Himalaya me avisó. Magdalena Helguera. Primer Premio MEC 2013 Literatura para niños y jóvenes (Obras inéditas)


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1 Himalaya me avisó Magdalena Helguera Primer Premio MEC 2013 Literatura para niños y jóvenes (Obras inéditas)

2 1 Fue Himalaya la que me avisó. Para que vean los que dicen que es una cuzquita de porquería que no sirve ni para ver quién viene, y que es una burla haberle puesto un nombre tan alto a un bicho tan enano, y que la pobre ladra al santo botón todo el día solo para demostrar que es perro y no rata. Yo me estaba duchando cuando empezó a ladrar. Era muy temprano, como las siete; un disparate levantarse a las siete en vacaciones, pero mamá me había despertado sin querer antes de irse, cuando se le rompió el frasco de mermelada, y hacía tanto calor en el cuarto que no me pude volver a dormir. Por suerte, porque no sé qué hubiera pasado si yo me hubiera quedado dos horas más tranquilamente en la cama. Solo me estaba echando algo de agua encima, para sacarme un poco el calor, rapidito y sin lavarme el pelo, porque total para qué, si un rato después íbamos a ir a la playa con Andrea. Íbamos, dije bien. Porque como para playa estuvo esa mañana. Me estaba duchando, decía, cuando Himalaya se puso a ladrar. Ya empieza esta pesada, pensé. Pobrecita, y 9

3 10 me estaba avisando. Por supuesto que no me apuré ni un segundo más, porque creí que, como siempre, le estaría ladrando a algún vecino que pasaba, a otro perro que ladraba a dos cuadras, a una hoja del árbol que movió el viento. Ella es así, qué se le va a hacer, pero yo igual la quiero. Por suerte salí vestida, y no en camisón, como otras veces. Salí de la ducha, vestida pero con todos los pelos parados, y bastante furiosa, a gritarle a Himalaya que se callara la boca. (O que se callara el hocico, como decía papá haciéndose el chistoso). Y le grité, como siempre, pero ella no me hizo caso. No vino a ponerme las patitas cortonas en las piernas y a intentar lamerme las rodillas, moviendo la cola como si nada, como si en vez de rezongarla le estuviera haciendo fiestas. La pobre seguía ladrando, como desesperada. Como si realmente pasara algo, pensé. Y claro que pasaba, pero nunca me hubiera imaginado lo que después iba a ver. Himalaya ladraba apuntando hacia el canasto de hierro, del otro lado del portón, donde se pone la basura. Y era un ladrido raro, como asustado. Se me pusieron los pelos de punta al pensar que podría haber una rata. (Una de verdad, no mi pobre perra a la que algunos irrespetuosos del barrio le dicen así). Pero no. Enseguida me di cuenta de que lo que había allí era una caja. Una caja bastante grande, de cartón, que no era de nosotros. Después alguna gente me dijo que cómo te animaste, y que mirá si tenía una bomba, y que esto y que lo otro. Pero yo no pensé en eso ni por un momento porque me dio como un presentimiento, algo acá en el pecho, no sé.

4 Cuando logré hacer callar un poco a Himalaya haciéndole upa y acariciándole el lomo igual no se calló del todo, siguió quejándose bajito, como llorando, porque aunque a la pobre no la dejáramos tener hijos, el instinto maternal se ve que igual lo tenía, escuché un sonido que venía de adentro de la caja que no era ruido de bomba, nada que ver. Zas, otra vez nos encajaron perritos pensé al escuchar. Qué mala que es alguna gente. Qué les cuesta tenerlos unos días y poner un aviso para regalarlos? Si siempre hay alguien que quiere un cachorrito. Aproveché que mamá no estaba para llevarme la caja para adentro, porque si me ve, me mata. La primera vez, cuando yo era chiquita, me dejó entrar la caja con los tres perritos y ella misma se ocupó de cuidarlos hasta que les conseguimos una casa para cada uno, pero la segunda vez hace como dos años, un poco antes de que se fuera papá, ya directamente los llevó al veterinario del barrio y le dejó algo de plata para colaborar con la comida mientras los colocaban. Solo nos quedamos con una, Himalaya, porque como ya habían puesto el cerco podíamos tenerla sin peligro de que se fuera a la calle y la pisara un auto. (O una persona de mala vista y pata grande, decía papá, otra vez tratando de hacerse el gracioso). Y le puse ese nombre que había leído en el libro de Geografía y me encantó, porque sonaba muy bien, y era un nombre importante: Himalaya. Yo quería ponerle un nombre importante a mi perra; igual tiene derecho, aunque sea chiquita. 11

5 12 Esta vez me pareció que eran más. La caja pesaba bastante, y me costó bajarla del canasto. Cuando lo logré, la caja ya estaba en silencio. Me asusté un poco. Corrí con la caja hasta que pude apoyarla en una silla, dentro de casa. Y entonces, recién, la abrí. Y me quedé paralizada. De piedra. Con los brazos a los costados, como jugando a las estatuas. Cuando reaccioné, lo primero que se me ocurrió fue llamar a mamá. Pero tenía el celular apagado; se ve que todavía estaba en viaje. Papá en Londres, la tía Amanda en Floripa, la abuela, muerta. No pensé más: metí las manos temblorosas en la caja, lo agarré, cerré la puerta de casa y salí corriendo. Más tarde la mujer policía que me hacía las preguntas me dijo que por qué no los había llamado a ellos, que para eso están, que me aprendiera el número por si alguna otra vez los necesitaba. Yo ya sabía el número. Quién no sabe que para llamar a la policía se disca el 911? Mamá me lo pasa repitiendo, desde el verano pasado, cuando empezaron las vacaciones y ya la abuela no podía cuidarme, y como ya tenía doce empecé a quedarme sola en casa todas las mañanas. Y en el celular también tengo el número guardado con la característica de nuestro departamento, para que atiendan más rápido. La policía, pobre, que era simpática y amable y me preguntaba todo con paciencia pero sin tratarme como si tuviera cinco años, como hacían los otros, parecía hasta medio ofendida o triste porque yo no me había acordado de ellos que estamos al servicio de la población,

6 decía en una situación así. Pero a mí, la verdad, ni se me pasó por la cabeza llamar a la policía. La policía es para los robos, los asesinatos, los asaltos, las amenazas, los accidentes, como los bomberos son para los incendios, los derrumbes o las explosiones. Pero si alguien te deja un bebé recién nacido en el basurero de tu casa, lo que necesitás con urgencia es un médico. 13

7 2 14 Corrí las dos cuadras casi sin mirar. No sé cómo no me pisó un auto, o una moto. Será que a esa hora, a mediados de enero, todavía no hay mucha gente en la calle. Solo miraba el centro de la cabecita del bebé o de la bebé, todavía no sabía si era nena o varón, donde la piel finita se hundía y dejaba ver unas venitas azules. Sabía que eso no era bueno. Significaba que el bebé estaba deshidratado y eso es muy peligroso para una criaturita de ese tamaño. Eso también se lo expliqué a la policía de familia algo así le decían, que no se separó de mí ni dejó de hablarme o hacerme hablar hasta que llegó mamá a buscarme. (Sí, apenas puso un pie en la oficina y prendió el celular tuvo que dar la vuelta, muerta del susto, porque se encontró el mensaje que decía que su hija estaba bien pero había ocurrido algo en su casa y tenía que ir a buscarla al hospital). Le expliqué que sabía que era muy urgente rehidratar al bebé porque aunque yo era chica cuando nació mi primito Manuel tenía seis años recién cumplidos, recordaba muy bien cómo lloraba mi tía cuando a los quince días de nacer el nene se agarró

8 diarrea y vomitaba cada cinco minutos, y cómo entre las lágrimas le miraba todo el tiempo esa parte de la cabeza que mi abuela llamaba la fontanela para ver si no se le había hundido demasiado. Y recordaba, sobre todo, esa palabra terrible: deshidratado. Por eso dejé la caja sobre la silla, tomé al bebé envuelto, como estaba, en la mantita de algodón, y corrí sin parar hasta el hospital, sin avisar a nadie, sin peinarme y sin llevar nada más que la llave de casa. Por eso llegué a la puerta de emergencias con esa cara tan horrible dicen que iba llorando a mares, aunque yo no me di cuenta, que de apuro me sacaron al bebé de los brazos, me tiraron en una camilla y nos metieron a los dos para adentro. Pensaron que veníamos de un accidente, que el bebito era mi hermano y éramos tal vez los únicos sobrevivientes de un choque terrible que tendría que haber ocurrido bastante lejos de allí, porque si no, hubieran escuchado el ruido. Me costó hacerme entender; me costó explicarles que yo estaba bien, que no tenía nada, que al que había que atender era al recién nacido o recién nacida, yo todavía no lo sabía, que no era mi hermano ni sabía cómo se llamaba pero estaba deshidratado y había que darle agua y suero urgente. Me contó la enfermera después que lo único que se me entendía era eso: deshidratado, agua, suero, y recién después lo dejaron en la puerta de casa, en el basurero, y entonces entendieron por qué estaba tan nerviosa y me enchufaron una inyección con un calmante, y cuando me tranquilicé un poco y vieron que no estaba herida, ni golpeada, ni nada, me trajeron un vaso 15

9 16 de agua. Yo a esa altura ya también la estaba necesitando, con tanto llanto y tanto grito y la corrida desde casa, pero no me la quise tomar hasta que me dijeron que el bebé estaba bien. Así que valió la pena. Valió la pena salir corriendo de casa con los pelos parados como una bruja, y llegar al hospital llorando y gritando y darles tremendo susto a las enfermeras; valió la pena también aguantarme la inyección aunque me dolió bastante, porque media hora después ya me estaban avisando que el bebé estaba bien y no estaba deshidratado, que era un varoncito precioso y ya le habían dado suero oral y leche para bebés y no habían tenido que pincharlo, ni nada (como a mí). Si no; si hubiera llegado tranquila y bien peinada y calladita, seguro que no me hacían caso, en una de esas ni siquiera me creían que el bebé había aparecido en mi casa y que lo había descubierto mi perrita Himalaya, y nos dejaban a los dos esperando en una silla hasta que Nahuel se me muriera en los brazos como se le murió Leíto en la panza a mamá. Yo todavía no sabía que se llamaba Nahuel. Me iba a enterar después, en casa, y ahí iba a empezar el problema más difícil de resolver de mis trece años y medio de vida.

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