se nos está acabando el aire explicó.

29 Kurt Austin permaneció todo lo que pudo en la incómoda postura en que había caído. Incluso después de que los vehículos se fueran, incluso después de que el rumor de sus motores se hubiera desvanecido y solo se oyera el zumbido de las moscas en la oscuridad, permaneció quieto. Los insectos pasaban volando aquí y allá, se posaban un momento y luego volvían a zumbar. Incluso cuando descendieron sobre él y se pasearon por su cara, Kurt hizo todo lo posible por no moverse por miedo a que alguien estuviera observando. Pero al final tuvo que hacerlo. Mirando la abertura circular situada muy por encima, deslizó un brazo a un lado, se dio la vuelta lentamente y se enderezó apoyándose. Una vez hecho eso, consiguió sentarse y retrocedió con cuidado hasta apoyarse contra la pared. Cada movimiento le provocaba cotas insospechadas de dolor, y una vez que se hubo recostado contra la pared, decidió quedarse allí un minuto o dos. Examinó su pierna. Algo le había alcanzado durante el tiroteo, pero no encontró ningún agujero de bala y supuso que se trataba de un trozo de la pared que se había desprendido con el rebote de un proy ectil. El hombro le dolía una barbaridad, pero podía moverlo bastante bien. Alargó la mano y examinó a Joe, sacudiéndolo suavemente. Joe entornó los ojos como si despertara de un sueño profundo. Se movió unos centímetros, gruñó y se mostró confundido. Echó un vistazo a su entorno, pero no pareció sacar nada en claro. Dónde estamos? preguntó. No te acuerdas? Lo último que recuerdo es que nos arrastraron con un todoterreno dijo. Ese fue el punto álgido de nuestro viaje repuso Kurt, alzando la vista. En sentido literal. Joe se obligó a incorporarse, un gesto que pareció provocarle tanto dolor como a Kurt. Estamos muertos? preguntó. Porque si no lo estamos, nunca me he sentido peor en vida. Kurt negó con la cabeza. Estamos vivitos y coleando, al menos de momento, aunque atrapados en el

fondo de un pozo sin una cuerda ni una escalera ni otra forma de salir. Eso está bien dijo Joe. Por un momento pensé que estábamos metidos en un lío. Kurt miró a su alrededor y reparó en los cuerpos que había en la arena. Dos de ellos parecían llevar allí mucho tiempo. El hedor que desprendían era tan espantoso que casi le provocó arcadas. El tercero era el del tipo que había lanzado por el pozo antes de que lo arrojaran a él. El hombre tenía un gran corte en la frente. Su cuello estaba torcido en un ángulo grotesco. No se movía. A Kurt le sorprendía estar vivo. Supongo que el montón de arena y el hecho de caer de pie han contribuido. Parece que este tipo se dio en la cabeza. Además, hemos caído de menos altura apuntó Joe. O, por lo menos, yo. Y los otros dos? Ni idea dijo Kurt, mirando los cadáveres medio cubiertos de moscas. Debieron de cabrear al jefe. Si alguna vez abandonamos la NUMA, recuérdame que no trabaje para un dictador ególatra, un chalado ni otra clase de criminal dijo Joe. Me parece que no tienen las herramientas adecuadas para resolver las quejas. Kurt rió, y sintió como si le dieran una puñalada. Ah, qué dolor se quejó, tratando de contenerse. Se acabaron las bromas. Alzó la vista a la estrecha abertura de arriba. Un pequeño círculo de radiante cielo naranja se veía más allá. Tenemos que encontrar una salida o seremos los siguientes en el menú de las moscas. Crees que podrás levantarte? Joe estiró las piernas. Tengo el tobillo bastante entumecido dijo. Pero me parece que estoy bien. Usando la pared para mantener el equilibrio, Kurt se puso en pie. Se notó mareado por un momento, pero la sensación desapareció rápidamente. Ofreció la mano a Joe y lo ay udó a levantarse. Se estiraron y flexionaron las piernas en el círculo de un metro y medio de diámetro del pozo. Parecía que este hubiera sido excavado en algunas zonas. La parte superior estaba cubierta de ladrillos de adobe hasta una profundidad de unos seis metros. Debajo había tierra hasta el fondo. Crees que podremos salir trepando? preguntó Joe. Kurt posó la mano en una piedra que sobresalía y apoyó el peso para comprobar su resistencia. La piedra se desmenuzó en una decepcionante lluvia de fragmentos y polvo. No. Tal vez podamos subir apretándonos contra las paredes propuso Joe.

Usemos las manos y los pies e impulsémonos hacia arriba. Kurt estiró los brazos. Apenas podía tocar las dos paredes. No haremos suficiente fuerza para subir así. Miró a su alrededor. Además de los tres cuerpos, el pozo parecía un depósito de trastos y basura. Latas, botellas de plástico e incluso un fino neumático desgastado se encontraban amontonados y desperdigados. Había pequeños huesos por todas partes. Kurt supuso que eran de animales que se habían caído o la cena que alguien había tirado después de acabar las partes comestibles. Kurt miró el neumático, a continuación las paredes y luego a los muertos. Tengo una idea dijo. Registró al matón que había lanzado por encima del borde del pozo y extrajo un cuchillo, una pistola de estilo Luger y unos prismáticos compactos del equipo del hombre. Encontró una cantimplora en su cinturón. Las tres cuartas partes del recipiente estaban vacías. Bebió un trago, apenas un sorbo, y se la pasó a Joe. A tu salud. Joe bebió el trago que restaba mientras Kurt apartaba los trastos y sacaba el viejo neumático de la arena. Ordenando un poco? preguntó Joe. Muy gracioso. Se agachó junto a los muertos, contuvo el aliento y ahuyentó a las moscas. Desató la cuerda que los unía. Vamos a necesitar esto. Me imagino que no llevarán encima un gancho. No confirmó Kurt. Pero no precisamos ninguno. Amontonó los cadáveres en el centro del pozo, apilándolos uno encima de otro. Siéntate le pidió Kurt. Encima de los muertos? He puesto el más reciente encima. Joe vaciló. Están muertos dijo Kurt. Qué más les da? Finalmente Joe se sentó. Kurt levantó el fino neumático y lo colocó en vertical contra la espalda de Joe como si estuviera colgando una guirnalda. A continuación, se sentó con la espalda contra el neumático y contra Joe. Apoya los pies en la pared y empuja. Cuando Joe hizo lo que le dijo, Kurt notó que el neumático de goma le presionaba contra la espalda. Apoyó los pies contra la pared de su lado y empujó. El neumático se comprimió ligeramente entre ellos. Entonces sintió una gran presión en la espalda y en los pies, una presión que les permitiría subir por el pozo, disponiendo todavía de entre quince y veinte centímetros de flexión en las

rodillas. Flexiona los abdominales. A ver si podemos conseguirlo dijo. Mientras Joe se flexionaba y presionaba con más fuerza, Kurt hizo lo mismo. Notó el empuje en la espalda, tanto en la parte superior como en la inferior, donde el neumático le estaba oprimiendo. Haciendo un mínimo esfuerzo, se elevaron del montón de muertos. Esto podría funcionar dijo Joe. Primero tú y luego yo precisó Kurt. Un pie después del otro. La primera vez que Joe movió el pie estuvo a punto de caerse y se inclinó hacia un lado. Se estabilizaron, y Kurt presionó fuertemente con el pie izquierdo y los impulsó hacia arriba unos veinte centímetros. De inmediato cambió de posición el pie derecho. El siguiente movimiento de Joe fue más estable, y pronto ascendieron muy lentamente, progresando de forma constante aunque a un ritmo pausado. Me olvidé de decirte una cosa dijo Joe, gruñendo del esfuerzo pero aparentemente incapaz de mantener la boca cerrada. Antes de que nos echaran de la sala de proy ectos, vi un mapa con corrientes y esas cosas. Abarcaba el golfo Pérsico, el mar de Omán y la mitad del océano Índico. Kurt y él tomaron impulso al unísono, se elevaron quince centímetros y recolocaron los pies de uno en uno. Había algo fuera de lo normal? preguntó Kurt, cuyas palabras sonaron forzadas al brotar a través de un diafragma constreñido. No tuve precisamente tiempo para estudiarlo dijo Joe. Pero me da que pensar. Volvieron a moverse. Qué? preguntó Kurt, abreviando las respuestas. Si Jinn está usando esas pequeñas criaturas para erosionar una presa por qué las hemos encontrado en el océano Índico a miles de kilómetros de tierra firme? Kurt dejó que una parte de su mente considerara la pregunta, destinando casi toda su concentración a la tarea que los ocupaba. Buena pregunta dijo. Las presas cierran el paso a los ríos Los ríos van a parar al mar Tal vez esos pequeños robots fueron arrastrados al mar sin querer. Trató de pensar en las presas que desembocaban en el océano Índico o en el golfo Pérsico, pero no se le ocurrió nada destacable. Hicieron una pausa con las piernas semicerradas. En cualquier caso añadió Kurt, tenemos que salir de aquí. Sean cuales sean los objetivos de ese chiflado, solo le convienen a él. Para entonces habían llegado a la segunda sección del pozo. Las bromas y las risas se interrumpieron ya que el ascenso se estaba volviendo más difícil.

Kurt notaba que la espalda, los abdominales y las piernas le empezaban a arder. Apretó con fuerza los dientes y siguió moviéndose. Estás bien? preguntó. Sí gruñó Joe. Pero no me gustaría volver a empezar. Kurt miró hacia abajo. El pie se le resbaló un poco, pero lo afianzó flexionando la rodilla y encajando el talón. Vio que la pierna le temblaba y notó que unos calambres le recorrían la pantorrilla. Quince centímetros más dijo, respirando con dificultad. Luego podremos poner en marcha la segunda parte del plan. Y si los malos siguen arriba? preguntó Joe. No he oído nada desde que los coches se fueron. Y si han dejado a un guardia? Para eso está la pistola. Ascendieron otros treinta centímetros, y el rostro de Kurt se bañó de la luz del sol de media tarde. A treinta centímetros de la parte superior, un extraño ruido sonó en la boca del pozo: un silbido agudo que resonaba en las paredes de adobe. Oyes eso? preguntó Joe. Estoy tratando de identificarlo contestó Kurt. El silbido aumentaba de volumen cada segundo que pasaba y, de repente, justo encima de ellos, pasó una gigantesca sombra. Kurt vio la panza de un gran avión gris y blanco desfilando a toda velocidad por lo alto, con los alerones desplegados y su tren de aterrizaje de seis ruedas extendido como las garras de un águila tratando de asir una rama en la que posarse. Qué ha sido eso? preguntó Joe. Un avión a reacción dijo Kurt. No debía de hallarse a más de treinta metros cuando pasó como un rayo por encima de la boca del pozo. La imagen duró solo un segundo o dos, pero, durante ese breve instante, Kurt se dio cuenta de que tenía una forma extraña. No había caído en la cuenta de que estamos en el extremo de una pista de aterrizaje dijo Joe. No me gustaría un pelo asomar la cabeza y ser arrollado por un 747. Conteniendo la risa que pugnaba por brotar, Kurt empujó más fuerte hasta que estuvieron justo por debajo del borde del pozo. Notaba el aumento de ácido láctico en las pantorrillas y los muslos, y aunque no corría peligro de sufrir calambres ni agotamiento, sentía la necesidad de darse prisa. Los abdominales le ardían de presionar con fuerza la espalda contra el neumático. Parecía que hubiera hecho cien abdominales con un balón medicinal de seis kilos sujeto al pecho. Sacó la pistola de nueve milímetros del bolsillo y quitó el seguro. Ahora, despacio susurró.

Joe ajustó los pies. Kurt lo hizo a continuación, y ascendieron lentamente los siguientes quince centímetros. Levantó la pistola y estiró el cuello para poder mirar por encima del borde. No vio a nadie vigilando el pozo. Despejado confirmó. Despejado también por este lado repuso Joe. Y ahora qué hacemos? Kurt lanzó la pistola por encima del borde y sacó la cuerda de debajo de su camiseta. Se la pasó entre las manos hasta tener la longitud que necesitaba. Con una mano en cada punta de la cuerda, soltó media lazada con una longitud de aproximadamente doce centímetros. Giró la muñeca y extendió los brazos, lanzando así una onda de energía a través de la cuerda. El centro se alejó de él adoptando una gran forma de U y cay ó sobre la parte superior de una estructura con forma de A con la mayor precisión posible. Kurt la tensó y tiró hacia abajo para que no subiera por las barras metálicas. Cerciorándose de no retorcerla, le pasó una punta de la cuerda a Joe. Agárrala con las dos manos y sujétate fuertemente. Kurt tensó su trozo y pasó una lazada por debajo de su brazo, alrededor de su tríceps y dos veces alrededor de su mano. Joe lo imitó. La tienes bien agarrada? Como si fuera un billete de lotería premiado dijo Joe. Bien contestó Kurt, porque sabes lo que va a pasar cuando descansemos nuestras pobres piernas, verdad? Sí asintió Joe. Como todo lo que tiene que ver contigo, dolerá. El que algo quiere algo le cuesta sentenció Kurt. Y esta vez lo que queremos es nuestra libertad. Listo? Listo. Kurt tensó los brazos, afianzándolos. Tres dos uno y a! Los dos hombres tiraron de la cuerda y relajaron las piernas y los abdominales prácticamente a la vez. La cuerda se tensó de golpe alrededor del armazón con forma de A. El neumático cayó de entre los dos, y se balancearon hacia delante, chocaron contra la pared y se quedaron colgando a escasos centímetros por debajo de la parte superior. El neumático cayó al fondo emitiendo un estrépito, pero Kurt y Joe siguieron agarrados con fuerza muy por encima de él. Tenemos que hacer esta parte al mismo tiempo dijo Kurt. De lo contrario, uno de los dos volverá abajo. Ascendieron ambos a la vez, colocando un brazo por encima del otro, hasta que pudieron aferrarse al metal del armazón. El metal les quemó las manos como se las había quemado a Kurt anteriormente, pero no lo soltaron y treparon por encima de la pared baja. Kurt cay ó de bruces sobre la arena y se alegró enormemente de ello. Joe se

desplomó a su lado. Mientras descansaban un instante respirando con dificultad, Kurt notó que le temblaban las piernas. Parecía que hubieran estado metidos en ese pozo varios días. Se miró la muñeca. Su reloj seguía en posesión del guardia de Malé. Levantó la mano hacia el sol poniente. Qué haces? preguntó Joe. Trato de hacer un reloj de sol. Se dio por vencido. Qué hora es? Las siete menos cuarto anunció Joe. Debemos de haber marcado un récord. Nos han dado por muertos y hemos vuelto a la acción en menos de una hora. Otro avión a reacción empezó a silbar a través del desierto mientras ellos permanecían allí, recobrando el aliento. Seguía la misma trayectoria que el primero, descendiendo y haciendo cada vez más ruido a medida que se aproximaba. Obedeciendo a un instinto de supervivencia, los dos hombres se agacharon y se pegaron contra la baja pared del pozo. No era necesario que se tomaran la molestia. Un avión a reacción en fase de aproximación final a ciento cincuenta nudos exigía que el piloto tuviera la vista muy por delante del avión, centrada en la zona de aterrizaje. Las posibilidades de que un piloto desviara su atención hacia unos objetos irrelevantes del suelo eran casi inexistentes. Por otra parte, no había pasajeros. El avión pasó con gran estruendo por encima de ellos como lo había hecho el primero, en esa ocasión un poco más alto. Kurt se fijó en las mismas extrañas características: una panza con una forma poco usual, dos grandes motores instalados muy por encima del fuselaje, cerca de la cola, y un perfil alar ancho y cuadrado. Parecía una especie de DC-9 o un Super 80 o un Gulfstream elevado al cubo. El mismo tipo de avión observó Kurt. Parece ruso. Sí convino Joe. Incluso podría ser el mismo de antes haciendo otra pasada. El avión gris y blanco bajó más y más, descendiendo como si se dispusiera a aterrizar. Desapareció detrás de una duna antes de que lo oyeran tocar tierra. El sonido de sus motores se desvaneció por un momento y, acto seguido, sonó un intenso rugido que retumbó a través del desierto durante quince segundos más o menos antes de atenuarse. No te ha sonado eso como unos inversores de empuje? Sí asintió Joe. Supongo que el águila ha aterrizado. Creo que acabamos de encontrar nuestra ruta de escape dijo Kurt. Joe lo miró de reojo. En ninguna de las fotos tomadas por satélite aparecía un avión estacionado

aquí explicó Kurt, lo que significa que ese avión no va a quedarse calentándose al sol del desierto todo el día. Dejará el cargamento que traiga y luego se dará la vuelta y despegará antes de que amanezca. Claro dijo Joe. Pero eso no es el aeropuerto de Dulles. No podemos acercarnos al mostrador y comprar un billete. No, pero podemos colarnos aprovechando la oscuridad aclaró Kurt. Es imposible que nos esperen. Eso es porque hay que estar loco para intentar hacer lo que propones. No tenemos agua le recordó Kurt. Ni GPS. Y no tenemos ni idea de cómo encontrar la furgoneta sin él. Así que a menos que quieras vagar por el desierto confiando en la suerte, debemos volver a la guarida del león. Joe se mostró en desacuerdo, aunque parecía estar cambiando de opinión. Me estás confundiendo con tantas metáforas de animales repuso. Creía que era una madriguera de conejo. Cambió cuando nos atraparon argumentó Kurt. Esos tipos son mucho más duros que cualquier conejo. Menos el de la película de Monty Python repuso Joe. Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores. Esa. Cierto dijo Kurt. Al acordarse de la película, tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse porque le hacía daño en el pecho y en la garganta reseca. Tal como y o lo veo, podemos elegir comentó. O huimos como sir Robin o nos colamos en su base, y entonces nos escondemos en uno de esos aviones y nos largamos de este sitio antes de deshidratarnos hasta que no quede nada de nosotros más que polvo y huesos. Joe se aclaró la garganta. Tengo un poco de sed. Yo también dijo Kurt. Joe respiró hondo. Alargó la mano, sacó la pistola de la arena y se la dio a Kurt. Usted primero, sir. Dudo que encontremos el Santo Grial allí abajo, pero me conformo con hallar una forma de salir de aquí o como mínimo una reserva de bebidas bien surtida.

30 Paul estaba sentado al lado de Marchetti intentando recobrar las fuerzas. El esfuerzo físico y psíquico necesario para combatir el fuego lo había dejado agotado. El irritante humo, el olor dulzón del combustible y el calor abrasador resultante del incendio embotaban sus sentidos. Pero a pesar de todo, su única preocupación real se centraba en las luces parpadeantes y en las alarmas conectadas a su equipo de respiración. Cuánto tiempo tenemos? Diez minutos dijo Marchetti. Más o menos. Una voz más dulce sonó por los altavoces situados en su casco. Me oy es, Paul? Te oigo, Gamay confirmó. Qué pasa? El fuego está apagado. El halón ha dado resultado. Pero andamos escasos de aire. Cuánto tardaréis en abrir las puertas? Un momento dijo ella. Hubo unos segundos de silencio y, acto seguido, Gamay volvió. El jefe dice que habéis echado suficiente agua ahí abajo para mantener una temperatura aceptable. Dentro de unos siete minutos estaremos a salvo por debajo de la temperatura de reignición. Eso es una buena noticia dijo Paul. Ay udó a Marchetti a levantarse y añadió dirigiéndose a este : Vamos a buscar al hombre de su tripulación. Por aquí indicó Marchetti, caminando con los miembros aún rígidos hacia la parte trasera de la enorme sala. Empezaron a abrirse paso a través de los escombros. La serie de explosiones había destruido la mitad de la sala de máquinas. Pasaron por delante de la maltrecha maquinaria y cruzaron la cubierta metálica. Cuando el agua que habían usado para combatir el fuego se evaporó, salió vapor de la cubierta a modo de espectrales cortinas humeantes. El olor a combustible era omnipresente. Aquí señaló Marchetti, yendo hacia una puerta cerrada. No era un mamparo estanco, pero la puerta de acero chamuscada lucía un aspecto formidable, y los bordes parecían bien cerrados. La esperanza brotó en el corazón de Paul.

Está diseñado como refugio, aunque no estaba seguro de que fuera resistente a algo así dijo Marchetti. Agarró la barra de cierre y acto seguido retiró las manos. Está caliente? preguntó Paul. Marchetti asintió con la cabeza. Se armó de valor y volvió a agarrarla. Gruñó, tratando de bajar la barra. Como no cedía, la soltó de nuevo. Es posible que el calor haya dilatado la puerta aventuró Marchetti. Deje que lo ayude dijo Paul. Se colocó en posición, y juntos agarraron la barra y aunaron fuerzas. La barra se movió hacia abajo bruscamente. Paul empujó la puerta, y esta se abrió. Soltó la barra enseguida, aunque tenía las manos como si se le hubieran quemado a través de los guantes. El aire del compartimento salió a raudales, mezclado con el vapor y el humo de la sala de máquinas. La sala de control estaba muy oscura. La única iluminación la proporcionaban los focos de sus máscaras y las parpadeantes luces estroboscópicas de su equipo. Se separaron. Junto a la pared del fondo, Paul vio tirado en el suelo a un hombre vestido con un mono de mecánico. Aquí. En el centro de mando, todos los ojos estaban puestos en el monitor central y en el brillante número rojo que indicaba la temperatura de la sala de máquinas. Estaba descendiendo lentamente hasta que al final pasó del rojo al amarillo. Ya casi está dijo el jefe. Voy a abrir las puertas. A Gamay le gustó cómo sonaba eso. Consultó el reloj. Habían pasado seis minutos desde que se había activado el aviso del suministro de aire de Paul y Marchetti. Por una vez, parecía que tuvieran un margen de error, pero no se sentiría tranquila hasta que su marido saliera de esa sala y estuviera de nuevo entre sus brazos. El ingeniero jefe pulsó un par de interruptores y a continuación consultó su mesa. Lo que vio le irritó. Giró los interruptores y empezó a mover un conmutador de palanca de un lado a otro. Qué ocurre? Las puertas no responden dijo. Acabo de dar la orden de que se abran, pero siguen cerradas. Es posible que el fuego las haya dañado? Lo dudo contestó él. Están diseñadas para esto. Toqueteó los interruptores varias veces más y a continuación comprobó otra cosa. Es el ordenador. Está bloqueando la orden. Por qué? A su derecha, Gamay vio que Leilani se levantaba.

Yo sé por qué afirmó. Otero lo ha manipulado. Otero está en la celda repuso el jefe. Marchetti me ha dicho que es un genio de los ordenadores refutó ella. Podría haber introducido algo de antemano por si lo atrapaban, por si necesitaba causar problemas y confundir a Marchetti. Como hizo con los robots. El jefe siguió intentando resolver el enigma. Decididamente es el ordenador afirmó. Todo lo demás funciona como es debido. Gamay sintió que todo le daba vueltas. No sabía cómo Otero podía extender sus tentáculos desde la celda y seguir atormentándolos. Tenemos que bajar y obligarlo a desactivar lo que haya hecho propuso Leilani. Y si hace falta, ponerle una pistola en la sien. Los pensamientos se agolpaban en la mente de Gamay. Su ecuanimidad y sus convicciones en contra de la coacción empezaban a tambalearse al pensar en su marido atrapado en una sala de máquinas llena de gases tóxicos y privado de aire. Gamay rogó Leilani, yo ya he perdido a una persona por culpa de esa gente. Tú no tienes por qué pasar por lo mismo. En el monitor, el indicador de temperatura descendió hasta el color verde, y el reloj marcó el séptimo minuto. A Paul le quedaban tres minutos de aire. Está bien dijo Gamay. Pero nada de armas. El ingeniero jefe se volvió hacia uno de sus hombres. Rocco, sustitúy eme. Me voy con ellas. Leilani agarró la puerta y la abrió. Gamay la cruzó y se dirigió al ascensor para bajar a la celda sin tener ni idea de lo que iba a hacer cuando llegara. En la sala de máquinas, Paul se había acercado hasta el tripulante desaparecido. Se agachó junto al hombre y le dio la vuelta. Este no reaccionó. Paul se quitó los guantes y le tomó el pulso mientras Marchetti llegaba a su lado. Algún signo vital? Paul mantuvo la mano posada sobre el hombre, con la esperanza de percibir algo que se le hubiera pasado por alto. Lo siento. Maldita sea soltó Marchetti. Todo esto para nada. Paul se sentía igual. Y de repente, con el brillo de su luz estroboscópica, reparó en algo que había a un lado del cuello del mecánico. Giró parcialmente el cuerpo y apartó el cabello castaño oscuro. No del todo dijo Paul, enfocando con la luz un cardenal oscuro que el hombre tenía en la nuca. Palpó las vértebras, pero no las notó rígidas. Qué ocurre? Paul alargó la mano, apagó la radio de Marchetti y a continuación hizo lo

mismo con la suy a. El científico se quedó confundido. Ahora que nadie más escuchaba, Paul consideró que podía hablar sin ambages. No era alguien dado a esa clase de actos impulsivos; prefería mostrarse calmado y racional cuando otros proclamaban teorías conspirativas e insistían en que el cielo se estaba desplomando, pero no veía otro motivo a todo lo que estaba sucediendo. Miró a Marchetti a los ojos y habló lo bastante alto para que lo oyera a través de las máscaras. Este hombre no ha muerto a causa de la inhalación de humo ni a causa del calor. Tiene el cuello roto. Roto? Paul asintió con la cabeza. Este hombre ha sido asesinado, señor Marchetti. Tiene un saboteador a bordo. Marchetti se quedó perplejo. Es la única explicación al fuego y a los fallos de los sistemas prosiguió Paul. Como usted está aquí dentro conmigo, doy por sentado que no es el asesino. Pero podría ser cualquiera. Uno de los miembros de su tripulación o incluso un polizón. Probablemente se trate de alguien con lazos ocultos con Otero o Matson. Propongo que lo mantengamos en secreto hasta que descubramos quién puede ser. Marchetti miró al hombre muerto y acto seguido volvió a mirar a Paul. Asintió con la cabeza. Paul encendió su radio y recogió el cadáver. Marchetti también encendió de nuevo la suya. Nos dirigimos a la puerta principal dijo, informando al puente de mando. En la cubierta inferior, Gamay, Leilani y el ingeniero jefe llegaron a la cárcel. Este último usó sus llaves para abrir la puerta de la celda. Gamay entró. Otero la miró desde su asiento. Sus sombríos ojos eran oscuros. Sabemos que ha manipulado el sistema informático dijo. Mi marido ha quedado atrapado en la sala de máquinas después de apagar un fuego. Tiene que activar las puertas para que pueda salir. Por qué iba a hacer eso? Porque si él muere, será un asesinato, y eso empeorará muchísimo más su situación. Otero meneó ligeramente la cabeza de un lado a otro como si estuviera sopesando los pros y los contras de la petición de Gamay. Maldito sea! gritó Gamay, avanzando y dándole una bofetada. Aquí hay personas que lo matarían por lo que ha hecho. Yo les he dicho que no era necesario, que no estaba bien. Cogió el ordenador portátil equipado con wi-fi que tenía el ingeniero jefe y se

lo dio. Otero lo miró pero no hizo nada. Te dije que era despreciable dijo Leilani. El jefe pasó por delante de esta con cara de enfado y se acercó a Gamay. Ya lo ha intentado a su manera. Ahora déjeme intentarlo a la mía. Se alzó por encima de Otero. Abre las puñeteras puertas o te daré una paliza que ni te acordarás de cómo te llamas. Otero retrocedió un poco, pero a Gamay le pareció menos asustado de lo que debería, considerando la figura del ingeniero jefe. Tardó un segundo en comprender el porqué. Detrás de ellos sonó el inconfundible ruido de una pistola que estaba siendo amartillada, y a Gamay se le paralizó el corazón. Me temo que no habrá ninguna paliza dijo Leilani detrás de ellos. Gamay se volvió con cautela. La joven sostenía una pistola distinta de la que Kurt le había quitado. Gracias por dejarme atrás comentó. Me estaba preguntando cómo sorprenderlos a los dos al mismo tiempo. Paul y Marchetti esperaban ante la puerta principal de la sala de máquinas. Se les estaba acabando el tiempo. Treinta segundos dijo Marchetti. Más o menos. Paul trataba de controlar la respiración. Sin duda había consumido mucho aire mientras combatía el fuego, y esperaba contrarrestarlo permaneciendo tranquilo. De un momento a otro expresó Marchetti en voz alta. A Paul le preocupaba que no hubieran tenido noticias del puente de mando desde hacía varios minutos. Las últimas veces que había respirado, el aire estaba terriblemente viciado. Su instinto le dictaba que se quitara la máscara que lo estaba asfixiando. Por supuesto, sabía que eso no le convenía; los gases tóxicos del fuego eran mucho peores que el aire viciado. Pero en el momento menos pensado el aire desaparecería por completo. Hay alguien ahí? gritó Marchetti. Empezó a aporrear la puerta. Reserve el aire le advirtió Paul. Algo va mal dijo Marchetti. Golpeó la puerta con el puño hasta que la señal luminosa del panel lateral pasó del rojo al amarillo. Alrededor de ellos, se oy ó el sonido de unos ventiladores girando y el ruido de unas salidas de ventilación abriéndose. O puede que no dijo Marchetti, con cara de satisfacción. El humo, el vapor y los gases empezaron a flotar hacia arriba, extraídos del compartimento por el sistema, y el indicador situado junto a la puerta pasó al

color verde. Un momento más tarde, el pomo de la puerta giró y la ventanilla se entreabrió emitiendo un susurro al mismo tiempo que el aire caliente de la sala de máquinas era expulsado. Al instante de euforia le siguió un golpe devastador. Al otro lado de la puerta, Gamay y siete miembros de la tripulación, incluido el ingeniero jefe, se hallaban arrodillados con las manos en la nuca. Justo detrás de ellos, empuñando una combinación de rifles y ametralladoras de cañón corto parecidas a las Uzi, había otros dos tripulantes, junto con Otero: Matson y nada menos que Leilani Tanner. Supongo que ya sabemos quién es el saboteador señaló Paul. No eres la hermana de Kimo, verdad? Me llamo Zarrina dijo ella. Haced lo que os mande y no tendré que mataros.

31 Tumbado otra vez en la arena, Kurt escudriñaba a través de la creciente oscuridad el lecho de un lago seco en el suelo del desierto. A ochocientos metros de la pareja se hallaban los dos extraños aviones a reacción que habían pasado por encima de ellos y una tercera aeronave del mismo tipo que ninguno de ambos habían visto acercarse. Los tres aparatos permanecían en silencio en el lado derecho de lo que hacía las veces de pista de aterrizaje. Kurt sacó del bolsillo de su pechera los prismáticos compactos que le había quitado al guardia muerto que y acía en el fondo del pozo. Quitó la arena de las lentes y se los acercó a los ojos. Tenías razón dijo. No es precisamente el aeropuerto JFK. Parece más bien la base aérea Edwards de California. El lecho de un lago seco como pista de aterrizaje afirmó Joe. Pero qué demonios hacen allí abajo? Kurt observó cómo los hombres de Jinn salían en tropel de unos agujeros en el suelo como hormigas furiosas. Rodearon corriendo los tres aviones de manera desordenada. Cerca de allí, un grupo de camiones avanzaban lentamente expulsando humo negro por sus tubos de escape. Un trío de carretillas elevadoras parecía estar almacenando grandes cargamentos de material, y un camión cisterna estaba saliendo de un túnel en la pared de roca, moviéndose a paso de tortuga. La comparación con un laboratorio de hormigas que Joe había propuesto parecía más acertada cada minuto que pasaba. Deben de tener rampas y túneles por todas partes dijo Kurt, observando cómo los hombres aparecían de la nada y desaparecían con la misma rapidez. Puedes ver qué están trayendo? preguntó Joe. Kurt vio que unas anchas puertas de carga situadas en la cola del avión se abrían, pero no salía nada de ellas. No han venido a dejar nada dijo Kurt. Están recogiendo. Los pilotos están hablando con una especie de jefe de carga. Así que hoy es del día del traslado. O el día D añadió Kurt. Puedes ver los números de cola de los aviones? preguntó Joe. Eso nos

ay udaría. Mientras el sol se ponía y oscurecía rápidamente, Kurt enfocó con el zoom el avión más cercano y entornó los ojos. Colas blancas dijo. No hay marcas de ninguna clase. Pero estoy convencido de que son de fabricación rusa. Distingues el modelo? Creo que están modificados. Tienen el tren de aterrizaje principal con seis ruedas de un An-70, una gran rampa de cola como la de un C-130 u otro vehículo de transporte militar, pero la forma es de otro modelo. Casi parecen De repente Kurt cayó en la cuenta. Había visto el extraño avión hacía dos veranos, apagando fuegos en Portugal. Son Altair modificados aseguró. Modelo Beriev Be-200. Son hidroaviones a reacción. Aterrizan sobre el agua, recogen cinco mil litros de líquido, despegan y lo descargan sobre un incendio. Joe se quedó todavía más desconcertado al oír la noticia. Para qué querría Jinn un avión cisterna que aterriza en el agua? Aquí no hay muchas cosas que puedan incendiarse, y si las hubiera, tampoco hay mucha agua para apagarlas. Mientras Kurt observaba cómo el camión cisterna se acercaba al primer avión, de pronto entendió que ocurría. Así es cómo llevan los microbots al mar comentó. En los depósitos de agua dijo Joe. Kurt asintió con la cabeza. Ahora mismo hay un camión cisterna conectado a uno de los aviones, pero a menos que alguien se haya equivocado al colocar la abertura del combustible, no están bombeando Jet A ni JP-4. Entonces no van a provocar ninguna inundación desde aquí ni a escapar señaló Joe. Qué hay de la maqueta de la presa? Kurt pasó los prismáticos a Joe. Echa un vistazo al lado de la fila de camiones. Joe se acercó los prismáticos a la cara. Veo bidones amarillos encima de paletas. Te suena? Joe asintió con la cabeza. Enfocó hacia el avión. No veo que ninguno de los camiones suba a los aviones. Yo diría que están cargando armas y munición en el que se encuentra más cerca, y creo ver un par de Zodiac como las que usan los equipos de operaciones especiales de la marina en la zona de almacenamiento. Parece que nuestros amigos se dirigen a algún sitio un poco más húmedo conjeturó Kurt. Lo que no es mala idea. Joe le devolvió los prismáticos.

A ver si puedes localizar una fuente de agua en alguna parte. Lo siento, socio dijo Kurt. Creo que acabamos de escapar de la única fuente de agua de las inmediaciones. Y no funciona. Como en el centro comercial señaló Joe, tratando de aclararse la garganta del polvo y de la arena que habían aspirado. Kurt hizo todo lo posible por no pensar en la sed que tenía ni en la sensación de sequedad que notaba en el fondo de la garganta. Me extraña dijo Kurt. A lo mejor estamos intentando unir los puntos erróneos. Tal vez la maqueta de la presa que destruyeron no tiene nada que ver con el diagrama de las corrientes que viste en la sala de proy ectos ni con lo que está pasando en el océano Índico. Dos objetivos distintos? Kurt asintió con la cabeza. Dos medios de transporte. Dos formas diferentes de transportar los microbots. A lo mejor tienen dos operaciones distintas en marcha. Hemos subestimado a nuestro amiguito maníaco? Es posible respondió Kurt. Qué quieres hacer? Mi idea inicial era tomar un avión y largarnos de aquí dijo Kurt, pero ahora que podemos elegir nuestro medio de transporte, qué prefieres, camiones o aviones? Camiones respondió Joe. De verdad? exclamó Kurt, sorprendido. Los aviones son más rápidos. Y los dos sabemos algo sobre pilotar. No esos trastos. Son todos iguales insistió Kurt. Joe frunció los labios. Alguna vez has calculado en cuántos líos nos ha metido tu eterno optimismo? preguntó frunciendo aún los labios. No son todos iguales. Y aunque lo fueran, qué vas a hacer cuando tengas el control del avión? Estamos en Oriente Medio. Aquí los aviones que cruzan fronteras sin permiso no duran mucho. Los saudíes, los israelíes, la Séptima Flota, cualquiera de ellos podría derribarnos antes de que nos diera tiempo a explicar por qué hemos invadido su zona de exclusión aérea. Kurt detestaba reconocerlo, pero Joe tenía razón. Además añadió este, esos aviones podrían acabar en un sitio peor. Los camiones, en cambio, tienen que seguir un camino frecuentado y no alejarse de la civilización. Hay muchas carreteras y muchos sitios a los que un camión puede ir desde aquí. Yo digo que subamos a uno. En la parte de atrás? dijo Kurt. Con diez mil millones de maquinitas devoradoras?

Joe cogió los prismáticos y enfocó con ellos los bidones que había junto a la hilera de remolques cubiertos. Por la forma en que los hombres de Jinn mantienen las distancias, creo que tienen cierta idea de lo que hay en los bidones. Eso juega a nuestro favor. Los mantendrá lejos y reducirá las posibilidades de que nos descubran y vuelvan a meternos en el pozo. Kurt permaneció callado. Y añadió Joe, tal vez intuyendo que la victoria estaba cerca si nos descubren en los camiones, podemos saltar y huir. Es bastante difícil hacer eso desde diez mil metros de altura. Kurt no recordaba una ocasión en la que Joe hubiera expuesto unos argumentos tan convincentes. Me has convencido. De verdad? Cuando tienes razón, tienes razón dijo, quitándose el polvo del uniforme y alisándolo. Y en este caso tienes toda la razón, amigo mío. Joe devolvió los prismáticos a Kurt, muy satisfecho consigo mismo. Intentó conseguir que su uniforme luciera también más presentable. Vamos? Kurt se guardó los prismáticos en el bolsillo de la pechera. Vamos. Mientras oscurecía y la noche sin luna se extendía a través del desierto, la operación de carga y mantenimiento de los aviones de fabricación rusa continuó. Para disponer de luz, se recurrió a unos cuantos focos temporales y a las luces largas de varios Jeep y Humvee aparcados. La extraña organización permitió a Kurt y a Joe acercarse con sigilo al área de almacenamiento mientras los hombres de la zona iluminada estaban prácticamente ciegos a la oscuridad del desierto. Al llegar a la zona de operaciones, Kurt y Joe se colocaron las kufiyas para cubrirse la cabeza y parte del rostro. Al margen de estar sucios y desaliñados, sus uniformes coincidían con los de los hombres que se ocupaban de la carga. Coge algo susurró Joe, levantando una pequeña caja de material. Cualquiera que lleve algo y camine con paso enérgico da una imagen de seriedad. Kurt lo imitó, y los dos fueron directos a la zona de almacenamiento principal sin que nadie los mirara dos veces. Empezaron a orientarse, tratando de no llamar la atención. Kurt vio la hilera de bidones amarillos. Solo quedaba una docena de unos sesenta. Señaló con el dedo, y los dos hombres fueron en esa dirección. A medida que se acercaban, alguien empezó a gritarles en árabe.

Kurt se volvió y vio al hombre con barba llamado Sabah junto a la fila de camiones. Reconoció algunas de las palabras pronunciadas, algo sobre trabajadores perezosos. Sabah señaló y volvió a gritar, y movió las manos con expresión severa. Parecía estar apuntando a una carretilla elevadora parada. Kurt levantó la mano en señal de respuesta y echó a andar hacia ella. Creo que quiere que la conduzcamos. Joe lo siguió. Sabes conducir uno de esos trastos? Lo he visto hacer en un par ocasiones. No creo que resulte demasiado difícil. Joe se arredró pero siguió a Kurt, que se dirigía hacia la carretilla gris y naranja. Se quedó esperando mientras este subía a la máquina de cuatro ruedas y trataba de familiarizarse con los mandos. Sabah empezó a gritar otra vez. Más vale que al menos arranques el motor susurró. Kurt encontró la llave y la giró, y el motor se encendió rugiendo. Sube dijo. Joe trepó al lateral de la carretilla elevadora y se agarró con fuerza como un bombero en un antiguo camión con escalera. Kurt encontró el embrague y la palanca de cambios. La máquina tenía tres marchas: primera, segunda y marcha atrás. Pisó el embrague, metió la primera y dio gas. No pasó nada. No nos movemos susurró Joe. Ya me he dado cuenta. Kurt soltó un poco el embrague y pisó más fuerte el acelerador. El motor aceleró, las marchas engranaron y la gran máquina avanzó dando tumbos como un coche de autoescuela en manos de un alumno suspendido tres veces seguidas. Está tirado dijo Joe. Eso creía yo contestó Kurt. Sabah movía las manos impacientemente, indicándoles que fueran hacia el montón de bidones amarillos, cada uno de los cuales reposaba en su propia paleta. Kurt giró en esa dirección. Más adelante, otra carretilla elevadora estaba levantando una paleta que sostenía un bidón amarillo. Mientras la máquina lo alzaba, un segundo obrero lo amarraba a la plataforma de carga con un cable metálico. Al parecer, nadie quería derramar ni una gota del contenido de esos bidones. La carretilla elevadora dio marcha atrás y se alejó con el obrero agarrado todavía a la parte delantera.

Ese es tu trabajo dijo Kurt. Genial. Será mejor que busques un cable. Joe descubrió uno enganchado al resguardo del techo de la carretilla. Lo desprendió y saltó al suelo del desierto. Mientras Joe se dirigía lentamente a los bidones amarillos, Kurt se esforzó por conducir la gran máquina. Se puso en la fila y avanzó. Cogió el mando y se dispuso a bajar las horquillas, pero estas se movieron en el sentido contrario al que él recordaba. Las horquillas se elevaron y amenazaron con perforar el bidón. Pisó el freno, y la carretilla se paró en seco. Mientras bajaba la horquilla, Kurt vio a Joe. Tenía los ojos muy abiertos. A Kurt no le extrañó. Cuando las horquillas estuvieron a la altura y el ángulo correctos, hizo avanzar muy lentamente la máquina y recogió la paleta. Joe se acercó, ató bien el bidón y le hizo un gesto de aprobación con el pulgar. Kurt retrocedió y giró con gran cautela. Al volver a avanzar, descubrió que la máquina estaba mucho mejor equilibrada con Joe y el bidón amarillo añadiendo peso al morro. Se dirigió despacio a la fila de camiones, siguiendo el rastro de otra carretilla elevadora. Había cinco camiones en total. Tenían la caja plana y una lona extendida sobre la parte superior de las costillas metálicas. Parecía que el primer camión se encontraba lleno y que le estaban atando la lona. A los otros todavía les faltaba parte de la carga. Sabah señaló el último camión de la fila, y Kurt se dirigió hacia él. Se alineó con el parachoques trasero y levantó las horquillas. Cuando la carretilla estuvo nivelada con la caja del camión, Joe desató el bidón, lo movió con cuidado hacia delante y deslizó la paleta entera sobre unas ruedecillas en la caja del camión. Moviéndose de esa forma, la colocó deslizándola y la ató como los otros bidones. Una vez hecho el trabajo, Joe volvió a subirse al lateral de la carretilla elevadora. Te das cuenta de que esto podría considerarse colaborar y ser cómplice del enemigo? dijo mientras Kurt giraba la carretilla hacia la zona de almacenamiento. Podemos no incluir esto en el informe propuso Kurt. Una simple omisión. Una gran idea. Le podría pasar a cualquiera. Exacto asintió Kurt. Cuando carguemos el último bidón, quédate en la caja del camión. Yo aparcaré este trasto y me reuniré contigo cuando nadie esté mirando. Se antojaba un buen plan y parecía estar dando resultado. Hasta que estuvieron casi listos para ponerlo en práctica.

Mientras esperaban para coger el último bidón, Jinn y varios de sus hombres salieron del túnel. Sabah levantó una mano como un guardia de tráfico, y toda actividad se interrumpió mientras iba a hablar con su amo. Kurt apagó el motor, con la esperanza de oírlos. Otro grupo de hombres se reunió con Jinn. La joven que Kurt sospechaba era la auténtica Leilani se encontraba con ellos. Vas a llevarla con nosotros? preguntó Sabah. Sí contestó Jinn. Este recinto y a no es seguro. Me pondré en contacto con Xhou dijo Sabah. Los chinos son traidores, pero siempre prefieren guardar las apariencias. Por eso envió a Mustafá. Redoblará sus esfuerzos y nos facilitará más fondos. No supondrá un problema hasta que se haya recuperado del dolor de este fracaso. Y nos dará suficiente tiempo para hacernos con todo el control. No me preocupan los chinos repuso Jinn. El estadounidense tenía razón. Su gobierno actuará de forma más agresiva. Ya no les importan las fronteras. Aquí no estamos a salvo. Ya veremos dijo Sabah. Necesito un nuevo cuartel general insistió Jinn, uno del que ellos no sospechen. Y debo seguir trabajando para garantizar que nuestro plan se pone en marcha, unos esfuerzos que no puedo hacer desde aquí. Señaló a la mujer. Mantenla apartada hasta que la carga haya terminado. Luego métela en el tercer avión, lejos de los hombres. No quiero que estén cerca de ella. Habría que vigilarla recomendó Sabah. Su voluntad está vencida afirmó Jinn. Pronto hará lo que le mande, pero si tienes que vigilarla, ponle dos guardias, no más. Y adviérteles, Sabah, que si le tocan un pelo, los clavaré al suelo y les prenderé fuego. Sabah asintió con la cabeza. Escogió a dos hombres para que condujeran a Leilani hacia uno de los aviones. Cuando se la llevaron a rastras, Kurt y Joe intercambiaron una mirada. Kurt volvió a arrancar el motor y giró en silencio hacia el último bidón amarillo. Lo recogió con destreza; a esas alturas y a era un experto. Joe lo sujetó bien y volvió a subirse a bordo de la carretilla. Sé lo que estás pensando dijo Joe. No intentes convencerme de que no lo haga. No lo haría aunque pudiera contestó Joe. Pero alguien tiene que averiguar adónde van esos bidones y avisar a quien van dirigidos. De esa forma, no nos lo jugaremos todo a una carta. Llegaron al camión. Kurt cogió la palanca de la horquilla y empezó a elevar el bidón.

En cuanto llegues a la civilización, ponte en contacto con Dirk. Tenemos que avisar a Paul y a Gamay de que hay un topo entre ellos. Joe asintió con la cabeza. Cuando rescates a la chica, lárgate de este avispero. No intentes abarcar más de lo debido. El bidón había llegado al nivel de la caja del camión y de las ruedecillas. Avispero? Creía que habías dicho que esto era la guarida de un león. Los leones no vuelan adujo Joe. Cuando estás en el aire, es un avispero. Le estás cogiendo el tranquillo. Los dos hombres se miraron fijamente un instante, dos amigos que se habían sacado el uno al otro de incontables apuros. Separarse iba en contra de lo que les dictaban sus corazones. «Luchar juntos, sobrevivir juntos», solían decir. Pero en ese caso supondría abandonar a una joven a un destino terrible o reducir a la mitad sus posibilidades de avisar al mundo y a sus amigos del peligro que se cernía sobre ellos. Había demasiado en juego. Estás seguro de esto? preguntó Joe. Tú toma la carretera de abajo y yo tomaré la de arriba dijo Kurt, y llegaré a la civilización antes que tú. Define «civilización» le pidió Joe, desatando el bidón y deslizándolo hacia delante. Algún sitio donde nadie intente matarnos y donde puedas comprar una Coca-Cola helada si te apetece. El último en llegar invita a todo el equipo a cenar en Citronelle. Joe asintió con la cabeza, pensando seguramente en el menú y en el ambiente del prestigioso restaurante de Washington. Te tomo la palabra dijo, atando el último bidón. Kurt lo observaba, experimentando una mezcla de preocupación y alivio. Los camiones no estaban diseñados para viajar a través del desierto; tenían que circular por las carreteras. E incluso en un país como Yemen, no tardarían en llegar a una zona civilizada. Con suerte, Joe estaría apagando su sed y hablando por teléfono con la NUMA antes de que amaneciera. Kurt sabía que sus perspectivas eran más inciertas. Joe cogió una lona para tapar la parte trasera del camión. Lanzó una mirada a Kurt. Ve con Dios, amigo mío. Tú también dijo Kurt. La lona descendió, Joe desapareció, y Kurt dio marcha atrás a la carretilla elevadora y giró hacia la zona de almacenamiento sin mirar atrás. Lo único que tenía que hacer era averiguar en qué avión estaba Leilani y subir a bordo sin que lo descubrieran.

32 Joe Zavala se había escondido agachándose en la parte más avanzada de la caja del camión, entre los bidones amarillos y la pared frontal. Nadie lo había visto. Aparte de mirar de forma somera desde el extremo posterior del camión para contar los bidones, nadie había hecho una inspección. Una vez que habían dado cuenta de todo, habían atado la lona. Las puertas de la parte delantera se habían abierto y se habían cerrado de un portazo, y el gran camión había arrancado. Al poco rato cruzaban el desierto con gran estruendo. Joe había examinado sigilosamente los alrededores a intervalos regulares. No había visto más que oscuridad, arena y los otros camiones del convoy. Se preguntaba adónde se dirigían. Después de cuatro horas, por fin empezaron a reducir la velocidad. Espero que estemos a punto de llegar a un área de descanso murmuró Joe para sí. Echó una mirada furtiva por debajo de la lona, pero no vio ninguna señal de civilización. Finalmente, el camión paró, aunque el motor siguió al ralentí. Joe se preguntó si debía intentar fugarse. Lo cierto era que no había considerado saltar del camión mientras cruzaba el desierto porque no tenía ni idea de dónde estaban y, al no disponer de agua, no quería ir otra vez a pie. Por lo menos hasta que hubiera un sitio al que ir. Consideró huir, pero un segundo problema había agravado el primero. El camión había acabado al principio del convoy. Los otros camiones se hallaban detrás de él con las luces resplandeciendo en la oscuridad. Moverse en ese momento sería como saltar por encima del muro de una cárcel a plena luz del día. Tenía que esperar y confiar en que se le presentara una oportunidad mejor. De la oscuridad brotaron gritos y órdenes. El gran vehículo dio bandazos al volver a arrancar y empezó a avanzar muy lentamente. Pasó por encima de algo parecido a un bordillo, y el remolque giró y viró cuando las ruedas atravesaron el objeto. Los bidones amarillos se sacudieron de un lado a otro. Joe alargó una mano para estabilizar el que tenía más cerca. Despacito con los badenes susurró. Entonces el morro del camión se inclinó hacia abajo como si estuviera descendiendo por una rampa. Los bidones tiraron hacia delante de las correas

que los sujetaban y se deslizaron en dirección a Joe. Su sensación de inquietud aumentó. Se nivelaron después de recorrer menos de cinco metros, y los vehículos continuaron avanzando en un terreno mucho más llano. Finalmente volvieron a parar. El conductor y el pasajero salieron del camión dando sendos portazos. Las luces del segundo camión se acercaron y fueron atravesando la lona a medida que se aproximaban. Mientras Joe escuchaba el sonido del motor y de unas voces que gritaban, detectó un eco. Reparó en el suelo llano que había debajo de ellos, después de dar botes por la carretera del desierto durante una eternidad, y en el hecho de que el motor del camión había sido apagado por primera vez. Estaba en un almacén, se dijo. Eso significaba que había llegado a la civilización: ordenadores, líneas telefónicas y agua corriente. Tal vez incluso una máquina expendedora de Coca- Cola en una sala de descanso. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando las luces del siguiente camión se acercaron lentamente a escasa distancia y luego se apagaron, tuvo la certeza de ello. Solo tenía que esperar a que todos los camiones estuvieran aparcados y con las luces apagadas durante la noche, y entonces podría salir sin que lo vieran. El olor a gases de diésel se intensificó mientras los otros camiones maniobraban de acá para allá en lo que debía de ser un espacio muy reducido. Por fin el último motor se apagó. Joe oyó más conversaciones. Vamos, todo el mundo se ha ido susurró. Ya debe de ser la hora de la cerveza. Unas voces resonaron a través de la oscuridad durante un rato, pero se estaban alejando poco a poco. Sonó el retumbo de unas puertas pesadas cerrándose, y el silencio que lo siguió indicó a Joe que debía de estar solo. Decidió ser extremadamente cuidadoso y esperó sin hacer ruido. Después de varios minutos, consideró que podía moverse sin peligro. Si había guardias, probablemente estarían apostados donde pudieran impedir la entrada al almacén, no la salida. Joe pasó por delante de los otros bidones hacia la parte trasera de la caja del camión. Pensó que Kurt debería haber ido con él. Dentro de unos minutos se habría librado de sus problemas y estaría llamando por teléfono a la NUMA. Una vez hecho eso, podrían transmitir una descripción de los Be-200 al ejército, un barrido por satélite identificaría los aviones, y las fuerzas especiales serían avisadas. Leilani Tanner tendría muchas más posibilidades de ser rescatada por ellos que contando solo con Kurt y la pistola de nueve milímetros que le había quitado al guardia. Pero de esa forma Joe sería el responsable de salvarlos a los dos. Le alegraba

disponer de esa oportunidad, y estaba deseando tener la satisfacción de que Kurt pagara la cuenta en Citronelle y reconociera así que Joe lo había salvado. Llegó a la puerta trasera de la caja. Levantó un poco la lona y se asomó. El almacén estaba muy oscuro. Solo podía ver el morro del otro camión pegado al parachoques trasero del suyo. Bonita forma de aparcar, pensó. Volvió a prestar atención por si oía señales de que había problemas. Podía oír algo. Sonaba como un rugido lejano; como si hubiera otro camión detrás de los muros. O incluso el motor diésel de un tren de mercancías a lo lejos. Los trenes implicaban vías y las vías llevaban a sitios. Se sorprendió entusiasmándose por momentos. Desató la solapa trasera, deslizó las piernas por encima del borde y bajó al suelo. Al girar de lado para pasar entre los dos camiones, le invadió una extraña sensación, como de mareo o de vértigo. Tal vez había estado sentado demasiado tiempo. Tal vez la falta de agua había empezado a afectar su equilibrio. Con el espacio justo para andar entre las hileras de vehículos, Joe se dirigió al final de las filas y lo que supuso era la puerta por la que habían entrado. El vértigo volvió a sobrevenirle y notó que las rodillas le fallaban. Empezó a temer que unos microbots hubieran salido de los bidones y se le hubieran metido en los oídos. Era lo malo de las cosas tan pequeñas que no se veían: que uno nunca sabía dónde estaban. Un bastoncillo de algodón masculló, frotándose la oreja, mi reino por un bastoncillo de algodón. Recuperó el equilibrio y dio otro paso. Esa vez la sensación apareció con más rapidez, más intensa y más regular. Joe la notó en las piernas y en el cuello como si lo estuvieran empujando de un lado a otro. Oy ó un crujido. Permaneció lo más quieto posible. La sensación se repitió una vez más. No eran imaginaciones suyas. No era vértigo. Ni siquiera eran los robots, haciéndole perder el equilibrio. La sensación era real y muy familiar. El corazón empezó a latirle con fuerza. Se movió más rápidamente, pasando entre los camiones, los pies resbalándole a través del suelo metálico. Cuando llegó a la puerta de acero situada al final de las hileras de vehículos, notó que el suelo se movía bajo sus pies siguiendo una pauta que se repetía lentamente, fluida y uniforme, arriba y abajo. El sonido de una sirena de niebla mucho más arriba confirmó lo que Joe y a sabía. Estaba en algún tipo de embarcación, no en un almacén. La extraña sensación que notaba bajo sus pies la provocaba la cubierta en movimiento de lo que debía de ser un buque de mercancías dejando atrás un rompeolas y adentrándose oblicuamente en las olas. La cubierta subía y bajaba y también se inclinaba y giraba. Los movimientos

no eran pronunciados, lo justo para zarandearlo en la oscuridad, pero ya le resultaban inconfundibles. Joe encontró el cerrojo de la puerta trasera. Estaba bien cerrado. Recordó cómo había alardeado delante de Kurt. «Hay muchas carreteras y muchos sitios a los que un camión puede ir desde aquí». Sí, pensó. A menos que metas el camión en un barco. Entonces puede ir prácticamente a cualquier parte.

33 Kurt Austin estaba atrapado en el servicio. Se había colado en el avión que transportaba la mayor parte del material y que tenía menos hombres de Jinn pululando a bordo, y se había escondido en el pequeño aseo cerca de la parte delantera del compartimento de carga. Después de beber una docena de tragos de agua recogiéndola con las manos del pequeño grifo, se había subido encima del váter para que nadie pudiera verle los pies. Aguardó y escuchó con las cortinas corridas. Cajas de cartón y grandes montones de material fueron cargados y sujetos con cuerdas. Oyó juramentos cuando algo pesado se cayó y luego las voces de los pilotos cuando subieron por una escalerilla de mano y entraron en la cubierta de vuelo. Al final oy ó unas voces más ásperas dando órdenes a alguien. Una mujer respondió con acento estadounidense: Vale, vale. Dejad de empujarme. Kurt estaba seguro de que se trataba de la mujer del pasillo, la que él creía que era la hermana de Kimo. Por lo menos había elegido el aparato correcto. Minutos más tarde, el avión arrancó. Mientras Kurt se agarraba e intentaba desesperadamente no resbalarse del retrete, el hidroavión rodó hasta la pista de aterrizaje, hizo funcionar los motores a toda potencia y aceleró por el lecho del lago sorprendentemente accidentado. El despegue tardó una eternidad, y Kurt se alegró cuando el avión se elevó finalmente por los aires. A juzgar por el lento ritmo de ascensión y la longitud del recorrido de despegue, el avión debía de estar completamente cargado y lleno de combustible. Eso suponía un viaje largo. En cierto modo, ese detalle jugaba a su favor. Tarde o temprano alguien tendría que ir al servicio. Si era Leilani, dispondría de una oportunidad de hablar con ella. Si era uno de los pilotos, golpearía al hombre con la pistola en la cabeza y se haría con el control del avión. Si era uno de los guardias de Leilani, sería lo último que hiciera ese hombre. Al final, el primero en sentir la llamada fue uno de los guardias de Leilani. Cuando llevaban dos horas de vuelo, Kurt oy ó el ruido sordo de las botas del hombre avanzando hacia él desde la parte trasera del avión. Guardó la pistola, sacó el cuchillo y se pegó lo máximo posible a un lado, en un espacio de las

dimensiones de un armario. El hombre cogió la cortina, la apartó de un tirón pero no entró. Kurt tenía el cuchillo listo para atacar, pero el tipo estaba mirando por el pasillo del avión, contando un chiste a gritos a su compañero y riéndose de sus palabras a la vez que hablaba. Finalmente, se volvió y entró. Kurt lo agarró, le rodeó la cara con una mano y le tapó la boca con ella al tiempo que le clavaba el cuchillo por la espalda justo debajo de la nuca. Rota la columna vertebral, el hombre se quedó sin fuerzas. Kurt lo sujetó y lo volvió, manteniéndole la boca tapada hasta que comprobó que no seguía respirando. Sentó con cuidado al hombre en el asiento del retrete y lo miró fijamente a los ojos. Habían perdido el brillo. Sacó el cuchillo. El hombre no reaccionó. Kurt odiaba matar, pero allí no había lugar para la compasión. Solo un bando saldría con vida del avión: o los hombres de Jinn o Leilani y él. Kurt reconoció al matón como el que había conducido el vehículo que los había arrastrado a Joe y a él por el desierto, y se sintió un poco menos culpable. La siguiente fase del plan era más complicada. En primer lugar, había sangre por todas partes. Kurt empleó el pañuelo que el guardia llevaba en la cabeza para detener el flujo y lo recostó con cuidado contra el mamparo, encajándolo en el espacio. Evaluó al hombre y le pareció más o menos de su misma estatura y talle. Además, llevaban uniformes parecidos, pero había una diferencia manifiesta entre ambos: el matón tenía el cabello moreno y ralo, mientras que el de Kurt era tupido y de color gris. Como no disponía de muchas más opciones, decidió mojarse el pelo y pegárselo a la cabeza. El avión estaba oscuro, hacía frío y había un ruido tremendo. Quién sospecharía encontrar problemas a diez mil metros de altura? Supuso que el otro tipo había visto a su amigo dirigirse a la parte delantera. Tendría que mirar muy atentamente para no ver a su colega volver minutos más tarde. Kurt descorrió la cortina y se preparó para poner en práctica su estratagema. Por si acaso, sostenía el cuchillo oculto en la mano. Salió del servicio y regresó con paso seguro hacia Leilani y el guardia que quedaba. Fue más fácil de lo que pensaba. La bodega estaba llena de material. Por lo menos había dos de los botes hinchables que había visto y, más inquietante aún, estantes con lo que parecían misiles tierra-aire de mano. Pero el desorden reinante solo dejaba un pequeño espacio para los pasajeros. Leilani y el guardia estaban sentados el uno enfrente del otro en unos asientos plegables sujetos a las paredes del avión. El guardia no le dedicó más que una mirada muy superficial. A continuación

se recostó contra el reposacabezas situado a un lado del avión y cerró los ojos. Leilani también tenía los ojos cerrados. Después de todo, estaban en mitad de la noche, y a pesar de la presurización del compartimento de carga, el aire seguía estando enrarecido y seco, muy posiblemente adaptado a una altitud de tres mil metros más o menos. Ese tipo de aire podía adormecer a las personas, aunque fuera prácticamente imposible dormir en esas condiciones. Kurt se sentó a treinta centímetros del guardia, justo enfrente de Leilani. Cambió el cuchillo por la pistola una vez más y estiró el pie para darle un golpecito. Ella abrió los ojos y lo vio llevándose un dedo a los labios. Lo único que Kurt recordaba haber oído decir a Kimo sobre su hermana era que trabajaba con chicos sordos. Kurt conocía el lenguaje por señas estadounidense. O por lo menos lo había conocido en otra época. Haciendo un gran esfuerzo, dijo por señas: «Soy un amigo», confiando en no haberse equivocado en la última palabra y haber dicho que era un «enemigo». Leilani se quedó perpleja, pero había en sus ojos una mirada esperanzada. Por si había metido la pata con la frase entera, le indicó por señas algo que ella seguro entendería: N U M A. Los ojos de la joven se abrieron mucho, y Kurt volvió a llevarse un dedo a los labios. Señaló con la cabeza al guardia, sacó la pistola del bolsillo y la amartilló. Los ojos del hombre se abrieron al oír el sonido. No te muevas dijo Kurt. Mientras sostenía la pistola con la mano derecha, cogió la pistola del guardia con la otra. El tipo no se inmutó. Kurt apuntó hacia la parte trasera del avión. Cuando el guardia miró en esa dirección, Kurt le golpeó en un lado de la cabeza con la pistola. El hombre se cay ó como un saco de harina, pero no quedó inconsciente. Un segundo golpe lo dejó fuera de combate. Cuando despertó, estaba atado, amordazado y sujeto a las tablas de uno de los botes situados cerca de la cola del avión. Mientras Kurt terminaba de atarlo, Leilani le preguntó. Quién es usted? Kurt sonrió. No sabes cuánto me alegro de que no lo sepas. Por supuesto, ella no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, pero Kurt ya no se fiaría de nadie que supiera quién era él antes de haberse presentado. Me llamo Kurt Austin dijo. Conocía a tu hermano. Soy de la NUMA. Estamos intentando averiguar lo ocurrido en el catamarán.

Lo habéis encontrado? Kurt negó con la cabeza. No respondió. Lo siento. Ella contuvo una oleada de emoción y respiró hondo poco a poco. Nunca creí que pudieran encontrarlo dijo en voz baja. Casi podía sentir que había muerto. Pero la búsqueda nos ha llevado hasta Jinn y, por casualidad, hasta ti señaló. Leilani miró con nerviosismo hacia la puerta de la cabina. No te preocupes, es probable que tarden en volver afirmó Kurt. Y si volvieran, solo te verían a ti y a uno de tus centinelas. La muchacha pareció aceptar su respuesta. Cuándo te atraparon esos tipos? preguntó él. En Malé. Tan pronto me registré en el hotel dijo ella. Al rememorar el incidente, un estremecimiento de miedo pareció recorrer el cuerpo de la joven, pero consiguió controlarlo. Le di a uno una patada en los dientes dijo orgullosa de sí misma. Ese tipo estará comiendo sopa durante semanas. Pero los otros me derribaron. Era muy enérgica, pero muy distinta de cómo la había representado Zarrina. Era menos sofisticada; su actitud estaba más acorde con la de una chica de veinticinco años. Kurt deseó haberla visto antes. Me desperté en el desierto añadió. No podía escapar. Ni siquiera sabía dónde estaba. Me interrogaron y me lo sacaron todo: contraseñas, números de teléfono, cuentas corrientes Me quitaron el pasaporte y el carnet de conducir. Todo eso explicaba cómo la impostora sabía tantas cosas y por qué la embajada estadounidense había confirmado a la NUMA que Leilani Tanner estaba en Malé. No tienes por qué sentirte mal dijo él. No eres una agente experimentada que tenga que resistirse a un interrogatorio. Además, algo debes de haber hecho bien porque sigues viva. Ella puso mal semblante. Creo que Jinn me ve como a un caballo que domar comentó. Siempre está tocándome, diciéndome lo bien que estaré con él. Nunca descubrirá lo equivocado que está dijo Kurt. Te voy a sacar de aquí. Del avión? No exactamente señaló él, y acto seguido cambió de tema. Tienes idea de adónde vamos? Suponía que tú lo sabrías dijo ella. Soy una prisionera, recuerdas? Y yo un polizón. Hacemos buena pareja. Kurt se acercó a una de las ventanillas circulares situadas a un lado del avión.

El exterior seguía oscuro, pero al mirar abajo vio una lisa superficie gris con una luz tenue y trémula. Estamos sobre el agua confirmó. La luna ha salido. Se miró la muñeca para consultar la hora. No volvería a intercambiar su reloj como prenda. Tal vez un riñón o la escritura de su cobertizo para botes, pero no su reloj. Al menos sin hacerse con otro por el camino. Por casualidad no sabrás qué hora es, verdad? Leilani negó con la cabeza. Joe y él se habían dirigido a la zona de almacenamiento en torno a las ocho de la tarde. Por lo que él sabía, la carga de los camiones y del avión había llevado un total de tres horas. Después de eso, el avión había estado en tierra otro par de horas, lo que situaba el despegue a eso de la una de la madrugada. Se acercó a la ventanilla de estribor para tratar de ver algo por ese lado. La vista era la misma: solo agua. Existía la ligera posibilidad de que estuvieran sobre el Mediterráneo, y en un par de horas de vuelo habrían cruzado Arabia Saudí, pero, con todo lo que había pasado, Kurt suponía que se dirigían al sur, sobrevolando el océano Índico, con un cargamento de microbots en los tanques situados bajo sus pies. Dos horas y media después de salir de Yemen en un avión a reacción, debían de estar prácticamente justo en medio del océano. Se preguntaba adónde se dirigían y si Jinn tendría una base secreta oculta en una isla desierta. Volvió a observar por la ventanilla y se esforzó por mirar hacia delante hasta donde le alcanzaba la vista, pero solo vio más olas. Leilani contemplaba cómo iba de acá para allá. Qué hacemos ahora? preguntó. Buscar paracaídas? Les he oído decir que tenían unos cuantos. Kurt y a había visto los paracaídas a los que ella se refería. No son para las personas dijo. Están sujetos a los botes para que puedan volar bajo y soltarlos por la parte de atrás sin tener que aterrizar. Se llama sistema de extracción con paracaídas a baja altitud. Ella se mostró confundida. Has visto alguna vez una carrera de coches trucados? Leilani asintió con la cabeza. Él señaló los dos fardos de nailon que había al lado de cada bote. Son paracaídas troncónicos explicó. Se abren por la parte de atrás como los que se usan para reducir la velocidad de los coches trucados de carreras o las lanzaderas espaciales cuando aterrizan. No están hechos exactamente para saltar. Vale dijo ella. Tienes algún otro plan? Él sonrió. Te pareces a otra persona que conozco. Un buen amigo, en realidad.

Está en el avión? preguntó ella, esperanzada. No respondió Kurt. Probablemente ahora esté sentado en la sala de espera de primera clase de Doha, echando un vistazo al menú de Citronelle y salivando de hambre. Ella ladeó la cabeza como la ladearía una niña o un cocker spaniel. Podría ser y o dijo. Pero lo que dices no tiene mucho sentido. Seré más claro le prometió él. No vamos a saltar de este avión, vamos a tomar el mando. Vamos a entrar en la cabina por la fuerza, a ordenar a los pilotos que nos lleven a un sitio seguro y a hacer una reserva para cenar a nombre de Zavala en un restaurante llamado Citronelle en cuanto aterricemos. Sabes pilotarlo? La verdad es que no. Entonces los obligaremos a pilotarlo dijo Leilani, sonriendo, como hacen los secuestradores de aviones. Exacto. La joven miró hacia la parte delantera del avión. No veo ninguna puerta blindada señaló. Solo una escalera de mano. Entrar debería ser fácil. El problema está al otro lado precisó Kurt. Estamos a mucha altitud. El avión está presurizado, y la cabina está cubierta de montones de cristal. Si hay una pelea y una bala perdida atraviesa esos cristales, sufriremos una rápida descompresión. Qué es eso? Una explosión hacia fuera controlada explicó. Básicamente, un gigantesco sonido de succión que acabaría con nosotros volando a través de la ventanilla rota y precipitándonos en caída libre al océano durante aproximadamente diez minutos. Algo bastante agradable comparado con la parada súbita que nos esperaría al fondo. No quiero pasar por eso dijo ella. Yo tampoco contestó él. Si vamos a tomar el mando del avión de forma pacífica, tenemos que aumentar nuestro arsenal. Se dirigió a las paletas de carga seguido de cerca por Leilani, con la esperanza de encontrar algo más letal. Mientras rebuscaba en la primera paleta, el silbido agudo de los motores disminuy ó de velocidad y bajó una octava o dos. A continuación, Kurt experimentó la extraña sensación ligeramente incorpórea de que el avión inclinaba el morro para descender. La sensación era mucho más pronunciada que en un avión de pasajeros normal. Estamos descendiendo dedujo Leilani. Debemos de estar acercándonos dijo Kurt. Será mejor que nos demos prisa.

34 La isla flotante de Aqua-Terra se encontraba bajo una nueva dirección. Mientras Zarrina daba órdenes en el puente de mando, incluso Otero y Matson se sentían presionados. Muchos pisos más abajo, Paul Trout se paseaba por los confines de la cárcel de cinco estrellas de Marchetti, haciendo inventario del entorno. La celda estaba equipada con ventanales del suelo al techo, una suave iluminación empotrada y cómodos colchones con doble acolchado. Incluso tenía un sillón de masaje y una máquina expendedora de zumo. Una máquina de zumo dijo Paul con incredulidad. Buena idea repuso Marchetti desde el sillón de masaje. Yo tomaré un zumo de guay aba y piña, ya que está de pie. Paul miró a su anfitrión. El hombre arqueaba la espalda como un gato que se frota en los muebles mientras los rodillos de shiatsu se movían de arriba abajo por su columna vertebral. Oh, qué gusto murmuró. Sí, justo ahí. Por una parte, a Paul le parecía el colmo del absurdo; por otra, estaba deseando que Marchetti acabara y que llegara su turno. Apagar el fuego le había contracturado la espalda una barbaridad. Sirvió tres vasos de combinado de guayaba y piña y los llevó al otro lado de la estancia. Los colocó entre Marchetti, que seguía emitiendo extraños sonidos de placer, y Gamay, que fruncía el ceño como la directora de un colegio dispuesta a castigar a todos los alumnos. Paul le ofreció un vaso. Ella negó con la cabeza, indignada. Cuando los dos hayáis acabado de disfrutar de vuestro día en el spa, podríamos buscar una forma de escapar. He intentado forzar las ventanas alegó Paul. No se moleste, no podría pasar por ellas aseguró Marchetti. Están diseñadas para resistir un vendaval de fuerza diez. Y las puertas? Se abren con un código desde fuera dijo, cambiando de posición en el sillón. Es imposible acceder al cuadro eléctrico desde aquí dentro. Por si no se ha fijado, ni siquiera tenemos pomo.

Ya me había fijado repuso Gamay. Marchetti se reclinó un poco más en el sillón, y cuando los rodillos empezaron a vibrar, lo sacudieron y confirieron a su voz un extraño sonido en staccato como si alguien le estuviera golpeando al pecho mientras hablaba. Creo que no deberíamos hacer nada dijo. Conservar nuestra energía. Paul vio que el fuego de la furia se encendía en los ojos de Gamay. Se apartó rápidamente cuando ella se lanzó hacia Marchetti y su sillón. Agarró el enchufe y tiró de él. El masaje terminó bruscamente. Marchetti se quedó perplejo. Paul supuso que su sesión quedaba suspendida permanentemente. Más vale que se ponga serio gruñó ella. Esa gente no está jugando. Esa Zarrina ha matado a uno de sus hombres, y quién sabe a cuántos más. Si no salimos de aquí, nos matarán antes de que esto haya acabado. Marchetti miró a Paul en busca de ayuda, pero no recibió ninguna y se volvió de nuevo hacia Gamay. Lo siento dijo finalmente. La negación es mi mecanismo de supervivencia favorito. Cuando tienes muchos millones de dólares, los problemas desaparecen si no les haces caso durante suficiente tiempo. Pues este problema no desaparecerá así como así replicó Gamay. Marchetti asintió con la cabeza. Tiene algún protocolo de seguridad? preguntó Paul. Algún código de emergencia o algún registro de entrada programado para que detecten su ausencia? Marchetti se rascó la cabeza. La verdad es que no dijo, como si lamentara decepcionarlos. Ser demasiado accesible es perjudicial para el personaje de billonario recluido que he estado intentando crear. Cómo dirige sus empresas? inquirió Paul. En cierto modo, se dirigen ellas solas. Y si tiene que dar una orden? quiso saber Gamay. Y si uno de sus empleados debe hacer una gran compra o cerrar un trato o una fusión que solo usted puede autorizar? Le pedía a Matson que lo hiciera. Eso era un problema. Entonces, mientras Matson siga comunicándose con el mundo exterior, nadie se enterará de que usted ha desaparecido dijo Paul, resumiendo la situación. Marchetti asintió con la cabeza. Me temo que sí. Gamay parecía tan desanimada como Paul.

Al menos, hasta que se les ocurra una buena historia sobre su desaparición en una expedición o en otra situación peligrosa. Sí confirmó Marchetti. Estoy empezando a darme cuenta de que ser un recluso tiene sus inconvenientes. Toda clase de inconvenientes apuntó Gamay. Circulaban rumores de que Howard Hughes había muerto antes de su fecha de defunción oficial. Probablemente eran falsos, pero el caso es que se había aislado tanto que nadie lo sabía con seguridad. Usted está en el mismo barco. Y como se le ocurra llamarlo isla, le daré una bofetada. Barco convino él. Y suponiendo que sobrevivamos, prometo volverme una figura mucho más pública de aquí en adelante. Eso estaba muy bien, pensó Paul, pero no iba a servirles de nada en ese momento. Qué cree que han hecho con el resto de los miembros de la tripulación? Un par de ellos parecían estar del lado de Zarrina dijo Gamay. Los otros probablemente estén encerrados como nosotros añadió Marchetti. Hay cinco celdas aquí abajo. Manteniéndonos separados impiden que conspiremos contra ellos señaló Paul. Qué hay de su gente? preguntó Marchetti. Los de Washington. Deben de esperar que ustedes les informen y se pongan en contacto con ellos. Seguro que los echarán en falta. Paul intercambió una mirada de complicidad con su esposa; después de años juntos, sus mentes lograban fundirse de algún modo. No lo bastante rápido. Qué quiere decir? Paul se explicó. Les enviamos datos cada veinticuatro horas. Pero a Zarrina y a Otero no les costará falsificarlos. Ella sabe lo que les hemos estado enviando y lo que ellos buscan. Me imagino que pasará un tiempo hasta que alguien sospeche. Tal vez Dirk nos llame dijo Gamay, esperanzada. No pueden falsificar una conexión de vídeo. No convino Paul. Pero pueden amenazarnos con toda clase de consecuencias desastrosas si intentamos difundir la verdad. Cosa que, por supuesto, intentaremos hacer sin tener en cuenta sus amenazas. Gamay lo miró. Cómo le decimos a Dirk, o a quien nos llame, que tenemos problemas sin que nuestros secuestradores se enteren? Somos rehenes repuso Paul. Dirk ha estado en esta situación varias veces. Podemos dejar caer el nombre de uno de los sitios en los que estuvo o de uno de los criminales que lo retuvo. Eso debería darle que pensar.

Brillante, señor Trout dijo Marchetti. Un código secreto. El Lady Flamborough propuso Gamay. El qué? El Lady Flamborough repitió ella. Era un crucero. El padre de Dirk, el senador, fue tomado como rehén a bordo de él en la Antártida. Dirk tuvo que rescatarlo. Si alguno de nosotros tiene ocasión de hablar con Dirk, debe acatar las órdenes y mantener las apariencias delante de Zarrina y de sus matones. Diremos lo que quieran que digamos. En un momento determinado, Dirk hará una pregunta sobre cómo estamos o el tiempo que hace o algo por el estilo. Solo tenemos que sonreír con despreocupación y decir que todo va estupendamente, como si estuviéramos de crucero en el Lady Flamborough. Es un poco impreciso alegó Marchetti. Y si él no lo capta? Usted no conoce a Dirk Pitt contestó Paul. Él lo captará. De acuerdo convino Marchetti, entusiasmado. Entonces tenemos un plan, suponiendo que Zarrina y los suyos colaboren y les pidan que hablen con este. Y si no es así? Marchetti miró en dirección a Paul. Lo único que el señor Trout pudo ofrecerle a cambio fue una mirada vacía. Dirigió la vista a Gamay, pero tampoco obtuvo nada de ella. Parecía que ninguno de ambos tuviera todavía un plan alternativo. Mientras en sus rostros se instalaban unas expresiones cada vez más ceñudas, Gamay alargó la mano y volvió a enchufar el sillón. El masaje se inició de nuevo. Marchetti se quedó sorprendido. Gamay levantó las manos. Tal vez le ayude a pensar en algo.

35 Kurt Austin había pasado varios minutos rebuscando en la bodega del avión. No había hecho caso a las pistolas, ni a la munición ni a los cohetes que había visto antes, para gran perplejidad de Leilani Tanner. Qué haces? preguntó ella. Un general sabio saquea al enemigo afirmó Kurt. Otra vez repuso Leilani. Tengo serios problemas para entenderte. Sun Tzu explicó Kurt. El arte de la guerra. Ah dijo ella. He oído hablar de él. Kurt sacó de una caja un juego de bridas como las que se usaban para esposar a los prisioneros. Leilani se quedó mirando los lazos de plástico. Los he visto antes. Nuestros amigos tienen pensado tomar más rehenes dijo él, preguntándose de nuevo adónde se dirigían. Se metió un puñado de bridas en el bolsillo y hurgó en las siguientes cajas. Qué más buscamos? Probablemente haya dos o tres hombres en la cabina. Dos pilotos y un ingeniero, si es que tienen uno. A lo mejor incluso hay a un cuarto en la litera de arriba. Pero no podemos dispararles dijo ella. Entonces cómo vamos a luchar contra ellos? No vamos a luchar. Ella lo señaló con el dedo. Lo ves? A eso me refiero, con lo de la confusión. Te estaba siguiendo y de repente pum. Kurt no pudo evitar sonreír. Levantó un dedo, como recordaba haber visto hacer al maestro de Kung fu en la serie. Luchando y conquistando no se alcanza la excelencia dijo. Pero vencer la resistencia del enemigo sin luchar es algo supremo. Sun Tzu, también? Él asintió con la cabeza. Me lo puedes traducir?

Si tienen miedo a moverse, no harán tonterías explicó Kurt. Pero, para conseguirlo, necesitamos algo más mortífero que un cuchillo y más letal que una pistola, algo tan temible que los pilotos hagan lo que les digamos y ni se planteen resistirse. Levantó la tapa de otra caja y sonrió. Una expresión de miedo cruzó el rostro de Leilani. No sé qué decirle dijo. Créeme, esto es exactamente lo que buscamos afirmó él. Oyeron que los alerones se extendían, y el aire turbulento empezó a zarandear el avión. Vamos a aterrizar dijo Leilani. Kurt miró por la ventanilla. El horizonte estaba empezando a resplandecer, y el cielo estaba cambiando de tono. No vio rastro de tierra. Depende de lo que entiendas por aterrizar. A qué te refieres? Esto es un hidroavión dijo él, llamado con más exactitud barco volador. Aterriza sobre el agua. Kurt se debatía entre dos opciones. Por una parte, estaba deseando ponerse en marcha antes de que se acercaran demasiado a donde se dirigían, pero, por otra, sentía una gran curiosidad por saber adónde iban. Recordaba que Jinn había dicho que tenían que trasladarse a un lugar seguro. Sería estupendo que Kurt pudiera informar y facilitar la localización de ese lugar a las autoridades. Sin embargo, pensó en los depósitos de agua que había en la panza del avión y en el cargamento de microbots que sospechaba que transportaban. Le pareció mejor idea ponerse en movimiento antes de que fuera demasiado tarde. Se dirigió a la zona de los asientos, sacó el cuchillo y empezó a trabajar con el artículo que había sacado de la caja. No voy a hacer preguntas dijo Leilani, apartando la vista. Cuando hubo terminado, se metió otra vez el cuchillo en una bota y lo tapó con la pernera del pantalón. A continuación, cogió una de las Luger de nueve milímetros y extrajo el cargador. Descargó rápidamente todas las balas, incluida la de la recámara, y acto seguido volvió a introducir el cargador. Se la dio a Leilani con el seguro quitado. No me gustan las pistolas dijo la muchacha. No pienses en ella como una pistola. Pero es una pistola insistió Leilani. Kurt ya había echado a andar hacia la parte delantera del avión. Sin balas, no lo es. No es más que un farol, y más vale que la empuñes como Harry el Sucio Vio la expresión vaga que apareció en el rostro de la joven y cambió de referente. O como Angelina Jolie, si quieres que crean que

vas a disparar. Pero y o no voy a disparar. Mientras se acercaba a la escalera de mano que subía a la cubierta de vuelo, Kurt confió en que bastara con el farol que él iba a marcarse, porque no creía que Leilani hubiera acabado de entender el concepto. Tú quédate detrás de mí, a mi derecha, y apúntalos con la pistola dijo. Algo más? Sí. Intenta poner cara de mala. Kurt subió por la escalera, que se ladeaba hacia la cubierta de vuelo. Los pilotos volvieron bruscamente la cabeza al oír el alboroto y vieron a Kurt. El comandante gritó. El copiloto alargó la mano para desabrochar su cinturón de seguridad. Kurt les enseñó lo que llevaba. Se pararon en seco, mirando la granada que Kurt sostenía en la mano. Tiró de la anilla de forma exagerada, manteniendo la palanca de seguridad firmemente bajada. Leilani se acercó por detrás de él, apuntando de manera convincente con la pistola vacía. Que nadie se mueva! gruñó. Los pilotos ya se habían quedado quietos, pero Kurt valoró el esfuerzo. Eso es dijo. Supongamos que la señal del cinturón de seguridad está encendida y no pueden moverse por la cabina. El comandante se volvió de nuevo hacia los mandos, y el copiloto se quedó mirando. De qué está hablando? Las manos sobre los mandos ordenó Kurt. La vista al frente. El copiloto obedeció, pero masculló algo en árabe al comandante. Intenta llevársela? preguntó este. Rescatarla? Es usted tonto, desperdiciando su vida por esta mujer débil. Cállate, imbécil! bramó Leilani. Como no me ayudéis, os llenaré la cabeza de plomo! Miró a Kurt sonriendo orgullosamente. Qué tal? Tenemos que trabajar un poco los diálogos, pero no está mal. Kurt miró por la ventanilla. El horizonte estaba empezando a aclararse hacia el este, pero el cielo seguía luciendo un color morado oscuro, y aún resultaba difícil distinguir dónde acababa el cielo y dónde empezaba el mar. Vio los otros dos aviones a reacción delante de ellos, pero solo los reconoció por las luces de navegación. El aparato más cercano parecía encontrarse a un kilómetro de distancia y aproximadamente a unos trescientos metros más abajo. El primer avión debía de hallarse a unos cinco kilómetros de distancia y a unos trescientos metros por debajo del otro. El escuadrón al completo estaba

descendiendo. No oyó ninguna transmisión, de modo que supuso que estaban operando en silencio radiofónico. Adónde nos llevan? preguntó. No digas nada ordenó el comandante. Kurt se figuró que estaban en un punto muerto: difícilmente podía amenazarlos con volar el avión si ellos no estaban dispuestos a decírselo. Consultó el altímetro y vio que estaban descendiendo a dos mil quinientos metros. Dentro de diez minutos estarían en el agua. Forzó la vista hacia delante, pero seguía sin poder ver un palmo de tierra. Decidió que había esperado el tiempo suficiente. Este es el trato dijo. Si quieren vivir, harán lo que y o diga. Y si nos negamos? le espetó el copiloto. Entonces volaré el avión afirmó Kurt. Es un farol dijo el copiloto. Es débil. Un estadounidense. No tendrá los Antes de que acabara la frase, Kurt le dio un golpe del revés en la sien. El hombre ladeó bruscamente la cabeza y apoyó una mano en la pared del fuselaje para mantener el equilibrio. Creen que me arriesgaría a volver a caer en manos de Jinn? dijo Kurt. El hombre se llevó la mano a un lado de la cara y miró de nuevo a Kurt como un animal castigado. Los dos pilotos intercambiaron una mirada. Kurt contaba con que los dos hombres sabían la clase de chiflado que era Jinn. Suponía que los cadáveres que y acían en el fondo del pozo no eran los únicos empleados que había despachado. Iniciaron entre ellos una discusión en árabe. Kurt propinó otro golpe del revés al copiloto. En mi idioma! El hombre le lanzó una mirada fulminante y volvió a alargar la mano lentamente hacia la hebilla del cinturón de seguridad. Tiene razón dijo. Si Jinn lo atrapa, le hará suplicarle que lo mate. Pero si lo dejamos libre, será peor para nosotros. La hebilla del cinturón se soltó emitiendo un sonido metálico, y el hombre se volvió en su asiento y se levantó de forma amenazadora en la pequeña cabina. Así que vuélenos en pedazos dijo. Llévenos a todos al paraíso. Kurt lo miró fijamente. El hombre no parpadeó, y aunque Kurt tampoco pestañeó, no podía salir victorioso de aquel enfrentamiento. Que así sea dijo Kurt. Soltó la palanca de seguridad y lanzó la granada al copiloto. El proyectil le dio de lleno en la cara, y el hombre adoptó repentinamente una expresión de sorpresa. Trató de atraparla como quien intenta coger una pastilla de jabón mojada en la ducha y la golpeó hacia el comandante.

El hombre se abalanzó sobre ella con los ojos como platos, pero fue interceptado por el fuerte derechazo cruzado que Kurt le asestó. Este había empleado todo el cuerpo en el movimiento, ladeándose desde la cadera y el hombro, tomando impulso con el pie derecho y lanzando el brazo hacia delante con toda la fibra muscular de su cuerpo. El hombre se quedó sin fuerzas y cay ó hacia atrás sobre el comandante y el mando, e hizo bajar el avión en picado. Ingrávido por un instante, Kurt chocó contra el techo. Cuando cayó al suelo, se abalanzó hacia delante, agarró al copiloto inconsciente por el cinturón y tiró de él hacia atrás. Al retirar el peso muerto que oprimía al comandante, el descenso en picado disminuyó un poco, pero, para su sorpresa, este último empuñaba una pequeña pistola. Kurt golpeó de lado la extremidad del comandante con un movimiento de su mano izquierda, y la pistola se descargó. La bala alcanzó al copiloto en el costado. Un segundo disparo impactó en el asiento. Kurt trató de apartar el brazo del comandante, pero la fuerza de apalancamiento no le favorecía. Este tiró del brazo hacia atrás, se soltó y volvió a apuntar a Kurt. El de la NUMA se agachó y empujó el mando con la palma de la mano. El avión se sacudió violentamente al mismo tiempo que el comandante disparaba de nuevo. La bala erró el blanco e impactó en el tablero situado encima de ellos, que estalló en una lluvia de chispas. Un grupo de señales luminosas se encendieron acompañadas del sonido de unas alarmas. El avión se lanzó en picado dando bandazos en dirección al mar. Resultaba difícil hacer algo que no fuera agarrarse. Kurt consiguió golpear al comandante una vez antes de salir despedido hacia atrás por la fuerza centrífuga del avión dando vueltas. Alargó la mano hacia su bota. La pistola se giró en dirección a él mientras el comandante preparaba el tiro de gracia. Kurt empujó el brazo hacia delante, y el comandante se detuvo en pleno movimiento en cuanto el cuchillo de Kurt se le clavó en el corazón. Su rostro adoptó una expresión vacía, la pistola cayó, y el hombre puso los ojos en blanco. El avión se sacudió de nuevo bruscamente, y Kurt agarró la palanca de mando, luchando por contrarrestar el giro. Poco a poco, las alas del avión se nivelaron. Pero para entonces el sistema de alerta de proximidad al suelo se había activado, y la voz del ordenador estaba diciendo: «Ascienda. Ascienda. Ascienda». Kurt estaba ascendiendo, pero no quería que las alas se desprendieran. El morro se elevó lentamente a pesar de que el altímetro seguía dando vueltas. Finalmente, volvió a ver el horizonte, y, un par de segundos más tarde, el morro

del avión apuntó hacia él. A medida que la velocidad disminuía y empezaban a ascender, parte de las señales luminosas y de las alarmas se apagaron. Cuando rebasaron los trescientos metros en pleno ascenso, el ordenador dejó de decirle a Kurt lo que tenía que hacer. Una vez que el avión estuvo nivelado y estable, Kurt echó un vistazo a la cabina. Estaba compartiendo asiento con el comandante muerto. El copiloto y acía en el suelo entre los dos asientos, igual de muerto que antes. Faltaba otra persona. Leilani? gritó Kurt. Estoy aquí dijo ella, asomando la cabeza en la cubierta de vuelo desde abajo. Qué te ha pasado? Me he caído por la escalera comentó, avanzando con aspecto un tanto aturdido. Se inclinó y recogió algo del suelo. Era la granada. Por qué no hemos volado por los aires? Le quité la espoleta explicó Kurt. Todavía tiene explosivo dentro, pero no se puede detonar sin la espoleta. Ella la colocó con cuidado sobre un reposavasos. Ato a estos tipos? Es un poco tarde para eso dijo él. Saquemos a este de mi asiento. Se levantó, y Leilani desabrochó el cinturón del cadáver del comandante y lo soltó mientras Kurt controlaba los mandos. Estás pilotando el avión dijo ella como si acabara de darse cuenta. Más o menos. Creía que habías dicho que no sabías hacerlo. Debería haber sido más exacto repuso él. Puedo hacer que vuele de un lado a otro, arriba y abajo, deprisa y despacio. Probablemente pueda orientarlo en la dirección correcta. Lo que me va a costar más es aterrizar sin abrir un cráter humeante en el suelo y sin que se rompa en pedazos cuando llegue al agua. Ah dijo ella, súbitamente pálida. Pero aprendo rápido añadió Kurt, tratando de alentar la confianza de la joven. Y con estos dos muertos, la verdad es que no tengo otra alternativa. Kurt había pilotado aviones pequeños, si bien nunca lo había hecho el tiempo suficiente para que le concedieran permisos o categorías de vuelo, pero conocía los rudimentos básicos. Casi todo era cuestión de instinto. A excepción de los aviones militares de alto rendimiento, los demás aparatos solían volar solos. Estaban diseñados para ser estables y permitir un amplio margen de error, aunque el hidroavión ruso le parecía pesado de morro como un barco con un problema de lastre.

Qué hay del sistema de extracción con paracaídas? preguntó ella. Podríamos saltar por la parte de atrás? Podríamos intentarlo cuando lleguemos a donde vamos dijo él. Kurt examinó el cuadro de instrumentos y vio los mandos de la puerta trasera y la rampa de cola. Tomó nota mentalmente de su situación. Para entonces habían vuelto a ascender a mil quinientos metros y estaban otra vez en la trayectoria original. Varios kilómetros por delante de ellos, vio los otros dos aviones recortados contra el cielo despejado. Seguían descendiendo, pero la bajada en picado y los giros habían situado a Kurt y a Leilani muy por debajo de su altitud. No saben lo que ha pasado dijo Leilani. No respondió Kurt. Al viajar sin comunicaciones por radio, ni espejos retrovisores ni cobertura de radar de popa, no pueden haber visto nada. Y lo que es más importante, no nos verán desviarnos y dirigirnos a las Seychelles. Allí es a donde vamos? Kurt había hallado una lectura de navegación en una pequeña pantalla de ordenador. Estaban casi en el centro justo del océano Índico. Las Seychelles se encontraban a seiscientos cincuenta kilómetros al sudoeste, aproximadamente a una hora de vuelo. Kurt sonrió. Es la parcela de civilización más cercana informó. Y con civilización me refiero a un sitio donde hay a un teléfono y una máquina expendedora de Coca-Cola, y donde la gente no intente matarnos. Leilani sonrió. Suena bien. A Kurt le pareció encantadora su sonrisa. Era afable, natural y sencilla. Y esa sencillez le resultaba como un bálsamo en ese momento. Empezó a orientar el avión a reacción ruso hacia el oeste, calculando que se encontraría a unos ciento sesenta kilómetros de distancia cuando alguien se molestara en mirar a su alrededor. Pero antes de desviarse demasiado de su rumbo, algo le llamó la atención: un punto negro en el mar plateado. Al parecer Leilani también lo vio. Crees que se dirigen a esa isla? Estamos muy lejos de la isla más cercana dijo él. Pues eso es demasiado grande para ser un barco contestó Leilani. Kurt se quedó mirando. Cayó en la cuenta de lo que era cuando la luz del sol naciente centelleó en una serie de altas estructuras triangulares repartidas a lo largo del perímetro de aquella monstruosidad flotante. Eso es porque no es un barco dijo. Es un montón de metal flotante llamado Aqua-Terra. Una oleada de adrenalina recorrió el cuerpo fatigado de Kurt. Tres aviones

anfibios llenos de armas, lanchas motoras hinchables y pistoleros a sueldo no merecían el beneficio de la duda. No iban a hacer una visita a las instalaciones. Eran un equipo de ataque, operando en silencio radiofónico, que se proponía atacar y tomar la isla al amanecer. Abróchate el cinturón dijo. Por qué? preguntó Leilani. Qué vamos a hacer? Kurt alargó la mano y aceleró al máximo. Estamos a punto de hacernos notar.

36 Kurt escudriñó la consola buscando la radio. Sus ojos se posaron en un transmisor-receptor sintonizado en una extraña frecuencia. COM-1, pensó. Tiene que ser la frecuencia de Jinn dijo. Puedes pasarme unos de esos auriculares? Leilani empezó a buscar en el suelo los auriculares de uno de los pilotos. Los recogió y se los dio. Él los conectó. Encontró otro transmisor-receptor y activó los interruptores para poder oír las comunicaciones de la frecuencia COM-1 pero transmitiendo solo por COM-2. Empezó a ajustar la frecuencia a una que Nigel, el piloto del helicóptero, había usado cuando se habían aproximado a Aqua-Terra por primera vez. Qué estás haciendo? preguntó Leilani. Creía que íbamos a alejarnos de ellos, no a acercarnos. Varios amigos míos de la NUMA están ahí abajo. Han estado intentando averiguar qué le pasó a tu hermano. Debe de faltarles poco para dar con la respuesta porque están a punto de ser atacados. Atacados? Vi a los hombres de Jinn subir a bordo de los otros aviones dijo él. Son comandos. Estoy seguro de que pretenden asaltar la isla. Estoy de acuerdo convino ella. Debemos avisarlos. Kurt siguió buscando entre las frecuencias hasta que sintonizó el número 122.85 en la pantalla de visualización. Es esta. Escuchó un segundo, no oy ó nada y pulsó el botón de transmisión. Aqua-Terra, aquí Kurt Austin. Me recibís? Nada. Mientras Kurt hablaba, no perdía de vista los aviones de transporte que estaban descendiendo. Parecían totalmente ajenos a su presencia. Aqua-Terra, adelante. Prueba en otra frecuencia. No. Es esta. Volvió a pulsar el botón de transmisión. Aqua-Terra, me

recibís? Aquí, Kurt Austin. Estáis a punto de sufrir un ataque. Preparaos para rechazar a los abordadores. Soltó el botón. Por qué no contestan? preguntó ella. A Kurt se le ocurrían varios motivos; el más siniestro tenía que ver con la impostora que había entre ellos. Puede que ella hubiera inutilizado la radio o hubiera hecho algo peor. Los dos aviones descendían ahora por debajo de los trescientos metros. Estarían en la cubierta dentro de un minuto, probablemente descargando sus botes mediante el sistema de extracción con paracaídas. Por las dimensiones de la bodega, calculó que cada avión podría transportar hasta setenta comandos, si bien con los botes y el material a bordo como máximo cabrían treinta. Eso significaba sesenta comandos contra los veinte hombres que componían la tripulación de Marchetti, además de Paul y Gamay. Con los robots desactivados, lo tenían crudo. Al no obtener respuesta por radio, Kurt comprendió que y a no era el momento de avisarlos; era el momento de actuar. En el interior de la sala de comunicaciones de Aqua-Terra, Zarrina escuchaba en compañía de Otero y de Matson cómo Kurt Austin intentaba avisar a sus amigos del inminente ataque. Otero estaba pálido. Creía que Jinn había dicho que Austin y Zavala estaban muertos. Por lo visto se precipitó señaló Zarrina. De dónde viene la transmisión? Podría venir de cualquier parte dijo ella, mirando por la ventana. No vio barcos en el horizonte, pero sí los tres aviones que se acercaban. Uno de ellos estaba considerablemente fuera de formación. Eso prácticamente confirmaba el peor de sus temores. Ha tomado los mandos de uno de los aviones dijo. Tenemos que avisar a Jinn. Y tenemos que presionar. Subid a la mujer. Vamos! Kurt aceleró al máximo, y el avión a reacción de treinta metros por tres se abalanzó con sorprendente potencia. Mientras el aparato aceleraba, un plan cobró forma en la mente de Kurt. Observó cómo los otros aviones aminoraban la marcha hasta avanzar casi a velocidad de pérdida a medida que descendían hacia el agua. Serían vulnerables cuando sobrevolaran la cubierta y descargaran a sus comandos, y Kurt podría lanzarlos al agua como un piloto de carreras de automóviles que elimina a sus competidores estampándolos contra el muro. Los dos aviones estaban separados por una distancia de ochocientos metros a una altura de menos de noventa. Kurt y Leilani se estaban acercando rápidamente cuando de repente Kurt oyó gritos en árabe por la frecuencia COM-

1. Los dos aviones reaccionaron al instante. Sus morros inclinados hacia abajo se inclinaron hacia arriba, y la estela de distorsión producida por el calor que dejaban se intensificó rápidamente. Maldita sea dijo Kurt. Adiós, elemento sorpresa. Los aviones a reacción empezaron a acelerar, pero Kurt estaba descendiendo a toda velocidad sobre ellos, desplazándose como mínimo unos cien nudos más rápido. Eligió el avión de la izquierda y se dirigió hacia él, apuntando con el morro hacia abajo como un demente. El avión de Kurt se precipitó como un halcón lanzándose a matar. El otro se estaba acercando, esforzándose por ascender y cobrar velocidad como un pichón grande y lento. El aparato se volvió más grande a medida que se aproximaba hasta que llenó la ventana y luego desapareció, pasando como un rayo por debajo de ellos. Jinn estaba sentado en el asiento del mecánico de vuelo del primer avión, gritando instrucciones al piloto. La máquina estaba funcionando a toda marcha, y el avión se esforzaba por ascender y acelerar. Cuidado! Está justo debajo de vosotros! gritó Zarrina por la radio. Una ola de estruendo y turbulencias sacudió el avión. Una sombra pasó a toda velocidad a través del parabrisas, y el comandante empujó la palanca de mando hacia delante. El humo, el calor y los gases de escape de los motores de Kurt azotaron la cabina, pero los aviones no chocaron. Kurt lo elevó en el último segundo, lo que les brindó unos metros de preciado espacio. Por otra parte, el estremecimiento involuntario del piloto y la estela turbulenta del avión de quince mil kilos al pasar ruidosamente por delante de ellos los lanzó hacia abajo y hacia la izquierda, directos a las olas. Nivélalo! gritó Jinn. Nivélalo! El piloto estabilizó las alas y tiró hacia atrás de la palanca de mando. El avión a reacción pasó rozando el agua, la tocó por un instante y saltó como una piedra, y a continuación volvió a elevarse hacia el cielo. Se han salvado dijo Leilani, mirando atrás a través de la ventanilla lateral. De algún modo se han salvado. Kurt pensó en dar la vuelta para lanzar otro ataque, pero y a estaba alineado sobre el segundo avión. El plan A había fallado, y, con el segundo avión elevándose por encima de los trescientos metros y acelerando, esa vez no surtiría efecto. Aun así, tenía que hacer algo. Usó la velocidad extra que había adquirido para elevarse antes que su presa y ganó altitud más rápidamente que el otro avión. Una vez que estuvo por encima de él, se inclinó hacia el otro aparato y se acopló a su rumbo, acercándose desde la posición elevada de las siete en punto. Por un segundo, no supo qué hacer a continuación. Entonces se le ocurrió una

idea; le pareció tan brillante que se habría dado unas palmaditas en la espalda si hubiera podido. Echó un vistazo a la cabina. En medio de un sinfín de indicadores, interruptores y pantallas, vio lo que estaba buscando. Coge esa palanca dijo, señalando con el dedo. Leilani posó la mano sobre una gruesa barra metálica cubierta de franjas amarillas y negras. Prepárate para tirar! A medida que se acercaba a su presa, el avión empezó a sacudirse. La estela que desprendía el otro reactor hacía que Kurt se sintiera como un esquiador acuático cruzando la estela de una lancha motora. Se retiró y se elevó por encima de las turbulencias y, diez segundos más tarde, impulsó de nuevo el morro hacia delante y se abalanzó sobre el otro avión como si estuviera haciendo una pasada con una ametralladora. Pasó a toda velocidad por encima del avión, a mayor altitud que antes. Ahora! Leilani bajó la palanca amarilla y negra. Un fuerte susurro recorrió el avión, y Kurt notó que el morro se elevaba y que el avión prácticamente saltaba hacia el cielo. Detrás del aparato apareció una nube gris de vapor que salió despedida y chocó contra el segundo avión. A pesar de su aspecto vaporoso, la columna central de la mezcla vertida seguía unida. Cinco mil quinientos kilos de agua y microbots impactaron contra la cabina, hicieron añicos el parabrisas y arrollaron a los pilotos como un maremoto. El resto de la carga arrasó el avión y alcanzó el ala de estribor y el motor. El turboventilador explotó a causa del impacto, y los álabes del compresor y otras piezas salieron volando a través de la cubierta. El peso del agua recayó sobre el ala derecha más que sobre la izquierda, la orientó hacia abajo y hacia atrás, y el aparato cay ó de costado en picado hacia el mar. Se estrelló segundos más tarde, dando bandazos sobre la superficie del mar. El impacto hizo pedazos el avión y lanzó despedidas personas, carga y esquirlas metálicas por todas partes. Kurt se dio cuenta de que acababa de verter un montón de los robots de Jinn en el mar, pero era la única arma de la que disponía. Viró a la derecha, y vio los restos del accidente; enseguida empezó a buscar el segundo aparato por miedo a que Leilani y él corrieran la misma suerte. De repente, una voz sonó por la radio. Kurt la reconoció: era la voz de Gamay Trout. Gamay Trout estaba sentada ante la consola del operador de radio en la sala de comunicaciones de Aqua-Terra. El frío cañón de una pistola le presionaba la coronilla.

Habla con él! exigió la voz áspera de Zarrina. Dile que si no se rinde, os mataré a todos. Tu marido morirá el primero. Habían obligado a Paul a tumbarse en el suelo. Matson se hallaba erguido con un pie presionando la región lumbar de Paul. Le apuntaba a la nuca con una pistola de tipo Luger. Otero estaba cerca armado con otra pistola. Habla! Gamay cogió el micrófono que le habían colocado delante. Apretó el interruptor de transmisión. Kurt, soy Gamay. Me recibes? Tardó unos segundos, pero la voz de Kurt sonó por sus auriculares. Gamay, os van a atacar. Poneos a cubierto. Que Marchetti active los robots. Dile que se rinda! ordenó Zarrina. Gamay miró por la ventana. Había visto descender uno de los aviones; los otros dos estaban elevándose y dando vueltas, y uno parecía estar persiguiendo al otro, pero no tenía ni idea de quién era quién. Zarrina empujó la cabeza de Gamay hacia delante con el cañón de la pistola. No volveré a pedírselo. Gamay cogió el micrófono, pero vaciló. Mátalo! dijo Zarrina a Otero. Espera! gritó Gamay. Pulsó el botón de transmisión y lo mantuvo apretado. Kurt, soy Gamay dijo. Ya nos han cogido. Nos tienen en las celdas. Nos van a matar si no haces aterrizar el avión y te rindes. Se hizo el silencio. Gamay miró por la ventana. Uno de los aviones había dejado de maniobrar. Supuso que era el de Kurt. El otro se estaba acercando. Observó un instante y a continuación pulsó el botón. Cuidado! gritó. Están a tu No llegó a terminar la frase porque Zarrina la derribó de la silla. Gamay impactó contra la pared y se levantó dispuesta a darle un puñetazo, pero recibió una patada en el vientre que la dejó sin aliento y la hizo caer al suelo. Fuera, vio que los dos aviones estaban a punto de chocarse. Se cruzaron, se separaron y volvieron a cruzarse. Una estela de humo negro empezó a salir de uno de ellos. Kurt reaccionó a la advertencia de Gamay lo más rápido que pudo. Se ladeó a la izquierda y estuvo a punto de chocar contra el avión de Jinn. Movió la palanca de mando a la derecha, dio la vuelta al avión y oyó el sonido de unas balas impactando en el fuselaje. El aparato de Jinn también estaba girando. Unos hombres disparaban unas ametralladoras del calibre 50 a través de una puerta de carga abierta. Kurt regresó hacia ellos. Los dos aviones se cruzaron y estuvieron a punto de chocar por tercera vez. Cuando Kurt se desvió y empezó a huir, una serie de

señales luminosas se encendieron en la cabina. Apuntó con el morro hacia abajo para ganar velocidad, aceleró al máximo y replegó los alerones que no había retirado hasta entonces. El avión aceleró, y Kurt giró hacia el sudoeste. Varias señales luminosas siguieron parpadeando, pero no parecía nada catastrófico. Fintó a la izquierda y luego a la derecha, recordando la regla que había oído en una ocasión a un piloto de cazas: «El que vuela recto muere». Después de varias series de maniobras, todavía no había visto el avión de Jinn. Mantuvo el aparato sobre la cubierta a máxima velocidad. Giró ligeramente al oeste. De momento todo iba bien. Pero seguía sin haber rastro de Jinn. Lo ves? Leilani volvía la cabeza, haciendo todo lo posible por localizar el otro avión. Kurt viró a la derecha con la esperanza de ofrecerle una vista más amplia. No contestó ella. Espera sí. Está detrás de nosotros dijo la joven, entusiasmada. Parece que se esté quedando atrás. Se dirige hacia abajo. Eso no parecía lógico. Estás segura? Sí, lo estamos dejando atrás. Creo que está aterrizando. Kurt no podía creer la suerte que tenían. Se preguntaba por qué Jinn había permitido que escaparan. La voz de Zarrina sonó por la radio. Kurt Austin, o aterrizas y te rindes, o mataré a tus amigos. La línea seguía abierta, y oy ó el sonido de alguien que gruñía de dolor y que luego gritaba. Si les haces daño, estás muerta, Zarrina dijo él, contestando a la amenaza con otra. Kurt no tenía otra alternativa que huir. Si se rendía, eso no impediría que asesinaran a sus amigos. Solo lograría que no hubiera testigos que informaran del incidente. Pero si conseguía escapar, las tornas se volverían. Entonces Zarrina y Jinn tendrían que preocuparse por si eran descubiertos enfrentándose así a un justo castigo. En ocasiones esos pensamientos acababan protegiendo a los prisioneros que en otras circunstancias se consideraban prescindibles. Como les hagas daño, no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte de mí. Encima de él se encendieron más señales luminosas. Oyó interferencias y sonido de retroalimentación por los auriculares. Estoy deseándolo contestó Zarrina. Sonó un disparo, la transmisión se cortó y el panel de COM se apagó. Kurt accionó varias veces el interruptor, pero no obtuvo respuesta. La radio no funciona dijo. Qué vamos a hacer? preguntó Leilani.

Iremos hacia el sur y seguiremos el plan original. Esperaba no haber sacrificado a los Trout, pero no tenía alternativa. Tenían que llegar a las Seychelles o, como mínimo, hasta una embarcación de las rutas marítimas. Podrían hacer señales a un barco y realizar un amerizaje forzoso cerca, pero en cualquier caso tenían que escapar de Aqua-Terra. En los ojos de Jinn ardía tal furia que podía derretir el acero. La distancia entre su avión y el de Kurt Austin seguía aumentando. Este último estaba escapando, y se llevaba a una mujer que a él le interesaba y, lo más importante, el secreto de su paradero, un secreto que necesitaba mantener. Por qué son más rápidos que nosotros? preguntó. Ha soltado el cargamento contestó el piloto. Ahora el avión pesa seis toneladas menos. Se mueven como mínimo treinta nudos más rápido. Si quiere alcanzarlos, tendremos que deshacernos también de nuestro cargamento. De lo contrario, perderemos un kilómetro y medio cada dos minutos. Jinn consideró esa información. Había sufrido una derrota importante. Un avión abatido y otro en manos de un enemigo al que quería ver muerto. Después de haber perdido dos cargamentos, no había forma de saber qué porcentaje de los microbots había sobrevivido a cualquiera de los dos impactos. Aunque soltemos el cargamento, solo podremos igualar su velocidad dijo el piloto. Nunca los alcanzaremos. A Jinn se le ocurrió una idea mejor. Desabrochó su cinturón de seguridad. Aterriza dijo. Inmediatamente.

37 Kurt mantuvo el avión a reacción rumbo al oeste de Aqua-Terra. Tiró un poco hacia atrás de la palanca de mando y lo hizo ascender ligeramente, aprovechando toda la velocidad que podía adquirir. Estaba furioso y lleno de rencor, y no pensaba en otra cosa que en escapar e informar a las autoridades de los actos de Jinn. Una sensación de picor en los ojos lo sacó del trance. Humo dijo Leilani. Kurt miró a su alrededor. La cabina se estaba llenando de humo. Se encendieron nuevas señales luminosas. El avión empezó a sacudirse, y los mandos se volvieron más pesados. Kurt se peleó con el avión durante un rato, pero parecía que la hidráulica estaba dejando de funcionar. «Pérdida de potencia. Pérdida de potencia. Pérdida de potencia». La voz del ordenador sonaba de nuevo, y esa vez se trataba de una advertencia y no de un consejo. Kurt estabilizó el avión y el aviso se apagó, pero los problemas no desaparecieron. Pronto parecía que todos los aparatos de la cabina estuvieran parpadeando o pitando o disparando alarmas. Kurt no tenía ni idea de lo que significaba ninguna de las señales aparte de lo evidente. Es hora de marcharse dijo. Pulsó bruscamente el botón del piloto automático y saltó de su asiento. En un abrir y cerrar de ojos, Leilani y él estaban bajando por una escalera de mano y corriendo a través de la bodega. Sube al bote! gritó Kurt, señalando a la chica la lancha hinchable que había cerca de la cola. Mientras el avión temblaba cada vez más, encontró la palanca de la compuerta de carga y tiró de ella. La rampa empezó a bajar, y el viento entró silbando y los rodeó. El humo y los gases del queroseno penetraron arremolinándose. Date la vuelta gritó Kurt a Leilani. Los pies por delante. Mientras Leilani se volvía, el avión comenzó a vibrar como si estuviera entrando en una zona de turbulencias, y Kurt dedujo que la hidráulica estaba empezando a fallar y que el piloto automático se esforzaba por compensar la

avería. Soltó las tiras que sujetaban el bote al suelo, subió a gatas y cay ó encima de Leilani y, para su sorpresa, también del guardia al que había dejado inconsciente una hora antes. Agárrate! gritó, rodeando a Leilani con los brazos y aferrándose a un asidero de la bovedilla con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. Y con un movimiento de muñeca, soltó el paracaídas troncónico. Un pequeño paracaídas fue aspirado primero y tiró de los otros de sus fardos. El bote salió disparado hacia atrás y se detuvo de golpe a escasos centímetros del borde de la rampa. Kurt miró arriba. Una tercera tira que no había visto enganchaba la proa del bote a una sujeción en el centro de la bodega. Estaba tensa como la correa de un pit bull furioso y no daba muestras de romperse. Cuando el avión de Jinn aterrizó en el agua, este y a estaba en el compartimento de carga, colocándose un lanzacohetes sobre el hombro y apuntando al puntito que representaba el avión de Kurt. Activó el visor. El sistema se centró en el calor procedente del aparato de Austin. Una luz verde y un tono agudo confirmaron que el objetivo había sido fijado. No! advirtió el piloto. Jinn apretó el gatillo. El misil saltó de su cápsula y salió disparado por encima del agua. El propelente se encendió, y un reguero de fuego naranja se alejó a toda velocidad de ellos. Jinn observó cómo la brillante llamarada de la cola del misil se aproximaba al avión. Contó los segundos. El avión de Kurt estaba en llamas y se caía en pedazos a su alrededor. La tira rebelde les impedía moverse. Los aguardaba una caída de seiscientos metros, pero los paracaídas que podían bajarlos sin peligro se harían trizas en segundos si no reaccionaba. Se levantó, sacó la pistola de su cinturón e introdujo el pie por debajo del criminal que estaba atado. Agarrándose con fuerza a uno de los asideros del bote con la mano izquierda, disparó la pistola con la derecha. La bala perforó el nailon. La tira se partió en dos, y el bote recibió un tirón hacia atrás como si una mano gigantesca lo estuviera sacando del avión. Por un instante, se encontraron a plena luz del día, pero el humo que dejaba el avión los engulló, y a continuación el destello y la onda expansiva de una explosión sacudió el cielo. Delante de ellos, una nube ondulante de queroseno en llamas ascendió en forma de hongo en todas direcciones e inundó el aire de denso humo negro. El bote afortunadamente, todavía sujeto a los paracaídas se precipitó entre el humo, desplazándose hacia delante y hacia abajo como una flecha. Jinn vio cómo el misil alcanzaba el avión de Austin. A la llamarada inicial del

impacto siguieron otras dos explosiones, cada una más grande que la anterior. Nubes negras de humo se extendieron por todos lados. Los restos en llamas describieron un arco a través de él y se precipitaron formando una curva como una serie de cometas caídos, arrastrando estelas de humo a través de la oscura mañana del cielo del oeste. La explosión se produjo como mínimo a ocho kilómetros de distancia. Jinn tan solo lamentaba no haber podido ver cómo el cuerpo de Austin se quemaba y contemplar cómo su piel se desprendía y se ennegrecía a medida que el fuego se lo tragaba. Pero aun así, fue una exhibición muy satisfactoria para él, una exhibición de la que estaba seguro ni siquiera Kurt Austin podía salir con vida. Pese a la opinión de Jinn, Kurt seguía vivo. Había percibido el calor de la detonación y enseguida había comprendido que el avión había explotado, aunque no sabía nada acerca del misil de Jinn. Ni le importaba. Su única preocupación era agarrarse con fuerza mientras Leilani, el prisionero y él caían por los aires en el bote hinchable. Cuando salió de la bodega, el pequeño bote echó a volar casi horizontalmente como un dardo lanzado contra una diana. Pero los paracaídas estaban sujetos a la parte trasera de la embarcación, diseñados para reducir su velocidad al ser lanzada a escasa altitud, no para descender sin percances desde una elevada altura. En el momento en que la velocidad y el impulso del bote disminuy eron, la proa empezó a inclinarse hacia abajo. Cuando se adentraron en la nube de humo, apuntaban hacia abajo en un ángulo de unos quince grados, con los paracaídas extendidos por detrás como las plumas de un dardo. No se parecía en nada al suave descenso de una caída libre normal. Más bien se asemejaba a un trayecto en trineo por una pista de esquí. El bote se sacudía y temblaba, y el ángulo se volvió más pronunciado. Detrás de ellos, uno de los paracaídas parecía haber recibido el impacto de un resto del avión y se estaba deshilachando por el centro. Delante de él Kurt solo veía humo y oscuridad. De repente, la superficie del mar apareció. La proa del bote chocó contra el agua, se sumergió un instante y luego afloró. Kurt salió despedido por los aires, pero se agarró al asidero como si estuviera en un rodeo y logró caer en el bote. Se deslizaron hacia delante cuarenta metros o más antes de disminuir de velocidad hasta pararse, y los paracaídas se posaron en el agua detrás de ellos. Aterrizaron en medio de la zona de los restos del avión destrozado. El humo los rodeaba. Las llamas se movían trémulamente a través del agua, formando charcos de queroseno en llamas, mientras pequeños copos de los restos y el material aislante del avión caían balanceándose como confeti. Durante varios segundos ni Leilani ni él pronunciaron palabra. Se limitaron a permanecer sentados en el bote, sin soltar los asideros. El prisionero, que no podía saber lo que había pasado, los estaba mirando fijamente con los ojos como

platos. Finalmente, Kurt se soltó y empezó a mirar a su alrededor. No puedo creer que sigamos vivos logró decir Leilani. A Kurt también le costaba creerlo. Tenía la clara sensación de que su suerte estaba cambiando a mejor. No solo estamos vivos dijo, sino que estamos en un bote con motor fuera borda. Se acercó al motor y comprobó que tenía combustible. Pensó en soltar los paracaídas, pero cayó en la cuenta de que una vez que algo desapareciera no podrían recuperarlo, y consideró el hecho de que el bote abierto no les proporcionaría sombra. Cogió las cuerdas y las enrolló empleando una mano detrás de otra. Guardemos esto dijo a Leilani. Puede que las necesitemos más adelante. Y trata de encontrar algo para achicar el agua. Al menos veinte litros de agua chapoteaban en el interior de la embarcación. Mientras Leilani envolvía los paracaídas de nailon con sus cuerdas y los metía en un espacio situado cerca de la proa del bote, Kurt cebó el motor fuera borda. Arrancó al tercer intento y pronto funcionaba a la perfección. Giró la válvula reguladora y orientó el bote hacia el oeste, guiándolo entre el fuego y a través del humo. Una vez que dejaron atrás la humareda, el aire puro les sentó de maravilla. Adónde vamos? preguntó Leilani. Lejos de ellos respondió Kurt. Con el humo y los restos en llamas que se interponían entre ellos y Aqua- Terra, esperaba que fueran invisibles por un tiempo. Pero no podemos llegar a las Seychelles con esto. No. Pero podemos llegar a las rutas marítimas y pedir ayuda haciendo señales. Kurt comprobó el nivel de combustible y descubrió que el depósito estaba a la mitad. A juzgar por el olor, el resto se había derramado en la caída. Quién sabía lo lejos que podrían ir. Cuando hubieran recorrido un poco de distancia, reduciría la velocidad para ahorrar combustible, pero de momento mantuvo el regulador completamente abierto, y el pequeño bote se deslizó como el viento por el liso mar gris. Todo pareció ir bien durante unos cuarenta minutos hasta que Kurt se fijó en que Leilani apretaba el costado inflado del bote como un cliente apretaría un melón en el supermercado. Qué pasa? Mantuvo la vista fija en la cámara hinchada. Parece que tenemos una fuga dijo ella. Una fuga?

Leilani asintió con la cabeza. No es que entre agua, es que sale aire.

38 Kurt mantuvo el bote con rumbo al oeste mientras Leilani buscaba el origen de la fuga y una forma de repararla. Qué ves? Media docena de pequeños pinchazos dijo ella. Noto que el aire sale por ellos. Él le señaló con la mano la parte de atrás. Conduce el bote un momento. Leilani volvió a la bovedilla, y Kurt echó un vistazo a lo que ella había encontrado. Ocho pequeños agujeros, algunos tan pequeños que cuando apretaba la goma, el aire dejaba de escaparse. Qué crees que ha pasado? preguntó Leilani. Los agujeros estaban repartidos siguiendo un extraño patrón, casi en forma de rociada, e iban de la parte delantera a la trasera. Metralla del avión conjeturó él, o incluso gotitas de queroseno encendido. La goma parece chamuscada en un par de zonas. Kurt pasó las manos por las otras cámaras de aire, que eran básicamente tubos de goma hinchados, con una longitud de dos metros y medio y un diámetro de cuarenta centímetros cada una. El bote tenía cuatro en total, dos en la parte delantera que avanzaban rectos y luego se unían para crear la popa redondeada de la embarcación, y dos en la parte trasera, una en cada lado. La popa del bote consistía en una bovedilla metálica sobre la que estaba montado el motor fuera borda. Encontró otros dos pinchados, ambos en la cámara derecha delantera. Y lo que era peor, vio puntitos aquí y allá que parecían haber sido zonas de impacto de metralla o combustible adicionales. Se preguntaba cuánto tiempo tardarían en abrirse. Qué pinta tienen? preguntó Leilani. El prisionero también parecía deseoso de saberlo. Estaba amordazado, pero no tenía los oídos tapados. El lado de babor parece en buen estado dijo Kurt. Pero eso no nos va a servir de nada si todo el lado de estribor se desinfla. Dos pequeños cajones con llave reposaban en la cubierta cerca de la parte

delantera. Kurt los abrió, pero únicamente encontró un chaleco salvavidas, un par de bengalas, una pequeña ancla y cuerda. Un bote de goma sin una bomba ni un kit de reparación masculló. Alguien va a tener noticias de mi abogado. A lo mejor deberíamos dar la vuelta, regresar a la isla flotante y rendirnos dijo Leilani. No a menos que quieras volver a ser prisionera. No convino ella, pero tampoco quiero ahogarme. No nos ahogaremos aunque las dos cámaras se deshinchen. Pero tendremos que agarrarnos al otro lado como supervivientes de un naufragio repuso ella. Mejor eso que esperar a que Jinn nos dispare apuntó él. Además, tengo una apuesta que ganar. Lo único que tenemos que hacer es seguir adelante hasta que encontremos ayuda. Y si no encontramos ayuda? La encontraremos insistió Kurt, sintiéndose seguro. Metió la mano en el cajón y sacó las bengalas, que se guardó en el bolsillo de la pechera al lado de los prismáticos. Cogió el chaleco salvavidas y se lo dio a Leilani. Póntelo dijo. No te preocupes, es solo por precaución. A continuación sacó el ancla: un ancla de brazos sujeta a un cabo con un gran mosquetón. Desprendió el ancla de la cuerda y la enganchó en el cordón que ataba los pies del prisionero. Este miró a Kurt aterrado. También es solo por precaución le dijo Kurt. El rostro del hombre reflejaba poca confianza en su afirmación. Kurt le quitó la mordaza. Sé que nos entiendes cuando hablamos dijo. Hablas también mi idioma? Él asintió con la cabeza. Hablo un poco. Me imagino que no conocerás el cuento del niño holandés. El hombre se lo quedó mirando sin comprender. Este bote se está hundiendo explicó Kurt, pierde aire. Puedo tirarte por la borda para aligerar la carga o puedes ayudarnos. Ayudaré dijo el prisionero. Sí, sí, yo seguro quiero ay udar. El ancla está a tus pies para evitar que intentes hacer una tontería explicó Kurt, y a continuación señaló la sección de proa. Necesito que tapes esos dos agujeros y que impidas que el aire salga. El hombre asintió con la cabeza. Puedo hacerlo. Seguro, fijo. Bien dijo Kurt. Porque si no lo haces, irás a parar al fondo del mar

antes que nosotros. Kurt soltó las cuerdas que rodeaban las muñecas del prisionero y lo liberó. Cómo te llamas? Ishmael. Genial masculló Kurt. Como si no tuviéramos suficientes preocupaciones. Esperemos que no nos topemos con una ballena blanca cabreada. Con las piernas todavía atadas y enganchadas al ancla, Ishmael se retorció y se deslizó unos treinta centímetros hasta que llegó a la proa del bote. Posó las manos sobre las dos fugas que Kurt había señalado. Apriétalas y no las sueltes dijo Kurt. Ishmael presionó los dos puntos con los dedos y los mantuvo sujetos. Segundos más tarde, miró atrás sonriendo. Perfecto. Y las otras fugas? preguntó Leilani. Yo haré el primer turno dijo Kurt, tratando de separar los dedos como un pianista. Tú mantén el bote apuntando al oeste. Kurt y Leilani cambiaron de posición dos veces en las siguientes tres horas, pero la cámara posterior siguió deshinchándose, y el bote empezó a escorarse a estribor y la esquina de popa se aplanó. De vez en cuando, el agua del mar entraba por encima de la parte superior, empapaba al que estaba tratando de detener la fuga y los lastraba todavía más. Afortunadamente, el océano Índico era el más tranquilo de los grandes mares del mundo, y sus olas eran muy pequeñas, con solo treinta centímetros de altura a lo sumo. Kurt descubrió que las velocidades más bajas reducían los agujeros al mínimo y aminoró un poco la marcha. Se acercaba el mediodía y todavía no habían encontrado nada que les resultara de ayuda, ni siquiera una estela de humo en el horizonte. Cuando el sol estaba dando de pleno, el motor empezó a renquear y a Kurt no le quedó más remedio que apagarlo. Se acabó la gasolina aventuró Leilani. Tenemos cuatro litros más o menos en el tanque de reserva dijo él, señalando una llave de paso en el tubo del carburante que podía girarse para acceder a la reserva. Pero tenemos que reservarlos. Para qué? Imagínate que vemos un barco en el horizonte dijo él. Tendremos que interceptarlo poniéndonos delante de él o, como mínimo, a su lado. Ella asintió con la cabeza. Perdona. Él sonrió. Tranquila.

Sin el zumbido del motor, el silencio resultaba opresivo e inquietante, como una señal de su destino final. No había viento. El único sonido que se oía era el leve azote de las olas lamiendo los costados del bote. Rodeados de ese silencio tres personas a bordo de un bote hinchable de cinco metros, cabeceaban y se bamboleaban con las pequeñas olas, en más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados de océano. Y ahora, qué? preguntó Leilani. Ahora esperaremos respondió Kurt pacientemente. Y veremos qué nos depara la suerte.

39 Joe Zavala había pasado quince horas en el compartimento de carga de un barco desconocido sin más compañía que un grupo de camiones y miles de millones de microbots. Otro hombre se habría vuelto loco y habría tirado la toalla, aporreando las puertas para salir. Joe hizo buen uso del tiempo. Había registrado a fondo cada camión. Había encontrado tres botellas de agua, de las cuales había bebido dos y había reservado una. También había descubierto una bolsa de plástico de cierre hermético llena de una especie de cecina. No era carne de vaca, pero quizá fuera de cabra, camello o cordero. Había comido toda la que había podido y había guardado el resto. También había medido los confines del lugar, había echado un vistazo debajo de los capós de los camiones y se le habían ocurrido varios planes de acción alternativos. Incluso había considerado sabotear los motores, arrancando los cables del distribuidor, manipulando los carburadores o aflojando los tapones del aceite para que los grandes vehículos no arrancaran o se averiaran poco después de ponerse en marcha. Optó por no hacerlo. Si los camiones no funcionaban, no podría salir del barco. Si se movían y se averiaban después de recorrer treinta kilómetros, Joe podría verse atrapado en un sitio peor que Yemen y además rodeado de guerrilleros furiosos. Consideró escapar. Las enormes puertas seguían cerradas a cal y canto, pero Joe estaba convencido de que podría abrirlas a golpes con todos los caballos de potencia de los que disponía. Y luego, qué? Basándose en lo que recordaba de su entrada en el carguero y la gruesa capa de marcas de neumáticos que había en el suelo, suponía que estaba cerca de la parte trasera de algún tipo de embarcación de transporte especializada. Una especie de transbordador de vehículos. No era un barco para carga rodante porque no había salida delantera, pero sin duda estaba diseñado para vehículos. Por la forma en que se bamboleaba y se mecía, tampoco creía que fuera muy grande, lo que significaba que probablemente no lo estaban llevando muy lejos. Decidió no escapar. Eso solo lo llevaría a tirarlo todo por la borda. En lugar de ello, esperó, se echó una siesta en la caja del primer camión y se despertó con un

sonido de gritos en las cubiertas superiores. Parecía que el barco estuviera reduciendo la velocidad y maniobrando con incrementos más pequeños. El sonido de bocinas y silbatos de otros barcos hacía pensar que estaban cerca de un puerto o de un muelle. Joe intuy ó que el momento de actuar se acercaba. Si el barco atracaba en ese misterioso puerto, encontraría una forma de salir aunque no fuera el destino final del camión. Finalmente oyó un ruido procedente de las puertas traseras. Alguien estaba abriendo un pesado candado. Momentos más tarde, la luz entró a raudales en el compartimento mientras las puertas empezaban a abrirse.

40 Era media tarde. El sol se estaba poniendo en el cielo al oeste. Jinn se había asegurado la ocupación de la isla flotante subiendo a bordo a treinta hombres, pesadas ametralladoras, lanzacohetes portátiles e incluso una docena de misiles tierra-aire, menos el que había usado contra Kurt Austin. El hidroavión había repostado y aguardaba en el puerto deportivo por si tenía que marcharse rápido. Se sentía a salvo, seguro. Allí no tendría que preocuparse por Xhou ni por los otros miembros del consorcio, ni hacer frente a las repercusiones de los estadounidenses, que seguían ignorando sus métodos y objetivos. Semejante éxito lo había envalentonado. Se encontraba en la cubierta de observación que sobresalía de la sala de control de Aqua-Terra. Los fastidiosos estadounidenses y el billonario italiano estaban cerca del borde, con las manos esposadas a la barandilla que tenían delante. Zarrina y un par de secuaces de Jinn se hallaban detrás de ellos. Otero se encontraba en el interior de la sala de control, con los dedos sobre las teclas de un ordenador portátil. Supongo que se preguntan por qué siguen vivos les dijo a sus tres prisioneros más importantes. Estamos vivos porque nos necesita para asegurarse de que nadie sospeche qué está pasando dijo el hombre alto, aparentemente dirigiéndose a los otros. Para fingir que aquí todo va como la seda si alguien llama. Lo cual ocurrirá dentro de poco, pero no contará con nuestra colaboración. Una sonrisa burlona se dibujó en los labios de Jinn. No eran tontos, pero desde luego no estaban al tanto de los últimos acontecimientos. Jinn se acercó al hombre alto por detrás. Paul, verdad? Así es. A Jinn le molestaba que el tal Paul fuera mucho más alto que él. Le recordaba unas palabras de Sabah, quien le había dicho que el trono de un rey era siempre el asiento más alto de la sala y que el sha de Irán solía dar audiencia en una sala con un solo asiento, el suyo. Todos los demás tenían que quedarse de pie mientras él estaba sentado a tanta altura que les sacaba una cabeza entera. Jinn movió la pierna, acercó la puntiaguda puntera de su bota a la parte

posterior de las rodillas del estadounidense y lo derribó. Paul dejó escapar un gruñido de dolor y sorpresa. Cay ó de bruces y se dio con el mentón contra la barandilla. Se mordió el labio, y la boca se le llenó de sangre. Eso está mejor dijo Jinn, alzándose por encima del hombre que ahora estaba de rodillas. No se moleste en levantarse. Cabrón soltó la mujer. Ah, la esposa leal dijo Jinn. Por ese motivo sé que harán lo que les mande. Porque si uno de los dos me desobedece, le provocaré un dolor insoportable al otro. No tiene por qué hacer eso rogó Marchetti. Le pagaré por nuestra liberación y por la liberación de mis hombres. Puedo ofrecerle una fortuna. Poseo millones, casi cien millones en activos líquidos, dinero al que Matson y Otero no tienen acceso. Solo ha de dejarnos marchar. Hace mucho oí a alguien hacer una propuesta parecida dijo Jinn. «Todo lo que tengo a cambio de un niño». Ahora entiendo por qué rechazaron su oferta. Su propuesta es una gota de agua en el mar. Es insignificante para mí. Jinn se volvió hacia la sala de control y estableció contacto visual con Otero. Ha llegado el momento. Da la señal a la plaga. Sácala a la superficie. Estás seguro? preguntó Zarrina. Jinn y a había esperado demasiado. Manteniendo la plaga debajo de la superficie, nuestra capacidad para modificar el clima se ha visto limitada. Para cumplir nuestro destino, por no hablar de nuestras promesas, tenemos que enfriar el mar más rápidamente. Y los satélites estadounidenses? Si reparan en el efecto, tendremos problemas más graves de los que ocuparnos que esta gente de la NUMA. Otero ha trazado las rutas, las altitudes y los tránsitos de todos los satélites espías y todos los satélites meteorológicos que cruzan esta parte del océano. Dirigiendo la plaga desde aquí, podemos indicarles que suban y bajen a intervalos más precisos que desde Yemen. Aparecerán cuando nadie esté mirando. Y desaparecerán antes de que los ojos del mundo se vuelvan hacia ellos. Parece complicado dijo Zarrina. Menos de lo que crees insistió Jinn. Estamos en mar abierto. Aparte de algún que otro buque de guerra, no hay gran cosa que mirar. Los satélites espías están orientados a miles de kilómetros al norte, vigilando los ejércitos y el petróleo de Oriente Medio. Escudriñan Irán, Siria e Irak, cuentan tanques y aviones rusos cerca del mar Caspio o grupos de combate estadounidenses en el golfo Pérsico. Miró a Otero. De qué espacio disponemos?

Este consultó su ordenador. Tenemos cincuenta y tres minutos antes de que el próximo satélite se ponga al alcance. Entonces haz lo que te mando ordenó Jinn. Otero asintió con la cabeza, abrió la pantalla de control e introdujo el código de nueve dígitos de Jinn. La transmisión de visibilidad directa se emitiría hasta el horizonte. A partir de allí, los robots se comunicarían entre ellos como fichas de dominó. Pulsó la tecla ENTER. La señal se está procesando. Jinn miró a través del agua, esperando para ver la exhibición. La primera señal tardó un minuto en aparecer, pero entonces la superficie del mar empezó a cambiar rápidamente. Durante todo el día no había habido viento digno de mención, y el mar lucía cristalino a su alrededor. Pero cuando los robots salieron a la superficie, la apariencia lisa del agua adquirió un aspecto granulado, como una bahía apartada cegada por las algas. Jinn observó cómo el efecto se propagaba por todos lados y se extendía a lo lejos. Pronto llegó hasta donde le alcanzaba la vista, pero sabía que iría mucho más allá, al menos ochenta kilómetros en cada dirección. Los vestigios más finos de su creación se extenderían ciento sesenta kilómetros más allá y se dispersarían como los brazos de una galaxia. Mándales que desplieguen sus alas. Otero empezó a teclear otra vez. Orden codificada dijo. Transmitiendo ahora. Jinn sacó unas caras gafas de sol de su bolsillo. Necesitaría las lentes oscuras en unos instantes. Se las puso mientras el mar empezaba a transformarse de nuevo. Parecía que una ola lo estuviera recorriendo, como un temblor. El color pasó de un gris plomizo a un apagado tono brillante y luego empezó a iluminarse hasta que el mar relució con el acabado de un espejo. Con el sol vespertino todavía en lo alto, el efecto era deslumbrante incluso a través del escudo de las gafas polarizadas. Jinn vio que los prisioneros miraban asombrados y que luego apartaban la vista cuando el fulgor resultó demasiado doloroso de ver. Jinn entornó los ojos y miró un instante, el pecho henchido de orgullo. Sobre la superficie del mar, billones y billones de sus diminutas máquinas habían desplegado unas alas espejadas, ocultas hasta entonces bajo unos caparazones como los de los escarabajos. El acto triplicó el espacio ocupado por cada microbot. La superficie reflejada de las alas cuadruplicó la cantidad de luz del sol devuelta a la atmósfera superior, lejos del océano.

Era como si un manto reflectante hubiera sido tendido sobre trece mil kilómetros cuadrados del océano Índico. Gamay fue la primera en establecer la conexión. El cambio de temperatura dijo. Así es cómo se consigue. Sí asintió Jinn. Y la tendencia al enfriamiento se acelerará ahora. Estas aguas están cuatro grados por debajo de la temperatura más baja detectada aquí en esta época del año. Según mis cálculos, la temperatura de la superficie bajará otro grado entero al anochecer. Cada día el efecto se intensificará. Pronto, una gigantesca fuente de agua helada ocupará el centro de este océano tropical mientras en otra parte del océano los microbots estén haciendo exactamente lo contrario, absorbiendo calor, manteniendo el océano caliente. El diferencial de temperatura provocará vientos, a unos les traerá tormentas y a otros les hará abandonar toda esperanza de evitar una hambruna monstruosa. Está loco. Matará a millones de personas. La hambruna los matará la corrigió él. Gamay se quedó callada. Ninguno de los otros dos dijo nada. Los tres mantuvieron la vista apartada del brillante reflejo. Jinn se bañó de la luz cristalina como si fuera la gloria misma. Desde luego era una justificación, y una prueba de los poderes divinos que ahora tenía en la palma de su mano. No se saldrá con la suya dijo Paul. Y quién me va a detener? En primer lugar, mi gobierno añadió Paul. El gobierno de la India, la OTAN, la ONU. Nadie va permitir que deje morir de hambre a un continente. Su pequeña fuerza no durará mucho contra un escuadrón de F-18. Jinn lo miró fijamente. Parte usted de un malentendido de poder fundamental dijo. Cierto, mi gente y yo somos insignificantes a nivel mundial. Pero el poder no solo reside en sus países; reside en el equilibrio de todo el planeta. Cuando las precipitaciones empiecen a alimentar bocas chinas, los chinos no permitirán que la ONU, ni su gobierno ni la gente de Nueva Delhi redirijan su premio recién descubierto. Vetarán cualquier resolución y frustrarán sus deseos de intervenir. Se les unirán los países de Oriente Medio, Pakistán y los rusos. Todos ellos se beneficiarán de lo que y o provoque, y me pagarán y protegerán a cambio de lo que reciban. Será fácil ponerlos en contra de Estados Unidos. Si cree lo contrario, es usted rematadamente ingenuo. Se arriesga a provocar una guerra dijo Gamay. Una guerra que podría engullir al mundo entero, usted incluido. Lo más probable es que sea una guerra de ofertas. Jinn se recreó en el momento. Dentro de poco más de veinticuatro horas habría aplastado a sus enemigos, tanto internos como externos. Habría

demostrado su genialidad y entonces recibiría sus recompensas. El dinero entraría a raudales procedente de China y de los nuevos socios que había aceptado en Pakistán y en Arabia Saudí. Después llegarían las contraofertas de la India y de otros países, y, por consiguiente, las pujas aumentarían. De todas formas irán a por usted y su vil creación afirmó Paul. Por supuesto que sí contestó Jinn. Pero jamás me encontrarán, y demostrarán no ser más capaces de destruir lo que he creado que de erradicar los insectos o las bacterias del mundo. Así que matarán a millones de ejemplares de la plaga. Los billones que queden seguirán reproduciéndose. A los microbots les resultará fácil tomar los restos de sus muertos y usar los materiales para crear otros nuevos. Es lo que hacen. Marchetti los diseñó para que lo hicieran. El italiano apartó la vista sacudiendo la cabeza, atormentado por los remordimientos. Y si alguien me desafía, sufrirá las consecuencias añadió Jinn. La plaga se extenderá hasta los lugares más recónditos del mundo. Dentro de poco los siete mares estarán bajo mi control. Si algún país es lo bastante tonto para desafiarme o simplemente se niega a pagar el tributo que exijo, sufrirá. Sus caladeros serán destruidos, sus fuentes de alimento se consumirán delante de sus propias narices, sus puertos serán invadidos y bloqueados, y sus barcos atacados en tránsito. Vendrán a por usted le espetó Paul. Usted es la serpiente. Lo único que tienen que hacer es cortarle la cabeza. Se les advertirá que dejen a la serpiente en paz insistió Jinn. He programado un desastroso código en la plaga. Si muero o me veo obligado a activarlo por otros motivos, pasará de ser un arma manejada con precisión a convertirse en una plaga de proporciones inimaginables que consumirá, crecerá y atacará todo a su paso. Como las langostas del desierto, no dejará más que muerte tras de sí. Los dos estadounidenses se miraron. Si Jinn no la había interpretado mal, era una mirada de derrota. El silencio que siguió a sus palabras se lo confirmó. Se secó la frente. Estaba empezando a sudar a medida que la temperatura ambiente de la isla aumentaba con toda la energía reflejada. Una brisa comenzó a soplar a través de la cubierta, la primera en días, pero no era fría ni refrescante. Era un viento caliente provocado por el calentamiento diferencial. Marcaba el inicio de la tormenta.

41 Después de varias horas flotando, la suerte no había mostrado a Kurt más que desprecio. El sol caía a plomo sobre ellos, bloqueado únicamente por el toldo improvisado de los paracaídas. La cámara de aire posterior estaba tan desinflada que no tenía sentido tratar de impedir que siguiera deshinchándose. El bote estaba ladeado, inundado en la esquina posterior en cuestión como un coche con un neumático pinchado. Y a pesar del valeroso esfuerzo de Ishmael, el cilindro frontal derecho parecía cada vez más endeble. Kurt observaba a través de un pequeño corte en el paracaídas como un niño que mira a través de los agujeros abiertos en la sábana de un disfraz de fantasma. Alguna novedad? preguntó Leilani. No. Pronunció la palabra con voz ronca. A pesar del agua que había bebido en el avión, se le estaba secando la garganta de nuevo. Tal vez tendríamos que arrancar el motor propuso Leilani. No debemos de estar en las rutas marítimas. Kurt sabía con certeza que no lo estaban. Pocos barcos pasaban por el centro mismo del océano Índico. Su única esperanza era acercarse lo bastante a África para alcanzar una ruta del mar Rojo de norte a sur o una ruta de petroleros del golfo Pérsico, surcada por barcos demasiado grandes para pasar por Suez rumbo al Cuerno de África. Les faltaba mucho para alcanzar esos objetivos; por lo menos cien millas. No podemos llegar con la gasolina que nos queda. Pero tampoco podemos quedarnos aquí sin hacer nada replicó ella. Tenemos cuatro litros y medio de combustible dijo Kurt. No vamos a desperdiciarlo para luego arrepentirnos de haberlo hecho. Leilani lo miró fijamente con los ojos llenos de miedo. La joven estaba temblando. No quiero morir. Yo tampoco dijo Kurt. E Ishmael tampoco. Verdad, Ishmael? Cierto afirmó Ishmael. No estoy listo. No estoy listo para morir, fijo. No vamos a morir aseguró Kurt. Tranquilos.

Leilani asintió con la cabeza; seguía cerca de la sección de popa, tratando de impedir que el cilindro se desinflara del todo. Será mejor que vay as a la parte de delante dijo él. Esa y a no da para más. Leilani soltó la tela de goma y se dirigió a la parte delantera del bote por el lado de babor. Con el peso de la joven en popa, el rincón posterior se elevó un ápice y el bote se bamboleó un poco menos. Kurt volvió a mirar por debajo de su tienda improvisada. Por la posición del sol, calculó que debían de ser las tres de la tarde más o menos. Estaba esperando a que anocheciera. Cuando salieran las estrellas, podría determinar con más exactitud dónde estaban y hacer planes en consecuencia. Kurt bajó la vista al horizonte y observó cómo se producía un extraño fenómeno. Parecía la luz trémula de un espejismo en una carretera del desierto. Parpadeó dos veces como si le estuviera engañando la vista, pero el efecto no hizo más que intensificarse. El mar empezó a brillar sin hacer nada de ruido. No era el sol moteado sobre el agua que todo marinero y pintor aficionado conoce a la perfección, sino una aparición casi efervescente. Era más radiante hacia el oeste, en consonancia con el sol vespertino, pero podía ver lo mismo mirando hacia el este, el norte y el sur. Kurt! gritó Leilani. Él volvió a mirar debajo de la lona. Estás brillando. Kurt se habría mirado a sí mismo, pero estaba demasiado hechizado por lo que veía en ella. Parecía que la hubieran pulverizado con polvo de estrellas. Ishmael lucía una capa parecida, pero Leilani estaba más recubierta. Era como si la hubieran rociado con pintura reflectante de carretera. Qué es? preguntó ella. Kurt se miró las palmas de las manos, frotándose los dedos. El polvo reflectante se esparció como partículas húmedas, y una parte se desprendió. El efecto brillante era perfectamente visible, pero, por mucho que se fijaba, le resultaba imposible ver la causa. Tampoco podía tocarlo, ni siquiera cuando intentaba frotarlo entre los dedos. Eso solo podía significar una cosa. Los microbots de Jinn dijo. Kurt le explicó lo que eran y señaló que el mar estaba lleno de ellos. Al mirar hacia abajo en línea recta vio que la concentración era como una cucharada de azúcar en un plato llano de color negro. Notaba el calor que se reflejaba en ella. También le comentó que algunas de esas pequeñas máquinas habían sido halladas en el catamarán. Son perjudiciales para nosotros? preguntó Leilani. Creo que no respondió Kurt.

Omitió decir que consumían materia orgánica. Afortunadamente, las que tenía en la piel no parecían estar comiendo como las del laboratorio de Marchetti. De todas formas, ahora mismo no me importaría tropezarme con un barco que tuviera una buena ducha a bordo. Leilani trató de sonreír. Kurt no tenía forma de saber que se encontraban cerca de la plaga de Jinn y que la concentración que estaban viendo y el efecto brillante que estaban presenciando no era nada comparado con lo que Paul, Gamay y Marchetti habían visto desde la terraza de la sala de control de Aqua-Terra. Aun así, le costaba apartar la vista del mar centelleante. Mientras observaba, una brisa le tiró de la manga y agitó la lona del paracaídas. Miró sin moverse hacia la proa y vio que la lona se levantaba, se posaba suavemente y volvía a levantarse. La brisa se hizo más fuerte, y Kurt tuvo que agarrar las cuerdas para evitar que el paracaídas grande se fuera ondeando. Se volvió hacia Leilani. Ata este paracaídas a los asideros de la derecha y saca el otro. Leilani ya se había puesto en movimiento sin cuestionar sus órdenes. La brisa que soplaba venía de un lugar situado detrás de ellos y ligeramente al norte. Era un viento caliente como los de Santa Ana de California o los sirocos del Sahara. Era como tener un secador a su espalda, pero a Kurt le daba igual. Leilani y él trabajaron con rapidez. El bote estaba equipado con media docena de asideros separados y un par de abrazaderas al frente. Al cabo de un minuto, las cuerdas de los dos paracaídas estaban atadas a esos ocho puntos y tensas mientras los paracaídas ondeaban delante del bote. Se llenaron al igual que velas, y el bote empezó a moverse tirado por los dos paracaídas como un par de caballos mágicos. A medida que los paracaídas recibían más y más viento, el bote ganó velocidad. Las partes desinfladas le impedían moverse con la rapidez del motor fuera borda, pero al menos navegaba. Kurt no tenía ni idea de dónde había salido el viento en aquella zona de calmas ecuatoriales, pero le daba igual. Volvían a moverse, y era mejor que estar quietos. Soplaban ráfagas, y las cuerdas chasqueaban y se tensaban tirando del bote hacia delante. Agárrate! gritó Kurt al menos por tercera o cuarta vez ese día. Tengo la sensación de que va a ser un viaje movido.

42 La cárcel de Aqua-Terra se encontraba en el nivel más bajo de la isla por encima de la línea de flotación. De vuelta en su lujosa celda, Paul, Gamay y Marchetti estaban también en su punto más bajo. Durante exactamente cincuenta y tres minutos, Jinn los había tenido esposados a la barandilla expuestos al brillante reflejo solar, a las fuertes ráfagas y al calor. Paul Trout no había estado en su vida en una cabina bronceadora, pero era como si la cubierta de observación se hubiera convertido en una, y encima con calor y una luz deslumbrante. Había sido una experiencia surrealista presenciar cómo los reflejos danzaban a través de Aqua-Terra en una exhibición mareante, casi hipnótica. Como los diminutos espejos se movían de forma independiente en el agua, la luz que reflejaban también se movía de igual forma, cosa que hacía imposible estudiar el efecto. Paul solo podía hacerse una idea de lo que era, como hallarse en medio de la niebla y saber que estaba compuesta de miles de millones de moléculas independientes de vapor de agua y que no era algo uniforme. A pesar de lo difícil que resultaba mirar las cubiertas y las estructuras que los rodeaban, era imposible observar el océano durante cierto tiempo. Para protegerse los ojos, Paul los había mantenido cerrados apretándolos durante la mayor parte de los cincuenta y tres minutos. Debido a ello, la superficie del mar le había parecido una masa centelleante como un interminable mar de diamantes. Unas ondas bajas la recorrían, provocadas por unas olas menores que no habían estado presentes una hora antes. Las corrientes de viento levantadas por el calor reflejado atravesaban la reluciente superficie y hacían que pareciera un ser vivo. Respiraba, se movía, aguardaba. En cierto sentido, era tan hermosa como terrorífica. El tiempo transcurrió, y cuando Jinn dio la orden, el mar de diamantes se volvió otra vez gris. Los robots se sumergieron rápidamente, y el mar lució el aspecto de cualquier otro mar del mundo. Me siento como si me hubiera quedado dormido en la playa dijo Paul, asombrado de lo tirante y roja que tenía la piel. Enfrente de él, Marchetti se paseaba y contemplaba la vista de vez en cuando a través de las grandes ventanas, mientras Gamay permanecía sentada al lado de

su marido intentando aplicarle una especie de bálsamo de primeros auxilios en el labio partido y en la lengua ensangrentada. Por lo menos ahora sabemos cómo han alterado la temperatura del agua dijo Marchetti. Por favor, no te muevas pidió Gamay a Paul. Sostenía un algodón y un ungüento bactericida de un kit de primeros auxilios, pero cada vez que se acercaba, Paul volvía a hablar. Eso no nos sirve de nada dijo. Paul. No me estoy moviendo. Sí la parte que intento curarte. Paul asintió con la cabeza y mantuvo la boca abierta como un paciente en la consulta del dentista. Marchetti dejó de pasearse. La pregunta es: qué pasará ahora que han puesto su plan en marcha? Paul vaciló y esperó todo lo que pudo. Yo puedo decirle exactamente lo que va a pasar dijo al fin. Gamay espiró bruscamente y se apartó. Están creando una enorme columna de agua fría, con temperaturas más propias del Atlántico Norte que de una zona como esta en medio de un mar tropical. Los gradientes de temperatura de esa clase se intensifican e incluso provocan tormentas y ciclones. No solo en el aire, sino también debajo de la superficie. Y cuando dejen de irradiar el calor al aire, el agua fría empezará a absorber calor del aire otra vez y se invertirá la ecuación prosiguió Marchetti. Si el plan continúa añadió Paul, la temperatura ambiente descenderá rápidamente, pero solo sobre la zona afectada. El resto del mar seguirá caliente y húmedo. Ha visto alguna vez lo que pasa cuando el aire caliente y húmedo se encuentra con el frío? Tormentas contestó Marchetti. Paul asintió con la cabeza. Yo estaba en Oklahoma hace varios años cuando sopló un frente frío después de tres días de humedad. Sufrieron cien tornados en un período de tres días. Creo que aquí presenciaremos una gran tormenta: una depresión tropical o un ciclón. Incluso podría formarse un huracán a nuestro alrededor. Gamay había renunciado a intentar curar el labio de Paul. Pero esta es la zona muerta señaló ella. Normalmente aquí no se forman las tormentas. Se forman hacia el norte y el este, y siguen hacia la India. De allí vienen los monzones. Paul estaba considerando las repercusiones. Estamos casi en el ecuador. Si una tormenta se formara aquí, seguiría hacia

el oeste y sería arrastrada hacia Somalia, Etiopía y Egipto conjeturó. Eso ya está pasando dijo Marchetti. He leído algo sobre unas lluvias como no se han visto nunca en las tierras altas sudanesas y en el sur de Egipto. El artículo decía que el lago Nasser había crecido hasta un nivel que no se veía desde hacía treinta años. Paul recordó haber oído algo parecido. Y probablemente solo sea el principio. Marchetti se paseaba frotándose la barbilla con aspecto tembloroso. Qué pasa cuando el aire se desestabiliza y se convierte en una tormenta? Paul desvió la mirada hacia las ventanas, en dirección al sudoeste. Estaba acordándose de unas clases que había recibido sobre la generación de tormentas y los factores que las desarrollaban. Los huracanes del golfo se intensifican en las zonas calientes. Las tormentas de Jinn se desplazarán precisamente sobre esas áreas. Robarán el calor, la humedad y la energía que normalmente va a parar a los monzones. Se las llevarán como ladrones. Y dejarán la India y el sudeste de Asia secos, lo que no ocurre nunca en esta época del año añadió Gamay. Ese loco ha llevado a cabo lo que la gente siempre ha deseado: se ha hecho con el control del clima y lo ha trastocado. Marchetti se sentó torpemente. En realidad se desplomó en el borde del asiento. Y ha usado mi diseño para hacerlo dijo. Los miró a los dos. El billonario de seguridad desbordante había desaparecido, como también había desaparecido el orgulloso diseñador con ideas audaces e incluso el ingeniero racional. Los distintos personajes parecieron esfumarse delante de sus narices y dejaron solo a un hombre deshecho. Todas esas personas susurró. Mil millones de personas esperando un monzón que nunca llegará. Seré el peor asesino en masa de la historia. Parecía que Gamay estuviera a punto de intervenir y decir algo para animar a Marchetti. Ese era el momento en que solía hacerlo, pero esa vez no encontró las palabras. Paul lo intentó: Su legado todavía no está escrito. Alfred Nobel inventó la dinamita y dirigía una empresa que fabricaba armamento, pero nadie lo recuerda por eso. Además, usted todavía tiene la oportunidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Pero estamos solos repuso Marchetti. Sus amigos han muerto. Nadie sabe qué está pasando aquí. Paul miró a Gamay porque compartía el dolor de su esposa por la pérdida de sus amigos, y porque la amaba y quería que sintiera algo que no fuera

desesperanza. Le apretó las manos y la miró a los ojos. Lo sé le dijo a Marchetti. Pero encontraremos una forma. Primero tenemos que salir de aquí. Gamay esbozó un amago de sonrisa. Era una expresión de esperanza, insuficiente para despejar todas las dudas y el dolor, pero era un principio. Tiene alguna propuesta? preguntó Marchetti. Paul miró a su alrededor. Tengo una idea dijo. Pero no estoy seguro de que le vaya a gustar. A estas alturas no tenemos elección apuntó Marchetti.

43 El inesperado viento que había empujado a Kurt, a Leilani y a Ishmael sopló racheado durante casi dos horas. A veces amenazaba con elevar el bote del agua. A mitad de la travesía, el extraño efecto brillante se desvaneció tan rápidamente como había aparecido, tanto del agua que los rodeaba como de sus cuerpos. Crees que han desaparecido? preguntó Leilani. Lo dudo respondió Kurt. Parece que lo que los hace brillar ha pasado, pero creo que siguen encima de nosotros y en el mar. El viento amainó durante la siguiente hora. Viniera de donde viniese, desapareció una hora antes de que anocheciera. El lado de estribor de la embarcación se hundió más, y a los tres no les quedó más remedio que arrimarse a los calzos de babor para impedir que el bote volcara. Tal como estaba, cada pequeña ola que se acercaba inundaba la cubierta inclinada. Kurt recogió los paracaídas, los escurrió y los guardó. Casi había acabado cuando un grito de Ishmael lo sobresaltó. Tierra! gritó Ishmael. Tierra a la vista! Kurt alzó la mirada. A escasa altura sobre el horizonte había un contorno vago de color verdoso. A la tenue luz, podría haber sido una nube emitiendo un extraño reflejo. Kurt sacó los prismáticos, limpió las lentes y se los llevó a los ojos. Que sea tierra, por favor dijo Leilani, juntando las manos. Por favor. Kurt vio prados y copas de árboles. Ya lo creo que es tierra afirmó, dando una palmada a Ishmael en el hombro. Es tierra, fijo. Apartó los prismáticos y se dirigió a la parte trasera del bote. Conectó el tubo del combustible al depósito de gasolina de reserva y arrancó el motor fuera borda. Se encendió renqueando, y Kurt giró el regulador. Cuando la hélice estuvo otra vez en funcionamiento, el bote medio deshinchado avanzó como un cangrejo y caló hasta los huesos a Kurt de un agua sorprendentemente fría. Veinte minutos más tarde, vio un pico central de unos quince metros de altura cubierto de vegetación. A cada lado de él se extendía terreno llano. Vio olas rompiendo en un arrecife que rodeaba la isla.

Un atolón volcánico dijo. Vamos a tener que pasar el arrecife para llegar a tierra firme. Puede que tengamos que nadar hasta allí. Miró a Ishmael y luego a Leilani. Todavía tienes la pistola? Ella asintió con la cabeza. Sí, pero Dámela. La joven le dio la pistola que ambos sabían que estaba descargada. La sostuvo como si estuviera lista para disparar. Ella te va a desatar aseguró Kurt. Si nos das algún problema, te haré más agujeros que a este bote. Ningún problema dijo Ishmael. Kurt asintió con la cabeza, y Leilani desenganchó el mosquetón y levantó el ancla por encima del costado. A continuación, le desató las piernas y tiró la cuerda. Kurt esperó a que Ishmael se moviera, pero lo único que hizo fue estirar las piernas y sonreír de alivio. Para entonces se estaban acercando al arrecife que rodeaba la isla. Las olas no eran demasiado grandes, pero en las zonas del arrecife donde había huecos el mar estaba bastante turbulento. No deberíamos buscar un sitio más tranquilo? preguntó Leilani. El depósito debe de estar casi vacío contestó Kurt. Se dirigió al primer acceso que vio. El bote surcó el mar hacia él como una barcaza, empujando una oleada de agua baja por delante. El agua a su alrededor pasó del azul oscuro al turquesa, y el encrespamiento se intensificó en las zonas sumergidas del arrecife que afectaban a la dinámica de las olas. Coronaban una ola de sesenta centímetros y un momento después otra los azotaba por el costado y se sumían en un seno que parecía tirar de ellos hacia atrás. La columna dura del bote rechinó contra algo sólido, y la hélice se clavó. Dos olas que venían por detrás se combinaron, y los empujaron hacia delante y hacia babor. Pasaron rozando por encima de más corales mientras la espuma de una tercera ola los cubría. Kurt giraba el fuera borda hacia aquí y allá, acelerando y aflojando, usándolo tanto como motor como timón. El agua de rechazo que atravesaba el hueco luchaba contra ellos, pero con la siguiente serie de olas grandes se lanzaron otra vez hacia delante. Esa vez el lado de babor sufrió un fuerte golpe, y las dos cámaras se abrieron desgarrándose. Hemos recibido un golpe gritó Leilani. Quedaos en el bote todo lo que podáis vociferó Kurt. Aceleró una vez más. El motor fuera borda giró durante aproximadamente diez segundos y a continuación empezó a renquear. Aflojó un poco, pero era

demasiado tarde. El motor se paró, privado de combustible. Otra ola los azotó de lado. Saltad! les ordenó Kurt. Ishmael se arrojó por encima del costado. Leilani vaciló y acto seguido se tiró hacia delante. Otra ola golpeó el bote medio hundido, y Kurt también se abalanzó contra la espuma. Nadó con todas sus fuerzas, pero las veinticuatro horas que llevaba sin comer, la falta de agua y el agotamiento de los últimos dos días jugaban en su contra. El cansancio no tardaría en apoderarse de él. La resaca lo empujó hacia atrás, y a continuación una ola lo arrastró hacia delante. Se raspó la fiel con un coral y se le atascó el pie en un trozo sólido. Empujó con fuerza para soltarse y se lanzó otra vez hacia delante. Le costaba nadar con las botas, pero cada vez que tomaba impulso con los pies contra el coral valía su peso en oro. Cuando la resaca volvió, introdujo el pie en el coral y afianzó su posición. La espuma lo cegó cuando las olas se elevaron por encima de él. Algo blando chocó contra él por delante. Era Leilani. La agarró y la empujó hacia delante con la siguiente ola, y se lanzaron a la zona de aguas más tranquilas situadas dentro del anillo protector del coral. Kurt nadaba con fuerza. Leilani hacía otro tanto. Cuando los pies de él tocaron la arena, los hundió y avanzó con una mano en el chaleco salvavidas de Leilani, arrastrándola con él. Salieron de la espuma y se desplomaron en la arena blanca, lo bastante cerca de la orilla para que las olas siguieran azotándolos. Prácticamente lo único que Kurt podía hacer en ese momento era respirar, pero consiguió pronunciar unas palabras. Estás bien? Leilani asintió con la cabeza, con el pecho palpitante, como el de él. Kurt miró a su alrededor. Estaban solos. Ishmael? No vio nada ni oy ó respuesta alguna. Ishmael! Allí! dijo Leilani, señalando con el dedo. El hombre yacía boca abajo entre la espuma mientras las olas lo empujaban a la arena y luego lo arrastraban hacia atrás. Kurt se levantó, fue dando traspiés en dirección a Ishmael y se tiró otra vez al mar. Lo agarró y lo arrastró hasta la orilla. Ishmael tosió, se atragantó y escupió agua. A Kurt le bastó un breve vistazo para comprobar que sobreviviría. Antes de que pudiera celebrarlo, un par de largas sombras descendieron

sobre Kurt por detrás. Reconoció las siluetas de unos rifles y de unos hombres corpulentos en las surrealistas sombras pintadas en la arena. Se volvió. Varios individuos se hallaban de pie con el sol a sus espaldas. Parecía que llevaran uniformes andrajosos y cascos y que estuvieran armados con pesados rifles de cerrojo. Cuando se acercaron los vio mejor. Eran unos tipos morenos, cuyo aspecto recordaba el de los aborígenes australianos pero con rasgos polinesios. Sus rifles eran unas viejas carabinas M1 con cargadores de cinco balas, y sus uniformes y cascos parecían los que llevaban los marines de Estados Unidos en torno a 1945. Entre los árboles situados en lo alto de la playa también había unos cuantos. Kurt estaba demasiado agotado y sorprendido para hacer algo más que observar, cuando uno de los hombres se acercó a él. Este sostenía el largo rifle con aire despreocupado, pero lucía una expresión de seriedad absoluta en el rostro. Bienvenido a la isla de Pickett dijo con marcado acento inglés. En el nombre de Franklin Delano Roosevelt, le hago mi prisionero.

44 Desde el punto de vista de Joe, o el proceso de atraque del transbordador era excesivamente complicado o la embarcación y su capitán no eran los indicados para la tarea. Una hora después de que las puertas del compartimento se hubieran abierto y el barco hubiera trajinado de acá para allá una docena de veces, por fin chocaron contra un embarcadero. Joe permaneció acurrucado en la parte trasera de la caja del camión. Los conductores y los tripulantes habían subido a sus vehículos mucho antes de que el barco se parara, y empezaron a arrancar los grandes camiones. Durante varios minutos, mantuvieron los motores al ralentí y, aunque las puertas permanecían abiertas, Joe estaba seguro de que se desmayaría a causa de los gases del diésel antes de que salieran. Por fin, con la cabeza a punto de estallar como si tuviera una taladradora dentro del cráneo, los camiones empezaron a moverse. Salieron de uno en uno del compartimento de carga al embarcadero. Joe no se arriesgó a echar una ojeada hasta que consideró que estaban lejos del muelle. Pero le sorprendió lo rápido que se movían minutos después de abandonar el transbordador. Pasó sigilosamente por delante de los bidones hasta la parte de atrás del camión. Como el suyo había sido el primero en entrar en el compartimento de carga, fue el último en salir. En ese momento iban a la cola del convoy, lo que significaba que podía mirar sin miedo a que lo descubrieran. Levantó la lona unos centímetros y vio un macadán gris erosionado que desfilaba por detrás de ellos, mientras los camiones corrían por una carretera a velocidades que no habían alcanzado en Yemen. Estaba oscureciendo de nuevo después de veinte horas de travesía en el barco. Joe veía terreno desértico por todas partes. Parecía que hubiera regresado a Yemen. No habíamos dejado todo esto atrás? murmuró. Por supuesto, había diferencias, principalmente la carretera pavimentada. Se veía más vegetación y algún que otro indicador. En los desiertos de Yemen no había ninguno. Cuando pasaban zumbando ante los indicadores, Joe trataba de leerlos, pero solo podía ver la parte de atrás de los que estaban en su lado de la carretera, y los que informaban a los conductores que iban en el sentido contrario

solo se iluminaban con las luces traseras del gran remolque. El tenue fulgor rojo brillaba tan poco que Joe no podía ver gran cosa antes de que el indicador quedara fuera de su campo de visión. Lo único que distinguía eran las letras. Estaban hechas con la caligrafía sinuosa del árabe y también con las letras mayúsculas del inglés, cuya simple presencia indicaba que estaba mucho más cerca de la civilización de lo que lo había estado en días. Mientras Joe esperaba a que pasaran al lado de más señales, llegó la oscuridad de la noche y el paisaje se volvió monótono. Lo único que cambiaba era el aroma. Joe empezó a percibir olor a polvo, a humedad y a desierto mojado por la lluvia. Le recordaba Santa Fe, donde se había criado, cuando terminaba la estación seca. Al mirar arriba, reparó en que el cielo era un telón negro sin estrellas. Instantes más tarde, la lluvia empezó a salpicar el camión y la carretera a su alrededor. Joe oy ó un trueno a lo lejos. Mientras los vehículos seguían avanzando, la lluvia se intensificó, y el aire se enfrió y se humedeció. Para sorpresa de Joe, no fue un chaparrón sino un diluvio que siguió cayendo mientras el convoy recorría kilómetros. Pronto la lona que tenía encima estaba empapada y chorreando. Lluvia en el desierto susurró Joe para sí. Me pregunto si eso es bueno o malo. Mientras el agua caía, se cruzaron con otro grupo de señales. Quiso la suerte que un coche pasara en el sentido contrario casi en el mismo instante. Sus luces largas atravesaron la lluvia e iluminaron un indicador en el lado opuesto de la carretera el tiempo suficiente para que Joe lo leyera. El deteriorado letrero azul estaba desgastado por la arena y torcido, pero las palabras se veían con bastante claridad. Marsa Alam dijo Joe en voz alta leyendo el indicador. Cincuenta kilómetros. Conocía la situación del lugar; se trataba de un puerto egipcio en el mar Rojo. Se hallaba detrás de ellos. Debía de ser donde el transbordador había atracado y los camiones habían desembarcado. Eso significaba que habían recorrido tres cuartas partes del camino de El Cairo a la frontera sudanesa y que se hallaban a solo un par de horas de Lúxor. Estoy en Egipto susurró Joe, y rápidamente comprendió lo que eso significaba. Estos tíos van a la presa de Asuán.

45 Siguió lloviendo a cántaros sobre el convoy de camiones de Jinn mientras se dirigían al oeste con estruendo por la carretera de Marsa Alam. Con la humedad, el enfriamiento natural del desierto por la noche y el viento que se arremolinaba en la parte trasera del camión al pasar a toda velocidad, Joe empezó a temblar. Al principio acogió la sensación con alivio después del tiempo que había pasado en Yemen y en el caluroso compartimento del transbordador, pero, a medida que transcurría la noche, el frío empezó a calarlo hasta los huesos, y Joe cerró la lona para impedir que el viento y la niebla entraran en la caja del camión. Había un trayecto de cuatro horas por tierra de Marsa Alam a Asuán, pero a las tres horas el convoy empezó a reducir la velocidad cuando salieron del desierto y entraron en la franja de civilización que bordeaba el Nilo. Los camiones cruzaron el amplio río por un moderno puente y penetraron en la ciudad de Edfu en la orilla occidental. Al mirar a su alrededor, Joe vio bloques de pisos de varias plantas así como almacenes y edificios gubernamentales. No era precisamente el centro de Washington, sino más bien una versión polvorienta de Berlín Oriental, pero era la civilización. El camión redujo más la velocidad, y Joe esperó que hubieran llegado a un semáforo, pero en su lugar dieron con una rotonda y giraron tres cuartos de círculo antes de dirigirse al norte en línea recta otra vez. Tenía que ser una rotonda masculló Joe. Se figuró que en cualquier momento volverían a otra carretera y que estaría en Asuán antes de poder escapar. Mientras el motor rugía en primera o segunda marcha y el camión ganaba velocidad, Joe decidió que había llegado el momento de abandonar el barco. Salió de debajo de la lona y bajó al parachoques trasero. Se asomó al borde de la lona, esforzándose por ver lo que se avecinaba. No había postes telefónicos ni luces ni letreros. No había moros en la costa, y Joe saltó del camión. Cay ó al macadán mojado, rodó por el suelo y resbaló a través de un charco de fango en el que se había acumulado la lluvia. Permaneció tumbado un instante, observando los camiones en busca de alguna señal de que los conductores habían presenciado su acrobacia.

Los vehículos siguieron avanzando hacia el norte con estruendo en la oscuridad, sin cambiar de velocidad ni frenar en ningún momento. Empapado y sucio, Joe se levantó del lodo y miró a su alrededor. Había caído en una zona abierta. A través de la lluvia, vio una gran estructura a la izquierda iluminada con focos. Haciendo caso omiso de las nuevas molestias que notaba en el hombro y en la cadera, y esforzándose por no pensar en lo mucho que le dolía otra vez el tobillo, se dirigió cojeando a la zona iluminada. Parecía un cruce entre una obra de construcción y un antiguo templo, y Joe tuvo que acercarse para darse cuenta de que estaba delante del templo de Horus, uno de los más antiguos y mejor conservados de Egipto. El muro frontal tenía dos enormes alas que se alzaban treinta metros en el cielo nocturno. Había figuras humanas grabadas de unos veinte metros de altura, y unas aberturas dejaban entrar la luz en su interior espaciadas a intervalos regulares arriba, abajo y a través del muro. Durante el día el lugar habría estado lleno de turistas. Pero de noche, bajo la lluvia torrencial, se hallaba vacío. A excepción, advirtió Joe, de un par de guardias de seguridad en una garita iluminada. Corrió hacia ella y llamó a la ventanilla. Los guardias se llevaron un susto de muerte, y uno de ellos saltó literalmente del asiento. Joe volvió a aporrear la ventanilla, y al final uno de los guardias la abrió. Necesito su ayuda dijo Joe. El guardia todavía sobresaltado se quedó confundido, pero se recuperó enseguida. Ah claro, pase asintió. Sí, entre. Joe se acercó a la puerta. Afortunadamente para él, uno de los requisitos de selección de los guardias del templo era su dominio del inglés, pues había muchos turistas estadounidenses y europeos. Gracias dijo Joe. Qué hace bajo la lluvia? preguntó un guardia. Es una larga historia contestó Joe. Soy estadounidense. Se puede decir que he estado preso hasta que he saltado de un camión en marcha, y necesito imperiosamente usar su teléfono. Estadounidense repitió el guardia. Turista? Quiere que llamemos a un hotel? No dijo Joe. No soy un turista. Necesito hablar con la policía. En realidad, necesito hablar con el ejército. Estamos en peligro. Todos estamos en peligro. Qué clase de peligro? preguntó el guardia con suspicacia. Joe lo miró a los ojos. Unos terroristas van a destruir la presa.

46 Los cinco camiones del convoy de Jinn avanzaron hacia el norte con estruendo y finalmente pararon en la carretera principal y enfilaron un camino de tierra. Dejaron atrás la presa y siguieron adelante, recorriendo una carretera que serpenteaba a lo largo de la orilla irregular del lago Nasser. Ochocientos metros por encima de la presa, llegaron a una verja abierta de forma sospechosa y la cruzaron. En la cabina del primer camión, Sabah ordenó a los conductores que apagaran las luces y les hizo usar unas gafas de visión nocturna. Oscurecido de esa forma, el convoy llegó a una rampa para embarcaciones en la orilla del lago. Dad la vuelta a los camiones ordenó Sabah. Metedlos dando marcha atrás. Sabah bajó del primer camión y dirigió las maniobras. Los grandes vehículos se pusieron en fila unos al lado de otros; la ancha rampa era lo bastante grande para dar cabida a los cinco al mismo tiempo. Recordaban a grandes cocodrilos tomando el sol en la orilla. Puesto que el lago estaba muy crecido a causa de la lluvia que había caído, la mayor parte de la rampa estaba sumergida. Sabah calculaba que unos treinta metros de hormigón se hallaban ocultos bajo el agua antes de que la rampa cruzara el lecho natural del lago. A su señal, los camiones empezaron a descender con cuidado por la rampa. Los conductores se lo tomaron con calma, comprobando su progreso en los retrovisores y a través de las ventanillas abiertas. Cuando las cajas de los camiones empezaron a entrar en el agua dando marcha atrás, Sabah sacó un mando a distancia de su bolsillo. Desplegó la antena, apretó el interruptor de encendido y pulsó el primero de cuatro botones rojos. En la parte trasera de los cinco remolques, los cierres magnéticos que rodeaban los bidones amarillos se abrieron. Las tapas presurizadas se levantaron y se deslizaron a un lado. Una luz verde indicó a Sabah que la activación había tenido éxito. Sin que nadie la viera, la arena plateada de los microbots cobró vida, revolviéndose y arremolinándose como si hubiera serpientes escondidas bajo la

superficie, y empezó a desbordarse de los bidones. Ajenos a lo que estaba ocurriendo en las cajas de los camiones, los conductores siguieron descendiendo por la rampa, dejando que la gravedad hiciera el trabajo. Ninguno de ellos había hecho aquello antes, y la mayoría tenía la sensación de que estaban siendo succionados. Sabah evaluó su progreso. La cautela de los hombres le agradaba. Significaba que no le estaban prestando atención. Bien susurró al tiempo que presionaba el segundo de los cuatro botones rojos. Dentro de las cabinas, los seguros de las puertas se bajaron de golpe, y las ventanillas se elevaron hasta quedar cerradas en un noventa por ciento y se pararon. El ruido y el movimiento sobresaltaron a los conductores. Un instante más tarde, empezó a salir gas cloroformo de unas pequeñas bombonas hasta llenar las cabinas. Los hombres duraron solo un segundo o dos; ninguno consiguió abrir una puerta haciendo palanca. Uno bajó una ventanilla a la mitad antes de desmayarse y desplomarse pesadamente en el asiento. Sin esperar un segundo, Sabah pulsó el tercer botón. Los motores de los camiones empezaron a girar. Los vehículos aceleraron hacia atrás y cruzaron el agua como una manada de ruidosos hipopótamos. Los motores habían sido modificados para incorporar una toma de aire secundaria, camuflada como un tubo de escape que se elevaba por encima del techo del camión. Cuando Sabah había activado el cloroformo, la toma de aire principal se había cerrado y la principal se había abierto. En realidad, actuaba como un tubo de buceo, permitiendo que el motor respirara y siguiera girando incluso después de que el camión hubiera quedado sumergido en su totalidad. Gracias a ello, los motores siguieron funcionando y las ruedas continuaron girando hacia atrás, empujando a los camiones por la rampa y a través de las rocas sumergidas y la grava que había detrás. Los camiones se desplegaron como los dedos de una mano, se introdujeron debajo del agua y desaparecieron. El impulso y la pendiente del pedregoso lecho del lago les permitieron seguir avanzando incluso cuando sus motores se inundaron. Cuando los vehículos se pararon por fin, estaban a nueve metros por debajo de la superficie y a cuarenta y cinco de la orilla. Los conductores, inconscientes, no tardaron en ahogarse. En caso de que fueran descubiertos, serían identificados como radicales egipcios. La relación de Sabah y Jinn con el incidente seguiría sin conocerse, salvo por el general Aziz, que haría bien guardando silencio y seguramente no tendría más remedio que volver a sentarse a la mesa de negociaciones. Cuando las aguas se asentaron, Sabah pulsó el último botón del controlador. A unos ochocientos metros de distancia, en la pared de la presa, dos dispositivos

separados empezaron a emitir señales. Ambos dispositivos, del tamaño de una maleta normal pero con la forma de una especie de cangrejos mecánicos, habían sido colocados allí por unos submarinistas cuarenta y ocho horas antes. Uno estaba justo debajo de la marca del nivel del agua, mientras que el otro se hallaba adherido a un punto de la pared inclinada de la presa veintiún metros por debajo. Si los submarinistas habían hecho bien su trabajo, unos agujeros de tres metros se habrían abierto en la pared exterior y en el conglomerado de detrás. Cada cangrejo tenía un grupo de disciplinados microbots que y a estarían trabajando duro agrandando los agujeros. El gran ejército que estaba saliendo de los camiones acudiría a la señal y aceleraría el proceso rápidamente. Dentro de seis horas, un chorro de agua aparecería en el lado opuesto de la presa cerca de la parte superior. Esa fuga abriría un canal, y la erosión que se produciría a continuación convertiría de inmediato el flujo en un torrente. La primera fase de la catástrofe llegaría después, cuando las aguas del lago Nasser desbordaran la parte superior, ensancharan el canal con un flujo imparable e hicieran estragos en el valle del Nilo, pero eso solo era el principio. El segundo túnel, que penetraría mucho más hondo en la presa, desestabilizaría el núcleo y abriría un túnel en el centro de la estructura. Con el tiempo cedería, y una enorme sección con forma de V se desplomaría de repente hacia atrás. La riada se convertiría en un tsunami. En cierto modo, el general Aziz les había hecho un favor. Entre el mensaje que estaban a punto de enviar en Asuán y las medidas que Jinn estaba tomando en el océano Índico, Sabah dudaba que algún país del mundo se negara a aceptar sus exigencias o que osara amenazarlos. Estarían dispuestos los estadounidenses a ver desmoronada la presa de Hoover, Las Vegas borrada del mapa por una inundación y los estados del sudoeste privados de electricidad y agua al mismo tiempo? Permitiría China que la presa de las Tres Gargantas corriera una suerte parecida? Sabah lo dudaba. Lanzó el mando a distancia al lago y empezó a alejarse. A unos ochocientos metros le esperaba un camello. Se montaría en él, se cubriría la cara con la kufiya y desaparecería en el desierto como los beduinos habían hecho durante miles de años o más.

47 Kurt Austin se despertó en un refugio militar horas después de ser hecho prisionero en la isla de Pickett. Encarcelado, exhausto y pensando en que más tarde necesitaría el descanso, Kurt se había tumbado en el suelo prácticamente nada más ser encerrado. Enseguida se había dormido. Al despertarse, le disgustó descubrir que no había sido un sueño. Los hombres con uniformes militares lo llevaron a rastras del refugio a otro oculto bajo los árboles. Dentro, halló una instalación claramente militar que parecía una especie de tribunal. Leilani e Ishmael estaban a su lado. Detrás de una mesa situada al final del refugio había otro isleño con aspecto aborigen y polinesio que presidía la audiencia en calidad de uno de los jueces. Era más alto y más delgado que el hombre que los había encontrado en la playa y bastante más mayor, pensó Kurt. Tenía una maraña gris entre su cabello moreno. Soy el decimoctavo Roosevelt de la isla de Pickett dijo el hombre. El decimoctavo Roosevelt? repitió Kurt. Correcto asintió el juez. A quién me dirijo? Digan sus nombres para que quede constancia. Yo soy el primer Kurt Austin de Estados Unidos de América dijo Kurt. Por lo menos, el primero que y o sepa. Los jueces y los demás presentes que los rodeaban inspiraron de forma colectiva, y Kurt trató de entender lo que estaba viendo y oyendo. En el trayecto desde la playa hasta los refugios ocultos entre los árboles habían encontrado fortificaciones, trincheras, emplazamientos de pesadas ametralladoras y luego una zona de edificios destartalados, entre los que se encontraban los refugios militares con los tejados remendados y reparados con paja y hojas de palmeras entrelazadas. Unos hombres con ropa militar de color verde los rodeaban. Sus uniformes no se encontraban en mejor estado que los refugios. De hecho, algunos parecían copias mal cosidas. Los rifles M1 que llevaban parecían auténticos; Kurt tenía varios en su colección, pero, que él supiera, no habían sido usados por soldados desde la guerra de Corea. A su lado, Leilani dijo su nombre e Ishmael hizo otro tanto. Ninguno de los dos

se presentó como lo había hecho Kurt. Tampoco mencionaron su nacionalidad. El decimoctavo Roosevelt habló de nuevo: Se les acusa de invasión de la propiedad ajena, posesión de armas y espionaje. Serán retenidos como combatientes enemigos y prisioneros de guerra. Dígannos cómo se declaran. Cómo nos declaramos? soltó Leilani. Sí dijo el juez. Son miembros de las fuerzas del Eje o no? Leilani tiró de la manga de Kurt. Qué está pasando? De qué están hablando? Kurt sentía que se estaba quedando atrás. Una idea empezó a cobrar forma en su mente. Creo que esto es un culto de la carga susurró. Un qué? En el Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, algunas islas con sociedades tribales se vieron de repente en medio de la mayor guerra jamás librada. Cualquier isla con valor estratégico fue reclamada y usada para un objetivo u otro, a menudo para almacenar provisiones que llegaban en barcos en ingentes cantidades. Cosas que los soldados y marineros llamaban «carga». Señaló con la cabeza a los soldados que los rodeaban. Para la gente de las sociedades tribales, la repentina aparición de hombres que venían del cielo o del mar en grandes barcos, cargados de lo que parecían cantidades ilimitadas de comida y productos manufacturados, fue como la llegada de unos dioses menores. Te estás quedando conmigo dijo ella. En absoluto. Para conseguir el apoyo de los habitantes de las islas, se entregaron muchas cosas a los isleños como maná del cielo. Pero cuando la guerra terminó y los soldados se marcharon, fue todo un golpe para ellos. Se acabaron las provisiones. Se acabaron los cargamentos transportados en barcos o en aviones. Se acabaron los grandes pájaros plateados que caían del cielo.» En la may oría de los sitios la vida volvió a la normalidad, pero en algunas islas las tribus buscaron formas de impulsar el regreso de los soldados y de su carga. Pasaron a ser conocidas como cultos de la carga. Un segundo juez, que parecía ocupar un puesto más bajo en la jerarquía que el decimoctavo Roosevelt, se impacientó con los susurros de Kurt. Los acusados deben contestar! ordenó. Estamos debatiendo cómo nos declaramos contestó Kurt. Kurt terminó su explicación. Una práctica común consistía en imitar lo que habían visto en las bases estadounidenses. Algunos cultos eran conocidos por hacer instrucción como los soldados en el campamento militar. Se vestían como ellos. Llevaban armas falsas talladas en madera. Hacían el toque de diana por la mañana, tenían ceremonias

de izada de bandera, incluso tenían rangos, medallas y entierros al estilo militar. El grupo más famoso que recuerdo es el culto a John Frum en Vanuatu. Estupendo dijo Leilani sarcásticamente, pero no estamos en el Pacífico. Y estos tíos no llevan armas de madera falsas. No convino Kurt. Esto es algo distinto. Se fijó en otros artículos repartidos por la estancia. Había cartas de navegación esparcidas sobre una mesa, y una brújula, un barómetro y un sextante se encontraban cerca. Vio un antiguo chaleco salvavidas gris y un par de placas de identificación en un lugar de honor de la mesa del decimoctavo Roosevelt. Una descolorida gorra de béisbol de los Yankees que debía de tener setenta años se hallaba al lado. El momento para el debate ha terminado decidió el decimoctavo Roosevelt. Anuncien cómo se declaran o lo haremos nosotros por ustedes. Inocentes dijo Kurt. Somos estadounidenses como ustedes. Bueno, al menos dos de nosotros lo somos. Los jueces los miraron. Cómo pueden demostrarlo? preguntó uno. Ella podría ser una espía japonesa. El comentario irritó a Leilani. Cómo se atreve a llamarme espía? Aunque fuera medio japonesa, no hay nada malo en ello. Es medio japonesa? No. Soy estadounidense, del estado de Hawái. Quiere decir el territorio de Hawái terció Kurt. No quiero decir eso. Sí que quieres insistió Kurt. No se convirtió en estado hasta el cincuenta y nueve! Leilani lo miró con sus grandes ojos color avellana. Había confianza en su mirada, y también esperanza y confusión. Déjame hablar a mí susurró Kurt, y acto seguido se volvió de nuevo hacia el primer juez. Lo que ella quiere decir es que creció cerca de Pearl Harbor. Ha ido muchas veces allí a visitar el monumento conmemorativo y presentar sus respetos a los fallecidos el siete de diciembre. El juez pareció aceptar su respuesta. Y usted? preguntó a Kurt. Trabajo para la Agencia Nacional de Actividades Subacuáticas. Se trata de un departamento del gobierno de Estados Unidos dedicado a la investigación marina. La fundó el almirante James Sandecker. Sandecker? dijo el segundo juez. Es la primera vez que oigo hablar de él señaló un tercer juez. Es un almirante real insistió Kurt. Es buen amigo mío. He estado en su

casa muchas veces. Ahora es el vicepresidente de Estados Unidos. Los jueces arquearon las cejas al unísono. El vicepresidente es buen amigo suyo? preguntó uno de ellos. Los otros se echaron a reír. El decimoctavo Roosevelt negó con la cabeza. No me parece posible que el nuevo Harry S. Truman sea amigo de un hombre con un aspecto tan sucio. Kurt pensó en su apariencia. Estaba magullado y lleno de cardenales, y lucía una barba de cuatro días. El uniforme robado le quedaba un poco grande y estaba rasgado en algunas partes. En ese momento dio gracias por que no le brillara el cuerpo. No me están viendo precisamente en mi mejor momento comentó. Leilani se inclinó. El nuevo Harry S. Truman? Tengo la sensación de que han confundido nombres y títulos le explicó Kurt. Alguien que vino aquí debió de decirles que el líder del país era Roosevelt y el vicepresidente Truman. Por eso ese tío es el decimoctavo Roosevelt de la isla de Pickett? Creo que sí. Me siento como si estuviera en la dimensión desconocida dijo Leilani. Kurt se sentía igual, pero pensó que la situación tenía algunas ventajas, y como las vidas de sus amigos estaban pendientes de un hilo, no le quedaba más remedio que aprovecharlas. Lo que he dicho es verdad insistió Kurt. Y estoy aquí, en la isla de Pickett, con este aspecto, porque acabo de escapar de las garras de unos enemigos de Estados Unidos. Los hombres se mostraron impresionados y empezaron a susurrar entre ellos. Cómo podemos estar seguros de que es estadounidense? dijo el segundo juez. Se parece mucho a Pickett observó el decimoctavo Roosevelt. Podría ser alemán. Se llama Kurt. El decimoctavo Roosevelt pareció considerar razonable esa duda y se volvió hacia Austin. Deberá demostrárnoslo. Cómo? Le haré unas preguntas expuso él. Si las responde como lo haría un estadounidense, creeremos su historia. Si se equivoca, será considerado culpable. Adelante dijo Kurt con seguridad, pregunte. Cuál es la capital del estado de Nueva York? preguntó el juez. Albany contestó Kurt. Muy bien. Pero esa era fácil.

Pues pregúnteme algo más difícil. El juez frunció el ceño, mirando a Kurt con los ojos entornados antes de hacer la siguiente pregunta. Qué significa la expresión «el pitcher ha cometido balk»? Kurt se quedó sorprendido. Esperaba otra pregunta de geografía o una pregunta de historia, pero pensándolo bien tenía sentido. La historia y la geografía eran fáciles de aprender, mientras que las oscuras reglas de los deportes nacionales no lo eran. Daba la casualidad de que Kurt había jugado al béisbol durante toda su juventud. El balk tiene lugar de muchas formas explicó, pero normalmente es cuando el pitcher no se queda totalmente parado antes de lanzar a la base. Los jueces asintieron con la cabeza al unísono. Correcto dijo uno. Sí, sí afirmó otro, sin dejar de asentir. Tercera pregunta: quién fue el decimosexto Roosevelt de Estados Unidos? Kurt supuso que se refería al decimosexto presidente. Abraham Lincoln. Y dónde nació? Otra buena pregunta. Era tan bien sabido que Lincoln era de Illinois que la mayoría de la gente daba por sentado que había nacido allí. Lincoln nació en Kentucky contestó Kurt. En una cabaña de troncos. Los jueces asintieron con la cabeza mirándose unos a otros. Parecía que estaba haciendo progresos. Me siento como si estuviéramos en un concurso cutre masculló Leilani. Lástima que no nos den comodines añadió Kurt. Me encantaría hacer una llamada ahora mismo. Una pregunta más dijo el decimoctavo Roosevelt. Díganos qué significa «la casa que Ruth construyó». Kurt sonrió. Su mirada se posó en la anticuada gorra de los Yankees. Alguien que había influido en esos hombres era aficionado al béisbol y estaba claro que era de Nueva York. La casa que Ruth construyó es el estadio de los Yankees. Está en el Bronx dijo. Acto seguido, para ganarse la calurosa aprobación de los jueces, añadió : Recibe su nombre de Babe Ruth, el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos. Está en lo cierto dijo el decimoctavo Roosevelt, entusiasmado. Solo un auténtico estadounidense sabría esas cosas. Sí, sí convinieron los otros. Y qué hay de la mujer? Está conmigo dijo Kurt. Y el hombre? Kurt vaciló.

Es mi prisionero. Entonces será nuestro prisionero dijo uno de los jueces. Nuestro primer prisionero proclamó el decimoctavo Roosevelt para gran regocijo de los presentes en la estancia. Lleváoslo. Ishmael se quedó sorprendido cuando dos hombres armados con carabinas avanzaron a toda prisa y lo agarraron. Debe ser tratado según la convención de Ginebra dijo Kurt con seriedad. Sí, por supuesto. Será bien atendido. Pero será vigilado día y noche. En la isla de Pickett nunca hemos perdido a un prisionero. Por otra parte, no hemos tenido ninguno. No escapará. Ishmael fue llevado a rastras sin que le dieran la posibilidad de defenderse. Kurt supuso que no le pasaría nada. Cuando la estancia se quedó vacía, se acercó al banco. El decimoctavo Roosevelt le tendió la mano. Le pido disculpas por el trato que le hemos dado dijo. Tenía que asegurarme. Kurt estrechó su mano. Es comprensible adujo. Puedo preguntarle cómo se llama? Me llamo Tautog dijo el juez. Y es el decimoctavo Roosevelt de la isla confirmó Kurt. Sí. Cada cuatro años se elige un nuevo líder. Yo soy el decimoctavo. Llevo dos años en el cargo, defendiendo la isla y la Constitución de Estados Unidos de América. Kurt hizo cálculos. Si cada mandato duraba cuatro años y Tautog solo ocupaba el cargo desde hacía dos, eso significaba que el primer Roosevelt había sido elegido hacía setenta años, en 1942. La Segunda Guerra Mundial. Esos isleños, se dijo, habían entrado en contacto con alguien durante la contienda y los convirtieron en una pequeña fuerza de combate. Al parecer, nadie se había molestado en comunicarles que la guerra había terminado. Kurt recorrió con la mirada el equipo náutico y el chaleco salvavidas. La prenda tenía un nombre desvaído imposible de leer. Atracó un barco aquí? dijo. Sí respondió Tautog. Un gran barco de fuego y acero. El vapor John Bury. Qué fue de él? preguntó Kurt. La quilla está enterrada en la arena en la parte este de la isla. El resto lo desmontamos y lo usamos para construir refugios y defensas. Defensas? preguntó Leilani. Contra qué? Contra la Marina Imperial Japonesa y los ataques banzai dijo Tautog como si fuera algo evidente.

Kurt se adelantó antes de que ella continuara hablando. Tautog y sus vecinos de la isla estaban sumamente aislados, y no solo en el aspecto geográfico. No sabía cómo reaccionarían si se enteraban de que la guerra que ellos y sus padres y abuelos habían librado había terminado hacía seis décadas y media. Quién los adiestró? preguntó Kurt. El capitán Pickett y el sargento de primera Arthur Watkins de la Infantería de Marina de Estados Unidos. Ellos nos enseñaron la instrucción, a luchar, a escondernos, a localizar al enemigo Quién era el aficionado a los Yankees? preguntó Kurt. Al capitán Pickett le gustaban mucho los Yankees. Los llamaba los Bombarderos del Bronx. Kurt asintió con la cabeza. Y qué pasó cuando se fueron? Tautog puso cara de no entender la pregunta. No se fueron dijo. Los dos hombres están enterrados aquí con su tripulación. Murieron aquí? El capitán Pickett murió a causa de sus heridas ocho meses después de que el John Bury encallara. El sargento también estaba gravemente herido. No podía andar, pero sobrevivió durante once meses y nos enseñó a luchar. A Kurt la historia le pareció asombrosa e intrigante. No había oído hablar de ningún culto de la carga en el que los estadounidenses se hubieran quedado. Ojalá pudiera ponerse en contacto con St. Julien Perlmutter y acceder a su extensa historia de batallas navales. El buque de carga tenía que constar en alguna parte, probablemente catalogado como «desaparecido y dado por hundido», una nota a pie de página más en una guerra descomunal. No lo comprendo dijo Leilani. Por qué iban a necesitar luchar? Entiendo lo de la guerra y los japoneses, pero esta isla es muy pequeña. Está muy apartada. No creo que los japoneses estuvieran estén interesados en invadirla. No es la isla lo que protegemos dijo Tautog. Es la máquina que el capitán Pickett nos confió. Kurt arqueó las cejas. La máquina? Sí asintió Tautog. La gran máquina. La Atormentadora.

48 Kurt Austin no tenía ni idea de lo que era la Atormentadora, pero llamándose así tenía que averiguarlo. Sin embargo, primero debía lidiar con el hecho de ser una celebridad. En contraste con su recepción inicial, Leilani y él se habían convertido en invitados de honor en la isla de Pickett. El hecho de que él fuera su primer visitante estadounidense en setenta años era una cosa, pero que conociera al actual Harry S. Truman hacía que los miembros de la tribu vestidos con uniformes militares lo trataran como a MacArthur a su regreso a las Filipinas. Después de darles de beber a Leilani y a él agua fresca y de dejar que se ducharan y se pusieran unos uniformes militares como el que lucían los demás isleños, los hombres de la isla de Pickett les ofrecieron un banquete compuesto de pescado recién capturado acompañado de mangos, bananas y leche de coco de los árboles que crecían en abundancia en la isla. Mientras comían, Tautog y los demás los obsequiaron con historias y les explicaron que todo lo que tenían y lo que sabían se lo debían al capitán Pickett y al sargento Watkins. No lo dijeron con esas palabras, pero parecía que Pickett y Watkins hubieran creado su civilización de la nada y fueran considerados prácticamente unos espíritus míticos. Terminada la cena, Kurt y Leilani fueron llevados de visita por la isla. Kurt advirtió una extraordinaria simplicidad en la organización. Por todas partes había estructuras construidas con acero oxidado ocultas entre los árboles. Trincheras y túneles conectaban la cueva llena de provisiones, los puestos de observación y las zonas con depósitos excavados para recoger el agua de lluvia. Vio materiales de todas las partes del barco usados en distintos sitios: viejas calderas, tuberías y vigas de acero. Hasta la campana del John Bury había sido trasladada a un punto elevado de la isla donde se podía tocar para avisar a los demás de una emergencia o en caso de que se produjera un ataque de los japoneses. No puedo creer que nadie se lo haya dicho susurró Leilani mientras caminaban bajo las palmeras varios pasos por detrás de sus guías. Seguro que no reciben muchas visitas supuso Kurt. No deberíamos decirles algo?

Kurt negó con la cabeza. No creo que quieran saberlo. Cómo no van a querer saberlo? Se esconden del mundo señaló Kurt. Debía de formar parte de la estrategia de Pickett para tener su máquina Atormentadora a buen recaudo. Leilani pareció entenderlo y asintió con la cabeza. Y si nos largamos y dejamos que sigan escondiéndose? dijo. Después de todo, esto es una isla. Esta gente tiene que tener barcos. Podríamos tomar prestado uno. Kurt sabía que había barcos porque Tautog había dicho que el campamento contaba con otras dos islas, que solo se podían ver desde el punto elevado del pico central. Calculaba que eso suponía una distancia de al menos quince o veinte millas. Si un barco podía cubrir esa distancia, sería posible llegar a las rutas de navegación. En caso de que ese fuera el lugar al que uno se propusiera ir. Sí que tienen barcos dijo Kurt. Pero no vamos a ir a ninguna parte. Solo voy a ir y o. Leilani se quedó como si le hubieran pinchado con una aguja; sus cejas se arquearon de repente, su postura se volvió rígida y se paró en seco. Cómo? Aquí estás a salvo dijo él. Eso no significa que quiera quedarme. Este sitio es la versión rara de La isla de Gilligan, y no pienso convertirme en Ginger. Créeme, te pareces más a Mary Ann comentó Kurt. Pero ese no es el motivo por el que te vas a quedar. Necesito que estés fuera de peligro mientras y o intento llegar a Aqua-Terra. Entonces ella se detuvo como si estuviera intentando asimilar lo que él había dicho. Vas a volver? No estuvimos a punto de ahogarnos intentando escapar de allí? Y acabamos aquí señaló Kurt. Las cosas van mejor. No crees que volver a la isla flotante controlada por terroristas invertirá la racha? No si me presento con rifles y con el elemento sorpresa. Ella lo observó un instante como si estuviera leyéndole el pensamiento. Tus amigos de la isla? Kurt asintió con la cabeza. No solo eso añadió. Jinn también está allí. Y está tramando algo más gordo que el terrorismo, el tráfico de armas o el blanqueo de dinero. Como qué? Todo esto empezó con una investigación sobre las temperaturas del agua. Las condiciones meteorológicas de la India se han vuelto inestables. Se han

enfrentado a dos años de lluvias decrecientes, y este año parece que va a ser el más seco hasta la fecha. Tu hermano estaba estudiando las condiciones de las corrientes y del clima porque creía que el motivo podía encontrarse allí, en un efecto de El Niño/La Niña no identificado previamente. Ella asintió con la cabeza. Y descubrió las pequeñas máquinas de Jinn repartidas por el mar. Exacto confirmó Kurt. Cuando empezaron a reflejar la luz del sol, noté que salía calor del agua. Las dos cosas tienen que estar relacionadas. No estoy seguro de por qué, pero Jinn está alterando el gradiente de temperatura, y el efecto mariposa está teniendo consecuencias terribles. Para entonces habían llegado al lado oriental de la isla y se encontraban en un risco que no superaba los seis metros de altura. Delante de ellos había una ancha extensión de arena con un acceso mucho mejor a través del arrecife que el que Kurt había tomado desde el norte. Esperaba que por fin hubieran llegado a la única cosa que tenía ganas de ver. Tautog agitó la mano a través de la playa. El capitán Pickett nos dijo que si venían los japoneses, atacarían aquí. A Kurt le pareció lógico. Daba la impresión de ser una isla fácil de atacar. Así que nos hizo traer la Atormentadora a este lado de la isla. Tautog hizo señas a un grupo de sus hombres, quienes apartaron una valla hecha de paja. Detrás, oculto en una cueva, había un aparato de extraño aspecto. A Kurt le recordó un altavoz. Con un metro veinte de ancho y unos treinta centímetros de altura, la figura rectangular estaba dividida en hileras de secciones hexagonales, cuatro hileras de diez secciones en total. Las secciones hexagonales parecían de cerámica. Dadle potencia dijo Tautog. Detrás de él, dos de sus hombres empezaron a manejar un mecanismo de palanca tirando de un lado a otro. Parecían leñadores cortando un tronco con una gran sierra de dos manos, pero en realidad estaban acelerando un volante. Este se hallaba conectado a unas bobinas de generador, y a los pocos segundos tanto el volante como la dinamo del generador giraban rápidamente. Un zumbido chisporroteante empezó a brotar de las secciones hexagonales del altavoz. En el agua, a treinta metros de distancia, comenzaron a formarse ondas, y enseguida una franja de agua de quince metros vibraba y chapoteaba como si estuviera hirviendo o siendo agitada de algún modo. Tautog hizo otro gesto con la mano. A lo largo de la pared del risco, siete vallas adicionales del material de camuflaje fueron retiradas. Cuando los generadores de esas unidades se pusieron en marcha, toda la orilla del mar entró un estado de agitación parecido. Kurt se fijó en que los peces huían de las embestidas lanzándose unos encima de otros como salmones subiendo por una escalera. Un par de aves nocturnas se

lanzaron en picado a por ellos, considerándolos presas fáciles, pero se apartaron súbitamente al entrar en contacto con un campo de fuerza. Sin duda una especie de vibración estaba emanando de los altavoces, pero lo único que Kurt oía era un zumbido chisporroteante como el de unos cables de alta tensión transmitiendo excesiva electricidad. Ondas sonoras. Sí dijo Tautog. Si los japoneses vienen, no pasarán de la playa. Kurt se fijó en que las aves y los peces se encontraban bien. No parece que sea letal. No. Pero el dolor causado les hará caer de rodillas. Serán blancos fáciles. Un arma hecha con sonido añadió Leilani. Parece una locura, pero también se ve en la naturaleza. Buceando con Kimo he visto a los delfines usar su sistema de localización por eco para atontar a los peces antes de atraparlos con sus fauces. Kurt había oído hablar del tema pero nunca lo había visto. Él conocía armas sonoras de otra clase. El ejército ha estado trabajando en sistemas como este durante las últimas décadas. El objetivo es usarlas como aparatos de control de masas no mortíferos, lo que evitaría la necesidad de las balas de goma y las latas de gas lacrimógeno. Pero no sabía que la idea se remontaba a la Segunda Guerra Mundial. Acaso sabes cómo funciona? preguntó Leilani. Solo es una suposición dijo Kurt. Vibración armónica simple. Las ondas de sonido viajan a velocidades y ángulos ligeramente distintos. Convergen en la zona en la que el agua se mueve y amplifican el efecto. Es como un rayo de sonido. Me alegro de que no lo hayan usado contra nosotros dijo Leilani a Tautog. Han desembarcado en el lado equivocado de la isla contestó Tautog como si tal cosa. Kurt se alegró también de ello. Bravo por la navegación apresurada. Mientras observaba cómo el agua vibraba, una nueva idea empezó a cobrar forma en su mente, pero antes de ponerla en práctica tenía que saber lo efectiva que era realmente la Atormentadora. Quiero probarla. Podemos hacer una demostración con el prisionero, si quiere. No, con el prisionero no dijo Kurt. Conmigo. Tautog lo observó con extrañeza. Es usted una persona curiosa, Kurt Austin. Hago lo que hace falta para sobrevivir y realizar el trabajo repuso Kurt. Aparte de eso, no me interesa ver sufrir a nadie. Ni siquiera a un antiguo

enemigo. Tautog meditó acerca de sus palabras, pero no expresó ni conformidad ni desacuerdo. Al darle a un interruptor, el altavoz situado cerca de ellos se apagó, y en el muro de sonido apareció una brecha que abarcaba la playa y la bahía. Leilani le agarró el brazo. Estás loco? Probablemente dijo Kurt, pero tengo que saberlo. Se lo advierto, el impacto le resultará muy doloroso le previno Tautog. Por extraño que parezca, espero sinceramente que así sea contestó Kurt. Un minuto más tarde estaba en la arena de la orilla. Vio unos cuantos peces flotando inmóviles entre las olas. Al parecer, no todos habían salido ilesos. A su alrededor, las ondas sonoras de los otros altavoces reverberaban y seguían haciendo vibrar el aire y el agua, pero la may or parte de la energía no era perceptible por el oído humano. Lo que él oía eran sonidos fantasmales y etéreos. Kurt miró atrás al risco. Vio a Leilani con las manos juntas delante de la boca. Tautog se alzaba orgullosamente, y Kurt se armó de valor como un gladiador a punto de combatir. Está bien dijo. Tautog activó el interruptor. Kurt notó una inmediata oleada de dolor que recorrió cada fibra de su cuerpo como si todos sus músculos se estuvieran agarrotando al mismo tiempo. La cabeza le zumbaba, le dolían los ojos, y el pitido etéreo que había oído antes se había convertido en un sonido agudo que le atravesaba la mandíbula y el cráneo. Creía que le iban a estallar los tímpanos y también los globos oculares. Haciendo acopio de la considerable resistencia y fuerza de voluntad que poseía, Kurt permaneció de pie y trató de abrirse paso hacia delante. Parecía que estuviera arrastrando un gran bloque de piedra detrás de él o empujándolo playa arriba. Apenas podía moverse. Dio un paso y luego otro, y entonces el dolor se volvió insoportable y se desplomó en la arena, tapándose los oídos y la cabeza. Apáguelo! oyó gritar a Leilani. Lo está matando. En otro momento y en otro lugar, Kurt podría haber achacado esas palabras a la histeria femenina, pero mientras las ondas de dolor recorrían cada milímetro de su cuerpo, pensó que tal vez ella tuviera razón. El altavoz se apagó y el dolor se desvaneció como una goma elástica al partirse: estaba en todas partes y, de repente, había desaparecido. El dolor le dejó un cansancio y una sensación de agotamiento absoluto. Kurt se quedó tumbado en la arena incapaz de hacer algo aparte de respirar. Leilani corrió junto a él y se agachó en la arena a su lado. Estás bien? preguntó, dándole la vuelta y colocándolo de costado. Te

encuentras bien? Él asintió con la cabeza. Estás seguro? No lo parezco? logró decir Kurt. La verdad es que no dijo Leilani. Pues sí insistió él. Lo juro. No hace mucho que te conozco repuso ella, ayudándole a incorporarse, pero no eres un tipo normal, verdad? A pesar del agotamiento, Kurt no pudo evitar reírse. Esperaba un comentario «No quiero perderte» o «He empezado a cogerte cariño», o algo por el estilo. Qué tiene tanta gracia? preguntó la joven. Creía que tenías otra intención dijo Kurt. Pero eso no quiere decir que estés equivocada. Ella sonrió. Cuánto he avanzado? Parecía que hubiera escalado el monte Everest con una mochila pesada a los hombros. Sesenta centímetros contestó Leilani. Nada más? Ella asintió con la cabeza. Solo ha durado un par de segundos. A Kurt le había parecido una eternidad. Alrededor de ellos, los otros ray os se apagaron. Tautog se acercó a verlos y llegó cuando las olas de la orilla ya habían recuperado la calma. Estoy de acuerdo con ella dijo. No es usted normal ni por asomo. Kurt notó que recobraba las fuerzas. Bueno, como ya hemos zanjado esa cuestión, mi siguiente petición no debería sorprenderle. Kurt alargó la mano. Tautog la agarró y le ayudó a levantarse. Y qué petición es esa? Necesito una embarcación, una docena de rifles y una de esas máquinas dijo Kurt. Tiene pensado rescatar a sus amigos supuso Tautog. Sí afirmó Kurt. Tautog sonrió. De veras cree que le dejaremos ir solo?

49 Desde que había encontrado la garita de los guardias en el templo de Horus, la suerte de Joe Zavala no había hecho más que empeorar. Primero, resultó una tarea épica conseguir que alguien del ejército se expusiera a la lluvia torrencial para hablar con él. Cuando vinieron, llegaron sin intérprete, lo que obligó al guardia de seguridad a tiempo parcial a hacer de intermediario. A pesar de su valeroso esfuerzo, Joe estaba seguro de que en la traducción se estaban perdiendo detalles importantes. A cada intento de aclaración, la expresión de los militares pasaba de la perplejidad a la incredulidad y a la irritación. Cuando Joe insistió en que su demora no estaba haciendo más que aumentar el peligro, se pusieron a gritarle y a señalarle con el dedo como si los estuviera amenazando en lugar de advirtiendo. Tal vez así era como los mensajeros acababan siendo disparados, pensó Joe. Y a continuación lo sacaron de la garita a punta de pistola, lo metieron en la parte trasera de una furgoneta y lo llevaron a un tipo de recinto militar, donde acabó en la cárcel al estilo militar egipcio. El mugriento calabozo habría provocado pesadillas a cualquier persona con fobia a los gérmenes. Y a Joe no le consolaba mucho el hecho de que tarde o temprano cincuenta billones de litros de agua retenidos detrás de la presa rota entrarían y limpiarían la celda. Su suerte empezó a cambiar cuando llegaron los hombres del nuevo turno a las cuatro de la madrugada. Con ellos apareció un oficial que hablaba mejor el idioma de Joe. El mayor Hassan Edo llevaba un uniforme militar tostado con pocos adornos aparte de su nombre. Tenía cuarenta y tantos años, el pelo cortado al rape, una nariz aguileña y un bigote fino que no habría desentonado en el rostro de Clark Gable. Se recostó en su silla, apoyó las botas en la enorme mesa que tenía delante y encendió un cigarrillo que procedió a sujetar entre dos dedos mientras hablaba, sin dar una calada en ningún momento. A ver si me aclaro dijo el mayor. Se llama usted Joseph Zavala. Afirma ser estadounidense (que no es la mejor nacionalidad que uno puede tener

aquí hoy día), pero carece de prueba alguna. Dice que ha entrado en Egipto sin pasaporte, ni visado ni ningún otro tipo de documentación. Ni siquiera tiene carnet de conducir ni tarjeta de crédito. No quiero que parezca que me pongo demasiado a la defensiva comenzó a decir Joe, pero «entrado en Egipto» suena como si lo hubiera hecho voluntariamente. Estaba preso, retenido por unos terroristas decididos a causar graves daños a su país. Escapé, vine aquí a advertirles y hasta ahora me han tratado como a un agitador. Joe se detuvo al recibir una mirada vacía del mayor. Saben lo que es un agitador, verdad? El may or Edo levantó los pies de la mesa y los posó en el suelo de madera pisando con fuerza. Cogió el cigarrillo del cenicero donde lo había dejado, amenazó con fumarlo por un instante y, acto seguido, se inclinó hacia Joe. Ha venido a advertirnos de un problema? dijo como si Joe hubiera estado ocultando ese dato. Sí contestó Joe. Unos terroristas de Yemen van a destruir la presa. La presa? repitió Edo en tono de incredulidad. La presa de Asuán? Sí dijo Joe. Ha visto la presa? Solo en fotografías reconoció Joe. La presa está hecha de piedra, roca y hormigón explicó el may or con fervor. Pesa millones de toneladas. Su base mide seiscientos metros de grosor. Esos hombres, si es que existen, podrían atacarla con veinte mil kilos de dinamita y solo arrancarían un pedacito de un lado. El mayor agitaba el cigarrillo con cada frase que pronunciaba. La ceniza salía volando por aquí y caía por allá; la fina columna de humo se movía, pero el cigarrillo seguía sin acercarse a sus labios. Se reclinó, totalmente convencido de sí mismo. Se lo aseguro concluyó, no se puede abrir ninguna brecha en la presa. Nadie ha hablado de volarla por los cimientos contestó Joe. Van a abrir un canal a través de la parte superior, justo por debajo del nivel del agua donde la presa es más estrecha. Cómo? preguntó el mayor. Cómo? Sí dijo el mayor, dígame cómo. Van a subir excavadoras a lo alto y empezar a excavar sin que nos demos cuenta? Por supuesto que no respondió Joe. Entonces dígame cómo lo van a hacer. Joe se disponía a hablar, pero se detuvo con la boca muy abierta antes de pronunciar palabra. Sí? dijo el may or con expectación. Continúe.

Joe cerró la boca. A su modo de ver, podía explicar lo que sabía, decirle al mayor que la presa sería derribada por unas máquinas tan pequeñas que nadie podía verlas, y esperar solo risas y un rechazo absoluto. O podía inventarse algo, enredar las cosas y mandar al may or a buscar una amenaza distinta de la real. Puedo hacer una llamada telefónica? dijo finalmente. Si pudiera contactar con la embajada estadounidense o con la NUMA, al menos podría avisar a otra persona del peligro que corría la presa de Asuán y de la presencia de la impostora en la isla flotante. Esto no es Estados Unidos, señor Zavala. No tiene derecho a una llamada, ni a un abogado ni a nada que yo no decida concederle. Joe probó con otra táctica. A ver qué le parece esto dijo. Hay cinco camiones ahí fuera. Con plataformas idénticas tapadas con lonas. Se dirigen al norte y transportan bidones amarillos en la parte de atrás, bidones llenos de una sustancia plateada parecida a la arena. Búsquelos y deténgalos e interrogue a los conductores. Estoy seguro de que descubrirá que tampoco tienen visados, ni pasaportes ni tarjetas de crédito. Ah, sí? dijo el mayor despectivamente. El mayor cogió un cuaderno de notas y lo examinó bajo la fuerte luz. Los cinco camiones misteriosos de Yemen comentó. Hemos estado buscándolos desde que nos contó su historia por primera vez. Por aire, en coche y a pie. No hay ningún camión ahí fuera. No aquí. No en un almacén lo bastante grande para esconderlos. Ni cerca de la presa ni en la orilla del lago. Ni siquiera en la carretera de Marsa Alam. No existen salvo, me temo, en su imaginación. Joe suspiró de impotencia. No tenía ni idea de adónde podían haber ido los camiones. Los hombres de Edo tenían que haber pasado algo por alto. El mayor lanzó la libreta a un lado. Por qué no nos cuenta lo que trama realmente? Solo intento ayudar dijo Joe, más cerca de rendirse de impotencia de lo que lo había estado jamás. Pueden inspeccionar al menos la presa? Inspeccionarla? Sí dijo Joe. Busque fugas o daños. Cualquier cosa fuera de lo normal. El mayor consideró sus palabras un segundo, se irguió y asintió con la cabeza. Una idea excelente. De verdad? Sí. Eso es lo que haremos. Haremos? Por supuesto dijo el may or, mientras se levantaba y apagaba compasivamente el cigarrillo por fin. Cómo sabré lo que busco si no lo llevo conmigo? Joe no estaba seguro de que le gustara la idea. Guardias gritó el mayor.

La puerta se abrió. Dos policías militares egipcios entraron. Esposadlo como es debido y llevadlo al muelle. Me llevo a nuestro invitado de visita. Mientras los hombres empezaban a inmovilizar a Joe con unos hierros, el mayor dijo: Verá que la presa es invulnerable, y luego podremos poner fin a esta charada y hablar de su verdadero objetivo, sea cual sea.

50 Veinte minutos más tarde Joe se encontraba en una lancha patrullera navegando silenciosamente Nilo arriba en la oscuridad. El mayor egipcio daba órdenes mientras otro soldado pilotaba la embarcación y un tercer hombre permanecía cerca con un rifle de asalto. El aire nocturno era fresco, pero afortunadamente había dejado de llover. Las estrellas habían vuelto a salir cuando el cielo se había despejado. Había poco tráfico en el río a esa hora, pero el valle estaba iluminado. Los hoteles y otros edificios ubicados en las orillas del río prácticamente resplandecían con la iluminación, al igual que la presa, inundada de la luz deslumbrante de los focos como un estadio de fútbol de noche. Como la de Asuán era una presa de materiales sueltos hecha de conglomerado, armonizaba mejor con el fondo que presas como la de Hoover. En lugar de un alto muro gris en un extremo de un angosto valle, Joe vio una enorme estructura inclinada como una gigantesca rampa de un color muy parecido al del desierto que la rodeaba. El exterior de la estructura era una fina capa de hormigón diseñada para impedir la erosión. Debajo de esa coraza había roca comprimida y arena y, en el centro, un núcleo de arcilla hermético que descendía hasta una estructura de hormigón conocida como cortina de impermeabilización. Detrás de la presa había un muro de agua de casi cien metros de altura. Tenemos que estar en este lado? murmuró Joe. Cómo? preguntó el mayor. No podríamos inspeccionar la presa por el otro lado o incluso por arriba? El mayor negó con la cabeza. Estamos buscando una fuga, no? Cómo espera ver un problema en el lado alto? Todo está bajo el agua. Esperaba que tuvieran cámaras, o un robot controlado a distancia o algo por el estilo. No tenemos nada de eso dijo el mayor. Conozco a algunas personas comentó Joe. Podría conseguirle uno barato. No, gracias, señor Zavala repuso el mayor. Inspeccionaremos la cara

de la presa desde aquí y le demostraré que es segura, y luego hablaremos de su largo encarcelamiento por hacerme perder el tiempo. Genial murmuró Joe. Asegúrese de que mi celda está lejos de aquí. La lancha patrullera siguió avanzando y entró con cuidado en una zona restringida que se extendía ochocientos metros río abajo desde la base de la presa. Construida en los años sesenta con ayuda soviética, la presa constaba de dos secciones distintas. El lado oeste, a la derecha de Joe, presentaba la ancha cara inclinada. En el lado este, detrás de una península triangular de roca y arena llena de cables de alta tensión y transformadores, se encontraba un muro vertical de hormigón con aberturas para los aliviaderos. Se hallaba apartado en una desembocadura conocida como canal de descarga, donde el agua que pasaba a gran velocidad y hacía girar las turbinas regresaba al río y disminuía de velocidad. Joe se fijó en que el agua del canal de descarga estaba relativamente en calma en ese momento. No está generando energía? Los aliviaderos están abiertos al mínimo explicó el mayor. Por la noche no es necesario producir el máximo de energía. La may or demanda se produce por las tardes, para los aparatos de aire acondicionado y la iluminación de las tiendas. Siguieron acercándose girando al lado derecho y a la parte inclinada de la estructura. Cuanto más se acercaban, mejor apreciaba Joe la inmensidad de la presa. La enorme rampa segmentada era más ancha y más plana de lo que había esperado. Parecía más una montaña caída en el río que una estructura construida por el hombre. Cuánto dijo que medía de ancho? Novecientos ochenta metros en la base. Casi un kilómetro entero, pensó Joe. Empezaba a entender por qué el mayor estaba tan seguro. Pero Joe también sabía algo de hidroingeniería y era consciente de lo que había visto en el tanque de Yemen. La brecha de la maqueta se había abierto en lo alto y el desplome había continuado a partir de allí, como una leva que descollara sobre las orillas del Mississippi. No vamos a ver nada desde aquí abajo dijo. Tenemos que inspeccionar la parte superior. Es preciso enviar equipos a la presa para que busquen escapes. El mayor se mostró irritado. Creía que esto le enseñaría lo ridículos que son sus esfuerzos por hacerme perder el tiempo dijo. No tengo intención de encarcelarlo. Simplemente

estaba «tomándole el pelo», como les gusta decir a los estadounidenses. Pero si sigue poniendo a prueba mi paciencia, me enfadaré y no me quedará más remedio que La voz del mayor se fue apagando. Estaba mirando detrás de Joe, observando el muro inclinado de la presa. Se encontraban a quince metros de distancia. Joe se volvió. En la zona donde el agua se juntaba con la presa se podía ver un chorro fosforescente y unas turbulencias donde no debería haberlas. El agua caía al río por la cara de la presa. No era un torrente, sino más bien como si alguien hubiera dejado una espita abierta mucho más arriba, aunque no debería haber ninguna. Oh, no masculló Joe. Acércate ordenó el mayor, aproximándose a la popa de la lancha. El piloto aceleró, y la lancha patrullera se lanzó hacia delante. Segundos más tarde estaban justo contra la cara de la presa, enfocando el agua que corría con dos focos de la barra de iluminación de la lancha. Está ganando velocidad observó Joe. Miró hacia arriba a lo largo de la cara inclinada mientras el mayor ladeaba una de las luces. Un alargado sendero serpenteante subía y se alejaba de ellos. Es posible que sea verdad? masculló el mayor Edo para sí. Es posible que esté pasando? Se lo juro, estamos en peligro aseguró Joe. Todo el valle está en peligro. El may or siguió mirando como si estuviera en estado de shock. Pero no es tan grave alegó. Empeorará insistió Joe, sin bajar la vista. Puede ver de dónde viene? El may or manipuló los focos para seguir el sendero de agua que goteaba, pero el rastro desaparecía donde las luces se atenuaban. No dijo el mayor, sin rastro de su aire de superioridad. Tiene que enviar un aviso lo apremió Joe. Que todo el mundo se aleje del río. Cundirá el pánico advirtió el mayor. Y si se equivoca? No me equivoco. El mayor estaba paralizado. Parecía incapaz de reaccionar. Suélteme gritó Joe. Yo puedo ay udarle. Cuando encontremos la fuente, tal vez podamos hacer algo, pero al menos lo sabrá con seguridad. Durante todo el tiempo que esperaron, el flujo aumentó a un ritmo constante. En ese momento equivalía a dos espitas completamente abiertas. Por favor, may or. El may or se recobró de su estupor. Cogió las llaves de uno de los guardias, abrió las esposas de Joe y luego los grilletes que le rodeaban los pies. Venga conmigo dijo el may or, mientras cogía un walkie-talkie.

Joe bajó de la lancha a la superficie inclinada de la presa. Echó a correr junto al mayor, trepando y siguiendo el rastro de agua. La presa de Asuán tenía una pendiente de solo el treinta por ciento, relativamente pequeña a menos que uno corriese cuesta arriba a toda velocidad. Después de recorrer doscientos trece metros en sentido horizontal y veintisiete en sentido vertical, el mayor estaba sin aliento, y todavía no habían encontrado la brecha. El flujo está aumentando dijo, deteniéndose cerca del chorro. Joe vio arena fina y otros sedimentos en la corriente. El proceso de erosión ya había dado comienzo. Tenemos que subir más arriba dijo Joe. El mayor asintió con la cabeza, y reanudaron la ascensión. Cuando estaban a quince metros de la parte superior, el flujo de agua era un chorro de un metro y ochenta centímetros de ancho, lleno de espuma y pequeñas rocas. De repente, una sección de muro cedió y el flujo se duplicó en el acto, precipitándose hacia ellos. Cuidado gritó Joe, apartando al may or. Joe y él retrocedieron. Ya era algo innegable. El mayor se acercó la radio a la boca y pulsó el interruptor para hablar. Al habla el mayor Edo dijo. Informo de una emergencia de nivel uno. Hagan sonar todas las alarmas e inicien la evacuación completa. La presa ha sido puesta en peligro. Una respuesta ininteligible sonó por la radio, y el mayor respondió enseguida: No, no es un simulacro ni una falsa alarma! La presa está en peligro! Repito: la presa está en peligro de derrumbamiento inminente! Otra pequeña sección del borde superior cedió, y el agua espumosa cayó por la pendiente de forma turbulenta. Si alguien dudaba de la advertencia del mayor, lo único que tenía que hacer era mirar por la ventana y verlo por sí mismo. Un sonido de alarmas se oy ó a lo lejos en la oscuridad. Sonaban como sirenas de ataque aéreo. Abajo, la lancha patrullera corrió hacia el sur. Cobardes! gritó el mayor. Joe los comprendía perfectamente, pero eso los ponía al may or y a él en un grave aprieto. La presa empezó a temblar bajo sus pies. Puede que la estructura fuera enorme y que la brecha midiera solo cuatro metros y medio de ancho en ese momento, pero Joe y el mayor se encontraban demasiado cerca para estar a salvo. Vamos dijo Joe, agarrando al mayor por el hombro y corriendo hacia la cumbre de la presa. Tenemos que llegar a lo alto. Es nuestra única oportunidad.

51 La misma oscuridad que se cernía sobre Egipto y a se había apoderado del mar de Omán y del océano Índico, con una pequeña diferencia: el cielo se había despejado sobre Egipto pero se estaba nublando sobre el océano. Tanto que dos horas antes de que amaneciera Kurt Austin ya no podía ver las estrellas. Eso le preocupaba más de lo habitual y a que estaba en una balsa de cuatro metros en medio del mar, navegando con un sextante de hacía setenta años y unas cartas de navegación amarillentas y comidas por las polillas de la Segunda Guerra Mundial. La barca era una embarcación del estilo de un bote con batanga. Parecía un cruce entre la famosa balsa Kon-Tiki y una canoa hawaiana para cinco tripulantes. Tenía una proa elevada, una sección central más ancha y una popa cuadrada. Se impulsaba con remos o, preferiblemente, con una vela triangular de extraño aspecto conocida como vela de mariposa que sobresalía a un lado. La vela de mariposa era una vela antigua, usada durante más de mil años y muy efectiva para impulsar pequeños botes sin resultar pesada. Delante de ella ondeaba, describiendo un arco de tres metros, la innovación que Kurt había aportado a la balsa: una vela más moderna que era una versión improvisada de una vela de balón. Actuaba como una especie de ala y permitía que la balsa navegara más cerca del viento. Detrás de Kurt, cuatro balsas parecidas los seguían: una flotilla de la isla de Pickett. El plan consistía en subir furtivamente a bordo de la isla flotante y tomarla. Con dieciocho hombres además de Leilani y él mismo, cinco Atormentadoras y cuarenta rifles los sobrantes habían sido transportados para armar a los prisioneros que Kurt esperaba liberar, casi sería un combate igualado, suponiendo que Kurt pudiera llevarlos al terreno de batalla. Bajó el sextante. Ha habido suerte? preguntó Leilani. No dijo él. Estamos navegando a ciegas. Kurt se apartó de la proa y guardó el sextante. Se volvió hacia Tautog. Mantengamos este rumbo por ahora. Tautog asintió con la cabeza. Su sobrino Varu y él pilotaban la embarcación.

La flota llevaba cinco horas navegando. Habían avanzado rápidamente porque los vientos habían cambiado de dirección, gracias a la alternancia de brisas marinas y terrestres a medida que el día daba paso a la noche en la costa. La pauta les había sido útil, aunque no debería haberse dado en mar abierto. Kurt la atribuyó a la manipulación climática de Jinn. Estás preocupado dijo Leilani, acercándose a él. Puede que no os esté llevando a ninguna parte. Kurt volvió la vista hacia las viejas cartas de navegación del John Bury. Pickett había determinado la posición exacta de la isla y la había marcado en el mapa donde no había nada más que mar azul. También había marcado las otras dos islas y había trazado un círculo alrededor de ellas. «El archipiélago de Bury» aparecía garabateado con tinta descolorida junto con las letras EE. UU. Parecía que Pickett las había reclamado para Estados Unidos. Leilani echó un vistazo por encima de su hombro. Dónde estamos? Más o menos aquí dijo Kurt, señalando con el dedo un lugar en el mapa. Y dónde está Aqua-Terra? Buena pregunta repuso él. Después de descubrir la Atormentadora, Kurt había consultado enseguida las cartas de navegación. Tras una serie de estimaciones y cálculos, había deducido la situación de Aqua-Terra suponiendo, tal vez ingenuamente, que permanecería en la misma zona. A juzgar por el viento y la distancia de la isla de Pickett, había calculado que podrían llegar a Aqua-Terra antes de que amaneciera si partían enseguida. Cualquier retraso lo habría impedido y les habría obligado a esperar hasta la noche siguiente, pues habría sido un suicidio acercarse a la isla a plena luz del día. Y esa demora de veinticuatro horas habría significado dejar a Paul, a Gamay y a los demás en las garras de Jinn. Habría significado brindar un día más a Jinn para que llevara a cabo su plan o para que abandonara la isla y desapareciera. Kurt consideraba inaceptables esas posibilidades, y la flota había zarpado a toda prisa. Al final las pequeñas embarcaciones habían navegado mejor de lo que Kurt había supuesto y habían gozado de vientos más favorables durante la travesía. Llevaban mucho adelanto sobre la hora que él había previsto, pero esa previsión también parecía a punto de irse al traste. La última vez que vimos Aqua-Terra estaba parada justo aquí dijo él. Si ha seguido así, deberíamos estar encima. Veo luz señaló Varu. Luz a la altura de la amura de babor. Todos los ojos se volvieron hacia babor. Allí, a unos cinco kilómetros de distancia, había una aparición que brillaba tenuemente. Parecía un barco fantasma flotando en la niebla, pero era la isla de Marchetti. Estaba a oscuras,

con solo unas cuantas luces encendidas aquí y allá. Leilani sonrió. Qué decías? Kurt sonrió de oreja a oreja. Viremos al nordeste dijo a Tautog. Acto seguido señaló con el dedo. En esa dirección. Tautog y Varu movieron el timón y las velas. El bote dio la vuelta y puso rumbo al nordeste. El resto de la flota hizo otro tanto. Por qué no vamos hacia ella? preguntó Leilani. Kurt controló el rumbo y empezó a contar. Ochocientos metros más al nordeste, y podremos virar e ir casi recto hacia la isla a favor del viento. Eso nos dará más velocidad y mejor maniobrabilidad. Y si nos ven? preguntó ella. La isla tiene seiscientos metros de ancho y veinte pisos de alto en algunas zonas, y casi la hemos pasado de largo. Vamos en una balsa a oscuras, con las velas oscuras, y nos estamos acercando a ellos en plena noche de niebla. Ni siquiera un vigía podría vernos hasta que estemos encima de ellos. Y según Ishmael, Jinn no tiene más de treinta hombres a bordo. Como mínimo la mitad de ellos deben de estar dormidos. Las posibilidades de que nos vean son limitadas. Kurt tenía razón en tres cuartas partes de lo que había dicho. Veinte de los treinta hombres de Jinn estaban dormidos. Unos cuantos vigilaban la cárcel y otros trabajaban en la deteriorada sala de máquinas con los traidores de la tripulación de Marchetti. Solo había dos centinelas apostados. Los vigías patrullaban la isla, pero no había forma de que pudieran vigilar adecuadamente lo que en esencia era un kilómetro y medio de línea de costa y unas cinco hectáreas de cubierta. Era una causa perdida. Los hombres hacían sus rondas con el entusiasmo de unos vigilantes de seguridad mal pagados. Un guardia que había tenido la suerte de librarse de los largos y aburridos paseos estaba situado en la sala de control de Aqua-Terra controlando el radar. De momento no había aparecido una sola imagen en la pantalla. La tranquilidad había durado tanto que, cuando aparecieron momentáneamente un par de objetivos, el guardia no los vio. Ni siquiera estaba mirando; simplemente intentaba reprimir las ganas de dormir. Las imágenes desaparecieron rápidamente y aparecieron por segunda vez diez minutos más tarde. Unas líneas diagonales se arrastraron hacia ellas, lo que indicaba que el modo de puntería había sido activado. Entonces el guardia se quedó confundido. Cuando siguió las líneas hasta los objetivos, la imagen había vuelto a desaparecer, sustituida por una ventana emergente en la que ponía CONTACTO PERDIDO. El guardia se enderezó en su asiento.

Una oleada de suspicacia lo invadió. Acababa de ver algo? Y de ser así, adónde había ido a parar? Cómo había desaparecido? La idea de que se tratara de unos cazas invisibles le cruzó la mente. Miró a la oscuridad por la ventana, pero no vio nada y centró la vista de nuevo en el aparato. Al ver que los objetivos no volvían a aparecer, sus sospechas aumentaron. Cogió unos grandes prismáticos y salió al ala de observación. Resultaba difícil enfocar en medio de la neblinosa oscuridad, y no vio nada. En parte porque se pasó casi todo el tiempo buscando aviones o helicópteros en el cielo, pero también porque, pese a estar apagadas durante la noche, las luces de la isla conferían un tenue resplandor a la niebla que impedía ver más allá de donde alcanzaban las luces. Había mirado directamente hacia las cinco balsas de bambú, pero no había visto nada salvo el velo blanco de la niebla. Decepcionado, volvió al radar y se encorvó sobre él, observándolo atentamente como un gato que vigila una ratonera en la pared.

52 A medida que Kurt se acercaba a Aqua-Terra con su flota de balsas hechas con cañas, la colosal isla emergió de la niebla como el peñón de Gibraltar. Se sentía como una hormiga atacando a un elefante. Es gigantesca dijo Tautog. Está prácticamente vacía se recordó Kurt a sí mismo. Y si han traído más gente desde que nos fuimos? preguntó Leilani. Él se volvió hacia ella frunciendo los labios; en ese momento no necesitaba la voz de la razón. Tienes que conocer a Joe dijo. Creo que a los dos os separaron al nacer. Sabiendo que el calabozo de Marchetti se encontraba cerca del extremo de popa de la isla, Kurt decidió ir allí. Se dirigió a la proa, rodeó con cuidado el palo inferior de la vela y desató una lona del altavoz de la Atormentadora. Leilani dijo en voz queda, tú y Varu empezad a encender esto. Ella se acercó al generador y al volante situados cerca de la popa de la barca. Era un poco difícil manejar el generador manual en la pequeña embarcación, pero una vez que tuvieran el volante a punto, el peso del grueso disco al girar proporcionaría la mayoría de la energía necesaria. Kurt oy ó que la dinamo empezaba a girar y vio que la aguja del indicador de potencia se elevaba poco a poco. Estaban a casi cien metros. Ajustó el dial de alcance, y la abertura de los altavoces varió. Ahora se encontraban tan cerca que la mole de la isla los ocultaba de las dos torres principales, de la sala de control y del haz de cualquier radar. Lo único por lo que tenían que preocuparse era por los guardias de patrulla. Si Kurt veía alguno, tendría que atacarlo con la onda sonora. Si eso fallaba, tenía cerca un rifle que había probado con anterioridad. Las ventanas de la cubierta inferior empezaron a aparecer más claramente. Kurt las contó. Las últimas cinco ventanas correspondían al calabozo. Sacó los viejos prismáticos y miró a través de ellos. Las cinco ventanas estaban tenuemente iluminadas por detrás. No veía ninguna actividad en el interior. Consideró dirigirse a la escalera de mano y a las plataformas situadas cerca

de popa, pero cambió de opinión. Si había un guardia apostado de forma permanente en alguna parte, ese podría ser uno de los principales lugares para situarse. Probaría con otra cosa. Levantó la mano para que las otras barcas lo siguieran, y se desviaron hacia la quinta ventana. A unos treinta metros, aproximadamente la distancia a la que él había estado cuando se había expuesto a la onda sonora en la play a, Kurt situó el interruptor en ESPERA, apuntó con el altavoz usando una palanca y enfocó a la ventana. Mientras Leilani y Varu realizaban un gran esfuerzo físico para suministrar energía, Kurt cambió el alcance a treinta y movió el interruptor de ESPERA a ACTIVO. Inmediatamente, las etéreas ondas de ruido empezaron a brotar. Mientras apuntaba con la Atormentadora a la quinta ventana, Kurt vio que el grueso cristal empezaba a vibrar. Más potencia dijo. Tautog relevó a Leilani, y la aguja de la energía pasó a rojo. Kurt mantuvo el haz enfocado en el objetivo. Qué estás haciendo? preguntó Leilani. Has visto el viejo anuncio de Memorex? Ella negó con la cabeza. Fíjate en esa ventana. La ventana estaba vibrando, sacudiéndose de un lado a otro con las ondas sonoras como la piel de un tambor. Kurt podía ver cómo las ondas reflejaban la luz. Un extraño ruido empezó a reverberar sobre el agua como el sonido de un cuenco tibetano. Kurt temió que los delatara, pero era demasiado tarde para detenerse; ya se habían comprometido. Más potencia susurró otra vez, y al percatarse de que Varu estaba sudando, agotado, ocupó el puesto del joven y realizó el esfuerzo con sus propios músculos. La barca iba a la deriva, pero Leilani mantenía la Atormentadora enfocando al cristal. Parecía que no fueran a conseguirlo, como si la ventana a prueba de huracanes fuera a resistir la vibración, cuando de repente las otras dos barcas encendieron sus aparatos y los enfocaron a la misma ventana. Los tres haces de sonido combinados hicieron añicos el cristal en el acto. La ventana estalló hacia dentro, un efecto con el que Kurt no había contado. Esperaba que Marchetti y los Trout estuvieran en la celda y hubieran sido lo bastante listos para apartarse del cristal. Dentro de la celda, Gamay fue la primera en oír el sonido: una extraña resonancia que en un principio le pareció un zumbido de sus oídos. Qué es eso? preguntó Paul. Por lo visto no habían sido imaginaciones suyas.

No tengo ni idea dijo ella. Gamay se levantó, abandonó su puesto junto a la puerta y fisgó en el oscuro espacio como quien busca un grillo en una casa silenciosa. El ruido aumentó poco a poco de intensidad, aunque no de volumen. Si hubiera habido un perro en la celda, se habría puesto a ladrar a pleno pulmón. A lo mejor nos están abduciendo los extraterrestres comentó Marchetti. Gamay no le hizo caso. El ruido la había llevado hasta la gran ventana que daba al mar. Pegó la cara al cristal. En la oscuridad, apenas iluminadas por las pocas luces encendidas de Aqua-Terra, vio una serie de balsas de aspecto indígena. Reconoció una figura de la primera barca. Es Kurt dijo. Paul y Marchetti se acercaron corriendo. Qué demonios está haciendo? preguntó Paul, contemplando los extraños sucesos. Y quién es la gente que está con él? No tengo la más remota idea dijo Gamay. Mientras observaban, dos de las balsas se alinearon con la de Kurt, y la extraña resonancia subió de repente una octava o dos. Un estrépito de cristales haciéndose añicos reverberó en algún lugar a su izquierda. Creo que está intentando rescatarnos dijo Marchetti. Sí contestó Gamay, orgullosa y triste al mismo tiempo. Desgraciadamente, se ha equivocado de celda. En el pasillo, los hombres encargados de vigilar a los prisioneros oyeron la vibración por un momento, pero les pareció el sonido del sillón de masaje encendido otra vez a máxima potencia. Que los cristales se hicieran añicos era harina de otro costal. Se levantaron de un salto. Id a ver a los prisioneros ordenó el jefe de los guardias. Dos de sus hombres cogieron sus armas y corrieron por el pasillo. Cuando desaparecieron, el jefe cogió el teléfono y llamó a la sala de control. Después de cuatro tonos, nadie contestó. Cogedlo de una vez murmuró. Un tintineo de más cristales le llamó la atención. El ruido procedía de la celda situada enfrente de él, no del fondo del pasillo. Consideró la posibilidad de que los prisioneros hubieran escapado o la eventualidad todavía más disparatada de que alguien hubiera entrado por la ventana. Prefirió echar un vistazo antes de informar. Colgó el teléfono, se apartó con cuidado de la mesa y sacó su pistola al acercarse a la puerta. Apagó las luces del pasillo y abrió la puerta, blandiendo la pistola hacia delante. No observó más que oscuridad. Entonces una brisa sopló a través de la celda, y vio la niebla iluminada en el exterior de la ventana rota.

Miró por todas partes, pero no observó tampoco nada raro y desde luego no vio a ningún intruso. Aun así, algo tenía que haber roto la ventana. Se acercó con cuidado a ella, haciendo crujir el cristal bajo sus pies. Algo flotaba junto al casco. Se acercó y vio un velero de extraño aspecto. A su lado había otro flotando. Ninguno de los dos parecía un modelo como el que usaban las Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Dio otro paso, oyó un extraño zumbido y de repente todo su cuerpo se puso en tensión como si hubiera recibido una descarga de un cable de alto voltaje. El dolor le recorrió los brazos y el torso. El cuello se le puso tieso y se mordió la lengua al cerrar la mandíbula. Cayó de rodillas, se desplomó sobre los cristales y se le escapó la pistola de la mano. El dolor desapareció al caer al suelo, pero el efecto persistió. Una figura saltó por encima del alféizar de la ventana destrozada y cay ó a su lado. El guardia alargó la mano para coger la pistola que se le había caído, y entonces notó una pesada bota que le pisó la mano y le aplastó los dedos. Retiró la mano bruscamente, gruñendo, y recibió un golpe en un lado de la cabeza con la culata de un rifle que lo dejó inconsciente. Gamay, Paul y Marchetti observaban desde su celda cómo Kurt y un grupo de hombres lanzaban garfios y empezaban a trepar. No podían ver la ventana rota desde su perspectiva, pero a Marchetti no le cabía duda de que se encontraba una o dos puertas hacia popa de donde ellos estaban. Eso no significa que no puedan llegar aquí dijo. Solo tienen que deshacerse de los matones del puesto de guardia, y seremos libres. Al otro lado de su puerta sonó un alboroto que desvió la atención de Gamay. Es posible que sean ellos? Demasiado pronto dijo Paul. Entonces son los guardias. Gamay volvió corriendo a su sitio junto a la puerta. Oy ó la tarjeta de acceso en la cerradura y que esta emitía un zumbido y se desbloqueaba. Se lanzó a través del suelo y se deslizó contra la pared junto a la toma eléctrica justo cuando la puerta empezaba a abrirse. El plan consistente en usar el sillón de masaje como arma propuesto por Paul dependía de la elección del momento idóneo. Cuando Gamay chocó contra la pared, cogió el cable e introdujo el enchufe en la toma, esperando no llegar demasiado tarde. Una intensa lluvia de chispas salió volando del panel de la pared, mientras otras tantas saltaban de la puerta metálica. El guardia, que todavía tenía la mano apoyada en el marco, recibió de pronto una fuerte descarga que hizo que saliera despedido hacia atrás. Los cables que habían arrancado del sillón y que un momento antes habían conectado a la puerta echaban chispas y gran cantidad de

humo, y un fusible se fundió en alguna parte. Paul se abalanzó sobre el guardia e intentó quitarle la pistola. A continuación se enzarzaron en una pelea, pero Paul le dio un rodillazo en la entrepierna, lo cual puso fin rápidamente a la refriega. Marchetti y él metieron al hombre en la celda, y Gamay desconectó el cable y agarró la puerta para evitar que se cerrara. Un rápido vistazo le permitió comprobar que el pasillo estaba vacío. Vamos dijo. Paul y Marchetti dejaron al guardia retorciéndose en el suelo, atado con una sábana. Salieron sigilosamente y se dirigieron a la derecha del pasillo. Kurt había llegado al puesto de guardia situado delante del calabozo de Marchetti. Parecía la recepción de un spa más que un puesto de guardia. Un ordenador reposaba en un lado del austero mostrador blanco y un teléfono multilínea en el otro. Tautog y Varu entraron. Kurt señaló varios puntos apartados desde los que se podía defender el pasillo. Estén atentos por si surgen problemas dijo. Se volvió para echar a correr por el pasillo curvado, pero vio tres figuras recorriéndolo en dirección a él. Para gran sorpresa y alivio suyos, reconoció a Gamay, a Paul y a Marchetti. Vaya, cuánto nos alegramos de verte exclamó Gamay. Creíamos que habías muerto. Kurt los llevó detrás de la mesa. Temía que vosotros también hubierais muerto. Qué hacéis fuera de vuestra celda? Hemos escapado explicó Gamay. Ahora mismo. Después del viajecito que he hecho hasta aquí para rescataros dijo Kurt, sonriendo. Está Joe contigo? No contestó Kurt. Lo metí en un camión en Yemen hace dos días. Adónde iba el camión? Buena pregunta dijo Kurt. El hecho de que Paul, Gamay y Marchetti hubieran permanecido encerrados en lugar de ser rescatados por un equipo de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos reveló a Kurt que Joe todavía no estaba fuera de peligro. Era consciente de que su amigo sabría cuidar de sí mismo, y aunque se sentiría mejor cuando supiera con seguridad que Joe se encontraba bien, en ese momento no podía hacer gran cosa al respecto. Cuál es nuestra situación? preguntó, concentrándose en el presente. Hemos eliminado a un guardia informó Paul. Está encerrado en nuestra celda. Nosotros hemos eliminado al de aquí dijo Kurt.

Quiénes son tus amigos? preguntó Gamay. Yo soy Leilani Tanner dijo Leilani. La de verdad. Gamay sonrió. Y el resto de la caballería? Encantado de conocerla la saludó Tautog. Soy el decimoctavo Roosevelt de Déjelo para más tarde dijo Kurt. Viene alguien. Se acercaban pisadas, esa vez a un ritmo más despreocupado. Era otro guardia, que debía de haber sido enviado a echar un vistazo a los otros prisioneros. El guardia dobló la esquina, se encontró de frente con varios rifles y se quedó inmóvil. Kurt cogió la tarjeta de acceso y la pistola del hombre. Y ahora qué? preguntó Paul. Nos vamos? No contestó Kurt. Cuando se presenta el momento de la victoria, hay que aprovecharlo. Se lo quedaron mirando. Sun Tzu les dijo Leilani como si fuera una experta. Y qué significa eso en nuestro idioma? preguntó Gamay. Significa que ahora que estamos a bordo, no vamos a ir a ninguna parte hasta que encontremos a Jinn, a Zarrina y a Otero. Cuando los tengamos, todo habrá acabado. Se volvió hacia Marchetti. Está su tripulación aquí abajo? La mayoría de ellos. Paul y usted, llévense a este tipo y liberen a sus hombres. Enciérrenlo en la celda cuando salgan. Paul asintió con la cabeza y se puso en marcha. Kurt se volvió hacia Tautog. Amarremos los botes y subamos a bordo al resto de sus hombres. Necesitamos a todo el mundo en cubierta. Momentos más tarde, cuando los prisioneros y los guardias hubieron intercambiado sus lugares y la pequeña flotilla estuvo amarrada a una tubería de agua de la cabina con la ventana rota, Kurt se puso al mando de una fuerza de treinta y siete hombres y mujeres armados: los hombres de Marchetti conocían la isla, mientras que los de Tautog estaban adiestrados en el uso de los rifles y de las Atormentadoras. Kurt mandó que subieran a bordo dos de las máquinas y encontró un par de carretillas para montarlas. Una se fue con el grupo que se dirigía a las dependencias de la tripulación y la otra se quedó con Kurt, Leilani y los Trout. Los cuatro, junto con Tautog y Varu, metieron la voluminosa máquina en el ascensor al igual que técnicos transportando amplificadores entre bastidores.

Mientras el grueso de su grupo se dirigía a las dependencias de la tripulación, Kurt se proponía encontrar a Jinn al-khalif. En qué planta está la suite presidencial? preguntó. Se refiere a mis aposentos? dijo Marchetti. Si los suy os son los más lujosos de la isla, entonces sí, a eso me refiero exactamente. En la última planta, por supuesto dijo Marchetti, pulsando el botón. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Kurt acarició la caja sonora y esbozó una sonrisa pícara. Es hora de despertar a los vecinos dijo.

53 Joe Zavala corría como alma que lleva el diablo. A pesar de tener el tobillo lesionado, atravesaba en diagonal a toda velocidad la pendiente mojada de la presa de Asuán buscando un terreno más elevado y más seguro. Detrás de él iba el mayor Edo, que aparentemente seguía asombrado de lo que estaba pasando. Yo que usted no seguiría mirando atrás. El mayor captó el mensaje y se abrió camino hasta alcanzar a Joe. El plan de este consistía en llegar a lo alto, lejos de la brecha cada vez más ancha, e inspeccionar los daños. Al llegar a la cúspide, Joe se quedó en la carretera que cruzaba la presa. Se había abierto una V de nueve metros de profundidad. El agua del lago Nasser estaba filtrándose a través de ella y cayendo por un lado. Gracias a la radiante iluminación de los focos, Joe pudo ver que el agua erosionaba las rocas y la arena como una riada atravesando a toda velocidad un estrecho cañón montañoso. Cuando el efecto se consolidó, los daños se extendieron lateralmente en ambas direcciones, y la V se ensanchó hacia cada lado de la presa. La riada extrajo el conglomerado de debajo, y el asfalto de la carretera resistió un instante, formando una especie de malecón sobre el agua torrencial. Pero el agua se llevó rápidamente el terreno que lo sostenía, y grandes pedazos de asfalto se desplomaron y cayeron a un lado. Al mirar atrás al lago, Joe reparó en algo. El agua está muy crecida. Nunca lo ha estado tanto reconoció el mayor. Dos años de tormentas como no se habían visto jamás. Joe no sabía nada de los negocios del general Aziz con Jinn, pero eran esas lluvias las que habían envalentonado tanto a Aziz como para romper el trato. Las mismas lluvias que ahora devastarían el país. Dónde está la sala de control? gritó Joe. El may or Edo señaló el lado este de la presa y un nuevo edificio situado cerca del mismo centro, casi al nivel de la península. La nueva sala de control está junto a la central eléctrica. Vamos.

Joe echó a correr otra vez, y en esa ocasión el may or siguió su ritmo. Detrás de él, la brecha de la parte superior de la presa siguió ensanchándose treinta centímetros o más cada quince segundos. Al llegar a la sala de control, el may or abrió la puerta de un tirón y entraron corriendo. Encontraron el centro de mando en un estado de caos absoluto. La mitad de los puestos estaban vacíos. Los valientes hombres y mujeres que seguían allí estaban intentando averiguar cómo lidiar con lo que ocurría. Un supervisor vio al may or. Hemos sido atacados? preguntó. No hemos visto ninguna explosión. Tienen que abrir todas las compuertas gritó Joe, sin esperar a que el mayor respondiera. Y también los aliviaderos de emergencia. Quién es usted? preguntó el hombre. No había malicia en sus palabras, solo sorpresa por que el hombre de aspecto desaliñado que acompañaba al mayor estuviera dando órdenes. Soy un ingeniero estadounidense. He trabajado en diques y proyectos fluviales una o dos veces, y le digo que abra todos los aliviaderos si quiere tener una posibilidad entre diez de sobrevivir. Pero Hay una brecha de casi diez metros en lo alto de la presa dijo Joe, interrumpiendo al supervisor. Está justo debajo del nivel del agua, a mitad de camino entre aquí y la orilla oeste. Si bajan el nivel del agua por debajo de la brecha, puede que sobrevivan. Si no, el agua se llevará toda la presa. El supervisor se quedó mirando a Joe un momento y luego al mayor, quien asintió con la cabeza y gritó: Fíese de él! Cuando el supervisor dejó de dudar, se volvió y gritó a través de la sala. Abrid todos los aliviaderos! Abrid todas las compuertas al máximo! Los empleados empezaron a activar interruptores y palancas. Las compuertas se están abriendo! confirmó uno de ellos. Los bloques uno y dos se están llenando. Los bloques tres y cuatro también están respondiendo. En una pantalla del tamaño de la pared conocida como cuadro de esquemas, los indicadores pasaron del color rojo al verde. Doce canales azules representaban los doce canales del generador situados debajo de la presa. Qué hay de los aliviaderos de emergencia? preguntó Joe. Todas las presas importantes tenían aliviaderos de emergencia a su alrededor en caso de que se produjera un incidente como ese. Esos canales de derivación de alto volumen casi nunca se usaban. Se están abriendo dijo el supervisor. El hombre observaba y contaba : veintiocho, veintinueve, treinta. Todas las compuertas están abiertas. También el canal de Toshka. Dentro de diez segundos, descargaremos el máximo volumen

de agua. Más de once mil metros cúbicos por segundo. Joe oyó y notó una gran reverberación que sacudió el edificio desde dentro. Miró el Nilo. El agua del canal de escape se agitaba como unos rápidos de primera categoría. Abiertos de par en par, los aliviaderos estaban vertiendo suficiente agua para llenar un superpetrolero cada quince segundos. Aproximadamente el doble de esa cantidad y a corría por la brecha. Joe tenía el mal presentimiento de que no sería suficiente. Si el lago Nasser estaba lleno hasta el borde, harían falta horas o incluso días para hacer descender el agua por debajo del nivel de la brecha. Durante ese tiempo, el boquete se haría más profundo y el proceso continuaría. Joe temía que no pudieran recuperar el tiempo perdido. Mientras la riada proseguía con furia, la estructura de varios millones de toneladas se sacudía como una ciudad bajo los efectos de un terremoto. Pero los temblores no desaparecieron, sino que se mantuvieron constantes e incluso se agravaron. Otra enorme sección de la presa se desprendió y cayó con gran estruendo por la pendiente como una avalancha. A los pocos minutos, el agua que caía en forma de torrente se la había llevado, y ahora la brecha tenía sesenta metros de ancho. La efusión de agua que escapaba por ella debía de ser diez veces más grande que la de todos los aliviaderos juntos. Parecían las cataratas del Niágara. Río abajo, la riada arrasaba con todo, arrastrando botes y muelles y cualquier cosa que encontraba a su paso. Las barcazas y las embarcaciones fluviales que llevaban turistas de crucero por el Nilo eran arrancadas de sus amarraderos y lanzadas río abajo como juguetes infantiles en la bañera. El agua corría a lo largo de las orillas del Nilo, llevándose los muros en algunas partes, socavando la roca y la piedra arenisca y provocando corrimientos de tierras y desplomes que recordaban los desprendimientos de glaciares en el Ártico. La riada desbordó las orillas y envolvió los hoteles y otros edificios. Las construcciones más pequeñas fueron arrasadas como si estuvieran hechas de palillos. Se encontraban allí y un momento después ya no estaban, sustituidas por el torrente de agua. Y eso era solo el principio. El supervisor se quedó callado. El may or Edo se quedó callado. Hasta Joe Zavala se quedó callado. No podían hacer nada salvo mirar. El noventa por ciento de la población de Egipto vivía a diecinueve kilómetros del Nilo. Si la presa entera cedía, Joe preveía un desastre cuyas víctimas se contarían por millones. Aunque se extendiera por el valle, evitando su poder destructivo a las víctimas río abajo, las consecuencias podrían ser peores que la riada. Millones de personas perderían sus hogares. La mitad de la tierra cultivable de Egipto quedaría inundada y como mínimo temporalmente destruida. La

disentería, el cólera y otras enfermedades provocadas por las condiciones insalubres, así como las propagadas por mosquitos y otros insectos, se convertirían en epidemias. Y por si eso fuera poco, la presa proporcionaba el quince por ciento de la electricidad de Egipto. Sumado a los demás problemas del país y a su precario estado político, Joe temía la caída del gobierno. Veía un país con ochenta millones de personas sumiéndose de golpe en la anarquía. Cuánto falta para el hundimiento total? preguntó. Es difícil saberlo contestó el supervisor. Depende de si el núcleo resiste. Joe se fijó en que la brecha de la parte superior se había ensanchado considerablemente pero apenas había aumentado de profundidad. Ya no tenía forma de V, sino más bien de una U muy alargada. De qué está hecho el núcleo? preguntó, recordando que le había parecido un material distinto en la sección transversal de la maqueta. De arcilla semiplástica impermeable dijo el supervisor. Y de hormigón por debajo. Si Joe estaba en lo cierto, el agua había erosionado el conglomerado y había llegado al núcleo. El ritmo de desgaste casi se había detenido. Recorre toda la presa a lo ancho? El supervisor asintió con la cabeza. Está hundido en la roca por cada lado. Puede contener el lago? El supervisor se lo pensó un momento. El núcleo no se erosiona como el conglomerado, pero cuando la parte posterior de la pendiente esté erosionada, la cantidad de roca y de piedra que sostiene el núcleo se reducirá a un ritmo constante. En algún momento, el peso del lago Nasser arrollará el núcleo como un autobús podría empujar un cochecito. Joe miró más allá de la brecha. El agua se derramaba en cascada por encima de la parte superior, caía a plomo y se extendía. Pero la suave pendiente de trece grados y la piedra que la cubría parecían estar siendo de ayuda, y el revestimiento aguantaba por lo menos de momento. Creo que el revestimiento superficial está resistiendo dijo. Si el nivel del agua baja mucho, el núcleo podría sacarnos del apuro. Y con lo ancha que está la brecha, no debería llevar más de un par de horas. El supervisor asintió con la cabeza. Es posible convino, como si no quisiera adelantarse a los acontecimientos. El may or Edo señaló otra cosa, algo en lo que Joe no había reparado: un pequeño géiser situado más abajo. Prácticamente oculto entre la riada, lanzaba

agua como la fuente de un jardín. El agua rociada se elevaba y se desplegaba hasta formar una fina niebla que reflejaba la luz de los focos. Y eso? preguntó el mayor Edo. A Joe se le cay ó el alma a los pies. Se acordó del modelo a escala de Yemen. Primero se había producido la riada superior, pero el túnel inferior había hecho que el núcleo cediera, y con él toda la presa. Es un problema más grave dijo Joe. Cómo ha ocurrido? preguntó el supervisor. Joe intentó explicarle qué eran los microbots y cómo excavaban los materiales, incluido el hormigón y la arcilla. Esta vez nadie dudó de él. Es posible que todavía estén allí abajo? Tal vez dijo Joe. Quizá estén excavando la arcilla para ensanchar el túnel como el agua jamás podría hacerlo. Si se ensancha demasiado empezó a decir el supervisor. No hizo falta que terminara la frase. Disponen de alguna forma para cerrar algo así? preguntó Joe. El supervisor se frotó la barbilla. Puede que haya una forma dijo. Tenemos un compuesto conocido como Ultra-Set. Es un polímero que se adhiere a la arcilla y se expande varias veces para cubrir pequeñas brechas. Se vuelve impermeable en segundos. Si pudiéramos introducirlo en el túnel que esas cosas que dice han excavado, podría obstruirlo. Si la parte superior resiste y el nivel del agua desciende lo bastante rápido, evitaríamos un desastre total. Una nueva oleada de temblores sacudió el edificio. Cuál es la parte negativa? preguntó Joe. Solo hay una forma de meter el Ultra-Set en el túnel explicó el supervisor. Tenemos que bombearlo sometido a alta presión. Y para hacerlo, alguien tiene que encontrar el punto de entrada en el lado de la presa que da al lago. Joe miró al supervisor y a los pocos empleados que quedaban en sus puestos en la temblorosa sala de control. Necesita un submarinista dedujo, incapaz de creer su sino. Sonrió de todas formas. Vaya suerte la mía.

54 Las puertas del ascensor se abrieron y dejaron ver el piso superior de la pirámide de Marchetti y un lujoso vestíbulo. Tres de los hombres de Jinn se encontraban apostados allí y se volvieron al oír el tintineo del ascensor. Era una reacción natural. No tenían motivos para sospechar que había problemas. De hecho, miraron a Kurt como si se estuvieran poniendo firmes cuando la onda sonora de la Atormentadora los alcanzó y cayeron de rodillas. Uno dejó escapar un gruñido, otro retrocedió dando traspiés y volcó una mesa con un jarrón encima que se estrelló ruidosamente en el suelo, y el tercero simplemente se cayó. Kurt soltó la palanca que alimentaba el sistema mientras Paul, Gamay, Tautog y Varu inmovilizaban a los hombres con unas esposas del calabozo. Estos parecían desconcertados y confundidos por lo ocurrido. Conozco ese dolor, por eso os entiendo afirmó Kurt. Lo experimenté hará unas doce horas. Los hombres fueron amordazados con cinta adhesiva y encerrados en el cuarto del conserje. Por aquí dijo Marchetti, dirigiéndose a la derecha. Llegaron a la esquina, donde el vestíbulo se juntaba con el pasillo. Kurt asomó la cabeza y vio que estaba vacío. Vamos. A mitad del pasillo llegaron a una gran serie de puertas de dos hojas. Marchetti se acercó a un teclado. Mientras introducía su código, muy por debajo de ellos se oyeron tiros. Unos pequeños estallidos que sonaban como pistolas de petardos disparándose. Algunos de los hombres de Jinn deben de estar resistiéndose dijo Gamay. Kurt asintió con la cabeza. Deprisa. Marchetti introdujo el código mientras Paul y Tautog cargaban la Atormentadora. Kurt abrió las puertas de una patada y le dio al interruptor. No había nadie. Nos hemos equivocado de habitación? preguntó Gamay. Kurt apagó la máquina, entró y echó un vistazo. Alguien había dormido en la

cama. Olía a fragancia de jazmín. El mismo perfume que Zarrina llevaba. Por lo visto estaba más unida a Jinn de lo que creían. Es la habitación correcta dijo. No los hemos pillado por poco. Kurt pasó como un huracán por delante de Marchetti y murmuró: Puede que le interese cambiar las sábanas. O quemar toda la cama recalcó Marchetti. Kurt avanzó por el pasillo mientras seguían resonando disparos. Los otros corrieron para alcanzarlo. Eso explica por qué sus hombres se pusieron firmes observó Paul. Creían que alguien volvía. Y adónde han ido? preguntó Leilani. Solo se me ocurre un sitio dijo Kurt. Jinn se encontraba en la sala de control de Aqua-Terra conmocionado por lo que había ocurrido. Zarrina, Otero y Matson estaban a su alrededor, junto con el operador de radar y otro de sus guardias. Los demás, poco menos de diez hombres, se hallaban dispersos, luchando contra la tripulación de Marchetti y unos tipos que parecían marines estadounidenses. Cómo? Cómo es posible? preguntó. No hay lanchas patrulleras ni helicópteros. Por dónde han venido? Tenemos un vídeo del nivel de las celdas dijo Otero, mirando un ordenador portátil. Lamento decirlo, pero se trata de Austin. No puede ser espetó Jinn. Está muerto. Lo he matado dos veces. Pues ha resucitado repuso Otero, girando el portátil hacia Jinn. Mire. Era Kurt Austin. Jinn no concebía cómo aquello podía estar ocurriendo. Era como si Austin hubiera aparecido como un fantasma. Una idea de lo más adecuada considerando que Jinn estaba seguro de que lo había mandado al otro barrio. Los disparos se aproximaban. Desde la cubierta de observación, se podía ver a unos cuantos secuaces de Jinn corriendo hacia la plaza central de Marchetti. No llegaron. Tenemos que salir de aquí dijo Zarrina. Esta batalla está perdida. Jinn examinó la distribución del lugar. No llegarían al dique seco, donde estaba amarrado el hidroavión. Y aunque llegaran, unas balas correctamente dirigidas o los misiles que había llevado consigo a bordo acabarían con ellos. No podemos huir dijo. Y tampoco podemos librar esta batalla contestó bruscamente Zarrina. Solo somos cinco. Silencio le espetó Jinn. Estaba intentando pensar, buscando desesperadamente una forma de volver las tornas. Miró a Otero. Accede a la plaga y activa el transmisor.

Otero se puso a teclear en su portátil y a continuación se lo empujó a Jinn a través de la mesa. Ya tiene acceso. Qué piensa hacer? preguntó Matson. Jinn no le hizo caso. Empezó a teclear. Despacio al principio, asegurándose de que estaba en la zona adecuada del sistema, y luego más deprisa. Unos disparos en el pasillo lo apremiaron a seguir. Seleccionó un comando del menú y pulsó ENTER. La puerta de la sala se abrió de golpe y estalló un tiroteo. Las balas rebotaron por la estancia. Jinn se puso a cubierto mientras Matson y el operador de radar eran eliminados. Segundos más tarde, el otro guardia de Jinn fue liquidado cuando intentaba disparar. Ríndase, Jinn! gritó la voz de Austin. Jinn se encontraba detrás de una isla en el centro de la sala de control que tenía muchos de los mandos cruciales en la superficie. Otero y Zarrina estaban apretujados detrás con él. Qué pasará si nos rendimos? Los esposaré y los entregaré a las autoridades pertinentes. Espera que crea que no nos matará? No sabe cuánto me gustaría Sin embargo, no es una decisión que me corresponda tomar a mí respondió Austin. Pero no espere volver a Yemen. Yo diría que su destino es el Tribunal Internacional de Justicia o una base militar estadounidense. Me niego a que me pongan en manos de esa gente! gritó Jinn. Entonces dé la cara y resolvamos esto de hombre a hombre. Jinn podía ver el reflejo de Kurt. Estaba oculto a la vuelta de la esquina del mamparo de acero. Jinn no tenía ninguna posibilidad. Si se levantaba, Kurt lo eliminaría. Si se escondía, el estadounidense o algún miembro de su equipo no tardaría en flanquear su posición. Tengo una idea mejor dijo Jinn. Le voy a dar una lección sobre el poder y su uso correcto. Echó un vistazo al portátil. Un parpadeante cuadro verde en la pantalla le indicó que sus instrucciones habían sido enviadas y recibidas. Ya podía actuar. Desenfundó el arma de su pistolera, presionó el seguro con el pulgar hasta que hizo clic y la sostuvo fuertemente contra el pecho. Se le está acabando el tiempo le informó Kurt Austin. Jinn y a lo sabía. Colocó el cañón de la pistola contra la parte trasera del cráneo de Otero y apretó el gatillo. La explosión amortiguada lanzó al programador informático y lo que quedaba de su cabeza al espacio descubierto del suelo. El segundo disparo de

Jinn hizo añicos el portátil y lanzó pedazos de plástico y microchips por todas partes. Disparó otra vez por si acaso y destrozó la pantalla del ordenador. Lanzó el arma a un lado. Me rindo dijo, levantando las manos. Resguardado por el mamparo, Kurt observaba a Jinn en el mismo reflejo en el que Jinn lo había visto a él. Algo no encajaba. Había visto a Jinn sacar el arma y había esperado que el hombre pelearía hasta el final, pero la bala que había disparado a Otero a la cabeza y el hecho de lanzar el arma resultaban sospechosos, por no decir otra cosa. Zarrina lanzó su arma y levantó las manos. Jinn y ella se levantaron poco a poco, y Kurt apuntó con su carabina M1 al pecho de Jinn. Si se mueve, lo mato. Kurt entró en la sala. Paul y Tautog entraron después. Se desplegaron. Kurt intuía que se trataba de una trampa. Sin dejar de apuntar con el rifle a Jinn, inspeccionó a los hombres muertos: el guardia, Matson, lo poco que quedaba de Otero y el operador de radar. No encontró nada fuera de lo corriente, pero el rostro de Jinn seguía luciendo una expresión de suficiencia, como si acabara de esconderse una carta en la palma de la mano o se hubiera salido con la suya. Qué ha hecho? susurró Kurt, esperando que saltara una trampa explosiva o que se produjera un estallido. Qué ha hecho? Jinn no dijo nada. Kurt se fijó en el portátil hecho pedazos. Se dio cuenta de que Jinn acababa de ejecutar a Otero, el programador. Las dos cosas tenían que estar relacionadas. Unos gritos entraron por la puerta abierta procedentes de mucho más abajo. Pertenecían a los hombres de Tautog en la cubierta cero. Está pasando algo gritó uno de ellos. El mar está vivo! Kurt salió. A través de la niebla nocturna vio que el agua se estaba agitando. Marchetti, encienda las luces! Este corrió hacia el tablero de control y se puso a activar una hilera de interruptores. A medida que encendía los focos situados encima y debajo del agua, empezaron a iluminarse secciones de mar alrededor de la isla. Kurt vio enseguida lo que estaba ocurriendo. El agua se revolvía como si estuviera hirviendo. La plaga que los rodeaba había subido a la superficie y se dirigía en tropel a la isla. Los ha llamado susurró Marchetti con temor. Los ha llamado a la isla. Jinn se echó a reír, una risa profunda que resultaba siniestra, sádica y rebosante de un orgullo ególatra. Ahora entenderán a lo que me refiero con poder dijo. Si no me sueltan, la plaga los devorará a todos.

55 Kurt Austin supo que estaban en un doble aprieto en cuanto oy ó la risa de loco de Jinn. Entró como un huracán en la sala de control y lo apuntó con el cañón de la carabina entre los ojos. Ordéneles que no ataquen! Suéltenos dijo Jinn y haré lo que desee. Ordéneles que no ataquen o esparciré su cerebro por la pared. Y qué sacará con eso, señor Austin? Kurt retrocedió. Marchetti, busque un ordenador. Tendrá que volver a descifrar el código. Marchetti se acercó corriendo a otro ordenador portátil colocado sobre la consola principal. Jamás lo descifrará dijo Jinn. Ni siquiera conseguirá acceder. Marchetti alzó la vista. Tiene razón. Puede invertir la última estratagema de Otero porque conseguí acceder a los archivos, pero ahora estamos totalmente bloqueados. No puede hackearlo? preguntó Kurt. Es un código de nueve dígitos protegido con un cifrado de alto nivel. Incluso un superordenador necesitaría un mes más o menos para descifrarlo. Tiene que poder hacer algo. Ni siquiera puedo entrar en el sistema. Ahora Kurt entendía por qué Jinn había disparado a Otero y al portátil. Era el código de Otero. Era imposible que lo entregara estando muerto y también que Marchetti buscara en el portátil cualquier tipo de memoria o de archivo temporal. Leilani se acercó con cuidado a Kurt. Qué pasa? Las cosas que nos hicieron brillar están alrededor de la isla, y hay muchas más que cuando las vimos. Jinn las ha vuelto locas. Subirán a bordo como una plaga de langostas y se comerán todo lo que encuentren, incluido nosotros. Qué vamos a hacer? preguntó Leilani. Hay alguna forma de detenerlas? preguntó Kurt a Marchetti. Este negó con la cabeza. Hay demasiadas, unos ochenta kilómetros de criaturas por cada lado.

Entonces tenemos que salir de la isla. Dónde están esas aeronaves suyas? En el hangar que hay junto al helipuerto. Coja el portátil y dígale a todo el mundo que se reúna con nosotros allí dijo Kurt. Miró a Tautog. Avise a sus hombres de que suban al hangar. Nos vamos por aire. Y las barcas? preguntó Tautog. Las barcas ya no nos servirán. Tautog se dirigió al balcón y se puso a gritar a sus hombres, haciéndoles señales con las manos para que subieran. Marchetti cogió un micrófono e inició una transmisión por toda la isla a través de una serie de altavoces. Kurt se fijó en dos pequeñas radios situadas en la parte llana de la consola de control. Las cogió y acto seguido empujó a Jinn hacia las puertas del ascensor. Vamos. Momentos más tarde, Kurt y su creciente séquito estaban en el helipuerto iluminado suspendido entre los dos edificios con forma de pirámide. Desde aquella posición ventajosa, el mar que rodeaba Aqua-Terra parecía un terreno firme cubierto de millones de escarabajos. Las criaturas reflejaban la luz deslumbrante de los focos con su color carbón. Torrentes de diminutas máquinas podían verse avanzando hacia el interior como dedos largos e inquisitivos. Hay tantas que parece que uno podía caminar encima de ellas observó Paul. Yo no lo intentaría dijo Kurt. Una puerta del hangar se abrió en el lado de la pirámide de estribor, y los hombres de Marchetti empezaron a empujar una de las aeronaves para sacarla. Otras dos esperaban detrás. Cuántas personas caben en cada una? preguntó Kurt. Ocho. Nueve como máximo respondió Marchetti. Saque todo lo que no necesite dijo Kurt. A ver si puede aligerar la carga. Marchetti acudió a supervisar la operación. Paul y Gamay fueron con él. Leilani se acercó a Zarrina, quien estaba junto al borde del helipuerto con Jinn. Así que tú te hiciste pasar por mí dijo. Yo no me acercaría mucho le advirtió Kurt. Eres una mujer débil repuso Zarrina. Esa fue la parte más difícil de interpretar. Kurt agarró a Leilani cuando se disponía a abofetear a Zarrina y la apartó a una distancia prudencial. Te está provocando dijo Kurt. Ve a ayudar a los demás. Leilani hizo un mohín, pero obedeció. Es una lástima que no hayas puesto más empeño en enfrentarte conmigo señaló Zarrina. Te habría gustado.

No te hagas ilusiones dijo Kurt. Al lado de ella, Jinn estaba hecho una furia. Tautog recibió a los últimos de sus hombres y los llevó hacia el hangar. Y los prisioneros? preguntó uno. Kurt miró al sádico líder. Qué va a hacer, Jinn? Va a dejar que sean devorados vivos? Me da igual si viven o mueren señaló. Pero tal vez le gustaría ir a por ellos ya que le preocupan tanto. No dijo Kurt. No pienso mandar a nadie a por ellos. Entonces es tan despiadado como y o. Kurt lanzó una mirada asesina a Jinn. Ese hombre le repugnaba, pero no pensaba poner en peligro a una buena persona por las vidas de los hombres que estaban abajo. Le diré lo que vamos a hacer declaró Kurt. Vamos a subir a esas aeronaves y vamos a marcharnos, y usted se va a quedar a esperar la muerte que se merece. Su demostración de fuerza solo servirá para matar a sus hombres y llevarlos a ustedes dos con ellos a un lento suicidio. Cogió el portátil, lo colocó sobre la superficie áspera del helipuerto y lo empujó hacia Jinn. Este se lo quedó mirando, pero no hizo nada. Zarrina parecía nerviosa. Se mordió el labio, vaciló y acto seguido habló. Introduce el código le dijo a Jinn. Detrás de ellos, las dos aeronaves estaban listas, con los depósitos cargados al máximo y las hélices girando. La tercera estaba justo detrás de ellos. Qué tal ha ido? preguntó Kurt a Marchetti sin volverse. Si utilizamos las anclas de aire y ganamos velocidad antes de rebasar el borde, creo que podemos llevar a once personas informó Marchetti. Creo. Ponga a doce en cada una. Pero no estoy seguro Kurt lo hizo callar con una mirada dura. Voy a necesitar su ayuda dijo, entregándole una de las pequeñas radios. Bueno, qué me dice? Doce confirmó Marchetti. Podemos llevar a doce espero. Eso son treinta y seis en total dijo Gamay, calculando rápidamente. Y somos treinta y siete. Jinn sonrió al oír las cifras. Supongo que alguien tendrá que quedarse para morir. Kurt contestó sin pestañear: Yo me quedaré.

56 Joe se sumergió en el agua del lago Nasser con un viejo traje de buceo. No era exactamente el antiguo traje de salvamento Mark V con escafandra de latón que Estados Unidos había dejado de usar poco después de la Segunda Guerra Mundial, pero no le iba a la zaga. Llevaba una escafandra de acero inoxidable que pesaba casi quince kilos encajada en la cabeza sobre los hombros del traje. Un cinturón con veinte kilos de lastre le ceñía la cintura, y las botas con peso le hacían caminar como Frankenstein. Un tubo para el aire, un cable de acero y un conducto de alta presión para bombear el Ultra-Set se hallaban conectados a los soportes de los hombros. Le hacían parecer una marioneta, pero, cuando se metió en el agua, Joe se alegró de contar con todo el peso y la seguridad del cable de acero. Aquel lastre lo mantenía en equilibrio en medio de la turbulenta corriente. El cable, que estaba conectado a un bote de submarinismo situado encima de él, era la única forma de ascender con todo el peso con el que cargaba. Si se partía, Joe se hundiría hasta el fondo como una piedra y probablemente lo sacarían dentro de unos mil años, para desconcierto de futuros arqueólogos. Joe no tenía el más mínimo deseo de ir al otro barrio. Lo único que quería era impedir que el agua se llevara la presa. Si él y el supervisor estaban en lo cierto, la brecha principal era contenible, y aunque el incidente era un desastre, sobre todo para los más próximos a la presa, no era un cataclismo. La brecha se extendería, tal vez hasta alcanzar la anchura completa de la presa, pero el núcleo de arcilla y la suave pendiente de la estructura impedirían que siguiera erosionándose. Al final, como el agua al derramarse por una bañera desbordada, el nivel del agua del lago descendería hasta otro equivalente a la hondura de la brecha y el torrente disminuiría de velocidad hasta detenerse finalmente. Pero si los microbots estaban excavando el núcleo de arcilla desde el túnel, la increíble presión del agua debilitaría el propio núcleo. Con el tiempo, este cedería. Se formaría una brecha más grande, más honda y más irregular, y no habría nada que impidiera que la presa se desplomara del todo. Cuando los pies de Joe tocaron la superficie inclinada situada debajo de él, el

altavoz de su escafandra crepitó. Me oy e, submarinista? Era el supervisor. Estaba en lo alto, poniendo su vida en peligro en el bote de submarinismo junto con el may or Edo y otro técnico. A duras penas dijo Joe. Estamos a poco más de treinta metros de la brecha informó el supervisor. Sigue ensanchándose a un ritmo de noventa centímetros por minuto. Dispone de menos de treinta minutos para encontrar el punto de entrada o quedaremos atrapados en el tubo de salida y seremos arrastrados por encima de la presa. Joe pensaba de otro modo. Dentro de veinte minutos, la brecha estaría tan cerca que ni él ni el bote podrían combatir los efectos de la corriente. Nunca he querido lanzarme por unas cataratas en un tonel dijo, y sigo sin querer hacerlo. Manos a la obra! Empiecen a bombear el colorante. Una bomba situada en el bote comenzó a retumbar, y un segundo conducto conectado a la manguera del Ultra-Set aumentó la presión. Abajo, un chorro a alta presión de partículas de color naranja fluorescente empezó a salir de la manguera. Joe encendió una luz negra sujeta a la escafandra. Las partículas se iluminaron como luciérnagas mientras se arremolinaban en el agua turbia que corría lentamente a la izquierda de Joe. En el límite de su campo de visión, vio que se aceleraban hacia la superficie en dirección a la brecha de la presa. Esa era la zona mortal. Cuando la corriente a alta presión llegara hasta él, no habría escapatoria. Recorrió el muro, saltando de lado como un astronauta en la Luna. Expulsó el colorante hacia arriba y hacia atrás en la zona donde sospechaba que se encontraba el punto de entrada del túnel. El colorante fluía de forma extraña sobre la superficie irregular de los cantos rodados y las piedras. Diez minutos y veinte pasadas más tarde, seguían sin tener suerte. Tenemos que ir más hondo señaló Joe. Apártense de la presa. Cuanto más nos alejemos, más fuerte nos arrastrará la abertura de la presa dijo el supervisor. O eso o lo dejamos repuso Joe. Espere. Un segundo más tarde Joe notó que el cable de acero lo elevaba de la pendiente. Desde allí fue arrastrado otros diez o doce metros hacia atrás y volvió a descender. Al caer, notó la succión lateral de la corriente tirándole de los pies. Apretó el gatillo del espray fluorescente y vio que se enredaba en la contracorriente a la izquierda. Al principio no parecía distinto de sus otros intentos, pero esa vez Joe reparó en un movimiento en forma de remolino. Tres metros a la izquierda dijo. Más cerca de la brecha?

Sí. Joe echó a andar. En lo alto, el bote de submarinismo se movió con él. Apretó otra vez el gatillo y apuntó con el chorro de partículas reflectantes justo al centro del remolino. Las relucientes partículas se arremolinaron, y la mayoría del espray fue absorbido por un hueco entre dos travesaños de hormigón del tamaño de traviesas de ferrocarril y se desvaneció como peces desapareciendo en un coral ante un depredador. Ocurrió tan rápidamente que Joe tuvo que expulsar otro chorro de espray para asegurarse. Lo he encontrado dijo. El hueco está entre dos pilones de hormigón en el fondo. Noto la succión. A medida que Joe se acercaba, advirtió que el boquete lo atraía. Vio que desaparecía arena y gravilla alrededor de los bordes de los travesaños. Debajo de ellos se estaba abriendo un cráter; podía ver lo que parecía un agujero de cincuenta centímetros de diámetro. Encajó un pie contra uno de los travesaños de hormigón para evitar ser succionado. Tenía muchas ganas de tapar el agujero, pero no le apetecía hacer de tapón. Estoy listo para el mejunje. Mejunje? El Ultra-Set aclaró Joe, aguantándose con dificultad. Encendiendo las bombas dijo el supervisor. Con cuidado de mantener el equilibrio, Joe consiguió introducir el extremo delantero de la manguera en la abertura. Cuando la presión aumentó, apretó el gatillo. El Ultra-Set empezó a fluir a alta presión, y parte del polímero se escapó al agua y adquirió el aspecto de la nata montada al crecer y endurecerse. La mayor parte del polímetro entró en la brecha aspirada por la succión del túnel. Cuánto se expande esta sustancia? preguntó Joe. Veinte veces su volumen original contestó el supervisor. Y luego se endurece. Joe esperaba que así fuera. Y si quedaba algún microbot en el núcleo tratando de ensanchar y ampliar la brecha, esperaba que quedara atrapado en ella e inmovilizado como un insecto en ámbar. La corriente tiraba de él hacia la izquierda, y oía el rumor de las cascadas por encima del motor del bote y de la bomba. Alguna novedad? preguntó Joe al cabo de unos treinta segundos. Control informa de la presencia de colorante naranja en el géiser inferior informó el supervisor. El flujo del agua sigue igual. Qué cantidad de esta sustancia tenemos? El tanque tiene una capacidad de dos mil doscientos litros le dijo el

supervisor. Bombea novecientos litros por minuto. Joe esperaba que fuera suficiente. Sostuvo la boquilla de la manguera y recolocó los pies para hacer frente a la contracorriente. El mayor Edo habló por la radio. Señor Zavala, estamos muy cerca de la brecha. El motor funciona a toda potencia para evitar que nos arrastre la corriente. Si pudiera darse prisa Joe miró arriba a través del visor que había en la parte superior de la enorme escafandra. Vio las luces de la parte inferior del bote y las turbulencias en la zona donde la hélice giraba. No estoy haciendo una pausa para el almuerzo precisamente dijo. Cerró la boca de la manquera un instante, subió a la zona de los cantos rodados y, usando el efecto de palanca de sus pies, empujó un canto rodado por la pendiente hasta el boquete. La piedra se encajó y dejó una fisura mucho más pequeña. Joe volvió a introducir la manguera y apretó otra vez el gatillo. Dé máxima presión a la manguera dijo. Debemos llenarlo por completo. Joe mantuvo presionado el gatillo, y el Ultra-Set salió a chorro. Mientras lo hacía, notó que la corriente variaba a su alrededor. La succión de la abertura estaba disminuyendo, pero la fuerza transversal que lo arrastraba hacia la brecha estaba aumentando. Control informa de que la corriente está disminuyendo. Está saliendo Ultra-Set del géiser! A Joe le resbaló el pie izquierdo cuando la corriente transversal se intensificó, y de repente se vio rodeado de espuma roja. El túnel estaba lleno del Ultra-Set que salía del agujero ahora tapado como una botella de refresco con gas que se hubiera abierto después de ser agitado. Joe se sostuvo y acto seguido volvió a tropezar. Cerró la válvula. Súbanme! gritó. El cordón de acero lo levantó de la pendiente y luego lo volvió a bajar, pero no fue un tirón vertical, sino un tirón lateral que casi le hizo trastabillar. Por un instante Joe se quedó confundido. Por qué estaba siendo arrastrado de lado? Un grito procedente de arriba resolvió el enigma. Estamos atrapados en la corriente! gritó el mayor Edo. Estamos siendo arrastrados hacia la brecha!

57 Gamay Trout miraba fijamente a Kurt Austin en el oscuro y frío puente del helipuerto. Nada podría haberla dejado más helada que las palabras que él acababa de pronunciar. No te vas a quedar dijo Gamay. Esos cacharros están sobrecargados con doce personas repuso él. Otros ochenta y cinco kilos mandarían uno al mar. Abajo, las luces habían empezado a apagarse a medida que la plaga de arena metálica se arrastraba encima de ellas y las cubría. Toda la cubierta cero se había quedado a oscuras, y sin duda la plaza central estaba siendo asolada. Un extraño sonido, como el de unos bloques de hormigón arrastrados sobre metal, parecía resonar por todas partes mientras billones de microbots se deslizaban unos encima de otros, llenando los rincones y las grietas de la isla y empezando a trepar verticalmente. Pero morirás aquí! gritó Leilani. No voy a morir insistió Kurt. Gamay se fijó en que él no apartaba la vista de Jinn. Nos dará el código y apagará esas cosas antes de que nos devoren vivos. Yo no contaría con eso repuso Jinn. A su izquierda, la primera aeronave avanzó acelerando, ganó velocidad y rebasó el borde de la plataforma antes de descender descender descender hacia la cubierta cero. A medida que aceleraba, el descenso se fue reduciendo y por fin, a nueve metros más o menos, empezó a elevarse. Subid a las aeronaves y largaos de aquí dijo Kurt. Leilani se lo quedó mirando con la boca abierta. Gamay lo entendía mejor: se había enzarzado en un duelo de voluntades con Jinn. Ven conmigo le dijo a Leilani. Recorrieron el borde de la plataforma mientras la segunda aeronave despegaba. Marchetti y el último vehículo aguardaban. Qué está haciendo? preguntó Leilani. Cree que puede vencer a Jinn y obligarlo a anular la orden de la catástrofe. Pero eso es una locura dijo Leilani. Puede repuso Gamay. Pero si lo que Jinn nos dijo ayer es verdad, esa

orden costará muchas vidas y provocará años de sufrimiento en todo el mundo. Si muere, no será anulada, y si lo llevamos con nosotros, dos o tres de los nuestros se quedarían aquí para morir. Kurt jamás consentiría eso, y lo entiendo perfectamente. La única forma que tenemos de ayudarlo es marcharnos de la isla, quitarle una preocupación. Marchetti las conminó a subir a bordo mientras las hélices empezaban a girar a toda velocidad. Lista dijo Gamay. Se deshicieron de unas cuantas botas y de los rifles que llevaban los hombres, incluso de algunas chaquetas pesadas, cualquier cosa que aligerara la carga varios kilos. Paul le agarró con fuerza la mano mientras aceleraban. Gamay contuvo el aliento cuando saltaron por encima del borde. Era como si estuvieran alcanzando la cima de una montaña rusa. Le flaquearon las piernas, y le dio la impresión de que el estómago le flotaba unos segundos mientras el morro se inclinaba hacia abajo y el dirigible descendía y aceleraba. Vio la zona lisa de la plaza central repleta de una masa de microbots alzándose hacia ellos. El descenso no parecía estar disminuyendo lo bastante rápido. Marchetti? Aguante dijo él. Seguían descendiendo demasiado rápido. Marchetti tiraba hacia sí de los mandos, y el horrible sonido de innumerables máquinas metálicas comiendo resonaba en los oídos de Gamay. El descenso empezó a reducirse, y la aeronave se niveló. Pasaron rozando la plaza y por poco chocaron contra un árbol cubierto de arriba abajo de la plaga invasora. Finalmente empezaron a elevarse, ascendieron poco a poco a medida que cruzaban el umbral de la isla y sobrevolaron el mar. Pilote la aeronave le dijo Marchetti a su jefe. Mantenga la velocidad. Acérquenos lo bastante para recibir señal de Wi-Fi. Qué va a hacer usted? preguntó Gamay. Voy a preparar el ordenador dijo él. El ordenador? El billonario asintió con la cabeza. Por si acaso su amigo sabe lo que está haciendo.

58 La horrible sensación de que los acontecimientos estaban escapando a su control embargó a Joe Zavala; sintió miedo. El bote de submarinismo estaba siendo arrastrado hacia la brecha donde se precipitaría por las cascadas de forma funesta. Y como Joe estaba sujeto al bote con un cable de acero y un tubo de respiración, no tardaría en seguirlo. Cortar el cable y el tubo no le serviría de nada. No podría nadar hasta la superficie. Y aunque soltara el cinturón de lastre, tenía veinte kilos de equipo sobre sus hombros y sus pies. Sus pies tocaron el suelo; trató de posarlos, pero se vio arrastrado de lado otra vez. Denme más cuerda! gritó. Rápido! Veía el bote en lo alto y la estela fosforescente que dejaba la embarcación mientras luchaba contra la corriente, torciendo aquí y allá mientras el piloto trataba de mantener el morro orientado río arriba. Cualquier giro podía suponer el fin de todos ellos, pues la corriente se los llevaría por delante en pocos segundos. Finalmente Joe notó que el cable se aflojaba. Cayó a la pendiente y empezó a trepar por ella con dificultad. Encontró un enorme canto rodado la mitad de grande que un Volkswagen o incluso un Volvo. Lo rodeó resueltamente y enrolló el cable alrededor del canto. Tensen el cable! dijo. El cable se puso tirante, contraído alrededor del canto rodado y prácticamente hundido en las profundidades cuando el trozo flojo se agotó. El bote se quedó quieto. Estamos parados gritó el mayor. Qué ha pasado? Les he fabricado un ancla dijo Joe. Por favor, dígame que ahí arriba alguien sabe lo que es la fuerza centrípeta. Joe se agarraba cuanto podía. El cable estaba enrollado alrededor del canto rodado, pero amenazaba con romperse. Sí confirmó el mayor, el supervisor lo sabe. Orienten el bote hacia las rocas y describan un ángulo de cuarenta y cinco grados. El efecto honda debería ponerlos a salvo. Varen el bote, y no se olviden

de sacarme. De acuerdo dijo el may or, lo intentaremos. Joe agarró fuertemente el cable, apoyando sus botas de acero contra el canto rodado. El bote cambió de rumbo y empezó a moverse de lado. Del mismo modo que la gravedad de la Tierra dirige la Luna, el cable de acero hizo que la tray ectoria del bote se curvara y se acelerase. El bote atravesó la corriente y se vio lanzado hacia delante. Un ruido metálico sonó a través del agua. Joe notó que se caía hacia atrás. El cable se había partido en dos. Al principio la corriente lo arrastró hacia la brecha de la parte superior, pero luego los cables y tubos que lo unían al bote tiraron de él en otra dirección. Mientras el bote corría hasta el bajío y varaba en las rocas, Joe fue arrastrado hasta la zona de cantos rodados situada debajo. Cada golpe era como el impacto de un accidente de tráfico, y Joe dio gracias por contar con la dura escafandra de acero inoxidable. Cuando el tray ecto terminó, Joe se encontraba a nueve metros de profundidad, el traje estaba lleno de agua y el tubo de respiración estaba o cortado o enroscado porque no pasaba aire por él. Joe sabía que no podría nadar, pero sí podía escalar. Y eso hizo, arrastrándose a través de los pilones de hormigón y los cantos rodados como un mapache en un vertedero. Se despojó del cinturón de lastre, lo cual le facilitó la tarea. A medida que ascendía, la luz de la quilla del bote brillaba cada vez más. Cuando se estaba quedando sin aire, se impulsó hasta la superficie y emergió como el monstruo del pantano. Se desplomó entre dos cantos rodados, incapaz de sostener la escafandra y el arnés para los hombros sin la flotabilidad del agua. Se esforzó por levantar la escafandra, pero no cedió hasta que dos pares de manos lo ayudaron a quitársela. Lo hemos conseguido? preguntó Joe. Usted dijo el mayor, abrazando a Joe y levantándolo. Usted lo ha conseguido.

59 En lo alto del helipuerto, el inquietante y omnipresente sonido de los microbots siguió aumentando de volumen. Sonaba en todas partes al mismo tiempo como unas desquiciadas cigarras electromagnéticas, chirriando por miles de millones y acercándose más cada instante que pasaba. El ruido ponía los pelos de punta a Kurt Austin, pero parecía estar afectando más a Zarrina y a Jinn que a él. Zarrina miró por encima del borde y recorrió con la mirada los lados de los edificios entre los que reposaba el helipuerto. La mancha de la plaga cubría ahora tres cuartos de la altura de las pirámides; las estructuras blancas se estaban tiñendo de gris oscuro y negro. Dale el código dijo. Jamás contestó Jinn. Debería hacerle caso, Jinn le aconsejó Kurt. No es una buena mujer, pero tampoco es idiota. Disponemos de gente, de dinero, de abogados le recordó ella. No tenemos por qué morir. Cierra la boca! ordenó Jinn. Zarrina lo agarró. Por favor, Jinn suplicó. Este le apartó la mano de un manotazo y la agarró por el cuello de la camisa. Le lanzó una mirada de furia. Me estás humillando, mujer! Antes de que ella pudiera responder, la empujó hacia atrás y la despeñó por el borde. Zarrina se cay ó gritando. Aterrizó en lo que era y a una capa de microbots de quince centímetros situada diez pisos por debajo, y su cuerpo los lanzó despedidos por todas partes como una nube de polvo. Permaneció descubierta durante unos segundos y luego la plaga se dirigió hacia ella, la cubrió y empezó a devorarla. Jinn observó por un instante con una expresión de ira, y no de pena, grabada en el rostro. Pero a Kurt le pareció detectar un poco de miedo. La velocidad con la que los microbots devoraban las cosas era perturbadora. Jinn lo sabía mejor que nadie.

Fíjese bien, Jinn. Así va a morir usted dijo Kurt. Está listo para irse de esa forma? Siguió oscureciendo a su alrededor. Los robots estaban solo un piso por debajo de ellos, apagando todas las luces que brillaban hacia arriba. Solo unas cuantas lámparas halógenas instaladas en un lado del hangar y las luces rojas situadas en los bordes del helipuerto los iluminaban en ese momento. Jinn parecía un poco menos seguro de sí mismo. Usted va a morir conmigo recordó a Kurt. Por mis amigos, por mi país, por la gente de todo el mundo que sufrirá si usted gana; así que no supone para mí ningún problema. Por qué va a morir usted? Jinn se lo quedó mirando, la cara encendida de la ira, el labio fruncido en un gruñido mientras entornaba los ojos. Sabía que había quedado en evidencia. Muriendo no conseguiría nada. Ni riqueza, ni poder ni legado. Su mundo era su propio ser, su arrogancia, su grandeza. Cuando su existencia tocara a su fin, ni siquiera los catastróficos actos de los microbots supondrían una satisfacción para él. En ese momento odiaba a Kurt con todo su ser. Lo odiaba tanto como para perder todo sentido de la realidad. Embistió contra Kurt como un luchador entrando a matar. En lugar de disparar a Jinn, Kurt giró el rifle de lado y lo usó a modo de barra. Aprovechó el impulso de Jinn y lo utilizó contra él. Kurt cay ó hacia atrás, propinó una patada con la bota a Jinn en el plexo solar y lo lanzó. El movimiento arrojó a este por los aires y lo hizo caer con fuerza. Kurt se puso en pie rápidamente a tiempo para ver cómo Jinn caía de lleno boca arriba. Se levantó despacio, más aturdido que herido. No está acostumbrado a luchar, verdad? lo provocó Kurt. Jinn cogió una especie de tubería que había sido lanzada de uno de los dirigibles. Se precipitó sobre Kurt blandiéndola como una espada. Kurt, que seguía sujetando el rifle con las dos manos, interceptó la tubería y le asestó un culatazo en la cara con el rifle. El golpe le hizo un corte que empezó a sangrar copiosamente. Jinn se tambaleó hacia atrás, soltó la tubería y se llevó las manos a la cara manchada de sangre. Kurt avanzó y tiró la tubería de la plataforma de una patada. El tubo cayó en la oscuridad emitiendo un extraño silbido por sus extremos huecos a su paso. Para entonces la creciente mancha de la plaga había llegado al borde del helipuerto, y sus primeras garras se curvaban inquisitivamente sobre la superficie lisa, dirigiéndose hacia el centro por todos los flancos. A Kurt se le estaba acabando el tiempo.

Si no tuviera ese rifle, lo mataría con mis propias manos! gritó Jinn a través de una máscara de sangre. Kurt lo apuntó con el rifle y acto seguido lo arrojó de la plataforma. No puede vencerme, Jinn! gritó. Soy mejor que usted. Yo lucho por algo importante, mientras que usted solo pelea por pelear. No quiere morir. Le da miedo morir. Lo veo en sus ojos. Jinn atacó de nuevo, el rostro crispado por la ira. Esa vez Kurt afianzó los pies, agachó el hombro y golpeó con él a Jinn en el vientre. Le rodeó el torso con los brazos, lo levantó y estampó su cuerpo contra el suelo. De repente Jinn sacó un cuchillo. Cortó a Kurt en el brazo antes de que este pudiera agarrarle la muñeca. Empezó a manar sangre, y el dolor le recorrió el cuerpo, pero la fuerza y la determinación de Kurt se impusieron. Estampó la mano de Jinn contra el suelo y la golpeó tres veces hasta que soltó el cuchillo. Kurt lo apartó de un golpe y lo lanzó contra la marea de microbots. Era ahora o nunca. Jinn trató de levantarse, pero Kurt le asestó un codazo en la cara y acto seguido le golpeó la cabeza contra el suelo. Lo agarró del pelo, le volvió la cara a un lado y obligó a Jinn a mirar la plaga que se acercaba. Mírelos! gritó Kurt, pegando la mejilla de Jinn al suelo. Mírelos! Jinn había dejado de forcejear. Contempló la plaga que se aproximaba. La hilera de microbots se estaba acercando, y el cerco alrededor de ellos se estaba volviendo cada vez más pequeño. Llegaron hasta un reguero de sangre y se apiñaron en él como hormigas arrastrándose unas encima de otras. Las pequeñas máquinas relucían bajo las luces de arriba, y el sonido de sus movimientos era sobrecogedor, como la combinación del zumbido de un monstruoso enjambre de abejas y el chirrido de unas uñas arañando una pizarra. Deme el código! exigió Kurt. El portátil estaba a escasa distancia, y la plaga ya había empezado a rodearlo. El ordenador flotaba literalmente sobre el mar de microbots. De qué le servirá ahora? Usted démelo! Kurt lo inmovilizó, y Jinn empujó hacia atrás contra él, tratando de apartar la cara de la hilera de microbots. Los labios le temblaron cuando se arrastraron sobre él y entraron en el corte de su mejilla. Los escupió por la boca, pero algunos se le metieron en los ojos y le escocieron como si fueran ácido. Ahora, Jinn! Antes de que sea demasiado tarde! Dos, dos, uno. Siete, nueve, ocho. Seis, uno, cinco gritó Jinn. Kurt lo levantó de un tirón. Ha oído eso, Marchetti? Una vocecita sonó en el bolsillo de Kurt. Transmitiendo!

El sonido chirriante continuó. Kurt apartó a Jinn, pero el círculo de terreno seguro había encogido hasta el tamaño de una mesa de cocina y luego hasta el de una tapa de alcantarilla. Marchetti?! De repente, la plaga se paró. El sonido que emitían masticando, arrastrándose y rascando se disipó en una oleada, extendiéndose hacia fuera por todas partes como una gigantesca ola de fichas de dominó cayendo. Los microbots se desplomaron de los lados de los edificios en enormes cortinas, se precipitaron al vacío y formaron dunas grises y negras con sus cuerpos. Una nube de ellos se fue flotando como polvo a través de la cubierta cero. Tras ese ruido terrible volvieron a oírse sonidos normales como el chirrido de la inmensa isla metálica y de las tenues hélices de las aeronaves que daban vueltas a su alrededor. Buen trabajo, Marchetti dijo Kurt. Y ahora vuelvan aquí abajo y ayúdenme a limpiar este desastre.

60 Kurt Austin aguardó en la oscuridad mientras las aeronaves daban vueltas y empezaban a acercarse. De pie en el borde del helipuerto, observó cómo el primer dirigible se aproximaba flotando y descendía lentamente hacia la pista. Con las hélices inclinadas hacia abajo en posición vertical para disminuir la velocidad de descenso como los retropopulsores de un módulo de aterrizaje lunar, los microbots salieron despedidos como las cenizas de un volcán. Se arremolinaron en el aire, una nube de polvo metálico, y cayeron flotando a la cubierta cero. A escasa distancia de allí, de rodillas, Jinn observó cómo la nube caía, pero no hizo el más mínimo movimiento. Era un hombre vencido, un hombre totalmente derrotado. Parecía distinto, pensó Kurt. Me mandará a la cárcel murmuró. Le caerán al menos diez veces los años que le restan por vivir contestó Kurt. Se imagina a un hombre como yo sobreviviendo en la cárcel? preguntó Jinn, alzando la vista. Lo suficiente para volverse loco respondió Kurt. Jinn miró al borde. La oscuridad lo atraía. Déjeme marchar. Kurt comprendió lo que tenía pensado hacer. Por qué debería hacerlo? Como deferencia a un enemigo vencido murmuró Jinn. Kur lo miró fijamente un largo rato. Sin pronunciar palabra, retrocedió. Jinn se puso en pie y miró a Kurt. Gracias dijo, y acto seguido se volvió. Dio tres pasos y desapareció.

61 A mediodía el peligro en Asuán casi había pasado. El nivel del agua del lago Nasser había descendido seis metros. Una ola de casi dos metros seguía cayendo por encima de la parte superior y a través de la brecha de ciento veinte metros de anchura, pero la corriente era ya más uniforme y estaba más controlada. Con los aliviaderos, las compuertas de las turbinas y el canal de derivación abiertos todavía de par en par, se esperaba que a mediodía del día siguiente se alcanzara un punto de equilibrio. Aun así, no se había logrado evitar del todo la tragedia. Cuando Joe miró río abajo, el panorama lucía un aspecto totalmente distinto al de la noche anterior. Los edificios habían desaparecido; no estaban deteriorados ni inundados, simplemente habían desaparecido. Otro tanto les había ocurrido a los muelles y a los botes, e incluso a algunos acantilados de piedra arenisca. Las orillas del río seguían inundadas, y, en lugar de parecer un río angosto, recordaba a un lago. Encima del lago, los helicópteros daban vueltas por docenas como libélulas sobre un estanque. Pequeños botes pasaban zumbando aquí y allá. La presa seguía produciendo energía, aunque no había forma de enviarla ya que el agua se había llevado todo el tendido eléctrico de alta tensión. Joe se volvió y se desplomó junto a un remolque del ejército. Una enfermera lo examinó ante la insistencia del mayor Edo. No le habría venido mal un gota a gota, pero lo rechazó. Los suministros médicos escasearían dentro de poco, y otras personas los necesitarían más que él. La enfermera le dio una botella de agua, le cubrió los hombros con una manta y se marchó. El mayor Edo se sentó y le ofreció un cigarrillo. Joe lo rechazó, y el may or guardó el paquete en el bolsillo. Una mala costumbre dijo, tratando de sonreír. Cuántos? preguntó Joe. Al menos diez mil dijo el mayor tristemente. Probablemente el doble cuando hay amos acabado de inspeccionar. Joe se sintió como si hubiera peleado doce asaltos contra un peso pesado y hubiera sobrevivido creyendo que había ganado para luego enterarse de que los

jueces habían dado la victoria a su adversario. Podrían haber sido millones dijo el may or con firmeza. Posó la mano en el hombro de Joe. Lo entiende? Joe lo miró y asintió con la cabeza. Un helicóptero aterrizó cerca. Un soldado se aproximó al may or corriendo. Estamos cargados de heridos. Adónde los llevan? preguntó el mayor. A Lúxor. Es el hospital más cercano con electricidad. Llévenselo a él también. Quién es? preguntó el soldado. Se llama Joe Zavala. Es un héroe del pueblo egipcio.

62 Una semana después Paul y Gamay Trout estaban sentados en torno a una gran mesa circular en el lujoso restaurante Citronelle de Washington. Los acompañaban Rudi Gunn y Elwood Marchetti. Pidieron unos cócteles e intercambiaron anécdotas mientras esperaban a que llegaran los otros invitados. Qué va a ser de su isla? preguntó Paul a Marchetti. El creativo genio se encogió de hombros. No tiene arreglo. Y nadie puede subir a bordo hasta que estemos seguros de que todos los robots han sido limpiados. Puede llevar años. Para entonces el océano Índico habrá hundido Aqua-Terra en el fondo del mar. Es terrible dijo Gamay. Todos esos años de esfuerzos reducidos a la nada. Marchetti sonrió pícaramente. Eso mismo dirá la compañía aseguradora cuando presente una demanda por infestación irreversible. Paul miró las dos sillas vacías. Dónde están nuestros laureados amigos? Y benefactores de la cena añadió Rudi Gunn. La apuesta de Kurt y Joe había acabado en empate. Habían convenido encantados dividir la cuenta y habían dado gracias de estar vivos para hacer de anfitriones de la celebración, aunque nadie había sabido nada de ellos esa noche. Cuál es la última noticia sobre la Atormentadora de los isleños de Pickett? Nuestro departamento informático la ha encontrado registrando los archivos de objetos desaparecidos hace mucho tiempo respondió Gunn. Fue descrita como un proyecto secreto de la Segunda Guerra Mundial creado para detener las misiones banzai de los japoneses. En aquel entonces, los japoneses creían que morir por el emperador era un acto glorioso. Cuando no podían atacar usando las maniobras de flanqueo normales, realizaban cargas suicidas gritando Banzai! o Tenno Heika Banzai!, que significaba: «Diez mil años de reinado para el emperador!».» La Atormentadora fue diseñada para incapacitar a la fuerza atacante y permitir a los estadounidenses capturar e interrogar a prisioneros valiosos, al tiempo que detenía la matanza sistemática que los japoneses estaban decididos a

provocar entre sus filas. Por qué la máquina no fue usada durante la guerra? preguntó Paul. Poco después de que el John Bury desapareciera, el Departamento de Guerra de Estados Unidos decidió que la máquina era demasiado fácil de reproducir si era capturada y que podía ser usada contra nuestras fuerzas de asalto. Y ahora las máquinas de la isla de Pickett están en un oscuro almacén militar acumulando polvo añadió Gamay. Más o menos contestó Gunn. En ese momento su atención se centró en una figura alta y fuerte con el cabello oscuro y unos penetrantes ojos verdes que entró en el comedor privado. Por favor, no se levanten dijo Dirk Pitt con una amplia sonrisa. Sostenía una pequeña tarjeta en la mano. Una tarjeta de crédito de la agencia. Invita el Tío Sam. Gamay rió. Kurt y Joe se alegrarán. Dónde están? preguntó Paul. Justo detrás de mí dijo Dirk, señalando hacia la puerta abovedada. Todos se volvieron hacia la puerta cuando Kurt entró con Joe, seguidos de Leilani un paso por detrás. Las mujeres se abrazaron. Los hombres se estrecharon las manos, se abrazaron y besaron a las damas en las mejillas. Nos hemos adelantado a vosotros dijo Paul, haciendo señas a un camarero para que se acercara a la mesa. Qué os apetece? Dirk pidió un tequila blanco Don Julio con hielo, lima y sal. Joe se decidió por un Jack Daniel s con hielo. Leilani optó por un Cosmopolitan de Ketle One, mientras que Kurt pidió un Gibson de ginebra Bombay Sapphire sin hielo: un martini con cebollitas en lugar de aceitunas. Bueno dijo Dirk a Joe, y a que eres el hombre del momento, con una estrella de oro en tu historial, enséñanos tu medalla egipcia. Joe se ruborizó. No se puede ver. Qué has hecho con ella? Está en el cajón de los calcetines. Gamay rió. Vaya, qué hombre más modesto. Paul les mostró un periódico. Era rosa. El Financial Times, impreso en Reino Unido. Leyó una lista de posibles consecuencias si no se hubiera evitado la tragedia. Entre ellas, se contaban un millón de muertos, hambrunas, anarquía e incluso una guerra por todo Oriente Medio si la culpa hubiera recaído erróneamente sobre Israel en lugar de sobre Jinn y su grupo de Yemen.

A esas alturas Joe estaba abochornado. Esta parte no le va a gustar a Joe dijo Paul, y siguió ley endo : «Todo esto y más fue evitado gracias a los heroicos esfuerzos del equipo de operaciones de la presa, la fuerza militar, entre los que se encontraban el mayor Edo y un estadounidense anónimo que está siendo aclamado como héroe de Egipto y que recibirá la codiciada medalla de la O del Nilo». Gamay sacudió la cabeza. No es justo. Por lo menos le han dado una medalla señaló Dirk sonriendo. Eso es todo lo que puede hacer el gobierno por Joe después de salvar un millón de vidas? Leilani intervino: A Joe no le gusta ser el centro de atención, a menos, claro está, que esté rodeado de un grupo de mujeres guapas. Joe rió. Me acabas de dar una razón para volver a Egipto. Bromas aparte dijo Dirk, si Joe no hubiera arriesgado su vida en una misión intrépida para detener la brecha de la presa de Asuán, se habrían perdido un millón de vidas a lo largo del río. Han hecho el recuento? preguntó Rudi Gunn. Por lo menos diez mil contestó Pitt despacio. Joe parecía haberse encerrado en un caparazón de vergüenza. Quiero otro Jack Daniel s con hielo. Doble, esta vez. Durante unos instantes bebieron de sus copas sin decir palabra hasta que finalmente Paul rompió el silencio. Qué ha pasado con la fábrica subterránea de Jinn? Dirk consultó la esfera de su reloj de buceo Doxa. La han volado y convertido en chatarra hace cuarenta minutos, teniendo en cuenta la diferencia horaria. Habrán penetrado las bombas aéreas lo bastante hondo en la montaña para destruir la fábrica? preguntó Gamay. Pueden y la han penetrado reveló Pitt. Un dron disparó dos misiles. Un impulso inicial invisible desde el suelo los aceleró a casi quinientos kilómetros por hora en línea recta hacia abajo. Sus motores principales se encendieron y se aceleraron a más de tres mil doscientos kilómetros por hora. Colisionaron y abrieron un cráter de seis metros, pero no tuvieron suficiente potencia para entrar en la inmensa fábrica subterránea de Jinn.» Así que cinco minutos más tarde lanzaron otro tipo de artefacto contra las profundas cuevas. Cuatro bombarderos B-2 sobrevolaron Yemen armados con lo que se conoce como Penetradores Masivos de Artillería: las GPU-57 de trece mil kilos, el arma anti-búnker no nuclear más potente del mundo. Las bombas están

cargadas con más de dos mil kilos de explosivos metidos en una carcasa metálica de once mil kilos. Tienen tanto impulso que pueden perforar más de cien metros de tierra y roca. Cuando el polvo se asentó, toda la montaña había desaparecido. Solo quedaba un montón de arena y escombros. El equipo y el material para fabricar los microbots habían desaparecido. Y la mano derecha de Jinn, Sabah? preguntó Kurt, consultando su reloj. Se alegraba de haberlo recuperado, a pesar de haber tenido que pagar una nueva moto de gama alta. Voló en pedacitos del tamaño de microbots dijo Pitt cáusticamente. Por fin les sirvieron la cena en una ceremonia dirigida por el chef, empezando por el salmón del mar Negro sazonado Rey Olaf. El siguiente plato era esturión ahumado, seguido de foie gras de oca y de una selección de patés de cerdo y terrina de pato. El plato principal eran costillitas al estilo Saint Louis acompañadas de raviolis de langosta y puerros estofados con huevos fritos. De postre les sirvieron una crepe rellena de guayaba y mascarpone. El vino tino era un Purple Angel Carmenere, y el blanco, un Duckhorn Sauvignon Blanc. Saciados de buena comida, delicioso vino y estimulante compañía, todos se despidieron y empezaron a salir del restaurante para reunirse en una limusina extralarga que Dirk había facilitado a sus amigos para que llegaran a sus casas sin ningún percance. Leilani se alojaba en un hotel de la ciudad, y Kurt prometió acompañarla. Dirk lo miró un momento. Puede que aguantes bien el alcohol, pero si la poli te para, te multarán por conducir bebido. Te recomiendo encarecidamente que tomes un taxi. Eso haré dijo Kurt. Después de que el resto de los comensales se hubieran marchado en la limusina, un taxi paró delante del restaurante. Kurt y Leilani se arrellanaron en el asiento trasero camino del hotel de ella. Has decidido aceptar el trabajo en la NUMA que Dirk te ha ofrecido en el departamento de biología marina? preguntó él. En el rostro de la joven se reflejó cierta tristeza. Washington no es para mí. Voy a volver a Hawái, al instituto biológico de Maui. Kurt le apretó la mano. Te echaré de menos. Yo también te echaré de menos dijo ella. Espero que lo entiendas. Kurt sonrió. Cómo se llama? Los ojos de ella se abrieron mucho por un momento, y acto seguido le devolvió la sonrisa.

Se llama Kale Luka. Kurt sonrió otra vez. Me alegro de que no estés sola. El taxi llegó al hotel. Ella abrió la puerta y se detuvo. Adiós, Leilani dijo Kurt en voz queda. Pensaré en ti a menudo. Y yo en ti. La joven se inclinó y le dio un suave beso en los labios. Luego la puerta se cerró y ella desapareció.

CLIVE ERIC CUSSLER (15 de julio de 1931, Aurora, Illinois) creció en Alhambra, California. Asistió al Colegio de la ciudad de Pasadena, California, durante dos años y luego se alistó en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante la Guerra de Corea. Durante su servicio en la Fuerza Aérea ascendió a sargento y trabajó como mecánico e ingeniero de vuelo para el Servicio de Transporte Militar Aéreo. Tras licenciarse de las fuerzas armadas, Cussler trabajó en la industria de publicidad, primero como redactor de material publicitario y luego como director creativo para dos de las agencias de publicidad más importantes de los Estados Unidos. Como parte de su tarea Cussler produjo comerciales para radio y televisión, muchos de los cuales obtuvieron premios internacionales, incluyendo un premio en el Cannes Film Festival, el Festival de Cine Publicitario de Cannes. A raíz de la publicación en 1996 de su primera obra de no ficción The Sea Hunters («Los Cazadores del Mar» ), Cussler recibió el título de Doctor en Letras en 1997, otorgado por el Consejo de la State University of New York Maritime College, que aceptó su libro en sustitución de una tesis doctoral Ph.D. Fue la primera vez en los 123 años de historia de la facultad que se concedió un doctorado de esta manera. Cussler es colaborador del Explorers Club de Nueva York, de la Roy al Geographical Society en Londres, y de la American Society of Oceanographers.

GRAHAM BROWN. Nació en 1969 en EE. UU. y empezó a escribir en 1988. Se licenció en aeronáutica y tiene un doctorado en derecho. Ha trabajado como piloto comercial y abogado. Publicó su primera novela Lluvia negra en 2010. También ha colaborado con Clive Cussler en algunas novelas de la serie Archivos NUMA como La guarida del diablo (2011), Tormenta(2012) y Hora cero (2013)

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